martes, 9 de octubre de 2018

La Odisea y Org Mode

Notas y tareas

Mi traducción en curso de la Odisea de Homero (el primer hacker de la historia) no la realizo en Word ni en nada parecido (hace siglos que no uso un procesador de texto para escribir), sino en algo llamado Org Mode, que es un formato textual de etiquetado ligero, parecido a Markdown pero más potente y versátil. Fue creado en origen por el astrónomo holandés Carsten Dominik, y actualmente está mantenido por el proyecto GNU para el editor de texto Emacs. Dicho todo así, puede sonar a abstruso y demasiado técnico. Igual me sonaba a mí también hace no tanto tiempo, pero la verdad es que no creo que haya otra forma de decirlo. Si se explican los términos, de todas formas, encontraremos que son bastante consecuentes y nada peligrosos.

Veamos. Un formato de etiquetado no es más que una serie convencional de etiquetas o marcas que han de escribirse en distintas partes de un bloque de texto plano a fin de que una computadora las interprete y nos devuelva dicho texto con un determinado formato. Viene a ser como un código «pactado» entre el ser humano y la máquina. ¿Y lo de llamar ligero a ese etiquetado? Pues porque las etiquetas son extremadamente simples e inteligibles, y no contaminan el texto con código esotérico hasta el punto de que intentar leerlo pueda acarrearnos una embolia. Por supuesto, también hay etiquetados complejos y (siguiendo la jerga) «pesados», donde es indispensable un ojo entrenado que pueda discernir el código del propio contenido textual. Un ejemplo de estos etiquetados puede ser el lenguaje HTML de la web (quien haya visto el código fuente de una página web ya sabe a lo que me refiero), o el lenguaje TeX del sistema tipográfico del mismo nombre. No están pensados para leer plácidamente en una hamaca, sino para trabajar cual hormigas sobre un texto dado. Se comprenden en el sentido en que un músico comprende un pentagrama o un médico el resultado de una analítica, pero al común de los mortales le puede en justicia resultar chino.

Por contra, los etiquetados ligeros se mueven cerca del nivel más alto de la comprensión humana (en programación, cuanto más se baja de nivel, más nativo se hace el lenguaje a la máquina y más ajeno a nosotros), y su conjunto de etiquetas bien puede aprenderse en una tarde libre. De hecho, no hace falta ni ser un ingeniero informático ni nada parecido para escribir en Markdown o en Org Mode, ya que éstos han venido para hacerles (hacernos) la vida más fácil a todos aquellos que tengan que poner algo, lo que sea, por escrito1. ¿Por qué? Porque su sistema de marcas o etiquetas es esencialmente semántico; es decir, se dirige a la estructura lógica del contenido textual más que a la estructura física o (en último extremo) tipográfica. La separación necesaria de estás dos estructuras ha sido siempre lo más natural a la hora de escribir, hasta que un día llegaron el Word y los procesadores de texto y las mezclaron, imponiendo un sistema aberrante y, claro, antinatural. Quien se haya visto en ocasiones frustrado usando un Word, que sepa que los tiros casi siempre van por ahí. Muchos creen que Word es la evolución de la máquina de escribir, cuando lo que supone en el fondo es su negación absoluta. Pondré un ejemplo muy sencillo. En tipografía, una cursiva representa un énfasis. Pero si el énfasis ha de señalarse dentro de un texto que ya está en cursiva, entonces se opta por ponerlo en letra redonda. Como el Word obliga al usuario a ser escritor y tipógrafo al mismo tiempo, entonces el camarote de los Marx está servido. Para Markdown y Org Mode un énfasis siempre es un énfasis. ¿Cursivas, redondas, versalitas…? Ellos siempre nos contestarán, para nuestro alivio, «Mí no entender».

Cuando trabajamos de esta forma, en suma, contamos con un único texto estructurado para entregarlo en un montón de formatos físicos2. Sin ir más lejos, en mi traducción en curso de la Odisea necesito de vez en cuando contar con una salida «tipográfica» en un PDF de alta calidad donde los versos de cada canto estén numerados al margen en secuencia de cinco. El proceso se puede automatizar con un simple atajo de teclado de mi editor de texto favorito, que es Emacs. Por si a alguien le puede resultar útil, explico cómo hacerlo en este pequeño sitio web que tengo para almacenar y compartir (e incluso intentar comprender) mis notas sobre temas informáticos: https://maciaschain.gitlab.io/gnutas/orglatex.html

Notas:

1

En este texto intento explicar por qué prefiero Org Mode a Markdown.

