martes, 19 de junio de 2018
# To Do
Soy muy aficionado a escribir listas de cosas por hacer, quizás una forma enfermiza de tener un pie —siempre de barro— en el futuro. Pero las hago, me divierten y entretienen un tiempo que a lo mejor podría estar empleando en ejecutar algunas de esas tareas que enumero escrupulosamente. Para el verano en ciernes, el astronómico y el termométrico, no podría faltar la larguísima lista que llevo estos días redactando. Extraigo de ella aquí algunos ítems. Por ejemplo: lecturas pendientes, que se han ido acumulando en la mesa y en el disco duro, postergándose —y bien a mi pesar— por esta vida ajetreada que lleva uno. También, y si el trabajo me va dejando huecos, me gustaría seguir trasteando y aprendiendo algunos de mis lenguajes de programación favoritos, como Python, Lua o Lisp. Por desgracia, será otro verano en que no pueda empezar a aprender japonés, pues bastante tengo ya a estas alturas con no olvidar el griego. Tal vez en un mundo paralelo, o más allá del espejo, otra versión de un servidor esté ahora escribiendo lo mismo pero en términos inversos. Creo que debería pintar mi estudio, pero me produce una pereza inmensa pensar siquiera en levantar una brocha, por más que me salgan las caras de Bélmez en cofradía. Y, por supuesto, espero divisar ya el humo de Ítaca en mi traducción de la Odisea. Aunque a mi vecino se le ha estropeado la depuradora de la piscina, y creo que no tiene intención de repararla este verano, el muy truhán. Y esto es algo que me fastidia y me trastoca bastante, ya que ese rumor acuático era una compañía impagable para traducir la Odisea en las madrugadas: se imaginaba uno a las olas golpeando, una y otra vez, la quilla de la cóncava nave.
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domingo, 17 de junio de 2018
20 hilachas sobre poesía
Un gran poema siempre viene de muy lejos, y se marcha hacia muy lejos.
Leer por primera vez un poema que nos emociona es como volver a descubrir la poesía, recién llegada al mundo.
El poeta construye en el poema la casa más extraña del mundo a su medida. Tan extraña (y tan a su medida) que, al terminarla, la llave no le entra en la cerradura. Y la orden de desahucio viene de camino.
Todo el misterio de la poesía puede atesorarse, creo, en un sintagma asombroso e infinito: lengua materna.
La poesía se parece más al relámpago que a esa farola terca, voluntariosa, que insiste durante toda la noche.
Aunque algunos insistan en lo contrario, la poesía no es cosa del estudio sino del recreo. Y del re-creo —que es algo muy serio— se puede volver con rasguños y moratones.
Asomarse al poema como quien se asoma a las aguas de un pozo. Desde el fondo nos mira nuestro propio rostro con una adivinanza.
No veo la poesía como un género, ni como prosa o verso, sino como esa serpiente —difícil, escurridiza— que vive entre géneros y vallados.
La poesía nos une con lo animal. Es la garganta, el cuerpo y la sangre. El idioma antes que el lenguaje. La voz antes que el logos.
Un buen poema siempre es memorable. No importa que no lo recuerdes ahora. Antes de tu llegada ya había una memoria universal que lo recordaba, lo decía. A esa memoria los griegos la llamaron Homero.
Un poema en el papel, en la letra impresa, es un monstruo hecho de nada. Recordemos que Homero le pedía a la Musa que cantase. O, al menos, que hablase. Homero era todo oídos.
El ego de algunos poetas llega a tal extremo que no toleran que les haga sombra la poesía.
La poesía es música, por eso resuena mal en las cabezas cuadradas.
Un buen poema siempre es verdadero, aunque a lo largo de una vida, o en tan sólo un día, pueda contradecirse varias veces. Es verdadero no como el teorema de Pitágoras, sino como el propio Pitágoras.
Decía Rimbaud: «Yo es otro». Y Bécquer: «Poesía eres tú». Tal vez la poesía sea (aparte de muchísimas más cosas) el arte más antiguo de no estar solo.
Un poema no es el mensaje ni la botella, sino su largo vagar y el prodigioso hecho de encontrarlo.
La poesía no es de este mundo. Incluso nos recuerda que ni siquiera el mundo es de este mundo.
