jueves, 30 de noviembre de 2017
Papiro 1231 (Safo)
Una parte del papiro 1231 de Oxirrinco, datado en el s. II de nuestra era y descubierto a principios del XX. Allí está preservado (izquierda) el fragmento 16 de Safo. Fue publicado por primera vez en 1914, y después de tantos siglos de silencio, como de una crisálida, renacieron, volvieron a escucharse "sobre la negra tierra" unos versos memorables. Aunque no como pudieron sonar en tiempos de la poeta de Mitilene. Pero da igual, pues la lengua en la que fueron dichos por primera vez sigue viva. Ni el tiempo ni las arenas del desierto han podido borrar la luz del rostro de Anactoria, su andar que mueve hacia el deseo, o ese verso que dice (gran verdad) que lo más bello es lo que se ama.
http://www.laoficinaediciones.com/?product=safo-poesias
viernes, 24 de noviembre de 2017
Lewis y Safo y una antigua copla
δέδυκε μὲν ἀ σελάννα
καὶ Πληΐαδες· μέσαι δὲ
νύκτες, παρὰ δ' ἔρχετ' ὤρα,
ἔγω δὲ μόνα κατεύδω.
***
La luna se ha puesto.
Se han puesto las Pléyades.
Media la noche. Pasa la hora.
Y yo duermo sola.
(Trad. JMM)
miércoles, 22 de noviembre de 2017
Llegaremos tarde
jueves, 16 de noviembre de 2017
La música a la que un día
martes, 7 de noviembre de 2017
Dos versiones del frío
Pensativa en el cristal,
vas deshilando la escarcha.
No sabes que son tus dedos
el telar de la mañana.
Al calor de tu memoria
cae la tarde fugitiva,
allí donde rompe el viento
su vieja guitarra herida.
Pasas las páginas lentas
del invierno por sus calles
y ocultas entre las horas
la luz muerta de los ángeles.
***
ESTRELLA
Ánfora rota de escarcha
entre las ramas en vilo.
Temblor de cielo desnudo,
de noche antigua y destino.
Entre las ramas la estrella
derrama su larga muerte
y se vacía en su símbolo.
sábado, 4 de noviembre de 2017
Alceo / la lluvia
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| Hiroshige, Lluvia repentina sobre el puente Shin-Ōhashi y Atake |
Vuelve la lluvia. Y también está lloviendo en el siglo VII a.C., sobre Alceo de Mitilene. Pero son sabios y sensatos sus consejos:
Fr. 338 V.
Llueve Zeus y grande es la borrasca
que de los cielos cae. Se han helado los ríos…
Echa abajo el invierno, prende el fuego,
el dulce vino mezcla sin reparos
y un almohadón mullido
aparéjate en torno de las sienes…
(Trad. Juan Manuel Macías)
ὔει μὲν ὀ Ζεῦς, ἐκ δ’ ὀράνω μέγας
χείμων, πεπάγαισιν δ’ ὐδάτων ρόαι …
…
κάββαλλε τὸν χείμων’, ἐπὶ μὲν τίθεις
πῦρ ἐν δὲ κέρναις οἶνον ἀφειδέως
μέλιχρον, αὐτὰρ ἀμφὶ κόρσαι
μόλθακον ἀμφι[ ] γνόφαλλον
viernes, 3 de noviembre de 2017
Apple
La multinacional Apple, que fabrica unas carcasas de diseño muy bonitas, con una manzana, y a veces con botones, despierta en mí entrañables sentimientos. Y emoción, como cuando veo esas colas tan largas para comprar sus productos de último grito, que son como el penúltimo pero con una cifra más. Así que pensaba enviarles este texto por esta Navidad. Seguro que les encanta.
Cuando alguien adquiere un dispositivo Apple (un iPhone, un iPad, un MacBook o cacharro similar) se le abren dos posibles caminos vitales. El primero (y, por desgracia, el más frecuente): entrar en un estado alterado de conciencia, una especie de Nirvana donde se dejará desplumar con devoción, y hasta placer, cada vez que la etérea manzana se digne a venderle a él, pobre mortal, cosas como un simple y puñetero cable de mírame y no me toques que, además, no respeta los estándares. La otra posibilidad, más mundana, es que se dé cuenta de pronto de que ha hecho el canelo. Puede, por supuesto, devolver el producto y recuperar el dinero. También, si ha perdido la garantía o el producto le ha llegado por dudoso mercadeo, puede ponerlo a subasta en Ebay. No tardará en venir algún tarado que pague el equivalente a un salario por algo como un simple celular con una manzana dibujada. Así está el mundo. Pero hacer eso implicaría propagar el mal. Yo me quito el virus pero se lo paso a otro. Eso no es ético. Lo ético sería contribuir a acabar con el virus. Mi propuesta, por tanto, consiste en que, por una mínima inversión de más, compre un martillo maza (como el de la foto ilustrativa) y se aplique con saña. No recuperará el dinero, pero le servirá de desahogo y catarsis.
