sábado, 17 de noviembre de 2018

El país de los feacios

Llegarás al país de los feacios
como siempre se llega, en el final
de todos los comienzos, de las jornadas diáfanas
y del filo del mar, espejo y sueño.
Y con el turbio estrambote de una última tormenta,
el oro abismado de la tarde
te cubrirá compasivo con su antiguo manto
mientras percibes el aire ceremonial, moroso
que apacigua tus sienes con palabras de bronce
y refresca un recuerdo que huele a tierra y a cuentos.
Recuerda entonces, cuando hinques las rodillas en esa playa
donde remansan las olas y los suplicantes,
que has arribado al otoño
y en el jardín del rey los chopos ya salmodian el silencio
y mecen, proféticos, su frías frentes de doncella.
Te verán, apenas un esbozo, a los postreros candiles
que llaman al pueblo honrado hacia el hogar,
y dispersan a gatos y a merodeadores
como tú
cuando, sin anunciar tu visita,
cruces, sombra, los umbrales del palacio
y te escurras por pasillos, galerías, cámaras
que son las hojas sonámbulas de un libro de portentos.
Niños de plata y oro sosteniendo las velas, sirvientes de metal, solícitos
a sus engranajes y resortes delicados,
cual afinado y preciso es el mecanismo de la añoranza.
La que allí gravita y te guarda, entre los blancos rostros
y en cada murmurante recoveco, donde se saludan
un orbe familiar que huele a leña quemada, la reina que teje, el rey que bebe vivo
y un mundo de extrañezas y misterios, en que acaso tú seas
el más extraño entre los extraños,
el centro mismo del convite
y de la cena, que se hará en tu honor,
y donde irás a sentarte junto al buen monarca Alcínoo.
Y todos allí, escuchándote con un gesto hospitalario:
los señores y los príncipes que portan el cetro;
el aedo, el heraldo, la madre reina y sus hijos;
y Nausícaa, la cual te estudia y cierra los ojos a veces, aunque te sigue viendo,
y en lo que caen sus párpados —igual que el sol de la niñez—,
sientes que ha transcurrido una vida entera.
Todos, en fin, allí, repentinos amigos,
personajes y público inesperados de tu historia,
como si desde siempre te hubiesen concedido el raro honor de atenderte;
y tú, frente a ellos, poniendo un orden —cualquiera— a tu recuerdo,
a tus fatigas, a tus monstruos, a tus maravillas, a tus derrotas,
sin la servidumbre de fijar qué pudo venir antes, qué despues.
Y como si aquella noche de palabras y nombres hubiese durado siempre,
inagotable el fuego que crepita, infinito el deshilar de la memoria
con la propicia música del lúcido entresueño.
Ellos te escuchan absortos. Y lo más sorprendente:
tú eres también tu propio espectador,
y asistes a tu increíble relato con la fe necesaria
con que se miran calles y rostros y nubes, y la vida
abre su vientre inmenso y nuevo para el recién llegado.
Pero, al cabo, sonará una hora distante en esa noche larga
que llamará a recogerse en la divina oscuridad,
y a ti te anunciará que el regreso está dispuesto,
que una nave hay anclada en la mañana,
y que te espera en calma, sólo a ti, sabedora de la ciencia de tu nombre.
Cuando llegues al país de los feacios
como se llega al mundo, igual que un extranjero extraviado,
poco menos que un mendigo,
en la tarde, ya casi de anochecida, y en la víspera.


Juan Manuel Macías
(Inédito)