Si, al traducir un poema, quieres ser «respetuoso con el original», respeta sobre todo la lengua en que traduces, porque son tus ojos y tus manos. Vive esa lengua y respírala. Nace en ella y muere en ella cuantas veces puedas. Ama con ella o fustígate con ella. Rómpela si quieres, pero conoce lo que quieres romper. No pretendas ser más alemán que Rilke ni más italiano que Cavalcanti. Abraza la lengua en la que escribes tu versión (y tu poema) porque solo esa tabla vieja, que cruje con todos tus muertos, te llevará, si los vientos son propicios, a tierra firme. O te acompañará hasta el fondo en tu glorioso e irrepetible naufragio.
Me gustan los poemas que no me terminan de decir, o que no los entiendo del todo, como si hablaran en un entresueño. Al poema que fía todo en un mensaje lo saludo y lo despido como al cartero: Mensaje recibido. Que tenga buen día. Pero los buenos poemas regresan siempre nuevos, a la luz del sol o en la oscuridad más terca. Como la voz de los amigos, los buenos poemas son repentinos, inagotables, infinitos.
Enésima definición: la poesía es la felicidad de los tristes.
~
Leer por primera vez un poema que nos emociona es como volver a descubrir la poesía, recién llegada al mundo.
~
El poeta construye en el poema la casa más extraña del mundo a su medida. Tan extraña (y tan a su medida) que, al terminarla, la llave no le entra en la cerradura. Y la orden de desahucio viene de camino.
~
Todo el misterio de la poesía puede atesorarse, creo, en un sintagma asombroso e infinito: lengua materna.
~
La poesía se parece más al relámpago que a esa farola terca, voluntariosa, que insiste durante toda la noche.
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Aunque algunos insistan en lo contrario, la poesía no es cosa del estudio sino del recreo. Y del re-creo —que es algo muy serio— se puede volver con rasguños y moratones.
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Asomarse al poema como quien se asoma a las aguas de un pozo. Desde el fondo nos mira nuestro propio rostro con una adivinanza.
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No veo la poesía como un género, ni como prosa o verso, sino como esa serpiente —difícil, escurridiza— que vive entre géneros y vallados.
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La poesía nos une con lo animal. Es la garganta, el cuerpo y la sangre. El idioma antes que el lenguaje. La voz antes que el logos.
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Un buen poema siempre es memorable. No importa que no lo recuerdes ahora. Antes de tu llegada ya había una memoria universal que lo recordaba, lo decía. A esa memoria los griegos la llamaron Homero.
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Un poema en el papel, en la letra impresa, es un monstruo hecho de nada. Recordemos que Homero le pedía a la Musa que cantase. O, al menos, que hablase. Homero era todo oídos.
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El ego de algunos poetas llega a tal extremo que no toleran que les haga sombra la poesía.
~
La poesía es música, por eso resuena mal en las cabezas cuadradas.
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Un buen poema siempre es verdadero, aunque a lo largo de una vida, o en tan sólo un día, pueda contradecirse varias veces. Es verdadero no como el teorema de Pitágoras, sino como el propio Pitágoras.
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Decía Rimbaud: «Yo es otro». Y Bécquer: «Poesía eres tú». Tal vez la poesía sea (aparte de muchísimas más cosas) el arte más antiguo de no estar solo.
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Un poema no es el mensaje ni la botella, sino su largo vagar y el prodigioso hecho de encontrarlo.
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La poesía no es de este mundo. Incluso nos recuerda que ni siquiera el mundo es de este mundo.
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Si, al traducir un poema, quieres ser «respetuoso con el original», respeta sobre todo la lengua en que traduces, porque son tus ojos y tus manos. Vive esa lengua y respírala. Nace en ella y muere en ella cuantas veces puedas. Ama con ella o fustígate con ella. Rómpela si quieres, pero conoce lo que quieres romper. No pretendas ser más alemán que Rilke ni más italiano que Cavalcanti. Abraza la lengua en la que escribes tu versión (y tu poema) porque solo esa tabla vieja, que cruje con todos tus muertos, te llevará, si los vientos son propicios, a tierra firme. O te acompañará hasta el fondo en tu glorioso e irrepetible naufragio.
