sábado, 2 de junio de 2018
jueves, 31 de mayo de 2018
El noveno pasajero
Pero aquella Alien, el octavo pasajero no necesitaba expandirse por ningún lado. Era una historia simple, elemental, como la excelente El diablo sobre ruedas del primer Spielberg: personas completamente normales se encuentran con alguien en su camino que quiere matarlas, por alguna razón que se nos escapa o simplemente sin razón. ¿Y la criatura alienígena? Bastan sus apariciones fugaces, como una amenaza que se escurre, imprecisa, por los grasientos corredores de la nave Nostromo, entre humo y luces desquiciadas cuya finalidad tampoco acabamos de ver, más allá de desquiciar también a los tripulantes y a nosotros de paso. Tampoco necesitamos conocer la vida y el universo interior del alien. Probablemente el pobre no dé para más: es un secundario en el fondo y, como Escila y Caribdis, su papel en la trama acaba donde empieza. De la criatura quedarán para el recuerdo el inspiradísimo diseño de Giger (qué gran hallazgo, por cierto, lo de evitar dejarle en su versión definitiva un par de ojos visibles: eso le hubiese conferido algún tipo de humanidad, o al menos una suerte de conciencia, un plan), como también el extremado barroquismo de su proceso reproductivo. El cual, para llegar a buen término, requiere: (a) un huevo; (b) un bicho francamente asqueroso y saltarín que se te pega a la cara, te rodea con sus tentáculos y no te suelta hasta que te deja en los entresijos un segundo huevo; (c) una nave que pase por allí; y (d) el gran John Hurt para poner su cara y armar el quilombo. Si el alien es una especie de parásito, está claro que estaríamos ante el alumno más heterodoxo en la Escuela Superior de Piojos, Pulgas y Garrapatas. La naturaleza, por contra, suele tender más a la economía de medios, y a echar mano de ese principio que en la jerga de los programadores informáticos se conoce como KISS (Keep it simple, stupid!). Pero este proceso tan alambicado, caprichoso y lento de maduración y crecimiento en nuestra criatura (aunque no tanto como el de algunos adolescentes) suma muy bien a la trama un cierto tono onírico. A decir verdad, cuando el alien consigue llegar a adulto de una vez y empezar a hacer de las suyas, casi nos quedamos sin película. El miedo y el suspense estriban aquí, más bien, en una amenaza creciente: el «¿y ahora qué viene?». Lo malo es que en todas las películas que siguieron a ésta en la «saga» ya sabemos de sobra lo que viene.
Después del disgusto de Alien: Covenant me han entrado ganas, sí, de volver a ver aquel octavo pasajero del 79. Incluso —reconozcámoslo— también a aquella Sigourney Weaver del 79. Pero tal vez mejor que siga abandonado ese planeta inhóspito en su viento perpetuo, con su nave varada y sus peligros, no sea que éstos nos dejen de asustar y les acabemos viendo las tramoyas y los resortes. Y es que todo, al igual que la gestación del alienígena de la doble dentadura, tiene su tiempo y su tempo. Y las películas, como los poemas, como las canciones, como las calles, como el amor, sólo suceden (nos suceden) una vez en la vida. El resto es alimentar la memoria e intentar volver. Pero no lo olvidemos: el planeta de Alien emitía una señal reiterada en el vacío del espacio, y la tripulación adivinó —ya demasiado tarde, ay— que esa señal no era más que una advertencia.
miércoles, 30 de mayo de 2018
El secreto
martes, 29 de mayo de 2018
Valentía y jirafas
En poesía, en el arte y en la vida la libertad lo es todo. Pero esa libertad no implica quererlo todo, que en el fondo equivale a no querer nada. No podemos tener sed y no tenerla al mismo tiempo. Escoger un camino conlleva descartar los otros posibles. Ya decía Chesterton, con su habitual agudeza, que si un pintor deseara —en ejercicio de su libertad— pintar una jirafa sin el cuello largo, entonces no sería libre para pintar una jirafa. Los pusilánimes de toda época puedieran calificar de valentía la actitud cercenadora de ese pintor. Pero no hay mayor valentía ni más grande riesgo —y hasta vértigo— que el de ser fiel al cuello de las jirafas. Y a su longitud.
lunes, 28 de mayo de 2018
Sómata en Tinta china
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| Paul Sérusier: El talismán (Portada del núm. 21/22 de Tinta china) |
jueves, 3 de mayo de 2018
Reconciliación
sábado, 28 de abril de 2018
[Los pájaros sostienen la mañana...]
con su tibio presagio. Los venimos oyendo,
desde siempre o desde nunca,
en la ventana imprevista donde acaba el invierno,
en la plaza inminente de todos los deshielos.
