domingo, 21 de diciembre de 2014

Revista Turia,112 / Cavafis

Ya por casa el número 112 de la gran revista Turia: 480 páginas (nada menos) de más que prometedora lectura. Todo un honor estar allí con mi traducción y nota de seis poemas de Cavafis (cuatro de los llamados "canónicos" y dos del grupo de los "ocultos"), pequeño aperitivo de nuestras próximas "poesías completas" del gran poeta alejandrino.



viernes, 5 de diciembre de 2014

Reunión



Donde el tiempo conjuga un bajo amor de cuadra huérfana,
la memoria que fermenta envilecida en las paredes, sueña,
vieja yegua de días y de noches, aniquilada bestia,
condición dejada a los más mediocres crímenes
y a las navajas que gimen su larga progenie de gargantas.

Es hora de ajusticiar todos los himnos como a cisnes
antes de que los turistas del mundo disparen una sola duda entre las cejas.
Faltan mil años para todo.
Incluso para los acantilados.
Por eso, sueña.
Sueña y galopa al son que multiplica estatuas y ruinas en los posos del hambre,
y deshaz la constante del sur en tus belfos enfermos.

Es hora ya de ver si la memoria arde
con las brasas sublevadas a tu paso:
quemar el cofrecillo enmohecido por el exceso de ciudades,
donde las palabras son fotos apelmazadas
que miran a nadie desde un fingido lecho de sonrisas,
en un perfume terco, impaciente, oscuro,
esperando sin piedad el juego del aquí y el siempre.

Pero el envés de las palabras (lo sabíamos)
sólo es un tembloroso ajuar de ceniza: no pidáis más
que la muerte agazapada tras la orquesta
o la náusea aprendida al fondo de la chistera del mago.

Vieja yegua imposible,
crines de humo, lengua tendida, rompe
a llorar de una vez sin miedo ni cadenas
la lágrima perfecta, la nunca reclamada
por los traficantes de estaciones muertas.
Y escribe tu derrota con letras recién desenterradas,
húmedas, frías aún con la primera ignorancia,
una palabra de mil años hasta que la voz profane el aire sin vin remedio
y el corazón asuma al fin sus cuatro límites fatales.

Sueña en la nada prematura
y galopa hacia el poniente espantoso de los símbolos.
De aquí a mil años mil espaldas laceradas celebrarán al sol tu muerte inútil
y acaso nazca por ti un lamento oficial en los desayunos.
Pero qué bello, qué torpemente bello tu instante arrebatado, tu tránsito y tu abismo,
y este lodo de sueños donde tú y yo nos confundimos,
como si el verano tuviera un serio motivo para derrumbarse,
como si tú me quisieras decir algo en tu larga caída,
como si al final de la historia, cuando el poema se ha quedado a oscuras,
sobreviviera la orquesta la orquesta la orquesta.

(De Tránsito, DVD Ediciones, 2011)

jueves, 27 de noviembre de 2014

Cavafis en Turia


Hoy se presenta el número 112 de la revista Turia, que viene cargado, como siempre, de interesante y jugoso contenido. En este número un servidor ha tenido el honor de colaborar con las traducciones de seis poemas de Cavafis, anticipo de nuestra próxima edición de la poesía completa del alejandrino.




sábado, 22 de noviembre de 2014

Alberca

Esa piel en remanso del agua y el espejo
donde resbalan ciegos eslabones de días,
opacos, duros como labios inapelables al beso,
y sin embargo nítidos, enrojecidos
por la luz volatinera con que el sol se divierte en una onda repentina.

El filo de una alberca, la memoria
donde el invierno se desangra en racimos de nubes.
Y las últimas aves que arrebatan al aire escorzos, despedidas.
El filo preciso que separa el amor imposible de dos mundos
o una senda desdoblada:
Una parte que rueda hacia el ocaso
con la ruina de la tarde, y nuestra vida a cuestas, con todas las preguntas.
Otra parte que queda esculpida en silencio,
en la sombra creciente,
acumulando el poso inútil de lo que ya no es,
precipitándose en su propio abismo
y en el color cansado, vagamente sepia,
del agua y la mentira.


