jueves, 13 de junio de 2019

Vasilévo

Como todo organismo vivo, la lengua griega es tiempo y movimiento, un fluir incesante del que la gramática y la lingüística sólo pueden acertar a contentarnos con el artificio de una cadena de fotogramas, huérfanos todos de su antes y de su después. En esta mudanza fiel a sí misma, siempre me llamó la atención la curiosa evolución semántica del verbo βασιλεύω, que en origen significaba «reinar» para acabar también refiriéndose al sol cuando se pone en el horizonte. Confieso que me sorprendió que se aplicase al ocaso y no a la salida del sol, lo cual tendría más sentido, pero resultaría a la vez más predecible, más triunfalista, más banal y —por supuesto— menos griego. Cuánto más grato, en el fondo, ver la puesta del sol como la totalidad de un reinado que culmina, y al sol mismo como uno de esos reyes que ensombrecen y marchan a la leyenda y al cuento de viejas: acaso porque ya tenían medio cuerpo allí. Y es que βασιλεύω es un verbo con color de oro antiguo, anaranjada y regia ranciedumbre para dar paso a la humana, liberadora, comunal república de la noche.

jueves, 6 de junio de 2019

Mi vida en texto plano

El lenguaje de programación Lisp en que está escrito el editor de texto Gnu Emacs pertenece a la familia de los llamados «homoicónicos», donde los datos se manipulan como código y el código como datos: ambas cosas se alimentan mutuamente, y esta característica les confiere un increíble dinamismo y versatilidad. Para Emacs todo es texto, desde el código hasta la poesía, pasando por la estructura de un árbol de archivos. Las fronteras son siempre (y felizmente) muy nebulosas, y por eso siempre podemos estar cambiando o construyendo cosas nuevas al vuelo. Hasta el modo Org de Emacs es una consecuencia de esto. Se habla mucho por aquí del Org Mode, y es que es el medio con que escribo y organizo (dentro de lo razonable) lo que escribo; pero no sólo lo que escribo: también mis trabajos en tipografía, mis trasteos de código de andar por casa y hasta la lista de la compra. Org fue creado en origen por el astrofísico (y hacker emacsiano) Carsten Dominik, y está mantenido en la actualidad por una muy activa comunidad de desarrolladores. Ésta es su página web, por si a alguien le apetece echar un ojo: https://www.orgmode.org/ Me gusta mucho su lema: «tu vida en texto plano». Muy cierto. Esa preocupación por el formato (más que por la estructura de lo que se escribe) a que tanto han contribuido los procesadores de texto representa la forma más antinatural e incómoda de escribir.

Por supuesto, en Org está también mi traducción de la Odisea, que espero terminar ya por fin este verano. Así se ve el archivo Org que la contiene: simple texto plano. Hay poesía y hay código. Y también notas, apuntes, alguna ocurrencia y un par de poemas «propios» que me surgieron por el camino. Naturalmente, estas cosas no quitan ni añaden mérito, pero es una forma de trabajar a la que estoy acostumbrado desde hace tiempo. Aunque siempre sospecho que si Homero y Safo (por citar a dos iconos de la poesía previa a toda literatura) hubiesen podido escoger, probablemente habrían tirado por Emacs y Org. No me los imagino usando un word, la verdad. Pero (ay) tampoco me los imagino en una vida de texto plano, sino de música.

miércoles, 5 de junio de 2019

Con o sin

Hay una cosa aún más triste que profesar juicios maniqueos o enredarse en sus trifulcas, y es darse cuenta de que podríamos estar combatiendo en la facción equivocada. Hasta ayer mismo yo defendía que la tortilla de patatas debía ser con cebolla. Pero olvidé comprar cebollas y tuve que cometer una herejía. Mientras batía los huevos, imploraba arder en la misma hoguera a la cual había condenado antes a tantos amigos y conocidos en discusiones sobre tortillas, que en general me resultan más interesantes que las que versan sobre poesía o poetas. Luego (todo hay que confesarlo), la herejía resultó bastante sabrosa y tan redonda como el halo de santidad que ya gravitaba, triunfante y piadoso, sobre mi cabeza. Aristóteles, sin embargo, bien pudo escribir (probablemente lo hizo y se perdió) que las tortillas con cebolla o sin ella son perfectamente factibles en el universo. Depende, como casi todo, del momento. Quedémonos con Aristóteles.

