lunes, 31 de marzo de 2014

Partenio

El giro del tiovivo es algo más que una conjetura
apenas sustentada en un vago enjambre de mayo.
El giro del tiovivo es aire, aire
que se deshila largamente sobre el clamor de los párpados y el palpitar de las mejillas,
y se adelgaza en un silbo tembloroso para morir frente al mundo,
alegando pasado.
¿Quién conoce el secreto
guardado en el cuello vulnerable de un susurro al oído?

Hagesícora da vueltas en torno al fin del día
sobre un caballito  del color fugaz del pensamiento,
y el tiovivo va más y más aprisa,
hacia un éxtasis perplejo de mudanzas, nube
que finge mil paisajes y máscaras, materia
sola que persigue ser silencio.

El tiovivo insiste en su empeño de no llegar a sitio alguno,
en huida perpetua del invierno,
y se comba sobre sí mismo como una interrogación.

Y Hagesícora da vueltas alrededor del miedo de los hombres:
amazona dorada que monta sobre un sueño,
dejando a sus espaldas un perfume de ruinas.

Hay quien dirá que el tiovivo es un embuste,
sólo un terco chirrido de cigarra atormentada
bajo los andamiajes ciegos de la escarcha.
Mas no lo pienses y contempla a Hagesícora dar vueltas
sobre la vida y la muerte, altiva en su inocencia,
con sus cabellos del color incomprensible que gravita en las despedidas.
Contempla a Hagesícora volverse un rumor para siempre
sobre el mundo tendido, ya amapola.

¿Quién conoce el secreto
guardado en el talle quebradizo de una carcajada?


(De Tránsito, DVD Ediciones, 2011)




Apunte

Escribir un poema resulta muy parecido a asistir de invitado de honor a una fiesta, con tus mejores galas, y darte cuenta al llegar de que todos se han ido hace mucho tiempo, de que no suena ya la música, de que no queda una sola botella llena, de que ha amanecido de pronto y a traición; de que, además, te han dejado la factura.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Fugitivos (Un poema de Cavafis)

Esta traducción mía de Cavafis fue publicada en el pasado número 107 (septiembre-octubre) de la revista Clarín.


FUGITIVOS

Siempre será Alejandría. A poco que recorras
la calle que va derecha hasta el Hipódromo,
verás palacios y monumentos que te asombrarán.
Por más estragos que las guerras le hagan,
aunque se venga a menos, siempre será un lugar fascinante.
Y así, entre caminatas y libros,
y entre estudios diversos, pasa el tiempo.
A la tarde nos reunimos frente al mar
nosotros cinco (bajo nombres, naturalmente,
fingidos) y algunos griegos
de entre los pocos que quedan en la ciudad.
A veces discutimos sobre asuntos de Iglesia (algo romanos
parecen los de aquí); y otras veces, hablamos de letras.
Antes de ayer leímos unos versos de Nonno.
Qué imágenes, qué ritmo, que lenguaje, qué armonía:
entusiasmados admirábamos al Panopolita.
Y así pasan los días, y nuestra estancia
no se hace desagradable, pues está claro
que no va a durar para siempre.
Llegan buenas noticias: ya sea que en Esmirna
algo empieza a moverse, o que en abril
nuestros amigos se marcharán de Epiro, nuestros planes
se van logrando y fácilmente derrocaremos a Basilio.
Y entonces nuestro turno también habrá llegado.


C.P. Cavafis
(Traducción: Juan Manuel Macías)


