sábado, 8 de octubre de 2011

Los aedos

La relación entre literatura y filología es meramente histórica y accidental, y la segunda no puede entenderse como consecuencia de la primera, aunque en estos días casi todos los poetas son filólogos (¿será que no hay otra cosa que estudiar?) e incluso habrá quien piense que escribir un poema es una optativa de hispánicas. Un mundo sin poetas ni literatos puede admitir perfectamente a los filólogos, pues la labor de éstos consiste en la edición y transmisión de los textos, sean de la naturaleza que sean. Ante la literatura, un filólogo es un lector como otro cualquiera, ni mejor ni peor, y contamina de sí mismo lo que lee, a dios gracias, como todos. Lo que les pierde a ciertos filólogos es el exceso de celo con los textos donde trabajan y cotizan. Hay amores que matan, congelan o embalsaman. El inmenso amor de algunos alejandrinos por Homero (personaje a quien no tenían el gusto de conocer) los llevó a apartarlo, prudentemente, de la autoría de la Odisea. Hace años, una catedrática de griego me dijo que el hexámetro era un patrón rítmico que los aedos (los antiguos cantores de la épica) llevaban cada cual en su cabeza. No en los pies, ni en la cintura, sino en su cabeza, nada menos. Me quedaron ganas de preguntarle cómo había logrado acceder a la cabeza de los aedos. Me fui a casa preocupado. Esa noche quise soñar con hexámetros, pero no se me apareció ninguno de los que recordaba o había olvidado, ni siquiera el Ἄνδρα μοι ἔννεπε, Mοῦσα, πολύτροπον, ὃς μάλα πολλὰ... Sólo me vi a mí mismo, en pijama, sobre un paisaje desértico y peñascoso, y estaba rodeado por miles y miles de cabezas sin cuerpo. Botaban todas como pelotas de fútbol, unánimes, y me gritaban: "mira, imbécil, somos los aedos y éste es nuestro patrón rítmico".

4 comentarios:

Olga Bernad dijo...

Mira, no me extraña nada que sueñes esas cosas;-)))) Angelico, qué cosas te decían tus profesores. Yo estoy, como sabes, todavía sin helenizar, pero creo que la filología no puede usarse como bandera para clavarla sobre la inmensa tierra de todo lo que no sabemos. Ni para arrojar a nadie nuestros libros de texto a la cara, como si un título fuera una patente de corso para decir sandeces. Tampoco para actuar como si permanentemente estuviésemos ante un auditorio menor de edad. Eso es cansino a más no poder.

Sin embargo, el amor a la palabra (¿qué otra cosa debería ser la filología?), y su estudio, sí me parece "conveniente". Igual que a uno que quiere ser violinista le conviene conocer algunas notas y tocar, de vez en cuando, el cuerpo de un violín.

Que sueñes hoy con Safo, danzando entre sus versos. A su ritmo. Pocos podrán imaginarla como tú.
Besos.

Juan Manuel Macías dijo...

Vaya, tenía tu comentario perdido desde anoche. Con las obras del Escorial que estoy padeciendo en mi casa pierdo hasta los comentarios.

Pues sí, Olga, tienes mucha razón. El sueño de la filología no produce monstruos sino esquemas. De todas formas yo creo que el amor a la palabra lo puede desarrollar cualquiera. El gustillo los filólogos lo tienen más con los textos. Quien quiera aprender a tocar el violín tendrá que hacerlo de otro violinista. Pero los filólogos no son los músicos, ni siquiera en su variante culta. Su condena es llegar siempre después de la música.

Gracias por tus deseos oníricos con Safo. Mira, precisamente ayer tuve una feliz noticia sáfica, en la vigilia. En algo sí que estoy en deuda con la filología. Al césar lo que es del césar :-)

Besos.

Nodisparenalpianista dijo...

¿Y lo de la pesadilla sería cosa de tu seño o de un mal trago de Pacharán Cuervo? Ahora que estoy inmerso en la dark side immersion, no debería de posponer mi entrada sobre the great gig...

Yo me acuerdo de aquel esprínter fallido, Angel (a)Edo, pobrecico, todo el día rodeado de montañeros pequeñajos y peleones como Escartín. Mejor paro el disco.

Ernesto Frattarola dijo...

Ah, pero escribir un poema ¿no es una optativa de Hispánicas? :-p.

Gran post. Un abrazo

Ernesto