martes, 28 de mayo de 2019

Mi padre, de Eduardo Moga

Decía Horacio en su Epístola a los Pisones o De arte poetica que el deber de un buen poema no es tanto ser bello cuanto alcanzar esa meta tan difícil que es emocionar (mover el ánimo) a quien lo lee. Una gran verdad, sin duda, inalterable desde El cantar de Gilgamesh a estos tiempos de ahora donde parece que estamos de vuelta de todos los siglos y todos los ismos. Muchos pensaron en el banquete homérico, entre el vino y el tañido de la cítara, que la poesía consistía en un simple deleite. Unos pocos —siempre son unos pocos— advirtieron que eran ellos, no la cítara del aedo, los que estaban siendo tañidos.

Si un poema no es capaz de sacarnos de nuestras casillas cotidianas, siquiera por unos instantes, y devolvernos a la materia humana, a la ciencia de la vida y la muerte, que son la misma cosa, entonces ese poema será en justicia olvidable. Su propia cualidad de inocuo, como un tratamiento homeopático cualquiera, lo habrá condenado a la nada. No es éste el ámbito donde se mueve la poesía de Eduardo Moga, para fortuna de sus lectores. Y una buena prueba de ello la tenemos en su última y excelente entrega poética, Mi padre (Trea 2019). Breves prosas que se van sucediendo como fogonazos o teselas dispersas, azarosas en el espacio y el tiempo, y que van componiendo un retrato, o la impronta de un retrato. En la siempre, ay, tercera persona, que es el idioma del mito y la memoria. Cómo no recordar ese verso escalofriante de Jorge Guillén hacia su amigo Salinas: «Pedro Salinas, él, ya nunca “tú”».
Mi padre era un muerto de alquiler. Cuando venció el plazo del arrendamiento del nicho, unos operarios sacaron el ataúd del agujero y traspasaron los huesos, enredados en jirones de sudario, a un féretro más pequeño. Luego lo llevamos en el portaequipajes del coche a Chalamera, con varias maletas, algunos juguetes viejos y una nevera portátil. Allí lo metimos en la tumba de la familia.
(Eduardo Moga, Mi padre, Ediciones Trea 2019)

miércoles, 22 de mayo de 2019

Reseña de Emisarios en el blog de Arturo Tendero

Muy agradecido al poeta Arturo Tendero por la generosa reseña que le dedica a mi último poemario Emisarios (Pre-Textos).

Aquí el enlace.

jueves, 16 de mayo de 2019

Tres matices al libro

I

El libro es un producto tecnológico. Que no nos engañe lo museístico —incluso lo pintoresco— de toda la iconografía del momento: con la invención de la imprenta el ser humano consiguió algo asombroso y que ahora ejecutamos con una cotidianeidad igual de asombrosa. Fue capaz de clonar el contenido que llamaremos, por comodidad, «datos» por un número de veces que tiende a infinito. O al menos mientras dure la tinta, aguante la maquinaria y le quede dinero al editor. Pero platónicamente es una idea intachable: en un mundo con infinitos recursos de tinta, una maquinaria infinitamente engrasada, energía infinita para moverla y un editor infinitamente rico (e inmortal), nos sale una tirada infinita del mismo libro, del mismo texto. No se inventó la imprenta, en el fondo, sino la primera aproximación (analógica) del CONTROL + C. Antes había copistas y manuscritos, y mil versiones y variantes de un texto dado para que los filólogos se ganen el jornal.