***

Φυγάδες


Πάντα η Aλεξάνδρεια είναι. Λίγο να βαδίσεις
στην ίσια της οδό που στο Ιπποδρόμιο παύει,
θα δεις παλάτια και μνημεία που θ’ απορήσεις.
Όσο κι αν έπαθεν απ’ τους πολέμους βλάβη,
όσο κι αν μίκραινε, πάντα θαυμάσια χώρα.
Κ’ έπειτα μ’ εκδρομές, και με βιβλία,
και με σπουδές διάφορες περνά η ώρα.
Το βράδυ μαζευόμεθα στην παραλία
ημείς οι πέντε (με ονόματα όλοι
πλαστά βεβαίως) κι άλλοι μερικοί Γραικοί
απ’ τους ολίγους όπου μείνανε στην πόλι.
Πότε μιλούμε για εκκλησιαστικά (κάπως λατινικοί
μοιάζουν εδώ), πότε φιλολογία.
Προχθές του Νόννου στίχους εδιαβάζαμε.
Τι εικόνες, τι ρυθμός, τι γλώσσα, τι αρμονία.
Ενθουσιασμένοι τον Πανοπολίτην εθαυμάζαμε.
Έτσι περνούν οι μέρες, κ’ η διαμονή
δυσάρεστη δεν είναι, γιατί, εννοείται,
δεν πρόκειται να ’ναι παντοτινή.
Καλές ειδήσεις λάβαμε, και είτε
από την Σμύρνη κάτι γίνει τώρα, είτε τον Aπρίλιο
οι φίλοι μας κινήσουν απ’ την Ήπειρο, τα σχέδιά μας
επιτυγχάνουν, και τον ρίχνουμεν ευκόλως τον Βασίλειο.
Και τότε πια κ’ εμάς θά ’ρθ’ η σειρά μας.

martes, 25 de marzo de 2014

Odisea y memoria

Estos días últimos de marzo, con lo de la muerte de Suárez, me dio por recordar un pasaje de la "Odisea", de la mitad del Canto IV, cuando Helena, en el palacio de Menelao, prepara a sus invitados una pócima para labrar el olvido. Los versos (en mi intento de traducción) dirían así:

(...)
Entonces urdió otro plan Helena, hija de Zeus:
de inmediato echó en el vino que bebían una pócima
contra el dolor y la ira, que olvidaba toda pena.
Aquél que se la bebiese, ya mezclada en la cratera,
un día entero no echara lágrimas por sus mejillas
aunque muriera su madre y su padre, aunque a su hermano
o a su hijo los pasaran por el bronce allí delante
y él con sus ojos lo viera.
(...)

(Unos versos antes, el rubio Menelao le decía al joven Telémaco que estar triste era la única honra que les quedaba a los pobres mortales).

Curiosamente, los dos poemas homéricos siempre me parecieron una desesperada, incansable cruzada contra el olvido. El propio Odiseo, cuenta su historia asombrosa ante los feacios, como para intentar convencerles, convencernos, convencerse de que no fue una quimera. Ignoramos el nombre de la Musa que invoca el cantor de la epopeya en los primeros versos, pero muy bien podría haberse llamado Memoria. Homero, reclamado por todas las islas griegas, tal vez hubo de decidir un día entre ser feliz o escribir hexámetros. El olvido no deja de ser una mutilación de nosotros mismos, porque, como la poesía y la música, estamos hechos de tiempo. Incluso en los banquetes de los poderosos, Homero (quien quiera que fuese), escogió la memoria frente a las treinta monedas de la felicidad.

Insomnio

Estas noches de insomnio y trabajo (traducir, sobre todo), la luna viene a situarse en mi ventana, a mi izquierda, a eso de las cuatro pasadas, con discreta puntualidad. Hay poca luz fuera y, aunque la luna está menguando, la puedo sentir bien con el rabillo del ojo. Esa rutina compartida, como encontrarse al mismo desconocido siempre en una parada de autobús, me resulta de lo más grata, casi como un bálsamo. ¡Cuánta razón tenía Virgilio!

domingo, 23 de marzo de 2014

Un poema de Cunqueiro



ALMA, COMO EN EL CONCIERTO...

Alma mía, como en el concierto de Vivaldi
con violino principale e altro violino per eco,
yo quisiera que fueses
esa voz que in lontano
desde las colinas eternas nos devuelve
la canción de cada día.

Vas caminando atento
hasta llegar a donde el violín da el eco
pero siempre está más lejos
de tus pasos y de los caminos,
de tu vida, de lo que tú recuerdas
de las primaveras y de las muertes
y de una mujer preñada acodada en una cancilla
mirando sin ver hacia una laguna verde.
¡Como viajar a Carcasona!

