martes, 25 de marzo de 2014

Odisea y memoria

Estos días últimos de marzo, con lo de la muerte de Suárez, me dio por recordar un pasaje de la "Odisea", de la mitad del Canto IV, cuando Helena, en el palacio de Menelao, prepara a sus invitados una pócima para labrar el olvido. Los versos (en mi intento de traducción) dirían así:

(...)
Entonces urdió otro plan Helena, hija de Zeus:
de inmediato echó en el vino que bebían una pócima
contra el dolor y la ira, que olvidaba toda pena.
Aquél que se la bebiese, ya mezclada en la cratera,
un día entero no echara lágrimas por sus mejillas
aunque muriera su madre y su padre, aunque a su hermano
o a su hijo los pasaran por el bronce allí delante
y él con sus ojos lo viera.
(...)

(Unos versos antes, el rubio Menelao le decía al joven Telémaco que estar triste era la única honra que les quedaba a los pobres mortales).

Curiosamente, los dos poemas homéricos siempre me parecieron una desesperada, incansable cruzada contra el olvido. El propio Odiseo, cuenta su historia asombrosa ante los feacios, como para intentar convencerles, convencernos, convencerse de que no fue una quimera. Ignoramos el nombre de la Musa que invoca el cantor de la epopeya en los primeros versos, pero muy bien podría haberse llamado Memoria. Homero, reclamado por todas las islas griegas, tal vez hubo de decidir un día entre ser feliz o escribir hexámetros. El olvido no deja de ser una mutilación de nosotros mismos, porque, como la poesía y la música, estamos hechos de tiempo. Incluso en los banquetes de los poderosos, Homero (quien quiera que fuese), escogió la memoria frente a las treinta monedas de la felicidad.