(De Tránsito, DVD Ediciones, 2011)

miércoles, 22 de octubre de 2014

Poemas en Uno y Cero Ediciones

Uno y Cero Ediciones, la joven y muy recomendable editorial digital que dirige la escritora Teresa Garbí, ha tenido la gentileza de invitarme a colaborar en la sección de Firmas invitadas de su magnífica e interesantísima página web. Gracias a su hospitalidad, podéis leer allí cuatro poemas de un servidor. Los dos primeros pertenecen a mi poemario "Tránsito"(DVD Ediciones, 2011). El tercero es un inédito, de mi escasa (ay) producción de los últimos años. Y el cuarto, un poema en prosa que forma parte de un libro de prosas misceláneas, de próxima publicación. Mi agradecimiento a Teresa y a Uno y Cero Ediciones.



viernes, 17 de octubre de 2014

Fragmento de una entrevista con Ati Solerti (traducida)

(Hará algo más de un año, Ati Solerti, magnífica poeta y traductora griega, me hizo una extensa entrevista, en griego, para la revista digital Vakxikon. Aquí va mi traducción de una parte de esa entrevista, sobre todo lo concerniente a traducción y poesía, por si pudiera interesar a algún lector español)


***


Mantiene el blog que lleva por título Las diosas y las nubes. ¿Qué le inspiró tal nombre?

El nombre de mi blog me vino, casi sin querer, por un soneto de Gerardo Diego (poeta del 27 al que admiro bastante), titulado Nubes sobre el desierto. El poema habla de unas nubes solitarias que pasan, como diosas, sobre el desierto desolado, extendiendo sus sombras sobre la arena, en un espejo mutuo. Me di cuenta de que esta metáfora de la fugacidad era también muy apropiada para algo tan efímero y transitorio como lo son la internet y los blogs.

¿Cree en la inspiración como algo divino?

Creo en la inspiración, aun cuando usemos tal palabra para referirnos a algo que no sabemos con certeza qué es o de dónde procede. Sobre esta cuestión, recuerdo una ironía de Borges, donde afirmaba que Homero creía en la Musa, mientras que hoy algunos creen en el Inconsciente Colectivo, pero esto --decía-- es simplemente mudar de mitología. La poesía vive en el misterio, y tan sólo podemos hablar de ella en su propia lengua, que es el lenguaje del mito. La Musa / Diosa a la que se invoca en el comienzo del poema homérico pertenece al mito más extremo, el de la creación, y a mi juicio es una manera maravillosa de simbolizar lo ajeno, lo incomprensible que da lugar al poema. En mi experiencia personal, mucho más prosaica y humilde, naturalmente, que la de Homero, puedo decir que no sé cómo se crea un poema. Como escribí en otra ocasión, siempre llego demasiado tarde a mis poemas.

¿Por qué escribimos poesía?

Esa es la gran pregunta, que me atormenta desde que escribí el primer poema de mi vida, y creo que lo seguirá haciendo cada vez que acabe un poema, incluso si creyera que tal poema habría de ser el último. Amo la poesía, y mi relación con ella es, esencialmente, la propia de un lector, el estado que da más satisfacción, y que otorga el don de admirar. El poeta, como dije antes, se mueve en la esfera de la mitología. Los poemas que queremos tienen un halo de eternidad, como si renacieran en otras voces, las cuales forman parte de nuestra vida, incluso también la propia voz que oímos cuando leemos. Esto, para mí, es el amor a la poesía. Escribir poesía es una cosa diferente, algunas veces implica dolor. Para mí, es un acto inevitable.

Es usted filólogo, helenista, poeta y traductor. Ha dedicado gran parte de su actividad literaria a la traducción de poesía griega. Desde los poetas griegos de la antigüedad (Homero, Alcmán, Alceo, Safo, etc.) hasta los contemporáneos (Cavafis, Karyotakis, Polydouri, etc.). Cómo surgió ese gran amor y devoción a la lengua y literatura griegas?

Mi primer contacto con la lengua griega llegó en la universidad, cuando estudiaba Filología Clásica. Fue, naturalmente, a través del griego antiguo. Quedé fascinado desde el principio con todo lo que concernía a esta lengua, desde la primera vez que vi las letras que el profesor escribía en la pizarra. Me fascinó ir descubriendo los diferentes dialectos y autores, y los misterios del Lineal B en las tablillas micénicas. Pero cuando estudiábamos así la lengua griega, olvidábamos que el griego antiguo es sólo un fotograma de la película, parte de un continuo. No se puede disecar lo que está vivo y se mueve, tal empresa es una quimera. La clasificación de la lengua griega en antigua y moderna, como toda clasificación, es un artificio. A mi parecer, debemos entrar en la lengua griega siempre desde el presente.