Hasta que te das cuenta
de que el violín que da el eco in lontano 
eres tú mismo, entonces la vida
como un pañuelo bordado se tiende ante ti
escuchas el viento y tu voz de niño
el cansado toser de la madre, las golondrinas que vuelven
y las primeras palabras de amor, y aquel verso
en el que dabas el alma vestida de violetas
cerrando los ojos por si te morías
delante de un espejo por donde iba y venía
una sonrisa
y ahora ya sabes
por un eco lejano
en qué perdiste la vida sin saber que la vida
ya no vuelve, nunca, jamás.
La vida misma es el eco de un sueño
que ahora sabes que lo tuviste, por un eco.



(Álvaro Cunqueiro, Herba aquí ou acolá. Versión de César Antonio Molina)

Estación poesía



El pasado 21 de marzo se presentaba en Sevilla Estación poesía, una nueva revista de, sí, eso tan escurridizo que llamamos poesía. La recién nacida publicación viene promovida por el CICUS (el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) y con el feliz aval de su timonel: el poeta, traductor, escritor y crítico Antonio Rivero Taravillo; y de un comité asesor compuesto por Enrique Baltanás, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Ana Gorría, Ioana Gruia y Aurora Luque. Este primer número trae un lujo de colaboradores (textos de Juan Carlos Abril, Jesús Aguado, María Alcantarilla, Carlos Alcorta, Hilario Barrero, Francisco Barrionuevo, Susana Benet, José Manuel Benítez Ariza, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Ben Clark, Pablo Fidalgo Lareo, Trinidad Gan, Álvaro García, José María Jurado, Juan Lamillar, Pilar Márquez, Erika Martínez, Francisco José Martínez Morán, Lola Mascarell, Toni Montesinos, José Luis Morante, Manuel Moya, Josefa Parra, Joaquín Pérez Azaústre, Antonio Praena, Olga Rendón Infante, Josep M. Rodríguez, María Ruiz Ocaña, Lola Terol, Álvaro Valverde y Javier Vela). Entre tan ilustre compañía, para un servidor es un honor y un regalo participar allí con un poema. La revista, que será de periodicidad cuatrimestral, no sólo se distribuirá en papel sino que también podrá consultarse en su versión digital (prefiero la palabra "virtual") en su propio sitio web:

http://institucional.us.es/estacion

Larga y fructífera vida para esta nueva Estación poesía, que, sin duda, sabrá ganarse lectores entregados y entusiastas.

sábado, 22 de marzo de 2014

Un poema más de Karyotakis (II)

NOCHE

Los niños jugando en la tarde de primavera
--un grito lejano--,
la brisa que susurra con los labios de las rosas
palabras, y perdura;

las ventanas abiertas que respiran el tiempo,
mi cuarto vacío,
un tren que llega desde un país extraño,
mis sueños perdidos;

las campanas que cesan, y la noche que cae
sin tregua en la ciudad,
en los rostros de la gente, en el espejo del cielo,
ya en toda mi vida...

Kostas Karyotakis, Elegías y sátiras, 1927

(Traducción: Juan Manuel Macías)




***

ΒΡΑΔΥ

Τα παιδάκια που παίζουν στ' ανοιξιάτικο δείλι 
μια ιαχή μακρυσμένη -- 
τ' αεράκι που λόγια με των ρόδων τα χείλη 
ψιθυρίζει και μένει,

τ' ανοιχτά παραθύρια που ανασαίνουν την ώρα, 
η αδειανή κάμαρά μου, 
ένα τραίνο που θα 'ρχεται από μια άγνωστη χώρα, 
τα χαμένα όνειρά μου,

οι καμπάνες που σβήνουν, και το βράδυ που πέφτει 
ολοένα στην πόλη, 
στων ανθρώπων την όψη, στ' ουρανού τον καθρέφτη, 
στη ζωή μου τώρα όλη...


