domingo, 23 de agosto de 2015

Fragmentada Safo

La poesía se fabrica con una arcilla impura. Las palabras, el idioma materno; las palabras que son nuestra torpe y única herramienta heredada para intentar recomponer y comprender el mundo, para decir cosas sublimes y pequeñas banalidades, para quejarnos, para mentir o traicionar, para amar en ocasiones. De esta baja materia, maleada en una muchedumbre de voces y de tiempo, está hecho el poema que recordamos una tarde cualquiera. Y somos débiles. Y aunque hemos jurado mil veces no sucumbir a las supersticiones del biografismo en poesía o arte, también somos humanos, y por tanto estamos solos, y nos dejamos acunar y creer que alguien (un otro) nos está hablando desde el otro lado del poema, más allá de nuestra voz, compartiendo su propia soledad, que es a lo único a lo que podemos aspirar casi siempre. Sabemos, sí, que tal comunión no es posible. Y sin embargo, qué extrañamente cercanas y cálidas se nos hacen este género de amistades ilusorias. ¿Las irradiamos nosotros? ¿O es el poema el que al cabo va modelando al poeta, esa ficción filológica? Dentro de la poesía conviene no hacer demasiadas preguntas, y dejar que las cosas sucedan. Como una vez sucedió, sin más, esa curiosa amistad que cultivé con Safo, la poeta inolvidable de Mitilene, durante el tiempo inolvidable de mi vida que pasé traduciéndola, y dejándome traducir también por ella.

A pesar de la ligereza con que en filología clásica se manejan los siglos, y hasta los milenios, veintiocho siglos pesan demasiado, incluso para los hombros de la ceñuda  academia. Parece increíble que aún siga sonando algo de la voz de Safo, como una planta terca que crece en todos los eriales, incluso a despecho del frío, insistiendo en buscarnos y encontrarnos. Pero el de Safo es ya un simple nombre que está tras los fragmentos de los papiros que copiaron los alejandrinos. Para ellos mismos ya resultaba tan lejana como para nosotros pueden serlo Góngora y Quevedo. Un nombre ramificado también en mil ecos culturales, una influencia implacable (Swinbourne tuvo el arrojo de decir de ella que era «the greatest poet who ever was at all» ), o quizás, una mera tradicición poética repartida en innumerables teselas que hoy a duras penas podemos juntar. Ezra Pound, de hecho, homenajeó esa condición fragmentaria en uno de sus personales «experimentos sáficos», Papyrus. ¡Y cuánta Safo palpita aún en esas tres sencillas palabras bárbaras, ininteligibles para la propia Safo!

spring..........
too long.......
gongyla.......

Contamos con la certeza, en cualquier caso, de que esa voz hecha trizas viene a tocarnos desde muy lejos, desde un mundo previo a toda «literatura», que apenas acertamos a vislumbrar. Siempre me fascinó divagar sobre qué andamiajes sustentarían allí los poemas de Safo, qué entendería ella por «publicar» en un orbe que no conocía lo libresco y que apenas estaba empezando a jugar con la escritura, prácticamente relegada aún al ámbito del ritual. Cualquier conjetura nos puede llevar al delirio. Se habla de música, de danza, de mímica. ¿Cómo esos poemas gestados casi en la más radical intimidad anduvieron de boca en boca y acabaron siendo copiados por los severos y hacendosos alejandrinos? ¿Entendía el escriba el peso del corazón que depositaba en esa tinta, en el ocre otoñal del papiro, los amores perdidos, los celos, el odio y la ternura de Safo? ¿Qué timbre tendría la voz de la lesbia para sus cercanos, cuando escuchaban sus poemas? Todas estas incógnitas me resultaron fascinates, sobre todo porque seguirán siendo, para siempre, incógnitas. Por eso me decepcioné bastante cuando descubrí que la mayor preocupación de los filólogos para con Safo consistía en indagar en, digamos, su vida de alcoba.