El himno al amor, a la naturaleza, a la belleza, está extendido en la lírica griega arcaica. ¿Qué cree que contribuye a la intemporalidad de esa poesía?

Uno de los más grandes helenistas españoles, Manuel Fernández Galiano, afirmó que Safo fue la inventora del amor para Occidente. Suena como una gran verdad. Cada palabra de aquellos poetas, tan variopintos, se muestra siempre como recién creada, apenas con el rocío del amanecer. Todo es limpio y sincero, todo está vivo. Las muchachas del partenio de Alcmán quieren estar allí, en esos versos, y seguir cantando para siempre, frente a la fatiga de los filólogos alejandrinos. Arquíloco de Paros dice una vez y otra vez que el hombre es una sucesión de ritmos: alegrías y penas. Tal vez eso es la melancolía... Y parece también que Safo responde a Fernández Galiano, diciendo que lo más bello es lo que uno ama. Schopenhauer se refería al «Mundo como voluntad y representación». Pero cuánto mejor comprendemos a la diáfana Safo.

¿Advierte un algo común entre la escritura de los poetas griegos antiguos y la de los contemporáneos?

Frente a la idea artificial de «historia de la literatura» como algo lineal y progresivo, creo que los poetas de diferentes épocas en una lengua entablan un diálogo interminable entre ellos, respondiéndose el uno al otro. Dicho diálogo siempre se lleva a cabo en el aquí y ahora del lector. La lengua griega es un tejido inmenso, como el de Penélope. A lo lejos se escucha la voz de Homero, que es quien inició el diálogo. Su voz, aunque distante, sigue estando presente, como el rumor del mar al fondo.

¿Qué dificultades conlleva el trabajo de un traductor? ¿Donde surgen esas dificultades a las que se enfrenta?

En primer lugar (y creo que aquí el consenso es lo suficientemente amplio), pienso que la poesía es esencialmente intraducible. Podemos traducir las ideas, pero no las palabras. Y, como dijo Mallarmé, la poesía se hace con palabras, no con ideas. Este es el primer problema, el más insalvable. Sin embargo, cuando hablamos de poesía, debemos entender el término «traducción» con un sentido incorrecto. De tal modo, la «traducción» de un poema no debe juzgarse en base al poema original, en términos de «fidelidad», sino en base a la lengua de destino, conforme a la poesía. La traducción de un poema debe leerse como un poema. Naturalmente, es necesario que el traductor conozca la lengua del poema original, y su entorno. Pero, ¿a qué llamamos "conocer"? El traductor es siempre un viajero en tierra extraña, y su propia sorpresa será de lo que se nutra su traducción.

¿Existe algún secreto para una buena traducción?

Como dije antes, creo que traducir poesía es otra forma de escribir poesía. Aquí también entra en escena «la inspiración». Cada poema, original o traducción, proviene siempre a partir de una realidad intraducible. Pensamos que una lengua, sobre todo, es una herramienta de comunicación, de tal manera que no hay problema para nombrar las cosas. Pero el corazón del lenguaje humano es su imprecisión, que es, aun tiempo, lo que lo condena y lo salva. Las palabras son también poemas. Pondré un pequeño ejemplo. La palabra griega «σελήνη» y la palabra latina «luna», provienen de un antiguo adjetivo sustantivado indoeuropeo *leuks-na, que significa «la luminosa». No podemos referirnos a las cosas directamente, sino mediante una metáfora («la luminosa»). La lengua humana no sabe nombrar las cosas. Y este silencio sólo se puede llenar con la música de las palabras. Realmente, ignoro cuál es el secreto de una buena traducción. Pero sospecho que una traducción o un poema pueden venirse abajo en un segundo, por el sobrepeso de información y un deseo excesivo de comunicar.

El tono melancólico, la sensación de soledad, la dulce nostalgia por la belleza de todo tiempo que ya se ha marchado, la inocencia infantil, la esperanza en un sueño no cumplido, los sentimientos indecibles a la luz del alba, son la delicada canción de su decir. ¿Cuánto de biográfico tiene su escritura?

Siempre hay una experiencia vital previa, ya que no podemos crear un poema de la nada. Esta experiencia vital puede ser una persona, un sentimiento, un lugar, un pensamiento, un sueño, algo que hemos leído, una pieza musical, una obsesión, un presagio... Pero la traducción de todo esto no puede ser nunca literal. «El poeta es un fingidor», dijo Pessoa. En realidad, el poema es el que crea al poeta, no al contrario. La poesía es fantasía, mentira, pero una mentira verdadera. El poema quiere ser real, como aquella experiencia que nos emocionó. Y será real, cuando alguien le preste su voz de nuevo.