jueves, 20 de marzo de 2014

apunte

La tristeza es gris y plana. Como la ropa descreída de diario; como el periódico que compramos sin querer comprarlo; como los martes, que se esconden crueles tras la mala fama de los lunes; como un juguete desmontado. No hay nada en ella ni nada nos devuelve. Nos conoce tanto, se ha hecho tan perfectamente a nuestra piel que ni siquiera duele. Escucho los primeros truenos de la primavera, y pienso: lo que en verdad duele es la alegría.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Odisea, canto II, vv. 414-434

Mi padre era de Madrid, del barrio de Chamberí, y decidió un día hacerse marino mercante. Una paradoja familiar que siempre me ha fascinado; pero sin ella, si no se hubiese hecho a la mar, y conocido a mi madre en Coruña, yo no estaría ahora escribiendo esto. Al cabo, yo no estaría ni sería de ninguna forma. Mi padre era, además, radiotelegrafista, en esa época romántica del pasado en que cada barco llevaba un radiotelegrafista, aquellos personajes maravillosos que podían descifrar y entender el código morse (conservo de recuerdo una tecla de telégrafo que ya no manda mensajes a ninguna estación). Como las navegaciones eran largas, mi padre se hizo ávido lector de libros de filosofía, astronomía y (ay) poesía. Incluso leía en inglés, francés y alemán, lenguas que había aprendido de manera autodidacta (después del morse, imagino que ya cualquier otra cosa le sería pan comido). Anotaba en un cuaderno pasajes que iba leyendo y le llamaban la atención, desde Chesterton a Karl Marx, nada menos. Confieso que mi vocación frustrada es la de marino mercante. Para resarcirme, llevo ya desde un tiempo traduciendo la "Odisea", que era un libro al que mi padre volvía bastante, en la maravillosa traducción en prosa de Segalà i Estalella. La traduzco a ratos perdidos, y no sé si algún día lograré terminarla, es decir, llegar a Ítaca. Pero, entre tanto, el viaje es divertido. Quisiera dejar hoy aquí mi versión de un pasaje que me gusta especialmente, el final del canto II, cuando Atenea, disfrazada de Méntor, lleva a Telémaco a su primera navegación. ¿Cómo no compartir la emoción de Telémaco?

(...)
Acarrearon con todo y en la bien bancada nave
lo pusieron cual quiso el querido hijo de Odiseo.
Luego se embarcó Telémaco, marchando tras Atenea,
la cual se sentó en la popa, y él lo hizo a su lado.
Los otros soltaron las amarras
y fueron ocupando sus bancos.
Viento propicio les trajo Atenea de ojos verdes,
el bravo Céfiro, que rugía por el mar vinoso.
Instó a los suyos Telémaco a fijar los aparejos,
y obedecieron su mando.
El mástil de abeto hincaron al hueco del travesaño,
lo alzaron hasta erigirlo y lo amarraron con cables.
Desplegaron blanca vela con drizas de buen trenzado.
El viento la hinchó y las olas púrpuras clamaban alto
en torno a la quilla, al marchar la nave.
Y ésta, a través de las olas, se hizo a la singladura.
Ya fijos los aparejos del raudo y negro bajel,
alzaron crateras colmadas de vino,
y libaron para los eternos dioses inmortales,
sobre todo para la hija de Zeus, la de verdes ojos.
Y de la noche a la aurora siguió su rumbo la nave.

(Trad. Juan Manuel Macías)

De amicitia (Julio Martínez Mesanza)

(Estos días ando releyendo uno de mis libros de cabecera, Europa, de Julio Martínez Mesanza. Y hoy me gustaría recordar aquí este poema)


DE AMICITIA


Si tuvieses al justo de enemigo,
sería la justicia mi enemiga.
A tu lado en el campo victorioso
y junto a ti estaré cuando el fracaso.
Tus palabras tendrán tumba en mi oído.
Celebraré el primero tu alegría.
Aunque el fraude mi espada no consienta,
engañaremos juntos si te place.
Saquearemos juntos si lo quieres,
aunque mucho la sangre me repugne.
Tus rivales ya son rivales míos:
mañana el mar inmenso nos espera.


(Julio Martínez Mesanza, de Europa)

Un viejo soneto

(Un viejo soneto al que le tengo cierto cariño. Pertenece a mi primer libro de poemas, Azul de enero).

