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| Paul Sérusier: El talismán (Portada del núm. 21/22 de Tinta china) |
lunes, 28 de mayo de 2018
Sómata en Tinta china
jueves, 3 de mayo de 2018
Reconciliación
sábado, 28 de abril de 2018
[Los pájaros sostienen la mañana...]
con su tibio presagio. Los venimos oyendo,
desde siempre o desde nunca,
en la ventana imprevista donde acaba el invierno,
en la plaza inminente de todos los deshielos.
Suben y vuelan los pájaros, rubrican nuestros viajes hacia dónde;
en los hoteles deshilan su largo ovillo de promesas;
en la quimera encendida de las tardes dejan su vaga tinta
y se marchan, y se marchan los pájaros entre dudas como puntos suspensivos.
Lloramos pájaros.
Sangramos pájaros, incluso,
por ese latido, esa música, ese color simplemente libre, indescifrable,
mucho antes de que los primeros labios tristes se rindieran
y declararan confines como «alondra», «tórtola», «ruiseñor», «vencejo».
Y cuando la noche se lleva el mundo con sus pájaros
aún se estremece un pequeñísimo jirón de cielo
en nuestra leve frente enferma,
lo mismo que un fanal olvidado en las afueras,
donde el joven amor insiste otra vez en sus pájaros antiguos.
miércoles, 25 de abril de 2018
Paréntesis
jueves, 12 de abril de 2018
Bspwm y la metáfora del escritorio
En mi caso, yo llevo trabajando un tiempo con Bspwm, un gestor de ventanas del que me he enamorado perdidamente, aunque los amores en Linux siempre son polígamos o simples aventuras de una noche. Bspwm vendría a ser un gestor de ventanas estilo «tiling», de esos que aspiran a romper con la metáfora clásica del escritorio a la que casi todos estábamos acostumbrados desde antiguo. En ésta, las ventanas se disponen como si fueran papeles que van apilándose en una mesa, a veces con demasiado caos, lo cual es una representación bastante fiel (ay) del escritorio físico. Por contra, en los tiling las ventanas se ordenan marcialmente igual que un mosaico, aprovechando hasta el último centímetro de la pantalla. Olvídense de cosas tan rancias como la barra de título o los botones de maximizar, minimizar o cerrar. Bspwm, así las cosas, me resulta increíblemente cómodo para traducir, o incluso maquetar, donde suelo tener un montón de ventanas abiertas a un tiempo. Además, se maneja con una rapidez pasmosa sin levantar las manos del teclado (en los portátiles es una bendición), su consumo de recursos es ridículo y aprender a usarlo es infinitamente más fácil que recordar su nombre.
De todas formas, insisto: en Linux somos todos abejorros de culo inquieto. O tal vez no exista el entorno de escritorio perfecto. Por eso siempre es una liberación poder usar varios entornos (y metáforas de escritorio) a lo largo del día, frente al aburrido uniforme gris del software privativo. Aunque también decía un usuario del foro de Manjaro Linux (refiriéndose a los dos entornos emblemáticos del sistema operativo del pingüino): «When I run Plasma I miss GNOME’s simplicity. When I run GNOME I miss Plasma’s configurability». Esto mismo (le contesté) ya lo teníamos en nuestros viejos libros de texto de latín: «Romae rus, ruri Romam desidero» (En Roma extraño el campo, en el campo extraño Roma).
viernes, 30 de marzo de 2018
Elegías y sátiras (Kostas Karyotakis) -- Nuevo libro
Me hace mucha ilusión compartir con vosotros la noticia de que acaba de salir en la editorial Pre-Textos mi traducción de las Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos de Kostas Karyotakis. Ojalá os pueda interesar este poemario esencial del gran poeta griego, al menos tanto como a mí me emocionó y fascinó traducirlo. Os dejo con un enlace de la novedad bibliográfica en la web de la editorial.
martes, 27 de marzo de 2018
Apunte sobre una golondrina
APUNTE SOBRE UNA GOLONDRINA
Sombra sobre la frente.
