domingo, 17 de junio de 2018

20 hilachas sobre poesía

Un gran poema siempre viene de muy lejos, y se marcha hacia muy lejos.

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Leer por primera vez un poema que nos emociona es como volver a descubrir la poesía, recién llegada al mundo.

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El poeta construye en el poema la casa más extraña del mundo a su medida. Tan extraña (y tan a su medida) que, al terminarla, la llave no le entra en la cerradura. Y la orden de desahucio viene de camino.

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Todo el misterio de la poesía puede atesorarse, creo, en un sintagma asombroso e infinito: lengua materna.

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La poesía se parece más al relámpago que a esa farola terca, voluntariosa, que insiste durante toda la noche.

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Aunque algunos insistan en lo contrario, la poesía no es cosa del estudio sino del recreo. Y del re-creo —que es algo muy serio— se puede volver con rasguños y moratones.

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Asomarse al poema como quien se asoma a las aguas de un pozo. Desde el fondo nos mira nuestro propio rostro con una adivinanza.

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No veo la poesía como un género, ni como prosa o verso, sino como esa serpiente —difícil, escurridiza— que vive entre géneros y vallados.

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La poesía nos une con lo animal. Es la garganta, el cuerpo y la sangre. El idioma antes que el lenguaje. La voz antes que el logos.
 
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Un buen poema siempre es memorable. No importa que no lo recuerdes ahora. Antes de tu llegada ya había una memoria universal que lo recordaba, lo decía. A esa memoria los griegos la llamaron Homero.

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Un poema en el papel, en la letra impresa, es un monstruo hecho de nada. Recordemos que Homero le pedía a la Musa que cantase. O, al menos, que hablase. Homero era todo oídos.

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El ego de algunos poetas llega a tal extremo que no toleran que les haga sombra la poesía.

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La poesía es música, por eso resuena mal en las cabezas cuadradas.

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Un buen poema siempre es verdadero, aunque a lo largo de una vida, o en tan sólo un día, pueda contradecirse varias veces. Es verdadero no como el teorema de Pitágoras, sino como el propio Pitágoras.

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Decía Rimbaud: «Yo es otro». Y Bécquer: «Poesía eres tú». Tal vez la poesía sea (aparte de muchísimas más cosas) el arte más antiguo de no estar solo.

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Un poema no es el mensaje ni la botella, sino su largo vagar y el prodigioso hecho de encontrarlo.

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La poesía no es de este mundo. Incluso nos recuerda que ni siquiera el mundo es de este mundo.

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Si, al traducir un poema, quieres ser «respetuoso con el original», respeta sobre todo la lengua en que traduces, porque son tus ojos y tus manos. Vive esa lengua y respírala. Nace en ella y muere en ella cuantas veces puedas. Ama con ella o fustígate con ella. Rómpela si quieres, pero conoce lo que quieres romper. No pretendas ser más alemán que Rilke ni más italiano que Cavalcanti. Abraza la lengua en la que escribes tu versión (y tu poema) porque solo esa tabla vieja, que cruje con todos tus muertos, te llevará, si los vientos son propicios, a tierra firme. O te acompañará hasta el fondo en tu glorioso e irrepetible naufragio.

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Me gustan los poemas que no me terminan de decir, o que no los entiendo del todo, como si hablaran en un entresueño. Al poema que fía todo en un mensaje lo saludo y lo despido como al cartero: Mensaje recibido. Que tenga buen día. Pero los buenos poemas regresan siempre nuevos, a la luz del sol o en la oscuridad más terca. Como la voz de los amigos, los buenos poemas son repentinos, inagotables, infinitos.

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Enésima definición: la poesía es la felicidad de los tristes.