VIVE

De sutiles otoños meditados
junto al calor del corazón, del viento
que arrastra nombres con viajero acento,
vive el soneto en latidos contados.

Y vive de veranos naufragados,
de viejas lunas, y de algún momento
que demandaba eternidad. Su aliento
es memoria, es azares ordenados.

Y es el dolor en música vertido,
mariposa de acero enternecida
en delirio de cielo restringido.

Soneto. Lágrima de luz. Huida
y ensueño: mira ya su tiempo ido
con el fugaz secreto de la vida.


(De Azul de enero, 2003)

martes, 18 de marzo de 2014

Un poema de Alceo de Mitilene

(Alceo de Mitilene, frag. 34 V a)


Desde la isla de Pélope acudid,
de Zeus y Leda vástagos valientes;
mostraos con espíritu benévolo,
Cástor y Pólux.

Vosotros, que la tierra inmensa y todo el mar
atravesáis en rápidos corceles,
y al hombre fácilmente arrebatáis
la fría muerte,

saltando a lo alto de los bien bancados barcos,
y traéis, refulgiendo desde lejos,
la luz en la penosa noche para
la negra nave.


(Traducción: Juan Manuel Macías)


***


[νᾶ]σον Πέλοπος λίποντε[ς
... Δ[ίος] ἠδὲ Λήδας
... θύ[μ]ωι προ[φά]νητε, Κάστορ
καὶ Πολύδε[υ]κες,

οἲ κὰτ εὔρηαν χ[θόνα] καὶ θάλασσαν
παῖσαν ἔρχεσθ' ὠ[κυπό]δων ἐπ' ἴππων,
ρήα δ' ἀνθρώποι[ς] θα[ν]άτω ρύεσθε
ζακρυόεντος

εὐσδ[ύγ]ων θρώισκοντ[ες··] ἄκρα νάων
π]ήλοθεν λάμπροι προ`[ ]τρ[····]ντες,
ἀργαλέαι δ' ἐν νύκτι φ[άος φέ]ροντες
νᾶι μ[ε]λαίναι·

domingo, 16 de marzo de 2014

MARÍA POLYDOURI: EL GESTO DE UNA DESPEDIDA



MARÍA POLYDOURI: EL GESTO DE UNA DESPEDIDA

por JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN

(Texto leído en la presentación en Madrid de Los trinos que se extinguen)



Para empezar, antes de empezar, una frase de James Joyce habrá de darme pie. Tiene mucho que ver, además, con mi propósito de esta tarde: “La vida –escribe nuestro dublinés- no está aquí para ser criticada, sino para ser afrontada y vivida”. Razón por la cual –me digo- le lengua en la que uno escribe, si ha de ser esa misma vida (como lo es), también habrá de padecerla en carne propia; de no ser así, la experiencia no habrá servido de nada. Pero también quisiera decir, con Joyce, que ése es el modo en que debe entenderse mi relación con este libro que nos convoca, y que –desde ya- les recomiendo sin la menor reserva.

EN DIFERENTES OCASIONES Y EN DIVERSOS lugares, he tratado de señalar (y de explicar, hasta donde me ha sido posible) por qué en España, en la poesía española, nos ha costado tanto trabajo bajar el lenguaje a la altura de su naturalidad, que eso hicieron los poetas helenos hacia 1920, al optar por el uso del griego demótico en que escribieron, por ejemplo, Kavafis (aunque aquí lo hayamos leído a conveniencia, con vuelo de retórica sentimental) o Karyotakis, que fue un poco más allá, al lenguaje de la urbe y de la conversación –que tampoco hemos tenido muy en cuenta aquí, y así nos fue con la modernidad. Tal vez –lo he pensado mucho- todo se deba a que, entre nosotros, el habla es también, siempre, impostada y artificial; le ha sido muy difícil responder a la natural respiración de la palabra. Y lo digo, no porque suponga un atenuante; se trata, más bien, de todo lo contrario. Pero sigamos con nuestro cuento: entre esos dos más que notables poetas griegos y la irrupción, precisamente en 1930, del Seferis de la renovación y la europeización, quedó semioculta una voz tanto o más potente (por significativa) que la de cualquiera de ellos. Pertenece a una huérfana, estudiante frustrada y funcionaria aburrida de serlo, que responde el nombre de María Polydouri. En un momento dado, rompe su turbia y turbulenta historia de amor con el angustiado y pesimista Karyotakis; cree, de pronto, haber encontrado su sitio en París, pero la devoradora tuberculosis la devuelve a la carencia constitutiva de todo ser y regresa derrotada a Atenas, en el 28, para –recluida en el sanatorio Sotiría- recibir a la muerte apenas dos años después.