Pasado -- Presente -- Futuro: ¿qué le inspira más?

El presente, por supuesto. Aunque el presente sea un sueño fugaz, como nosotros mismos, es el lugar a donde pertenecemos. Pero no es aconsejable que nos volvamos unos nacionalistas del presente. Habitar el presente es tan sólo nuestro destino.










lunes, 1 de septiembre de 2014

Prólogo a Décimas de fiebre

(Para el magnífico y más que recomendable poemario de Eduardo Moga Décimas de fiebre, editado recientemente por Los papeles de Brighton, un servidor tuvo el honor de escribir este prólogo que reproduzco a continuación).


LA ELECCIÓN DE LA FIEBRE
Si hablamos de formas clásicas en poesía, ahora que toda posible huida parece ya tramada y ejecutada, no dejaremos de invocar una vez más los dilemas del clasicismo, con su aroma a vitrina de museo, tan apetecible de romper, y los de la forma y el fondo, distinción ilusoria entre un contenido provechoso y un envoltorio agradable a los oídos. Hablar de formas clásicas también nos encara con la terrible «preceptiva», vocablo inventado por los tratadistas de métrica y prosodia, esos agrimensores tristes, bajo el que congregaban todas las normas de aseo y buen uso para la correcta confección del poema. «Forma clásica»: un sintagma tan ajado, sí, como la estatuaria de un antiguo régimen cualquiera.
Pero los poetas del 27, la última gran vanguardia de la poesía española, fueron pródigos en esas llamadas formas clásicas. Y, por paradoja, si hay un regalo que tenemos que agradecerles entre tantos, es su saludable vindicación de la libertad creadora. Algo que Gerardo Diego sintetizó en un término conocido como la gana: «(...) Hacemos décimas, hacemos sonetos, hacemos liras porque nos da la gana... La gana es sagrada (...)». Movido por una idéntica y también sagrada (a su manera) gana, Eduardo Moga nos trae ahora estas cincuenta y cinco Décimas de fiebre, para las que tengo el honor de escribir unas (siempre innecesarias) pocas líneas previas.
No es la primera vez que Moga se pasea por las bodegas (así las llamó el propio Gerardo Diego) de los versos venerables. Ya en sus Seis sextinas soeces (Valladolid, El Gato Gris, 2008) nos entregó el poeta catalán una feliz poesía castellana de hoy, con un tono paródico hábilmente sostenido mediante los solos engranajes de la sextina, sin mala conciencia ni tramando ninguna trampa fuera del juego contra ese artificioso, enrevesado poema provenzal, casi olvidado más allá de la curiosidad histórica. Mejor suerte en la historia, desde luego, ha corrido nuestra llamada «décima espinela», estrofa de arte menor inventada por Vicente Espinel, un poeta menor del siglo XVI. La estructura de esta estrofa, cuyo prestigio ha sido tantas veces equiparado al del soneto, es bien conocida y se puede hallar descrita en cualquier manual de métrica española al uso: dos redondillas (dos cuartetos octosílabos de rima abrazada) unidos por otros dos octosílabos que ejercen de bisagra, rimando con el último y el primer verso de cada cuarteta, respectivamente. La décima, así, es un juego de espejos y simetría, un discurso en miniatura con la apariencia de estar cerrado sobre sí mismo, circular como ese curvo firmamento de la décima de Guillén que hace de lema y pórtico a este poemario. Y en una rueda así no habría de jugar un papel menos importante la rima, ese artificio antiguo que nos vuelve sobre la piel acústica del lenguaje; el azar y la gracia repentina de ver a dos palabras, de pronto, saludarse tan sólo porque suenan de una forma idéntica o parecida. Son estos, en fin, los gratos andamiajes de estas décimas, que nos pueden llevar fácilmente a pensar en el poema como una cárcel. O un ataúd, como sugiere el poeta:
Tengo años cuarenta y nueve,
que es lo mismo que decir
media vida sin reír
o tengo cuarenta y nieve.
No Eduardo: me llamo llueve,
y me inquina una tormenta
meticulosa, una lenta
casi nada que me guía,
con precisión de gumía,
a un ataúd de cincuenta.