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Me gustan los poemas que no me terminan de decir, o que no los entiendo del todo, como si hablaran en un entresueño. Al poema que fía todo en un mensaje lo saludo y lo despido como al cartero: Mensaje recibido. Que tenga buen día. Pero los buenos poemas regresan siempre nuevos, a la luz del sol o en la oscuridad más terca. Como la voz de los amigos, los buenos poemas son repentinos, inagotables, infinitos.
~
Enésima definición: la poesía es la felicidad de los tristes.
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sábado, 16 de junio de 2018
viernes, 15 de junio de 2018
TeX y Cuaderno Ático
Puede resultar paradójico que la producción de una revista de poesía
le deba tanto a un matemático y teórico de la computación. Pero con cada
número de Cuaderno Ático no puedo dejar de expresar mi agradecimiento a
Donald Knuth por su maravilloso sistema de tipografía digital TeX, cuyo
nombre tiene, por cierto, un intencionado origen griego. Knuth, uno de
los padres de la informática tal y como la conocemos (y usamos) ahora,
pero además un humanista de tomo y lomo, rara vez es
fotografiado junto a un ordenador. Aunque también dijo en el breve
discurso pronunciado cuando le dieron aquí en España el Premio BBVA
Fronteras del Conocimiento (2010. Enlazo el vídeo más abajo, que es cortito): «Es
sumamente emocionante imaginar cómo bailan los electrones en el interior
de una máquina cuando está llevando a cabo operaciones.» He de confesar
que yo también suelo sentir, peligrosamente, esa emoción. Cada vez que
TeX comienza a ejecutar una compilación y aparece en la pantalla la
mítica frase: "This is TeX, version..." es como asistir a un pequeño
big-bang en la oscuridad, algo que empieza a moverse, vivo, en el negro
fondo de la terminal. Y ver cómo esos electrones van recordando a
Gutenberg para crear letras, espacios, renglones, versos, páginas, etc. Y
cómo cada texto va renaciendo a la luz. Sí, caray, es de veras
emocionante.
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Cortito
Tal vez recuerden aquello de no sé qué presentadora en la tele de
antaño, la cual, ante la insistencia de no sé qué poeta de recitarle un
soneto, respondió: «Sí, pero que sea cortito.» A la pobre periodista le
llovieron todo género de befas y mofas, y el clero de la intelectualidad
la puso poco menos que a caer de un burro. Pero yo creo que en esa
respuesta está contenida la poética más sublime, que es la del valor de
nuestro tiempo. Un tiempo, por cierto, dado a contraerse o dilatarse por
algún misterio que comparten los poemas con las personas. De tal forma
que toda una tarde de conversación con alguien puede pasársenos en un
suspiro, mientras que cinco minutos con otro nos acabarán pareciendo
cinco lustros.
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miércoles, 13 de junio de 2018
martes, 12 de junio de 2018
Calle del Mundo
Terminando de poner orden en lo que vendrá a ser la continuación
natural de Sucede en la voz de otros. Apuntes mundanos de poesía.
Continuación aún más mundana, me temo. Contiene textos como éste:
Si la poesía me ha enseñado algo (o al menos yo he sido capaz de aprenderlo) es a prescindir de la poesía. Es decir, que entre la poesía y la poesía se abre la gran calle del Mundo, tan grande que no caben en ella esos apretados, espesos compartimentos donde algunos pasan lista a sus trifulcas y agravios (que a nadie interesan, por otra parte), a sus complejos, a sus ayuntamientos, a sus pequeñeces. La gran calle del Mundo, en fin, donde está Mónica Vitti, Miyazaki o Hitchcock. Y el piano de Bill Evans, y el humanismo de las computadoras, y la tipografía y los boquerones en vinagre. Cuanto más se aleja uno de la poesía, más y mejor se está y se vive en la poesía.
CALLE DEL MUNDO
Si la poesía me ha enseñado algo (o al menos yo he sido capaz de aprenderlo) es a prescindir de la poesía. Es decir, que entre la poesía y la poesía se abre la gran calle del Mundo, tan grande que no caben en ella esos apretados, espesos compartimentos donde algunos pasan lista a sus trifulcas y agravios (que a nadie interesan, por otra parte), a sus complejos, a sus ayuntamientos, a sus pequeñeces. La gran calle del Mundo, en fin, donde está Mónica Vitti, Miyazaki o Hitchcock. Y el piano de Bill Evans, y el humanismo de las computadoras, y la tipografía y los boquerones en vinagre. Cuanto más se aleja uno de la poesía, más y mejor se está y se vive en la poesía.