2

Esta entrada del blog, por ejemplo, está escrita en origen mediante Org Mode. Para publicarla aquí, la he exportado a HTML.

sábado, 6 de octubre de 2018

El pasaporte de Ramsés

Ayer me enteré de que a la momia de Ramsés II tuvieron que hacerle un pasaporte para poder llevarla de Egipto a Francia. Al menos allí (aunque precisó de alguna ayuda para bajar del avión), el faraón fue recibido con honores de jefe de estado, además de un tratamiento fungicida de pies a cabeza. Que no sé si estaría bien extender este curioso protocolo a otros dignatarios. En cualquier caso, pobre Ramsés. Pensaba que iba hacia Isis y Osiris, y lo que le esperaba no era el infierno, sino la burocracia. De donde nadie que yo conozca ha logrado jamás escapar.

jueves, 4 de octubre de 2018

Software libre

Cuando se habla de software libre les puede resultar a muchos un discurso, tal vez, demasiado abstracto. Frente al cual hay un aparente sentido común que insiste en que «son sólo programas, herramientas, y lo importante es usar las que me vengan bien y me funcionen (así sea Microsoft, Apple, Adobe, Google, etc)». Y se puede vivir feliz y despreocupado de esa forma durante mucho tiempo. Hasta que un día (y siempre llega ese día, tarde o temprano), las injusticias del software propietario llaman a tu puerta: Microsoft, Apple, Adobe o Google. Cuando te des cuenta de que no puedes adaptar tu herramienta a tus necesidades, sino que eres tú y tus necesidades los que os tenéis que adaptar a la herramienta.

Imaginemos que me compro una estantería para mi estudio. Pero necesito hacerle unas mínimas modificaciones para que encaje bien donde quiero ponerla. Un capricho, vaya, pero es que quiero ponerla en ese sitio en concreto porque es MI estantería y porque la he pagado. Pero resulta que no puedo modificarla ni retocarla, pues una licencia que la acompaña me lo impide. Y aunque me quiera saltar esa licencia arbitraria, tampoco cuento con los planos o la información necesaria para entender cómo desmontar la estantería. En términos informáticos, sólo tengo los binarios, lo que la computadora comprende (la estantería), pero no cuento con el código fuente con que se han programado esos binarios y que puede comprender un ser humano (las instrucciones y los planos de la estantería).

Así nació, de hecho, el movimiento por el software libre en los años 80, cuando un investigador del laboratorio de inteligencia artificial del MIT, llamado Richard Stallman, encontró que no podía modificar los controladores de una simple impresora porque éstos eran propietarios y bajo licencia propietaria. Hasta entonces el software solía ser libre de facto, como el teorema de Pitágoras y la ley de la gravedad: conocimiento científico para compartir. ¿A quién se le iba a ocurrir poner una licencia o una patente a cosas así? Y tampoco existía lo que hoy conocemos por «ordenador personal». Pero Stallman ya se empezaba a oler lo que se venía encima, así que mandó a paseo una prometedora carrera en el MIT y comenzó a desarrollar, junto a otros hackers, el sistema operativo libre GNU, a la par que la Licencia Pública General (GPL), unida ésta al concepto de copyleft, que podría traducirse por «izquierdos de autor» y que garantiza que la redistribución de un programa libre mantenga las mismas cualidades de libertad y derechos de uso que el programa original. En los años 90, un joven estudiante finlandés, Linus Torvalds, desarrolló el núcleo Linux, que no tardó en incorporarse al sistema GNU. Por eso, la forma correcta de nombrar al sistema operativo libre es GNU / Linux. Todo lo que lleve el núcleo Linux, pero que carezca de GNU, no es ciento por ciento libre, como sucede con el sistema Android de Google.