II

Ahora bien, ¿con esto hemos ido a mejor o a peor? No soy tan optimista ni tan pesimista. Más bien hemos ido a distinto para que todo siga más o menos igual. Hoy aceptamos de grado esa superstición en virtud de la cual un texto se cree inamovible y definitivo cuando está en las páginas de un libro. Pero un libro sin lectores no es nada: simple papel y polvo y podredumbre y abandono. El libro aspira a ser el mismo dígito repetido sin descanso: una constante. Pero para que un libro exista necesita las manos que lo acojan y los ojos que lo lean. Cambiará de lector en lector y se irá contaminando poco a podo de ellos. Incluso mudará en nuestra propia historia personal como lectores, pues no somos los lectores que fuimos ayer ni los que seremos mañana. Tanto él para nosotros como nosotros para él, agua que fluye y pasa. Lo que seguirá estando ahí, como ya estaba en tiempos de Homero o de Safo, es el mismo laberinto de voces y de ecos.

III

Y además de todo eso, estás las erratas.

martes, 7 de mayo de 2019

Creatividad

A veces me da por pensar si no se habrá ido demasiado lejos con ese lema pedagógicamente malsano y peligrosamente trivial de «fomentar la creatividad», que igual es la versión culta de fomentar la masturbación; con la diferencia de que lo que te deja ciego no es lo segundo sino lo primero. Hablar y no escuchar. Escribir a toda costa y no leer al otro. Negarlo, anularlo. Una sociedad formada íntegramente por novelistas y poetas, por concertistas de violín, por escultores o directores de cine sería una sociedad enferma, aberrante, de intrínseca psicopatía.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Enseñanza (un poema de Emisarios)

ENSEÑANZA

Gloria a los que miraron al fondo de las cosas,
más allá del cansancio, o la tristeza
con que los ocasos se pliegan a sus frentes últimas.
El trocito de pan que insiste en la directriz de su instante
y el delicado arco que reinventa
la estrella de las noches aparcadas.

Hay un fragor de fondo, apenas una respiración de casas vecinales:
desconsuelo y llanto. Desconsuelo
y también pesadumbre
con que las viejas ciudades regresan a su matemática.
Pero también una página que nos hirió con un oro pasajero
y las nubes, que saben correr sobre los charcos más pobres
con la fe libertaria de mil muchachas descalzas.

Y hay en tu sonrisa en el final del día
una delicada impronta que aún el tiempo no acierta a deshacer.
Y una rara enseñanza: lo que expande
el universo
es la más elemental compasión.

(Juan Manuel Macías, 

viernes, 26 de abril de 2019

Llega el número 10 de Cuaderno Ático


https://www.revistacuadernoatico.com/2019/04/09/llega-el-numero-10-de-cuaderno-atico/

Ya está por fin en el aire el número 10 de Cuaderno Ático. En esta nueva entrega contamos con poemas y textos inéditos de Lorenzo Oliván, Álvaro Valverde, Sara Caviedes, Juan Andrés García Román, Ben Clark, Martín López-Vega, Esther Muntañola, Ballerina Vargas Tinajero, Lawrence Schimel, Efi Cubero, Agustín María García López, Rosario Bolaño Wilson y Yoandy Cabrera.
Traducciones de ocho poemas de Thodorís Saringuiolis, a cargo de Manuel González Rincón y dos poemas de Gabriele D’Annunzio, cuya versión firma Ángel Sobreviela.
En la parte gráfica, ilustraciones interiores de Esther Muntañola (que nos vuelve a regalar por otro número más la imagen de portada) y de Katherine C. Shaw.
La versión en PDF se puede descargar en este enlace.
Y, como siempre, en breves días estará disponible también la versión impresa, en los puntos de venta habituales.
Feliz primavera a todos nuestros lectores.

miércoles, 3 de abril de 2019

Emisarios, mi nuevo libro de poemas

Editado (un honor) por Pre-Textos. Aquí el enlace de la novedad en la web de la editorial. Espero que les guste :-)


jueves, 6 de diciembre de 2018

Sitios

Hace ya bastante tiempo tomé la decisión de prodigarme lo menos posible por internet. Evidentemente, no lo he cumplido. A decir verdad, todavía no entiendo cómo alguien tan poco grafómano como un servidor ha llegado a tales extremos. Quizás, como al protagonista de la inolvidable After Hours de Scorsese, unas cosas me han llevado a otras y, al final, el desmadre declarado. Lo único que queda es intentar aceptar la situación y poner un poco de orden al menos. Veamos.