Relevante me parece el hecho de que los únicos dos libros que nuestra poeta llegó a publicar –Los trinos que se extinguen y El eco del caos- sean de 1928 y 1929, respectivamente. Una palabra, la suya, urgida a darse, por lo que se ve, en la desembocadura de la existencia: “este final, donde mi vida/ declina amarga y yerma”. Pero una palabra, también, que es por encima de todo voz –sonido- algo que se dice al aire, que allí queda por un instante y, casi al tiempo de decirse, se deshace o disuelve. La poesía como la música, pero también como el amor: no hay para qué buscarle un estuche de escritura donde deba permanecer bien guardada; el caso es darla, aun a riesgo de dar la vida en ella. Por lo mismo, quisiera subrayar que, si nos ha sido dado oír a María Polydouri tal cual, por la atenta mirada y el fino oído de Juan Manuel Macías habrá sido. Su traducción es ejemplar, precisamente por esto: ha tenido muy presente –y se ha cuidado mucho de- que el compás que domina en la poesía española no impida que oigamos esta voz singular tal cual es –para mí, al menos, un verdadero descubrimiento. Dije, apenas unas líneas atrás, que huérfana nuestra poeta; acabo de referirme a su voz en aire envuelta y disuelta, lo que precipita su palabra –“como un hilo cortado”, ha escrito- en la soledad, en el vacío. Pero, también frágil y enferma esa muchacha, desarraigada; para quien el amor nunca fue cauterio –al margen de toda interpretación, mediática diríamos hoy; falseadora, en consecuencia, de su biografía. Lo apunta también, y muy oportunamente, su cuidadoso lector y traductor.

Cómo podrá extrañarnos, entonces, la madurez con que se nos ofrece la poesía de esta mujer que, con tan pocos años, conoce todas las pérdidas pero se resiste y no renuncia. Así lo dice: “sin querer me he visto interrogando/ acerca del sentido de las pérdidas”. No sólo hay que tener coraje para ello (fe y fuerza la mantuvieron viva frente a la incertidumbre y debilidad de los hombres que la amaron); hay que tener el pulso bien templado de la sabiduría: voz, la suya, que no tiembla; palabra que nunca titubea… Esto me parece primordial en la poesía de María Polydouri; esto le otorga su indiscutible singularidad a la cual he hecho referencia. Merece –además- una breve reflexión. Saquemos a nuestra poeta de sus contextos; vengamos a algo que con su proverbial agudeza nos explicara otro sabio a quien, por sabio, parece habérsele dado de lado. Esto escribe José Bergamín. “Es al que se queda al que todo le sucede; al que se está quieto; porque lo dramático del hombre es estarse quieto: es quedarse (…) Lo que le pasa al hombre puede ser trágico, puede ser cómico: lo que le sucede es siempre dramático”. Y ésta es, precisamente, la situación que encara María Polydouri: un tenso dramatismo sostiene su poesía; al aferrarse a la palabra, nuestra poeta se afirma en agonía –en lo que por tal entendió, y como tal nos enseñó, quien supo muy bien qué era eso, nuestro Miguel de Unamuno.
En todos estos poemas, Maria Polydouri se atreve y da, siempre, un paso más allá del límite. Al hacerlo así, se pone a prueba ella misma para interpretarse, para explicarse, y ello la obliga a asumir la existencia como algo que no se limita a la mera circunstancia histórica (lo que pasa), sino que acoge también lo que sucede en su aquietamiento. Por ello, en vez de esa truculencia –tan habitual entre nosotros, y de la que tenemos muestra muy reciente- que hace del poeta espectáculo y olvida que la poesía es cosa seria, nuestra escritora opta en todo momento por la verdad; y el tiempo, entonces, vuelvo a Bergamín, en vez de ajustarse a una historia contada, “nos traspasa de permanencia”. Incluso para mí, que tanto lo he repetido, me suena –ahora, cuando escribo- a maximalismo impulsivo; aunque, apenas vuelvo sobre ello y me paro un poco a pensar, me rindo a la evidencia de que no, de que tenía y tengo razón: todo esto se acabó para siempre en los años treinta; cuanto ha venido después –condicionado por ideologías y economías varias- apenas ha sido redundancia, si no perversión de lo mismo. Preguntaría –y no sólo en el caso que ahora nos ocupa- dónde, después, hallamos una reflexión como ésta, o como la de Marina Tsvetáieva (que nos hizo compañía mientras leíamos a Polydouri), en tan corto tiempo de vida, sin que la palabra se le vaya de las manos a la poeta, sin que caiga en el menor desliz: “El mal nativo anida en medio de mi alma./ y soy la vida, y soy el caos, y nada espero de la suerte bufa”. Sobrecogedor, ¿no les parece? Pues les advierto que todo ello se hace aun más perentorio en poemas que –seguro- no les pasarán inadvertidos, como “Contigo” o –de manera muy particular- “En mi casa…”.