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domingo, 10 de junio de 2018
Tumbas (Kostas Karyotakis)
TUMBAS
Helena S. Lamari, 1878-1912
Poeta y músico.
Murió con el más horrible dolor en su cuerpo
y la paz más grande en su alma.
Cementerio de Atenas
¡Cuánto sosiego reina en este sitio!
Como si ellas, las tumbas, también sonrieran
mientras los muertos hablan con mayúsculas
calladamente, profundos en lo oscuro.
De allí quieren subir a nuestro corazón
y serenarlo con palabras simples.
Pero su queja, o cuanto ellos digan
--tan lejos se marcharon--, ya es inútil.
Éso es todo, dos tablones cruzados
para Martzokis. Y para Basiliadis
un gran libro de piedra.
Y una placa en la hierba, medio oculta
--así, ahora, la representa el Hades--,
para Lamari, una poeta olvidada.
(Kostas Karyotakis,
Traducción de Juan manuel Macías.
Pre-Textos 2018)
***
ΤΑΦΟΙ
Ελένη Σ. Λάμαρη, 1878-1912
Ποιήτρια και μουσικός.
Επέθανε με τους φριχτώτερους πόνους στο σώμα
και με τη μεγαλύτερη γαλήνη στην ψυχή.
Νεκροταφειο αθηνων
Πόση ησυχία δωπέρα βασιλεύει!
Οι τάφοι λες κι αυτοί χαμογελούνε,
ενώ με κεφαλαία σιγά μιλούνε
οι νεκροί γράμματα, βαθιά στα ερέβη.
Από κει, στην καρδιά μας που ειρηνεύει,
με απλά θέλουνε λόγια ν' ανεβούνε.
Μα το παράπονο, ή ό,τι κι αν πούνε
-- τόσο έφυγαν μακριά -- δε χρησιμεύει.
Είναι όλος, να, διασταυρωμένα δύο
ξύλα ο Μαρτζώκης. Να ο Βασιλειάδης,
ένα μεγάλο πέτρινο βιβλίο.
Και μια πλάκα στη χλόη μισοκρυμμένη
-- έτσι τώρα τη συμβολίζει ο Άδης --
να η Λάμαρη, ποιήτρια ξεχασμένη.
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Kostas Karyotakis,
Traducciones
sábado, 2 de junio de 2018
jueves, 31 de mayo de 2018
El noveno pasajero
Demasiado a menudo me veo emprendiendo cosas de las que sé que me arrepentiré y de las que, por supuesto, me acabo arrepintiendo. Las mueve una curiosidad tan malsana como tonta, sin nada que ver con la inocencia aventurera de los gatos. Como hace unos días, sin ir mas lejos, cuando me sometí conscientemente a la tortura de ver esa aberración de Alien: Covenant (Ridley Scott 2017). No negaré que ya andaba bajo mínimos mi fe en el director que una vez firmó maravillas, pequeñas, incipientes como Los duelistas (1977) o grandes como Alien, el octavo pasajero (1979). Muchos querrán añadir también la soporífera y pedantesca Blade Runner, pero ya ven que no he escogido aquí el mejor momento para hacer amigos. Lo que me faltaba era constatar cómo él —y precisamente él— ha sido el último en unirse de grado a la orgía de destrucción y envilecimiento que de un tiempo a esta parte Hollywood viene montando contra la dignidad de un monstruo, convertido ya en personaje de feria. O en uno de esos humoristas mediocres que acaban repitiendo sus dos o tres gracias hasta el tedio y más allá del infinito. Qué duda cabe: ahora el cine de Hollywood está aquejado de sagas y de todo hace una saga. No esos cuentos de la Islandia medieval, con precisión de relojería, que tantos conocimos gracias a Borges. Las sagas, para la industria del cine (el calculador empresario de la feria), son sinónimo del tostón, el aburrimiento, lo inflado y lo vacuo. El universo expandido, dirán algunos, que no es otra cosa que el folletín de toda la vida.