  • Este blog estrictamente «literario» (por decirlo de alguna forma), Las diosas y las nubes, sigue en esta vetusta plataforma de Blogger y creo que seguirá para los restos aquí, en parte por pereza y en parte por cierto apego sentimental. Aunque detesto Blogger como detesto Google, que se ha vuelto una hidra tan perniciosa como otras hidras y monstruillos del estilo de Microsoft o Apple.
     
  • Sin embargo, mi blog de Apuntes tipográficos lo he decidido mudar a un subdominio de la web de Cuaderno Ático. Ya que estoy pagando un dominio y un alojamiento en one.com (con sus luces y sus sombras pero, en fin, de momento el servicio es aceptable), mejor aprovechar tanto Gb libre. Además de que montar y mantener tu propia instalación de Word Press es una liberación y una delicia. Así que aquí va la nueva dirección donde seguiremos hablando de tipografía digital, de TeX, de software libre y, de paso, despreciando los falsos estándares propietarios y esa plaga para la tipografía llamada «diseño gráfico»: http://revistacuadernoatico.com/apuntestipograficos/
     
  • Igualmente, también queda en un subdominio de Cuaderno Ático esta web donde voy reuniendo una muestra (no exhaustiva) de mis trabajos en composición tipográfica: http://www.revistacuadernoatico.com/jmmtipografia/
     
  • Por último, Cuaderno de GNUtas nació del experimento de un rato ocioso, pero reconozco que es algo que me divierte hasta el vértigo. En principio era para mi uso personal, un lugar donde voy reuniendo una serie de notas informáticas de tema, digamos, correoso: programación pura y dura, código, resolución de problemillas, hallazgos e incluso asombros. Cosas, en suma, que de un modo u otro merecían y merecen ponerse por escrito, aunque sólo sea para recordarlas y comprenderlas. Todo, por supuesto, en torno al sistema GNU / Linux. Y mucho Emacs también. Me temo que no será muy contagioso el entusiasmo, legítimo por otra parte, con que lo voy escribiendo. Lo mantengo en abierto porque una de las premisas del software libre es compartir el código y los conocimientos. Humildes, pero que tal vez puedan resultar de alguna utilidad a alguien. No es un blog stricto sensu. Mas bien una serie de páginas estáticas que escribo directamente en Emacs y en Org Mode, las exporto a HTML y las albergo en un repositorio Git de los servidores de GitLab: https://maciaschain.gitlab.io/gnutas/

(Y además de eso, seguimos traduciendo la Odisea).

viernes, 23 de noviembre de 2018

Teclados, Emacs y el marqués de Bradomín

I

Vuelvo a leer estos días, imagino que por elemental reacción frente al desabrido temporal y el trabajo que acomente en hordas, la Sonata de estío de Valle Inclán. Una o dos páginas que aguardan en la mesilla de noche para dejarse ir rodando al sueño, mansamente, mientras se enreda en sus rancios claustros el divagar heráldico y erótico de Bradomín, bajo la luz dorada —a la par que ambigua— de aquel México, acaso también algo gallego, de bandoleros, aterradoras éticas de la posesión y Niñas Chole. Todas esas convulsiones y desarreglos, extrañamente, me traen una paz cabal y suficiente para caer rendido. Fuera sigue la lluvia.