JUAN MANUEL MACÍAS ESCRIBE QUE, EN LA Polydouri, hay “una invencible, resignada inclinación hacia la muerte”. Pero qué muerte, será preciso preguntar. Sobre todo, cuando la poeta habla de esa “mañanita melancólica” –con diminutivo de tan intencionada como irónica agudeza. Porque no podemos hablar aquí, si seguimos con Bergamín, de una inclinación trágica, en la cual el patetismo sienta sus reales; esta poesía establece, más bien, una sabia distancia en la cual se instala la vida aunque sin perder, en ningún momento, la conciencia del morir. Distancia determinada por la constante interrogación, por ese diálogo implícito que permite a la poeta (que nos permite) salir de sí y ver qué: verse, vernos, mientras cumplimos la existencia. Lo dramático que ya señalamos, ahora en su más abierta manifestación. Esta poesía realiza la vida por encima de la condena, de las carencias que cómo vamos a eludir si nos identifican como seres humanos: alianza a la cual nos remitiera, en su momento, Claudio Rodríguez. Darse como inmolarse, pero en la memoria que es la verdad, no en la historia, su torpe sucedáneo, cuando no su máscara interesada; la memoria, insisto; restos del ritual que hace la vida: “Ven, dulce, aunque la noche llegue/ y la oscuridad no sea grata;/ una difusa corona de estrellas/ te ceñirá mi amor”. A lo que se suma –en el poema titulado “Sotiría”, por cierto- la inquietante presencia de aquel gato que Borges quiso que se apareciera a su protagonista, camino del Sur: “Y aunque yo no lo aguarde ha de venir (lo sé)/ el gato aquel que va de ronda./ Un gato que ignora lo que es una caricia,/ y ni la da ni te la pide”.

