domingo, 26 de marzo de 2017

Epifanía

Dos viejos profesores de griego recorren el viejo pasillo de su departamento. Todo huele a antiguo, a rancio, a página fatigada, a escolio mortecino. Aunque el principio del verano y los últimos exámenes van dejando en esa atmósfera cerrada un cierto desasosiego de luz, el hilo de un deseo. Los viejos profesores conversan, quizás en un lluvioso inglés, sobre algunos aspectos de la política departamental, e invocan, graves, la cercanía de unas decisivas votaciones. En eso que, ante ellos, se cruza una estudiante, con la levedad de un recuerdo. Lleva un vestido largo, es pelirroja. El compás de su tránsito, la pericia de su andar, qué asombro. Como si sólo en la vida se dedicara a pasar frente al griego antiguo ondeando sus largas faldas, siempre ajena al traspiés. Bajo el borde de sus faldas, las sandalias. El negro cuero y la piel blanquísima, con trazos de rosa y violeta. Y los tobillos finamente cincelados. Uno de los viejos profesores le subraya al otro la escena, y aprovecha para recordarle unos versos de Safo.