Pero aquella Alien, el octavo pasajero no necesitaba expandirse por ningún lado. Era una historia simple, elemental, como la excelente El diablo sobre ruedas del primer Spielberg: personas completamente normales se encuentran con alguien en su camino que quiere matarlas, por alguna razón que se nos escapa o simplemente sin razón. ¿Y la criatura alienígena? Bastan sus apariciones fugaces, como una amenaza que se escurre, imprecisa, por los grasientos corredores de la nave Nostromo, entre humo y luces desquiciadas cuya finalidad tampoco acabamos de ver, más allá de desquiciar también a los tripulantes y a nosotros de paso. Tampoco necesitamos conocer la vida y el universo interior del alien. Probablemente el pobre no dé para más: es un secundario en el fondo y, como Escila y Caribdis, su papel en la trama acaba donde empieza. De la criatura quedarán para el recuerdo el inspiradísimo diseño de Giger (qué gran hallazgo, por cierto, lo de evitar dejarle en su versión definitiva un par de ojos visibles: eso le hubiese conferido algún tipo de humanidad, o al menos una suerte de conciencia, un plan), como también el extremado barroquismo de su proceso reproductivo. El cual, para llegar a buen término, requiere: (a) un huevo; (b) un bicho francamente asqueroso y saltarín que se te pega a la cara, te rodea con sus tentáculos y no te suelta hasta que te deja en los entresijos un segundo huevo; (c) una nave que pase por allí; y (d) el gran John Hurt para poner su cara y armar el quilombo. Si el alien es una especie de parásito, está claro que estaríamos ante el alumno más heterodoxo en la Escuela Superior de Piojos, Pulgas y Garrapatas. La naturaleza, por contra, suele tender más a la economía de medios, y a echar mano de ese principio que en la jerga de los programadores informáticos se conoce como KISS (Keep it simple, stupid!). Pero este proceso tan alambicado, caprichoso y lento de maduración y crecimiento en nuestra criatura (aunque no tanto como el de algunos adolescentes) suma muy bien a la trama un cierto tono onírico. A decir verdad, cuando el alien consigue llegar a adulto de una vez y empezar a hacer de las suyas, casi nos quedamos sin película. El miedo y el suspense estriban aquí, más bien, en una amenaza creciente: el «¿y ahora qué viene?». Lo malo es que en todas las películas que siguieron a ésta en la «saga» ya sabemos de sobra lo que viene.
Después del disgusto de Alien: Covenant me han entrado ganas, sí, de volver a ver aquel octavo pasajero del 79. Incluso —reconozcámoslo— también a aquella Sigourney Weaver del 79. Pero tal vez mejor que siga abandonado ese planeta inhóspito en su viento perpetuo, con su nave varada y sus peligros, no sea que éstos nos dejen de asustar y les acabemos viendo las tramoyas y los resortes. Y es que todo, al igual que la gestación del alienígena de la doble dentadura, tiene su tiempo y su tempo. Y las películas, como los poemas, como las canciones, como las calles, como el amor, sólo suceden (nos suceden) una vez en la vida. El resto es alimentar la memoria e intentar volver. Pero no lo olvidemos: el planeta de Alien emitía una señal reiterada en el vacío del espacio, y la tripulación adivinó —ya demasiado tarde, ay— que esa señal no era más que una advertencia.
Pero aquella Alien, el octavo pasajero no necesitaba expandirse por ningún lado. Era una historia simple, elemental, como la excelente El diablo sobre ruedas del primer Spielberg: personas completamente normales se encuentran con alguien en su camino que quiere matarlas, por alguna razón que se nos escapa o simplemente sin razón. ¿Y la criatura alienígena? Bastan sus apariciones fugaces, como una amenaza que se escurre, imprecisa, por los grasientos corredores de la nave Nostromo, entre humo y luces desquiciadas cuya finalidad tampoco acabamos de ver, más allá de desquiciar también a los tripulantes y a nosotros de paso. Tampoco necesitamos conocer la vida y el universo interior del alien. Probablemente el pobre no dé para más: es un secundario en el fondo y, como Escila y Caribdis, su papel en la trama acaba donde empieza. De la criatura quedarán para el recuerdo el inspiradísimo diseño de Giger (qué gran hallazgo, por cierto, lo de evitar dejarle en su versión definitiva un par de ojos visibles: eso le hubiese conferido algún tipo de humanidad, o al menos una suerte de conciencia, un plan), como también el extremado barroquismo de su proceso reproductivo. El cual, para llegar a buen término, requiere: (a) un huevo; (b) un bicho francamente asqueroso y saltarín que se te pega a la cara, te rodea con sus tentáculos y no te suelta hasta que te deja en los entresijos un segundo huevo; (c) una nave que pase por allí; y (d) el gran John Hurt para poner su cara y armar el quilombo. Si el alien es una especie de parásito, está claro que estaríamos ante el alumno más heterodoxo en la Escuela Superior de Piojos, Pulgas y Garrapatas. La naturaleza, por contra, suele tender más a la economía de medios, y a echar mano de ese principio que en la jerga de los programadores informáticos se conoce como KISS (Keep it simple, stupid!). Pero este proceso tan alambicado, caprichoso y lento de maduración y crecimiento en nuestra criatura (aunque no tanto como el de algunos adolescentes) suma muy bien a la trama un cierto tono onírico. A decir verdad, cuando el alien consigue llegar a adulto de una vez y empezar a hacer de las suyas, casi nos quedamos sin película. El miedo y el suspense estriban aquí, más bien, en una amenaza creciente: el «¿y ahora qué viene?». Lo malo es que en todas las películas que siguieron a ésta en la «saga» ya sabemos de sobra lo que viene.