miércoles, 1 de noviembre de 2017
La Wikipedia siempre
La ley de la gravedad
Una de las cosas que más detesto del nacionalismo, como de cualquier enunciado integrista, extremista o totalitarista, es su preocupante falta de sentido del humor y, lo que es peor, su incapacidad para reírse de sí mismo. Al cabo esto es característica del discurso supersticioso. En la superstición toda solemnidad se vuelve algo grotesco, vacío. Y las palabras se pronuncian desde un gesto severo, a ser posible con un trueno y un relámpago de fondo. Por otra parte, es el estado mental idóneo para entrar de cabeza al rabaño, porque siempre, siempre habrá alguien por encima de todo eso (brujo, echador de cartas, vendedor de ungüentos, amado líder) que se estará frotando las manos. Si es que Chesterton tenía mucha razón: el diablo cayó por la ley de la gravedad.
domingo, 22 de octubre de 2017
Más ecos de las Poesías de Safo (II)
Mil gracias a Mònica Vidiella por esta generosa reseña en Los diablos azules (Info Libre):
https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/10/20/safo_poesias_70887_1821.html
sábado, 14 de octubre de 2017
Messiaen
Oliver Messiaen, genial compositor, profesor de conservatorio, ferviente católico, organista, ornitólogo... Su magisterio en el siglo pasado transcendió los ceñudos límites de la llamada «música culta» para encontrar esquinas más arrabalescas y gamberras. Frank Zappa, por ejemplo, quien no perdió ocasión para declarar la influencia que una parte de la música del francés ejerció en sus composiciones. O el gran bajista de jazz Anthony Jackson, el cual afirmó que la pieza messianesca para órgano La Nativité du Seigneur era de lo más grande que había escuchado. Pero esos datos no son nada para mí comparados con esto que solía decir Messiaen: "Los pájaros son los mejores compositores". Frase que sin duda lo eleva definitivamente sobre la tierra, y sobre su discípulo Pierre Boulez, pelmazo, pedante y vanguardista de gabinete. Messiaen fue el gran traductor de los pájaros para este mundo plano y sin alas. Y, si no, escuchen, escuchen...
martes, 10 de octubre de 2017
Hexámetros y caballos
Como el resto de su distinguido gremio, se ganaba la vida cantando historias en los banquetes de los grandes hombres. Y aunque todos ya conocían de largo esas historias, él sabía que cualquier canción es nueva cada vez que se canta, y manejaba los engranajes precisos, según le habían enseñado los más viejos, para mover el ánimo elemental de su auditorio en un momento dado, y solicitar la atención para la risa o el llanto, para la intriga o la cólera. Pero llevaba mucho tiempo en silencio porque buscaba un verso. Concretamente, buscaba un hexámetro, aunque él no lo llamaba así. Nunca se le había resistido antes un hexámetro, o lo que fuera aquello, y esos seis compases siempre habían acudido con docilidad de su memoria a sus labios cuando los necesitaba. Desolado, reclamó la ayuda de los dioses en que no creía, y los dioses también le entregaron su silencio.
Hasta que una mañana se paró a mirar unos caballos que pacían en un prado. Estaba cansado de ver caballos desde niño, pero aquella visión incorporaba las primicias de un sueño, y esas bestias se le revelaron entonces hermosas y terribles hasta el dolor, como recién creadas bajo el sol, como si por un momento albergaran en su perfil, en su definitiva osamenta, la llave de toda la creación. En la mañana de la memoria, infinidad de imágenes o presagios comenzaron a solaparse en su frente, uno tras otro, sin descanso. Vio rostros, nombres y lugares formando parte de una única y vasta tela. Vio a una reina sola y triste que tejía esa tela con minuciosa mansedumbre. Descubrió un engranaje que nunca le habían enseñado los más viejos de su gremio, aquel que mueve el auditorio a la esperanza, y a creer que la ciudadela nunca va a caer en llamas, o que algún día ha de llegar un vagabundo del numeroso mar para reclamar su trono y abrazar a la reina que teje sola y triste. Las dos caras de una baja moneda. Aquella mañana extraña y mitológica murió el artesano y nació el poeta. Sabía que el camino iba a ser muy largo, tanto el de ida como el de vuelta. Pero para el primero ya conocía la cifra exacta de hexámetros —muchos, miles— que tendrían que sucederse en un claro orden hasta llegar al verso que le había sido regalado:
«Así se celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos.»
Se marchó corriendo a casa, y tropezó dos veces, mientras uno de esos caballos lo miraba distraído con un poco de hierba en la boca.