Y lo mismo que antes dije que en la poesía de María Polydouri no hay cuento de lo que pasa, sino que discurre por el tiempo sobresaltado de la memoria que traspasa de permanencia, habré de decir ahora que la poeta no habla con otros, que lo hace con el poema, con el hecho mismo de escribirlo y de hallar, mientras lo escribe, su propia forma poética, ajena por completo –en sus fundamentos- a patrones y modelos identificables. Vemos el poema y decimos: tal vez, muy convencional. Pero leemos y, entonces, la rara naturalidad de su palabra (de su respiración, de su espíritu) nos incomoda ya, nos saca del quicio en que estamos instalados: “Mi respiración. Vuestro aliento:/ no sé cuál os abatió los pétalos…/ cuál extinguió la luz en mis ojos…”. El lirismo intenso e indiscutible de estos versos contradice, a cada paso, la idea predeterminada que del lirismo tenemos, la que solemos utilizar –con tanto descuido como indolencia. Su singular contención nos advierte de que eso –en esta poesía- es otra cosa. Y la sintaxis –con sus giros inesperados- viene a aportar toda la carga de la prueba para lo que el poema quiere –debe- significar. Prosa y verso andan en él a porfía, en entrega mutua, para que no nos quedemos anclados en una misma viciosa reiteración. En la noche ha de cumplirse aquel diálogo que decíamos; en una noche que “llega/ así de suave, como un caricia, para tocarme/ y arrastrar mi pensamiento poco a poco/ hacia la oscura, interminable callejuela/ donde todas las dichas están aguardando mi tránsito”. Porque ella, la noche, es el espacio natural de la búsqueda y de las revelaciones: entre la una y las otras, la poeta avanza atenta siempre a la sensualidad violenta de una herida “que sorbe mi juventud y me deshace”.

¿Pero ese deshacimiento es, acaso, el final? Final, digo, del trayecto que el poema determina, o –si se quiere- del caminar de la existencia que sacude a la poeta en su fragilidad, en su orfandad… Desde luego que no. Quede claro: este desvío que señalo no se trata de un mero recurso retórico; la palabra de la escritora no nos deja margen para la duda: “la luz sagrada de otro mundo es la que flota,/ percibo cierto aire que llega trasmundano,/ que ni me llora ni se queja:/ simplemente parece llevar algo escondido”. Subrayo. Porque llanto y queja contradirían aquí lo esencial: la demasía hacia la cual Polydouri tiende al afrontar su experiencia poética, nunca desligada de su quiebra existencial, la conduce –y a nosotros con ella- hasta algo sagrado, sí, y también trasmundano; pero ambos son familiares de lo secreto que ella pueda, que nosotros podamos con ella, desvelar. Por eso, nunca es algo cierto; sólo parece que hacia allí tiende la palabra. A estas alturas de lo dicho, podría parecer redundancia, y hasta se halla meridianamente claro en estos versos; pero considero necesario volver, siquiera por un momento, a lo que señalaba acerca de la contención sintáctica del lirismo: en una encrucijada decisiva de la experiencia –existencial y poética- contenida en este libro, la sintaxis notablemente impregnada de prosa crece poéticamente, sin embargo, como nunca esperaríamos quienes tenemos el oído hecho a la “quincalla barata” de la que hablaba Juan Manuel Macías. Yo cerraría estas reflexiones con una afirmación que María Polydouri hace, y no por casualidad, en el último poema de este libro; titulado “Fiesta”, a mayor abundamiento. Esto escribe: “Después pedirán una canción, si acaso/ esperan una pálida alegría;/ pero mi canción será tan cierta/ que quedarán confundidos y en silencio”. Así he quedado yo tras mi lectura: confundido, pido más; pero en silencio, al modo reverente de la oración, sin el menor alarde de retórica. Si en alguno he incurrido, espero que la propia poeta (y todos ustedes, desde luego) sabrán perdonarme.

María Polydouri, Los trinos que se extinguen.
Edición bilingüe de Juan Manuel Macías.
 Madrid-México, Vaso Roto Ediciones, 2013



Octubre, 2013  

domingo, 2 de marzo de 2014

En Sevilla

Recién llegado de vuelta al viejo Guadarrama y a su invierno monorrimo. Fue un verdadero placer la presentación en Sevilla de "Los trinos que se extinguen". Mi agradecimiento a la estupenda librería Birlibirloque, a todos los amigos que vinisteis (en potencia y en acto) y al maestro de ceremonias, Antonio Rivero Taravillo, por la hermosa presentación que hizo del libro. Una acogida inolvidable. Se habló en la presentación de las numerosas versiones musicales que se habían hecho en Grecia de los poemas de María Polydouri. Pues dejo aquí ahora una de las más bellas, la de un poema que, precisamente, se quedó sin leer en la tarde del pasado jueves. Y que suenen así los versos de María, mucho mejor que en la voz "bárbara" de uno...