Pero entre la lentitud tan agradable en que la sonata avanza, me da por pensar también qué habría pasado si nuestro buen marqués hubiese sucumbido a este otro aguacero de las redes (mal llamadas) sociales de hogaño, donde cada gota es de inmediato suplantada por la siguiente, constante sucesión de la nada en un runrún de fondo. En este ámbito de lectores nerviosos e impacientes que no leen, pues antes de que empiecen ya terminan, de gente que se fotografía los pies de su soledad o la taza de café que se está tomando con nadie. Donde hay una impostura de vida, e incluso de vida literaria, que es la impostura de otra impostura. No creo que a Bradomín le llevara mucho adaptarse, a él, tan galán de mundo, aunque a costa de atomizarse en un sinfín de ocurrencias y gracias, merecedoras sin duda de los likes y los enjutos emoticonos; y destinadas, sin duda, a ser trending topic por algunas horas. Una actualidad que de rabiosa tiene poco, pues difícilmente muerde. Y hasta lo encontrara divertido, pero nos acabaría privando de esa serena música de cámara, la clara matemática que da sentido a tanta tesela de ardores y arrebatos.

II

No creo que haya un editor de texto tan esencialmente comprometido con eso, el texto, como lo es GNU Emacs. Para él cualquier cosa es un texto y merecedora de ser tratada como tal, y gracias a ello resulta la herramienta perfecta para todo aquel que escriba, ya sea código de programación, una nota improvisada como ésta o la traducción de la Odisea. A Galdós, que escribía casi tanto como un programador de software libre, le hubiese encantado. Pero en torno a Emacs, además de muchas leyendas y gracietas, también acabó propagándose un curioso daño muscular conocido como «el meñique de Emacs». Se debe, según cuentan, a la ubicación de la tecla CONTROL en los teclados QWERTY de ahora, y a que esa tecla estaba presente, en diversas combinatorias, en los comandos más habituales del editor. Ahora bien, ya que se iba a usar mucho, ¿se escogió la tecla por simple masoquismo? La explicación, más mundana, es que los teclados de las computadoras de los '80 para trabajar con el lenguaje Lisp (y Emacs está escrito en un dialecto de Lisp) situaban la tecla CONTROL donde nuestros teclados tienen la ALT, junto al espaciador, mucho más cómoda de pulsar y que no lleva a poner a prueba la resistencia de nuestro pobre meñique.

Por supuesto, lo del meñique de Emacs tiene visos de ser una cosa del pasado, ya que las versiones modernas han transladado muchos de esos comandos cotidianos, precisamente, a la tecla ALT, además de que cada usuario puede remapearse el teclado y los atajos a su gusto. Pero siempre se hilará más fino. Por ejemplo, no hace mucho encontré este artículo, donde se pasa revista a una serie de teclados «ergonómicos» y, al parecer, idóneos para Emacs. Confieso que algunas formas me resultan de lo más extrañas, como los mandos de una nave espacial alienígena (igual así nos ven algunos esclavos del Word a los usuarios de Emacs). Ni acabo de entender dónde está la ergonomía en ciertos casos, bastante bizarros. Por mi parte, me encuentro pero que muy cómodo usando Emacs tal y como lo hago, ni creo que haya nada más confortable que las rutinas de mi adorado editor. Pero también pienso que invertimos demasiado poco en teclados. Lo cual me recuerda que debo comprar uno estas Navidades.

Todo eso, por supuesto, no deja de contrastar con los aborrecibles teclados táctiles de hoy día, pensados para el comentario fugaz, el jiji y el jaja. Aún está por descubrir qué nueva dolencia traerán a sus usuarios. O quizás es que aquí la enfermedad ya viene antes que la causa. Si los textos caracterizan a una época, no menos podrán hablar de ella sus maneras de escribir y sus teclados.