O Sueño.
La golondrina escribe un lejano azul oscuro
en la pizarra del cielo.
Es tarde, tarde.
La golondrina
ha dibujado el rizo
que cortaron de un ángel proscrito y sin recreo.
La tarde es gris y fresca; la primavera, antigua;
la golondrina pasa y gira, enajenada,
sobre la frente, sobre el encerado
del tiempo.
Pequeña golondrina, vieja sombra,
escribe en letras grandes, limpia mi frente
de pensamientos;
golondrina de años, pasa y deja
sobre mi frente el leve trazo,
el humo frío de tu tarde,
la delicada firma de un recuerdo.
jueves, 22 de marzo de 2018
Hospital
El otro día me tocó ir a consulta rutinaria. Por primera vez en el nuevo y flamante hospital de Collado Villalba, que es uno de esos hospitales de nuevo diseño (al menos en Madrid), más parecido a un aeropuerto, o al Mercadona, que a lo que el imaginario nos tiene acostumbrados en cuanto a estos edificios. Y en mi caso no sólo el imaginario, pues mi madre trabajó en el Ramón y Cajal hasta su jubilación, y eso sí que era un hospital de la vieja escuela. Uno ya sabía que estaba en un hospital nada más cruzar el espartano vestíbulo, cosa que siempre he agradecido. Y es que tengo la anticuada manía de querer encontrarme en los sitios adonde voy aquello que prometen, ya sea un ultramarinos, un banco, una catedral o un club social de mormones nudistas. Qué se yo: una forma más de no perderse en el mundo.
Pero este hospital de Villalba, con sus diáfanas salas, casi sin pasillos, sus tiendas, sus escaleras mecánicas y su atmósfera (digamos) neutra consiguió inquietarme más que otra cosa. Gente, mucha gente, algunos atentos a los monitores en las paredes, otros introduciendo con mecánica resignación la tarjeta sanitaria en unas máquinas parecidas a las expendedoras del metro. Todo muy automatizado, sí, pero lo que me escamó es que no se veían médicos, ateeses, auxiliares, celadores… El personal habitual que tiene por costumbre trajinar por los hospitales, más que nada porque trabaja allí. Se diría que los médicos, con esas batas blancas, las recetas, las alarmas tenían prohibido pisar ese espacio tan cool. Si me diera un infarto allí mismo y me cayera pasmado, ¿saldría algún médico de la nada para atenderme? ¿O me sentiría avergonzado, segundos antes de caer pasmado, por algo tan hortera como ponerse enfermo?
Se suele decir que los hospitales son sitios fríos y asépticos. Pero si hay un lugar frío y ñoño como pocos es ese hospital vanguardista que no quiere ser un hospital. Los hospitales pueden ser tristes, esperanzadores, a veces desasosegadores, pero nunca fríos. Y eso lo descubrí los únicos e irrisorios cinco días de mi vida en que (hasta ahora) estuve ingresado en uno. Son lugares lastrados de una tremenda humanidad: el gran peso de todo aquello que somos gravita allí de una forma singular. Esperemos, en fin, que algún día devuelvan a los médicos y demás personal a los pasillos del hospital de Villalba. Me tranquilizaría bastante. Porque un hospital sin médicos es como un colegio sin niños.
viernes, 9 de marzo de 2018
De todas las estrellas...
Así traduje estos versos (frag. 104 en la ed. Lobel-Page) en mi edición de las poesías de Safo publicada en La Oficina de Arte Ediciones:
Ἔcπερε πάντα φέρων ὄcα φαίνολιc ἐcκέδαc ̓ Aὔωc,
φέρειc ὄϊν, φέρειc αἴγα, φέρειc ἄπυ μάτερι παῖδα.
... ἀcτέρων πάντων ὀ κάλλιcτοc.