Suben y vuelan los pájaros, rubrican nuestros viajes hacia dónde;
en los hoteles deshilan su largo ovillo de promesas;
en la quimera encendida de las tardes dejan su vaga tinta
y se marchan, y se marchan los pájaros entre dudas como puntos suspensivos.
Lloramos pájaros.
Sangramos pájaros, incluso,
por ese latido, esa música, ese color simplemente libre, indescifrable,
mucho antes de que los primeros labios tristes se rindieran
y declararan confines como «alondra», «tórtola», «ruiseñor», «vencejo».
Y cuando la noche se lleva el mundo con sus pájaros
aún se estremece un pequeñísimo jirón de cielo
en nuestra leve frente enferma,
lo mismo que un fanal olvidado en las afueras,
donde el joven amor insiste otra vez en sus pájaros antiguos.
miércoles, 25 de abril de 2018
Paréntesis
jueves, 12 de abril de 2018
Bspwm y la metáfora del escritorio
En mi caso, yo llevo trabajando un tiempo con Bspwm, un gestor de ventanas del que me he enamorado perdidamente, aunque los amores en Linux siempre son polígamos o simples aventuras de una noche. Bspwm vendría a ser un gestor de ventanas estilo «tiling», de esos que aspiran a romper con la metáfora clásica del escritorio a la que casi todos estábamos acostumbrados desde antiguo. En ésta, las ventanas se disponen como si fueran papeles que van apilándose en una mesa, a veces con demasiado caos, lo cual es una representación bastante fiel (ay) del escritorio físico. Por contra, en los tiling las ventanas se ordenan marcialmente igual que un mosaico, aprovechando hasta el último centímetro de la pantalla. Olvídense de cosas tan rancias como la barra de título o los botones de maximizar, minimizar o cerrar. Bspwm, así las cosas, me resulta increíblemente cómodo para traducir, o incluso maquetar, donde suelo tener un montón de ventanas abiertas a un tiempo. Además, se maneja con una rapidez pasmosa sin levantar las manos del teclado (en los portátiles es una bendición), su consumo de recursos es ridículo y aprender a usarlo es infinitamente más fácil que recordar su nombre.
De todas formas, insisto: en Linux somos todos abejorros de culo inquieto. O tal vez no exista el entorno de escritorio perfecto. Por eso siempre es una liberación poder usar varios entornos (y metáforas de escritorio) a lo largo del día, frente al aburrido uniforme gris del software privativo. Aunque también decía un usuario del foro de Manjaro Linux (refiriéndose a los dos entornos emblemáticos del sistema operativo del pingüino): «When I run Plasma I miss GNOME’s simplicity. When I run GNOME I miss Plasma’s configurability». Esto mismo (le contesté) ya lo teníamos en nuestros viejos libros de texto de latín: «Romae rus, ruri Romam desidero» (En Roma extraño el campo, en el campo extraño Roma).
viernes, 30 de marzo de 2018
Elegías y sátiras (Kostas Karyotakis) -- Nuevo libro
Me hace mucha ilusión compartir con vosotros la noticia de que acaba de salir en la editorial Pre-Textos mi traducción de las Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos de Kostas Karyotakis. Ojalá os pueda interesar este poemario esencial del gran poeta griego, al menos tanto como a mí me emocionó y fascinó traducirlo. Os dejo con un enlace de la novedad bibliográfica en la web de la editorial.
martes, 27 de marzo de 2018
Apunte sobre una golondrina
APUNTE SOBRE UNA GOLONDRINA
Sombra sobre la frente.