Después del disgusto de Alien: Covenant me han entrado ganas, sí, de volver a ver aquel octavo pasajero del 79. Incluso —reconozcámoslo— también a aquella Sigourney Weaver del 79. Pero tal vez mejor que siga abandonado ese planeta inhóspito en su viento perpetuo, con su nave varada y sus peligros, no sea que éstos nos dejen de asustar y les acabemos viendo las tramoyas y los resortes. Y es que todo, al igual que la gestación del alienígena de la doble dentadura, tiene su tiempo y su tempo. Y las películas, como los poemas, como las canciones, como las calles, como el amor, sólo suceden (nos suceden) una vez en la vida. El resto es alimentar la memoria e intentar volver. Pero no lo olvidemos: el planeta de Alien emitía una señal reiterada en el vacío del espacio, y la tripulación adivinó —ya demasiado tarde, ay— que esa señal no era más que una advertencia.
miércoles, 30 de mayo de 2018
El secreto
Están, por un lado, esos paladines rancios del biografismo, los que son incapaces de asistir a un poema si no está invitada la vida del poeta (cualquier cosa que sea esa vida que se imaginen). Y por otro lado, aquellos que dicen: «Esto es sólo arte, sólo poesía». Pero si un poema no sabe a la sangre que nos mana, no será nunca verdadero. La poesía es la vida y contiene también el secreto de la vida. Por eso el poema es quien concibe, gesta y da a luz al poeta.
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martes, 29 de mayo de 2018
Valentía y jirafas
En poesía, en el arte y en la vida la libertad lo es todo. Pero esa libertad no implica quererlo todo, que en el fondo equivale a no querer nada. No podemos tener sed y no tenerla al mismo tiempo. Escoger un camino conlleva descartar los otros posibles. Ya decía Chesterton, con su habitual agudeza, que si un pintor deseara —en ejercicio de su libertad— pintar una jirafa sin el cuello largo, entonces no sería libre para pintar una jirafa. Los pusilánimes de toda época puedieran calificar de valentía la actitud cercenadora de ese pintor. Pero no hay mayor valentía ni más grande riesgo —y hasta vértigo— que el de ser fiel al cuello de las jirafas. Y a su longitud.
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lunes, 28 de mayo de 2018
Sómata en Tinta china
Acaba de aparecer el nuevo número de la revista sevillana Tinta china,
dirigida por Agustín M. García López y David González Lobo. Colaboro
allí con Sómata, un poema inédito perteneciente a mi próximo poemario Emisarios. Mil gracias por la invitación, y un
honor y lujo de compañía.
![]() |
| Paul Sérusier: El talismán (Portada del núm. 21/22 de Tinta china) |
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Poemas propios,
Tinta china
jueves, 3 de mayo de 2018
Reconciliación
Llevaba horas clavado frente al ordenador, trabajando. Y venía notando un buen rato, por el rabillo del ojo izquierdo, como un brillo levemente dorado, insistente, terco, que me empezaba a desconcentrar. Pensé: «ya está mi vecino haciendo el indio con los focos, seguro que hoy hay barbacoa». Me pongo las gafas y me asomo. Era la luna. Y me reconcilio con el mundo. Y hasta con mi vecino.
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