Estrella de la tarde, que traes cuanto esparció la blanca Aurora,
traes la oveja y la cabra, y a la madre le quitas la muchacha.
... de todas las estrellas la más bella.
jueves, 1 de febrero de 2018
Nueva reseña de las Poesías de Safo
http://www.diariodesevilla.es/delibros/ama_0_1213378721.html
miércoles, 31 de enero de 2018
Pocos
lunes, 22 de enero de 2018
Out To Lunch!
Siempre me hizo gracia aquella historia del espectador de un concierto de jazz que quería denunciar a los músicos porque, según su fino criterio, lo que tocaban no era jazz. Los puristas del jazz, como los de la poesía, el cine, incluso el sexo, son unos pelmazos de manual. Miles Davis, en sus últimas entrevistas, solía comentar (o insinuar) que a esas alturas ya no sabía a ciencia cierta cómo clasificar su música. Pero por una cierta pereza todos acabamos por llamarlo jazz. Bendita pereza, o lo que sea, prima hermana de la no menos bendita impropiedad del lenguaje humano. Al final todo es jazz. Safo componía jazz. Y hasta la poesía (con permiso de don Nicanor) puede llegar a ser, a veces, poesía.
Al hilo de estas impropiedades y de este lunes huérfano cualquiera, cómo no recordar esa maravillosa gamberrada de Eric Dolphy titulada Out To Lunch! (1964), con su impagable portada y el reloj que apunta a cualquier hora posible de regreso (cuando sepamos por fin qué es jazz, qué es poesía, volveremos de almorzar y se habrá acabado todo).
(El álbum comienza con «Hat and Beard», tema inspirado, al parecer, en la persona de Thelonious Monk:
jueves, 18 de enero de 2018
Fragmentada Safo
A pesar de la ligereza con que en filología clásica se manejan los siglos, y hasta los milenios, veintiocho siglos pesan demasiado, incluso para los hombros de la ceñuda academia. Parece increíble que aún siga sonando algo de la voz de Safo, como una planta terca que crece en todos los eriales, incluso a despecho del frío, insistiendo en buscarnos y encontrarnos. Pero el de Safo es ya un simple nombre que está tras los fragmentos de los papiros que copiaron los alejandrinos. Para ellos mismos ya resultaba tan lejana como para nosotros pueden serlo Góngora y Quevedo. Un nombre ramificado también en mil ecos culturales, una influencia implacable (Swinbourne tuvo el arrojo de decir de ella que era «the greatest poet who ever was at all» ), o quizás, una mera tradicición poética repartida en innumerables teselas que hoy a duras penas podemos juntar. Ezra Pound, de hecho, homenajeó esa condición fragmentaria en uno de sus personales «experimentos sáficos», Papyrus. ¡Y cuánta Safo palpita aún en esas tres sencillas palabras bárbaras, ininteligibles para la propia Safo!
spring..........
too long.......
gongyla.......
Contamos con la certeza, en cualquier caso, de que esa voz hecha trizas viene a tocarnos desde muy lejos, desde un mundo previo a toda «literatura», que apenas acertamos a vislumbrar. Siempre me fascinó divagar sobre qué andamiajes sustentarían allí los poemas de Safo, qué entendería ella por «publicar» en un orbe que no conocía lo libresco y que apenas estaba empezando a jugar con la escritura, prácticamente relegada aún al ámbito del ritual. Cualquier conjetura nos puede llevar al delirio. Se habla de música, de danza, de mímica. ¿Cómo esos poemas gestados casi en la más radical intimidad anduvieron de boca en boca y acabaron siendo copiados por los severos y hacendosos alejandrinos? ¿Entendía el escriba el peso del corazón que depositaba en esa tinta, en el ocre otoñal del papiro, los amores perdidos, los celos, el odio y la ternura de Safo? ¿Qué timbre tendría la voz de la lesbia para sus cercanos, cuando escuchaban sus poemas? Todas estas incógnitas me resultaron fascinates, sobre todo porque seguirán siendo, para siempre, incógnitas. Por eso me decepcioné bastante cuando descubrí que la mayor preocupación de los filólogos para con Safo consistía en indagar en, digamos, su vida de alcoba.
