Decía
Horacio en su
Epístola a los Pisones o
De arte poetica que el deber de un buen poema no es tanto ser bello
cuanto alcanzar esa meta tan difícil que es emocionar (mover el ánimo) a quien lo lee. Una gran verdad, sin duda,
inalterable desde
El cantar de Gilgamesh a estos tiempos de ahora donde parece que estamos de vuelta de todos los
siglos y todos los
ismos. Muchos pensaron en el banquete homérico, entre el vino y el tañido de la cítara, que la
poesía consistía en un simple deleite. Unos pocos —siempre son unos pocos— advirtieron que eran ellos, no la cítara
del aedo, los que estaban siendo tañidos.
Si un poema no es capaz de sacarnos de nuestras casillas cotidianas, siquiera por unos instantes, y devolvernos a la
materia humana, a la ciencia de la vida y la muerte, que son la misma cosa, entonces ese poema será en justicia
olvidable. Su propia cualidad de inocuo, como un tratamiento homeopático cualquiera, lo habrá condenado a la nada. No es
éste el ámbito donde se mueve la poesía de
Eduardo Moga, para fortuna de sus lectores. Y una buena prueba de ello la
tenemos en su última y excelente entrega poética,
Mi padre (Trea 2019). Breves prosas que se van sucediendo como
fogonazos o teselas dispersas, azarosas en el espacio y el tiempo, y que van componiendo un retrato, o la impronta de un
retrato. En la siempre, ay, tercera persona, que es el idioma del mito y la memoria. Cómo no recordar ese verso
escalofriante de Jorge Guillén hacia su amigo Salinas: «Pedro Salinas, él, ya nunca “tú”».
Mi padre era un muerto de alquiler. Cuando venció el plazo del arrendamiento del nicho, unos operarios sacaron el ataúd
del agujero y traspasaron los huesos, enredados en jirones de sudario, a un féretro más pequeño. Luego lo llevamos en el
portaequipajes del coche a Chalamera, con varias maletas, algunos juguetes viejos y una nevera
portátil. Allí lo metimos en la tumba de la familia.
(Eduardo Moga, Mi padre, Ediciones Trea 2019)