martes, 25 de junio de 2019
Reseña de Elegías y sátiras, por Álvaro Valverde
sábado, 15 de junio de 2019
2 hilachas
Se ha pasado del ancestral miedo a la nada (la inmensa noche, el gran vacío) a otro abismo más horrible, a un desasosiego más espantoso y desgarrador: el miedo a no estar en Facebook.
NO-LUGARES
Una de las cosas bellas y elegantes que tiene el final de Casablanca es que sucede en un mundo donde las despedidas lo eran de verdad. Y además siempre quedará París. Pero si en lugar de eso les hubiese quedado Facebook, probablemente Ilsa Lund y Rick Blaine habrían cedido a la triste inercia, resignados a soportarse en interminables álbumes de fotos y condenados de por vida a felicitarse por los cumpleaños.
viernes, 14 de junio de 2019
Intermitencia
Recuerdo haber escuchado alguna vez al gran Martínez Mesanza definir a la poesía (su relación con la poesía, mejor dicho) como una «pasión intermitente». Y no puedo estar más de acuerdo. En todo caso, ¿hay alguna pasión que no sea intermitente o pasajera? La única pasión sostenida y terca es el big bang. El resto de pasiones, como los terremotos, las tormentas y las furias necesitan su vértice de extasis pero también su momento de amainar y su atardecida. Y es que las pasiones no son sino embajadores en una tierra que les es extraña, e incluso tremendamente hostil: el tiempo. Hay momentos del día, acaso días enteros, en que estoy dispuesto a morir por la causa de la poesía. Otros tantos, ella me importa el más insignificante de los cominos, pues queda relegada o directamente reemplazada por otras pasiones, a las cuales me entrego con el mismo fervor. Creo que esto no sólo es bueno para mi salud mental, habida cuenta de que me tengo por un especimen movido por arrebatos, sino también para la propia poesía. A la postre no es más que la naturaleza y sus ritmos, que comprendía tan bien Arquíloco de Paros, maestro de contrastes y latidos. Con ello quiero decir que me cuesta mucho creerme y tomar en serio a los poetas de 24 horas / 7 días a la semana, y a los portadores de lira a tiempo completo. La poesía sólo debería ser importante cuando sucede, y cada vez que regresa (sin avisar de su llegada, por supuesto) es una fiesta. El resto del tiempo, aunque la mencionemos in absentia, no tiene sentido.
jueves, 13 de junio de 2019
De poetisas
Comentaba el otro día con alguien sobre el rechazo que me causa la palabra «poetisa». Y es curioso, porque el cultismo parece inofensivo y hasta suena como a algo prestigioso y nada vergonzante. Pero ahí está el problema, en que sólo lo parece. Con esta palabra hay algo raro, como un extraño tufillo que no acabamos de identificar y que nos incomoda. Es como esas situaciones de la vida en que todo tiene visos de ser idílico: el entorno, la compañía, etc, y sin embargo no dejamos de mirar de reojo el reloj para poner pies en polvorosa. Por fortuna, la palabreja ya está prácticamente en desuso en el habla común y corriente, y tan sólo queda relegada a a algunas voces engoladas (no me extrañaría nada que Pérez Reverte la emplease alguna vez volviendo de alguna cruzada o de tomarse unos chatos en el bar de la esquina) o a ciertas trincheras del academicismo rancio. Pero por qué, por qué me crispa tanto «poetisa» si es una palabra tan elevada. Precisamente, porque su pecado discurre por las alturas. Sus cuatro sílabas cierran ese campo de concentración de lo puro, lo inmaculado y lo etéreo donde el hombre tan a menudo ha querido ver encerrada a la mujer. A Safo, sin ir más lejos, aún se la sigue nombrando como «la gran poetisa griega». La gran poetisa a la que siempre tenemos el deber de normalizar. Empresa harto difícil, pues siempre aparece una vía de agua cuando creíamos que ya todo estaba bajo control. Por ejemplo, a mediados del siglo pasado, cuando en un desvencijado papiro de Oxirrinco que