Sin embargo, ese aparente sentido común, abanderado del conformismo, insistirá: «Pero si estamos hablando de ordenadores, de simples máquinas. ¿A qué tanto follón con eso?». Las computadoras, aunque les pese a muchos, son una parte esencial de nuestra cultura. Para bien y para mal han venido a quedarse, no sabemos hasta cuándo, pero probablemente se extinguirá antes el ser humano que ellas. Y esto (conviene insistir) no es tecnofilia. De hecho, deploro absolutamente la tecnofilia, que es el hechizo con que los Morlock hacen creer a los Eloi que viven una era digital. Stallman no impulsó el movimiento por el software libre a mero capricho, como quien piensa en la libertad de las cometas, sino porque él era ingeniero informático y vio de una forma palmaria sus derechos individuales totalmente cercenados. Es más, intuyó que todo esa injusticia se extendería a los miles de usuarios de computadoras (tú y yo) que estarían por venir, cuando las grandes corporaciones tomasen el poder de lo que hasta entonces apenas estaba en manos de unos cuantos hackers de la vieja escuela, las universidades y los teóricos de la computación. Y he aquí que gobiernos, instituciones, bancos, empresas públicas o privadas y usuarios comunes dejan su informática en manos de una multinacional. Porque lo que tú, querido «usuario final», tienes instalado en tu ordenador, ni es tuyo ni sabes lo que realmente está haciendo, ni lo que te está haciendo, ni tienes forma de averiguarlo. Y da igual que lo hayas instalado de forma pirata. Bien, te has ahorrado el dineral de la licencia, pero el programa sigue sin ser tuyo, y sabe muy bien quién es su dueño.

Ahora que se habla tanto de Humanidades, todo esto se tendría que inculcar ya desde el colegio. Educar en Humanidades es también educar en software y conocimiento libre.

martes, 2 de octubre de 2018

Ida y regreso

Traducir la Odisea es un viaje tan audaz, tan extremado y peligroso como el de su protagonista. Sólo que el ingenioso hijo de Laertes y yo llevamos caminos opuestos. Él vuelve a Ítaca, que es de donde yo parto, para volver también allí a la postre. En su curso va despidiéndose de Circe, de Escila y Caribdis, de las sirenas, del cíclope, de Calipso. Yo me regreso a ellos y los encuentro allá donde los dejé. Y así pasaran mil años y apenas habrán cambiado. Como Nausícaa, anclada en su adolescencia, lo mismo que un viejo primer amor. Pero en mi marcha también tendré que despedirme de ellos: y cómo duele volverlo a hacer y tejer de nuevo las remendadas velas, con una pericia sombría y salobre que sólo se adquiere luego de muchas despedidas. A menudo en la tarde, cuando el sol tinta de antiguo el mar y las cavilaciones, nos saludamos Odiseo y yo. E insistimos en preguntarnos quién se marcha o quién es el que vuelve. Cada cual con sus sucesivos encuentros y desencuentros, los que van trenzando la rara melancolía que es, en el fondo, cualquier viaje. Memoria y olvido, ida y regreso tal vez sean (¿verdad, don Constantino?) la misma cosa.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Odisea y memoria

Hacia la mitad del canto IV de la Odisea, Helena, en el palacio de Menelao, prepara a sus invitados una pócima para labrar el olvido. Los versos (en mi traducción) dirían así:

[…]
Un nuevo plan urdió entonces Helena, hija de Zeus:
de inmediato echó en el vino que bebían una pócima
contra el dolor y la ira, que olvidaba toda pena.
Aquél que se la bebiese, ya mezclada en la cratera,
un día entero no echara lágrimas por sus mejillas
aunque muriera su madre y su padre, aunque a su hermano
o a su hijo los pasaran por el bronce allí delante
y él con sus ojos lo viera.
[…]

(Unos versos antes, el rubio Menelao le decía al joven Telémaco que estar triste es la única honra que les queda a los mortales).

La Odisea siempre me pareció una desesperada, incansable cruzada contra las no menos incansables asechanzas del olvido. El propio Odiseo cuenta su historia asombrosa ante los feacios, como para intentar convencerles, convencernos, convencerse de que no fue una quimera. Ignoramos el nombre de la Musa que invoca el cantor de la epopeya en los primeros versos, pero muy bien podría haberse llamado Memoria. Homero, reclamado por todas las islas griegas, tal vez hubo de decidir un día entre ser feliz o escribir hexámetros. El olvido no deja de ser una mutilación de nosotros mismos, porque, como la poesía y la música, estamos hechos de tiempo. Incluso en los banquetes de los poderosos, Homero (quien quiera que fuese), escogió recordar frente a las treinta monedas de la desmemoria.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Presentación en Madrid de Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos (Kostas Karyotakis)



Me compalce informaros de que el próximo miércoles 26 estaremos presentando en Madrid mi traducción de Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos, de Kostas Karyotakis y publicada recientemente por la editorial Pre-Textos. Será a las 19:00 horas en la siempre acogedora librería Rafael Alberti (C./ Tutor, 57). Y un sevidor tendrá el honor de estar acompañado por el escritor y crítico Antonio Ortega. Ojalá podamos vernos por allí.