Chesterton escribió una vez que el verso libre es una contradicción en los términos. Y aunque esta frase del genial gordo británico puede tomarse como el desahogo de una estética reaccionaria (y, probablemente, ésa fuera su intención), yo la veo más bien como el enésimo aserto de que toda elección siempre individualiza y marca unos límites, necesarios siempre para que se establezca nuestro deseo, porque tomar un camino supone abandonar todos los otros. Idéntica trabazón ciñe a la poesía, empezando por la que ejerce el propio tiempo (ataúd de cincuenta), ya que la vida que éste le presta al poema también supone el principio de su aniquilamiento.
La gana de componer décimas viene a recordarnos, asimismo, que la simetría no es en modo alguno la norma del arte, sino que en éste, como en un espejo del mundo (y un lugar más del mundo), todo es excepción y todo es nuevo, excéntrico, único. Si los poetas del 27 reivindicaron a Góngora, no lo hacían sólo por llamar la atención hacia el extremado cordobés, funambulista sin red, sino también para salvar a Lope del espeso sahumerio de la normalidad, para concederle a Lope su propio precipicio. Moga también se reserva el derecho a escoger el suyo, personal e intransferible, y a través de sus décimas redondas vuelve a ser el poeta que mira en torno, convocando la dispersión de sus días en una sola jornada, con todos sus contrastes y matices, sus invectivas y sus amores:
Solo algunas, por probar,
quise escribir al principio;
pocas, sin ganga ni ripio,
para zaherir, y amar,
y ver las cosas pasar.
(...)

Componer décimas, además, para desmentir la historia de la poesía y del poeta como progresiones de una línea recta; entender esa historia mejor como un círculo, donde convergen las lecturas y los poemas de cada época en un presente sentimental; donde la décima o espinela no es una reconstrucción arqueológica, ni una emulación de bachiller, ni mucho menos una forma arquetípica y vacía, lista para ser llenada con cualquier contenido que se resigne a adaptarse a sus paredes. La décima, antes bien, es el poema que nace ya con su propia música, como un eco de otras décimas antes escuchadas; el poema que sólo puede ser esa música y no otra, fatalmente:
(...)
Pero, como quien aventa,
esas pocas, en incruenta
floración, se amontonaron,
trenzaron fuegos, volaron,
hasta este mar de cincuenta.

Componer décimas, en suma, para recordar que la poesía, como el amor, es libre.

Juan Manuel Macías
Cercedilla, 2012

Los marcianos

(...)

Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.

--Siempre quise ver un marciano --dijo Michael--. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.

--Ahí están --dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.

Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.

Los marcianos les devolvieron una larga mirada silenciosa desde el agua ondulada...


(Ray Bradbury, Crónicas marcianas, trad. de F. Abelenda, Minotauro)

miércoles, 30 de julio de 2014

Inéditos

Lúcido, como siempre, escribía Sergio Gaspar este breve texto sobre la edición y la inedición, previo al arranque de su poema en prosa Aben Razin. En el primer número de Cuaderno ático.






domingo, 27 de julio de 2014

Otra hilacha

El ego de algunos poetas llega a tal extremo que no toleran que les haga sombra la poesía.

miércoles, 23 de julio de 2014

Oriente

Viernes de canícula, planicie y trabajo. Huele a barbacoa o a fritanga, y alguien está castigando el mundo con Melendi. A uno le gustaría escaparse a algún sitio en blanco y negro. De rancia geografía. Algo así como el Imperio austrohúngaro. Todo lleno de conspiraciones siniestras y gabardinas. Y cigarrillos turcos. Y mujeres de medias lisas y pasado tortuoso. Y tranvías. Y llevar un fedora sobre la cabeza. Y saludar levemente con él a Hedy Lamarr, inventora del wifi. Y subir a trenes que sólo salen por la noche, y discurren por la noche, toda la noche, hacia un Oriente impreciso, como sombríos pensamientos.



lunes, 14 de julio de 2014

2 hilachas

Un buen poema siempre es verdadero, aunque a lo largo de una vida, o en tan sólo un día, pueda contradecirse varias veces. Es verdadero no como el teorema de Pitágoras, sino como el propio Pitágoras.

***

Decía Rimbaud: "Yo es otro". Y Bécquer: "Poesía eres tú". Tal vez la poesía sea (aparte de muchísimas más cosas) el arte más antiguo de no estar solo.

viernes, 11 de julio de 2014

Reseña de Los trinos que se extinguen, por Antonio Ortega

Antonio Ortega firma esta espléndida reseña de mi traducción de Los trinos que se extinguen, de María Polydouri (Vaso Roto Ediciones). ¡Muchas gracias!