contenía un fragmento sáfico casi ininteligible se pudo leer de pronto la palabra griega ólisbos. Legiones de filólogos con corbata o pajarita se echaron las manos a la cabeza. Cómo podría escribir eso la «regente de un pensionado para señoritas de buena familia», como así dictaminó de Safo (y probablemente entre ocultas palpitaciones) el imponente Ulrich von Wilamowitz. Incluso don Manuel Fernández Galiano, helenista por el que siento el mayor de los respetos, y que tanto fustigaba estas conductas bochornosas de los adalides de la «cuestión sáfica», no ocultaba su decepción ante la posibilidad (más bien ya evidencia) de que la cantora de las flores y del amor usara una palabra como esa. Y no sólo ya la palabra, sino, en soledad o en compañía, lo que la palabra designaba y que en castellano actual podríamos traducir por consolador. Don Manuel concluía en que, al fin y al cabo, es un fragmento ininteligible, y se nos escapa el contexto en que la palabra fue empleada. Pero —¡ay!— volvemos a caer en la trampa: ese inagotable afán de contextualizar siempre, siempre a Safo y a su poesía. Y hablando de artificios para consolar, tal vez esto sea el consuelo que muchos siempre buscan: una Safo que puedan comprender y encerrar (aunque luego estén los Willamowitz espiando por el ojo de la cerradura).
Vasilévo
Como todo organismo vivo, la lengua griega es tiempo y movimiento, un fluir incesante del que la gramática y la lingüística sólo pueden acertar a contentarnos con el artificio de una cadena de fotogramas, huérfanos todos de su antes y de su después. En esta mudanza fiel a sí misma, siempre me llamó la atención la curiosa evolución semántica del verbo βασιλεύω, que en origen significaba «reinar» para acabar también refiriéndose al sol cuando se pone en el horizonte. Confieso que me sorprendió que se aplicase al ocaso y no a la salida del sol, lo cual tendría más sentido, pero resultaría a la vez más predecible, más triunfalista, más banal y —por supuesto— menos griego. Cuánto más grato, en el fondo, ver la puesta del sol como la totalidad de un reinado que culmina, y al sol mismo como uno de esos reyes que ensombrecen y marchan a la leyenda y al cuento de viejas: acaso porque ya tenían medio cuerpo allí. Y es que βασιλεύω es un verbo con color de oro antiguo, anaranjada y regia ranciedumbre para dar paso a la humana, liberadora, comunal república de la noche.
jueves, 6 de junio de 2019
Mi vida en texto plano
El lenguaje de programación Lisp en que está escrito el editor de texto Gnu Emacs pertenece a la familia de los llamados «homoicónicos», donde los datos se manipulan como código y el código como datos: ambas cosas se alimentan mutuamente, y esta característica les confiere un increíble dinamismo y versatilidad. Para Emacs todo es texto, desde el código hasta la poesía, pasando por la estructura de un árbol de archivos. Las fronteras son siempre (y felizmente) muy nebulosas, y por eso siempre podemos estar cambiando o construyendo cosas nuevas al vuelo. Hasta el modo Org de Emacs es una consecuencia de esto. Se habla mucho por aquí del Org Mode, y es que es el medio con que escribo y organizo (dentro de lo razonable) lo que escribo; pero no sólo lo que escribo: también mis trabajos en tipografía, mis trasteos de código de andar por casa y hasta la lista de la compra. Org fue creado en origen por el astrofísico (y hacker emacsiano) Carsten Dominik, y está mantenido en la actualidad por una muy activa comunidad de desarrolladores. Ésta es su página web, por si a alguien le apetece echar un ojo: https://www.orgmode.org/ Me gusta mucho su lema: «tu vida en texto plano». Muy cierto. Esa preocupación por el formato (más que por la estructura de lo que se escribe) a que tanto han contribuido los procesadores de texto representa la forma más antinatural e incómoda de escribir.