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[TENEMOS ALGO DE GUITARRAS...]

TENEMOS algo de guitarras
desvencijadas. Cuando sopla el viento
despierta versos, ecos extraños
en las cuerdas que cuelgan como cadenas.

Somos antenas increíbles
que se elevan como dedos al abismo,
y en su punta resuena el infinito;
pero pronto caerán hechas pedazos.

Somos, en cierto modo, borrosos sentidos
sin esperanza de concentración.
En nuestros nervios se confunde la naturaleza.

En el cuerpo, en la memoria nos dolemos.
Las cosas nos repelen, y la poesía
es el refugio que envidiamos.

Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos
de Kostas Karyotakis.
Trad. de Juan manuel Macías.
Pre-Textos 2018

martes, 18 de septiembre de 2018

Homenaje

Hay gente triste que cree que Neil Armstrong jamás pisó la luna.
Han apagado las Pléyades, y el luminoso de la farmacia.
La noche quedó aparcada en medio de la noche.
El despertador insiste en su insidiosa tijera (va armando un collage con pedacitos de vida).
Yo estoy despierto. Y
mis gatos no duermen solos.

martes, 11 de septiembre de 2018

Planos

Con dos decenios ya casi cumplidos del siglo XXI, aún hay gente que sostiene que la Tierra es plana. Y no, no están en ninguna tribu perdida del Amazonas, sino en este llamado primer mundo, civilización de los aifons y demás regalos de los dioses. Incluso hay grupos organizados en las redes sociales, donde, por otra parte, toda gilipollez es alada. La ignorancia de nuestros antepasados, al menos, tenía un punto de legítima. Pero estos jóvenes (o no tan jóvenes) burgueses de ahora, que han crecido saturados y hastiados de información, parecen abrazar cualquier superchería como una novedad excéntrica, un esnobismo más. Nuestros lejanos ancestros creían en un mundo plano, pero al menos poblaban las tierras más extremas e incógnitas de dragones y demás portentos. Los entusiastas medio crédulos de hogaño se contentan con levantar toda una trama conspiratoria, y afirman que la comunidad científica, los gobiernos y la NASA ocultan a las masas la terrible verdad de la planicie terrestre. A saber con qué fin, como no sea el de fortalecer el poderoso lobby de los fabricantes de globos terráqueos. El profético Wells no se equivocaba con su Máquina del tiempo: está abonado el terreno para los Eloi. Mientras, los Morlock trabajan sin descanso en el subsuelo, fabricando aifons y demás regalos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Segalá

Traducir la Ilíada o la Odisea al español supone, queramos o no, entablar un diálogo inagotable con Luis Segalá y Estalella. Si traducir literatura es lo mismo que crear literatura en la lengua mal llamada «de llegada», entonces el gran helenista catalán no sólo hizo eso, sino también poner en marcha una tradición a la que no tendrá más remedio que adherirse todo traductor de Homero que se precie. No negaré que con don Luis acabaremos también sosteniendo muchos pulsos, pero no habrá tensión ni malos modos. Antes bien, serán contiendas amistosas, cordiales y, sobre todo, divertidas a la par que enriquecedoras. No podría ser de otra forma, si en aquellas versiones suyas, eternamente reeditadas por Austral, resonará siempre el eco de nuestras primeras lecturas adolescentes de Homero. En esa prosa torrencial que revive los viejos hexámetros. Muchas veces excesiva, sí, pero jamás enferma de artificio ni de la soez (por hueca) ampulosidad. Se ensancha con toda justicia porque ancho es el mar, y como él, puede darse a algún que otro capricho en brazos del azar y de las olas. Genuina la voz y auténtico el entusiasmo. Sólo así podemos hallar tantas alhajas, algunas dueñas de una belleza casi alucinatoria. Cómo no recordar, por ejemplo, ese «yelmo de tremolante penacho». Pero hay uno de esos diamantes que me fascina especialmente. En un pasaje de la Odisea, Proteo (u Homero: tanto da) le dice a Menelao sobre Egisto que iba (literalmente traducido) «maquinando cosas indignas». No es otro el significado del sintagma homérico ἀεικέα μερμηρίζων. Pero he aquí que Segalá se lanza a una de sus cabriolas de pura fe, y entonces Egisto lo que iba era «revolviendo en su ánimo indignas tramoyas». ¿No es hermoso de verdad? ¿No dan ganas de paladear cada palabra para después salir corriendo monte abajo entre alaridos de júbilo, agitando las manos y arrancándose a jirones la ropa?