domingo, 11 de noviembre de 2018

El poema como la danza

La poesía, como todas las cosas que nos apasionan de este mundo, incluso como la propia vida, requiere un esfuerzo. Pero no es el esfuerzo intelectual ni el aplicado y silencioso estudio ni los intimidatorios pasillos de las bibliotecas con los cuales tanta tradición escrita nos ha querido siempre confundir, ensordecer y, en última instancia, embobar. El esfuerzo que me reclama la buena poesía es siempre físico. Ese puro movimiento que está dentro de la palabra emoción. Y es que el cuerpo rígido se desespera por salir a quién sabe qué campo abierto, bajo cielos insultantes de claridad o a través de todas las temestades y aguaceros del mundo. Ese verso maravilloso que estremece, que nos lleva a decirlo en alta voz, a despegar unos labios como quien abre de par en par la puerta de una habitación cerrada por mil años. Aunque se quede apenas en un susurro inaudible siquiera para quien se sienta a nuestro lado en el autobús. Pero en la cabeza ya es una victoria, un trueno. ¿Acaso no cantaba Demódoco en la Odisea sus versos en el centro mismo de la danza? Y es que el verso maravilloso, el poema que nos empuja es danza pura. A mí me entran ganas de bailar, de hecho. Pero también de trepar a los edificios gubernamentales, de despeñarme en bicicleta por un barranco, de besar a las estatuas o de pilotar un biplano hasta estrellarme con gusto en un descampado. No lo hago, naturalmente, porque uno vive a principios del siglo XXI en Europa, y hay que guardar cierta consonancia con los tiempos. Pero se me ocurren ésas y otras cosas más terribles. Todo menos «estudiar» el poema.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Apple y la no libertad

La corporación Apple no se ha venido significando especialmente por proteger y defender la libertad de sus usuarios, sino más bien por todo lo contrario. Y es que su historia, ya desde los ochenta, está generosamente nutrida de prácticas despreciables, actividades de dudosa ética y todo un variado muestrario de picarescas, como ésa tan de Apple de inflar absurdamente el precio de sus productos: el viejo truco de ofrecer algo más caro para que todos lo deseen. Y así, todavía muchos se mueren por tener un ordenador normalillo a precio tres veces mayor de lo que vale, con tal de que esté revestido de una vistosa carcasa con la manzana mordisqueada, bien a la vista. Eso, con todo, no es lo más grave. Al fin y al cabo, uno es libre de tirar el dinero por las cloacas que se le antojen. Y de arrojar también su propia libertad. Porque lo que realmente huele mal de la corporación gili-hipster que reflotó el tan ingenioso como malévolo Jobs (cuando aquélla estaba acercándose a una extinción que muchos hubiésemos celebrado), lo que al final la hace tan aborrecible es su manifiesto desprecio por la libertad. Su software privativo y propietario, sus DRM, sus puertas traseras de fisgoneo y su tendencia a capar con descaro el hardware que ensambla y vende.

Se nos avecina una nueva edición de eso último, según me entero por el siempre interesante blog La mirada del replicante. Al parecer, los próximos modelos de Macintosh llevarán un chip que hará prácticamente imposible la instalación y ejecución de un sistema operativo GNU / Linux. Y en general de cualquier otro sistema que no sea MacOs o (con reservas) Windows. Y esto es grave, muy grave y muy demoledor. El que en un hardware que el usuario adquiere y por el que paga (y paga bastante), no pueda este usuario ejecutar el software que le venga en gana, por culpa de una limitación diseñada ex profeso y que viene de fábrica.

Apple, desde luego, acostumbra a tratar como tontos a sus usuarios, aunque con no pocos ya se encuentra buena parte del trabajo hecho. Pero también me consta que todavía tiene usuarios inteligentes, aunque sufridos. Me suelo topar más con los del otro extremo, aquellos que se deshacen de placer cada vez que la corporación de la manzana les llama a pasar por caja, como una especie de sacrificio ritual. Pero no todo está perdido y aún no termina de ser absolutamente incompatible ser sensato y tener un Mac. Ojalá empiecen a tomar nota de éstas y de otras conductas similares.

Para el resto, la solución es bien sencilla. Y conviene hacer énfasis en ella, ahora que se avecinan las Navidades y la mano tonta en la tarjeta de crédito. No compren un Mac, ni ningún iCacharro. Y no lo digo sin cierta tristeza, por la enorme simpatía que me despierta un tipo como Steve Wozniak, el Steve bueno, creador de la Macintosh. Pero sigo pensando que estaba con el Steve equivocado. Y en el garaje equivocado.