Por supuesto, en Org está también mi traducción de la Odisea, que espero terminar ya por fin este verano. Así se ve el archivo Org que la contiene: simple texto plano. Hay poesía y hay código. Y también notas, apuntes, alguna ocurrencia y un par de poemas «propios» que me surgieron por el camino. Naturalmente, estas cosas no quitan ni añaden mérito, pero es una forma de trabajar a la que estoy acostumbrado desde hace tiempo. Aunque siempre sospecho que si Homero y Safo (por citar a dos iconos de la poesía previa a toda literatura) hubiesen podido escoger, probablemente habrían tirado por Emacs y Org. No me los imagino usando un word, la verdad. Pero (ay) tampoco me los imagino en una vida de texto plano, sino de música.
miércoles, 5 de junio de 2019
Con o sin
martes, 28 de mayo de 2019
Mi padre, de Eduardo Moga
Si un poema no es capaz de sacarnos de nuestras casillas cotidianas, siquiera por unos instantes, y devolvernos a la materia humana, a la ciencia de la vida y la muerte, que son la misma cosa, entonces ese poema será en justicia olvidable. Su propia cualidad de inocuo, como un tratamiento homeopático cualquiera, lo habrá condenado a la nada. No es éste el ámbito donde se mueve la poesía de Eduardo Moga, para fortuna de sus lectores. Y una buena prueba de ello la tenemos en su última y excelente entrega poética, Mi padre (Trea 2019). Breves prosas que se van sucediendo como fogonazos o teselas dispersas, azarosas en el espacio y el tiempo, y que van componiendo un retrato, o la impronta de un retrato. En la siempre, ay, tercera persona, que es el idioma del mito y la memoria. Cómo no recordar ese verso escalofriante de Jorge Guillén hacia su amigo Salinas: «Pedro Salinas, él, ya nunca “tú”».
Mi padre era un muerto de alquiler. Cuando venció el plazo del arrendamiento del nicho, unos operarios sacaron el ataúd del agujero y traspasaron los huesos, enredados en jirones de sudario, a un féretro más pequeño. Luego lo llevamos en el portaequipajes del coche a Chalamera, con varias maletas, algunos juguetes viejos y una nevera portátil. Allí lo metimos en la tumba de la familia.
(Eduardo Moga, Mi padre, Ediciones Trea 2019)
miércoles, 22 de mayo de 2019
Reseña de Emisarios en el blog de Arturo Tendero
Aquí el enlace.
jueves, 16 de mayo de 2019
Tres matices al libro
I
CONTROL + C. Antes había copistas y manuscritos, y mil versiones y variantes de
un texto dado para que los filólogos se ganen el jornal.
II
III
martes, 7 de mayo de 2019
Creatividad
miércoles, 1 de mayo de 2019
Enseñanza (un poema de Emisarios)
viernes, 26 de abril de 2019
Llega el número 10 de Cuaderno Ático
Ya está por fin en el aire el número 10 de Cuaderno Ático. En esta nueva entrega contamos con poemas y textos inéditos de Lorenzo Oliván, Álvaro Valverde, Sara Caviedes, Juan Andrés García Román, Ben Clark, Martín López-Vega, Esther Muntañola, Ballerina Vargas Tinajero, Lawrence Schimel, Efi Cubero, Agustín María García López, Rosario Bolaño Wilson y Yoandy Cabrera.
Traducciones de ocho poemas de Thodorís Saringuiolis, a cargo de Manuel González Rincón y dos poemas de Gabriele D’Annunzio, cuya versión firma Ángel Sobreviela.
En la parte gráfica, ilustraciones interiores de Esther Muntañola (que nos vuelve a regalar por otro número más la imagen de portada) y de Katherine C. Shaw.
La versión en PDF se puede descargar en este enlace.
Y, como siempre, en breves días estará disponible también la versión impresa, en los puntos de venta habituales.
Feliz primavera a todos nuestros lectores.