Que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes  pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente. Pero lo peor no fue esa chusma de jueces grises en sus despachos grises; lo peor, sin duda, fueron los bienpensantes, los que el gran Manuel Fernández Galiano llamó con su justa sorna «los maestros de la componenda», los que intentaron salvar a Safo de calumnias y habladurías y normalizarla de acuerdo con la moral del momento. A saber qué agitadas imágenes pasarían por la imponente cabeza de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff cuando acertó a dictaminar que la poeta de Lesbos regentaba una suerte de «internado para señoritas». Anacronismos de este estilo llevaron también (y me temo que aún llevan) a intentar compartimentar la compleja red afectiva de Safo de acuerdo con el léxico empleado en sus poemas. Como si tal empresa fuera posible en cualquier ser humano, empezando por los propios estudiosos que se afanaron en dilucidar esas fronteras. De tal forma que se llega a postular cuándo Safo ama con calidad de amiga, cuándo erótica u homoeróticamente, y en este último supuesto, en qué circunstancias pudo o no consumar, con datos fehacientes o razonablemente verosímiles, dichas relaciones. Llegamos a un caso espeluznantemente único en toda la historia de la poesía y la filología, en el que tenemos a más eruditos (muchos de ellos ya con cierta edad) metidos en la cama de un poeta que en sus propios poemas.

Tal vez a Safo le harían reír estos desmanes. Acaso porque sabría que, por mucho que la buscasen, nunca darían con ella, ni aunque la tuviesen delante. Pero tampoco podremos dudar de lo palmario de su amor, al margen de las vanas etiquetas. Ella no las quería ni las necesitaba. Se contentaba con el lenguaje del mito, en el que tan bien se explicaba y tan maravillosamente la entendemos. El amor como una serpiente dulce y amarga, que destroza los miembros. El amor que es como el viento que agita las encinas en el monte. Y aun con todo, seguiremos dividiendo a Safo, escindiéndola entre el somatismo más instintivo y extremo, casi animal, y el mero ámbito del psiquismo y la sentimentalidad. Otra frontera más. O dos Safos, aparentemente incompatibles, que solo viven en mentes enfermas: a las mujeres, cuando no se les ha negado el alma, se las ha hecho culpables de su cuerpo. Y tú, querida Safo, no has sido ni serás la última.

Pero además está eso que dejó dicho en un verso sublime para hacer añicos de una vez todo el pensamiento griego y occidental y, con este, su concepción del mundo: lo más bello es lo que uno ama. Mucho tiempo después Schopenhauer hablaría del mundo como voluntad y representación, pero cuánto mejor entendemos a la diáfana Safo, devolviéndonos a todos a nuestra humilde condición de humanos para mirar las cosas como sólo podemos mirarlas, porque de Anactoria únicamente acertamos a ver su luminoso rostro y nuestro amor es el de los eternos diletantes.

Ventiocho siglos han caído uno tras otro y a Safo, por mucho que nos afanemos en buscarla, la tenemos ya como la manzana de esos bellísimos versos, tan suyos, que enrojece olvidada por los cosecheros, en lo más alto del árbol, y no la olvidan, pero no pueden alcanzarla. Nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya solo sea nuestra propia voz cansada o descreída. Sabemos que en esa ruina de fragmentos la suma de todas las Safos posibles que la cultura de occidente nos ha entregado desde mil perspectivas no nos devolverá a Safo. Pero otros tuvieron más suerte. Su amigo el poeta Alceo, que la admiraba, la supo retratar como nadie en un verso memorable, que el azar del tiempo ha querido regalarnos, dejando allí la impronta de una mirada, en la siempre impura arcilla de las palabras:

ἰόπλοκ ̓ ἄγνα μελλιχόμειδε Σάπφοι

(«Con el pelo ceñido de violetas, pura, de dulce sonrisa, Safo»)

Y nos parece, sí, que lo escribió ayer.


Sappho and Alcaeus, Alma Tadema (1881)