Volviendo del mundo Homérico a este otro más plano y gris, quién sabe qué indignas tramoyas se estarán revolviendo también aquí ahora, y en qué ánimos o en qué cabezas. Mejor no averiguarlo y recrearse con los dones de esta preciosa tarde, prematuramente otoñal. Y releer bajo esa luz, si apetece, algún pasaje de don Luis.

martes, 28 de agosto de 2018

Matroskas

A la manera de las matroskas, somos y contenemos los sucesivos yo que fuimos. Pero, también como ellas, siempre nos faltará la siguiente pieza que nos contenga.

Elegías y sátiras (Karyotakis): erratas con fe

Que sería de un libro sin sus erratas. En general no queda otra que resignarse y dejarlas vivir y reproducirse a su albedrío. A veces hasta mejoran el texto. Pero habrá otras que pasen peligrosamente de la gracia díscola al mero vandalismo, quebrando el sentido de lo que se quería poner en un principio. Y éstas, con todo el dolor de nuestro corazón, debemos ajusticiarlas: máxime cuando se trata de una traducción de poesía. En un par de poemas de mi traducción de Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos de Kostas Karyotakis (publicado recientemente por Pre-Textos), he detectado sendos especímenes de este género, de modo que paso a reproducir aquí las versiones correctas de los poemas. Y aquí quedan, de momento en digital. Si los hados son propicios y llegase una reimpresión, pasarán también a la tinta y al papel.

DIAKOS
(pág. 87)

MAÑANA de abril.
Era un fulgor verde
la sonrisa del campo
con todos sus tréboles.

Besada en el relumbre
del alba, parecía
que hablaba dulcemente
la naturaleza.

Trinaban los pájaros,
volando
alto y más alto.

Y las flores aromaban.
Y él se decía perplejo:
«¿por qué morir?».

CRÍTICA
(pág.45)

ESTO no es ya canción, ni es un sonido
humano. Se le escucha llegar
como un postrero grito, en la noche profunda;
como el de alguien que ya ha muerto.

jueves, 23 de agosto de 2018

Voces (C. P. Cavafis)

Voces amadas, idealizadas voces
de aquellos que han muerto, o de aquellos
perdidos para nosotros como los muertos.

En ocasiones nos hablan entre los sueños.
En ocasiones la mente las oye por el pensamiento.

Y con su sonido por un instante regresan
los sonidos de la primera poesía de nuestra vida,
como una música, de noche, lejana, que se extingue.

Trad.: Juan Manuel Macías. Pre-Textos 2015)

martes, 21 de agosto de 2018

Contradicciones

Las contradicciones son lo mismo que esos gatos callejeros que adoptamos o nos adoptan. Aprendemos de pronto que forman parte de nosotros, de nuestro entorno, como si fuera así desde siempre; y las cuidamos y alimentamos con íntimo y aplicado celo. Rechazar las propias contradicciones y no querer darles amparo es un acto de inhumanidad. Como ese gato-Odiseo que antes era nadie y le acabamos encontrando el nombre, la contradicción es una adivinanza más que reclama su sitio y su acomodo en esa gran maquinaria de acertijos que es la vida. No viene a dar sentido ni a resolver el misterio, por fortuna, sino a sumarse a las demás incógnitas en un todo gratamente incomprensible. Intuimos que sin ellos (contradicción o gato) alguna pieza le falta a nuestra siempre esquiva, rara, itinerante identidad.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Fama póstuma (Kostas Karyotakis)

La pródiga naturaleza que nos cerca precisa nuestra muerte:
la desea la boca púrpura de las flores.
Si viene otra vez la primavera, otra vez nos dejará,
y al cabo ya ni sombras de otras sombras seremos.

La radiante luz del sol aguarda nuestra muerte.
Contemplaremos otro crepúsculo más, tan triunfante,
que escaparemos entonces de las noches de abril
y marcharemos más lejos, a los reinos sombríos.

Sólo pueden quedar, tras de nosotros, los versos,
diez versos apenas, que permanecen, como
las palomas que los náufragos dispersan al azar
y, cuando traen el mensaje, ya es demasiado tarde.


Trad.: Juan Manuel Macías. Pre-Textos 2015)