Que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente. Pero lo peor no fue esa chusma de jueces grises en sus despachos grises; lo peor, sin duda, fueron los bienpensantes, los que el gran Manuel Fernández Galiano llamó con su justa sorna «los maestros de la componenda», los que intentaron salvar a Safo de calumnias y habladurías y normalizarla de acuerdo con la moral del momento. A saber qué agitadas imágenes pasarían por la imponente cabeza de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff cuando acertó a dictaminar que la poeta de Lesbos regentaba una suerte de «internado para señoritas». Anacronismos de este estilo llevaron también (y me temo que aún llevan) a intentar compartimentar la compleja red afectiva de Safo de acuerdo con el léxico empleado en sus poemas. Como si tal empresa fuera posible en cualquier ser humano, empezando por los propios estudiosos que se afanaron en dilucidar esas fronteras. De tal forma que se llega a postular cuándo Safo ama con calidad de amiga, cuándo erótica u homoeróticamente, y en este último supuesto, en qué circunstancias pudo o no consumar, con datos fehacientes o razonablemente verosímiles, dichas relaciones. Llegamos a un caso espeluznantemente único en toda la historia de la poesía y la filología, en el que tenemos a más eruditos (muchos de ellos ya con cierta edad) metidos en la cama de un poeta que en sus propios poemas.
Tal vez a Safo le harían reír estos desmanes. Acaso porque sabría que, por mucho que la buscasen, nunca darían con ella, ni aunque la tuviesen delante. Pero tampoco podremos dudar de lo palmario de su amor, al margen de las vanas etiquetas. Ella no las quería ni las necesitaba. Se contentaba con el lenguaje del mito, en el que tan bien se explicaba y tan maravillosamente la entendemos. El amor como una serpiente dulce y amarga, que destroza los miembros. El amor que es como el viento que agita las encinas en el monte. Y aun con todo, seguiremos dividiendo a Safo, escindiéndola entre el somatismo más instintivo y extremo, casi animal, y el mero ámbito del psiquismo y la sentimentalidad. Otra frontera más. O dos Safos, aparentemente incompatibles, que solo viven en mentes enfermas: a las mujeres, cuando no se les ha negado el alma, se las ha hecho culpables de su cuerpo. Y tú, querida Safo, no has sido ni serás la última.
Pero además está eso que dejó dicho en un verso sublime para hacer añicos de una vez todo el pensamiento griego y occidental y, con este, su concepción del mundo: lo más bello es lo que uno ama. Mucho tiempo después Schopenhauer hablaría del mundo como voluntad y representación, pero cuánto mejor entendemos a la diáfana Safo, devolviéndonos a todos a nuestra humilde condición de humanos para mirar las cosas como sólo podemos mirarlas, porque de Anactoria únicamente acertamos a ver su luminoso rostro y nuestro amor es el de los eternos diletantes.
Ventiocho siglos han caído uno tras otro y a Safo, por mucho que nos afanemos en buscarla, la tenemos ya como la manzana de esos bellísimos versos, tan suyos, que enrojece olvidada por los cosecheros, en lo más alto del árbol, y no la olvidan, pero no pueden alcanzarla. Nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya solo sea nuestra propia voz cansada o descreída. Sabemos que en esa ruina de fragmentos la suma de todas las Safos posibles que la cultura de occidente nos ha entregado desde mil perspectivas no nos devolverá a Safo. Pero otros tuvieron más suerte. Su amigo el poeta Alceo, que la admiraba, la supo retratar como nadie en un verso memorable, que el azar del tiempo ha querido regalarnos, dejando allí la impronta de una mirada, en la siempre impura arcilla de las palabras:
Y nos parece, sí, que lo escribió ayer.
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