O Sueño.
La golondrina escribe un lejano azul oscuro
en la pizarra del cielo.
Es tarde, tarde.
La golondrina
ha dibujado el rizo
que cortaron de un ángel proscrito y sin recreo.
La tarde es gris y fresca; la primavera, antigua;
la golondrina pasa y gira, enajenada,
sobre la frente, sobre el encerado
del tiempo.
Pequeña golondrina, vieja sombra,
escribe en letras grandes, limpia mi frente
de pensamientos;
golondrina de años, pasa y deja
sobre mi frente el leve trazo,
el humo frío de tu tarde,
la delicada firma de un recuerdo.
jueves, 22 de marzo de 2018
Hospital
El otro día me tocó ir a consulta rutinaria. Por primera vez en el nuevo y flamante hospital de Collado Villalba, que es uno de esos hospitales de nuevo diseño (al menos en Madrid), más parecido a un aeropuerto, o al Mercadona, que a lo que el imaginario nos tiene acostumbrados en cuanto a estos edificios. Y en mi caso no sólo el imaginario, pues mi madre trabajó en el Ramón y Cajal hasta su jubilación, y eso sí que era un hospital de la vieja escuela. Uno ya sabía que estaba en un hospital nada más cruzar el espartano vestíbulo, cosa que siempre he agradecido. Y es que tengo la anticuada manía de querer encontrarme en los sitios adonde voy aquello que prometen, ya sea un ultramarinos, un banco, una catedral o un club social de mormones nudistas. Qué se yo: una forma más de no perderse en el mundo.
Pero este hospital de Villalba, con sus diáfanas salas, casi sin pasillos, sus tiendas, sus escaleras mecánicas y su atmósfera (digamos) neutra consiguió inquietarme más que otra cosa. Gente, mucha gente, algunos atentos a los monitores en las paredes, otros introduciendo con mecánica resignación la tarjeta sanitaria en unas máquinas parecidas a las expendedoras del metro. Todo muy automatizado, sí, pero lo que me escamó es que no se veían médicos, ateeses, auxiliares, celadores… El personal habitual que tiene por costumbre trajinar por los hospitales, más que nada porque trabaja allí. Se diría que los médicos, con esas batas blancas, las recetas, las alarmas tenían prohibido pisar ese espacio tan cool. Si me diera un infarto allí mismo y me cayera pasmado, ¿saldría algún médico de la nada para atenderme? ¿O me sentiría avergonzado, segundos antes de caer pasmado, por algo tan hortera como ponerse enfermo?
Se suele decir que los hospitales son sitios fríos y asépticos. Pero si hay un lugar frío y ñoño como pocos es ese hospital vanguardista que no quiere ser un hospital. Los hospitales pueden ser tristes, esperanzadores, a veces desasosegadores, pero nunca fríos. Y eso lo descubrí los únicos e irrisorios cinco días de mi vida en que (hasta ahora) estuve ingresado en uno. Son lugares lastrados de una tremenda humanidad: el gran peso de todo aquello que somos gravita allí de una forma singular. Esperemos, en fin, que algún día devuelvan a los médicos y demás personal a los pasillos del hospital de Villalba. Me tranquilizaría bastante. Porque un hospital sin médicos es como un colegio sin niños.
viernes, 9 de marzo de 2018
De todas las estrellas...
Así traduje estos versos (frag. 104 en la ed. Lobel-Page) en mi edición de las poesías de Safo publicada en La Oficina de Arte Ediciones:
Ἔcπερε πάντα φέρων ὄcα φαίνολιc ἐcκέδαc ̓ Aὔωc,
φέρειc ὄϊν, φέρειc αἴγα, φέρειc ἄπυ μάτερι παῖδα.
... ἀcτέρων πάντων ὀ κάλλιcτοc.
Estrella de la tarde, que traes cuanto esparció la blanca Aurora,
traes la oveja y la cabra, y a la madre le quitas la muchacha.
... de todas las estrellas la más bella.
jueves, 1 de febrero de 2018
Nueva reseña de las Poesías de Safo
http://www.diariodesevilla.es/delibros/ama_0_1213378721.html



