sábado, 15 de junio de 2019

2 hilachas

NO ESTAR

Se ha pasado del ancestral miedo a la nada (la inmensa noche, el gran vacío) a otro abismo más horrible, a un desasosiego más espantoso y desgarrador: el miedo a no estar en Facebook.

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NO-LUGARES

Una de las cosas bellas y elegantes que tiene el final de Casablanca es que sucede en un mundo donde las despedidas lo eran de verdad. Y además siempre quedará París. Pero si en lugar de eso les hubiese quedado Facebook, probablemente Ilsa Lund y Rick Blaine habrían cedido a la triste inercia, resignados a soportarse en interminables álbumes de fotos y condenados de por vida a felicitarse por los cumpleaños.

viernes, 14 de junio de 2019

Intermitencia

Recuerdo haber escuchado alguna vez al gran Martínez Mesanza definir a la poesía (su relación con la poesía, mejor dicho) como una «pasión intermitente». Y no puedo estar más de acuerdo. En todo caso, ¿hay alguna pasión que no sea intermitente o pasajera? La única pasión sostenida y terca es el big bang. El resto de pasiones, como los terremotos, las tormentas y las furias necesitan su vértice de extasis pero también su momento de amainar y su atardecida. Y es que las pasiones no son sino embajadores en una tierra que les es extraña, e incluso tremendamente hostil: el tiempo. Hay momentos del día, acaso días enteros, en que estoy dispuesto a morir por la causa de la poesía. Otros tantos, ella me importa el más insignificante de los cominos, pues queda relegada o directamente reemplazada por otras pasiones, a las cuales me entrego con el mismo fervor. Creo que esto no sólo es bueno para mi salud mental, habida cuenta de que me tengo por un especimen movido por arrebatos, sino también para la propia poesía. A la postre no es más que la naturaleza y sus ritmos, que comprendía tan bien Arquíloco de Paros, maestro de contrastes y latidos. Con ello quiero decir que me cuesta mucho creerme y tomar en serio a los poetas de 24 horas / 7 días a la semana, y a los portadores de lira a tiempo completo. La poesía sólo debería ser importante cuando sucede, y cada vez que regresa (sin avisar de su llegada, por supuesto) es una fiesta. El resto del tiempo, aunque la mencionemos in absentia, no tiene sentido.

jueves, 13 de junio de 2019

De poetisas

Comentaba el otro día con alguien sobre el rechazo que me causa la palabra «poetisa». Y es curioso, porque el cultismo parece inofensivo y hasta suena como a algo prestigioso y nada vergonzante. Pero ahí está el problema, en que sólo lo parece. Con esta palabra hay algo raro, como un extraño tufillo que no acabamos de identificar y que nos incomoda. Es como esas situaciones de la vida en que todo tiene visos de ser idílico: el entorno, la compañía, etc, y sin embargo no dejamos de mirar de reojo el reloj para poner pies en polvorosa. Por fortuna, la palabreja ya está prácticamente en desuso en el habla común y corriente, y tan sólo queda relegada a a algunas voces engoladas (no me extrañaría nada que Pérez Reverte la emplease alguna vez volviendo de alguna cruzada o de tomarse unos chatos en el bar de la esquina) o a ciertas trincheras del academicismo rancio. Pero por qué, por qué me crispa tanto «poetisa» si es una palabra tan elevada. Precisamente, porque su pecado discurre por las alturas. Sus cuatro sílabas cierran ese campo de concentración de lo puro, lo inmaculado y lo etéreo donde el hombre tan a menudo ha querido ver encerrada a la mujer. A Safo, sin ir más lejos, aún se la sigue nombrando como «la gran poetisa griega». La gran poetisa a la que siempre tenemos el deber de normalizar. Empresa harto difícil, pues siempre aparece una vía de agua cuando creíamos que ya todo estaba bajo control. Por ejemplo, a mediados del siglo pasado, cuando en un desvencijado papiro de Oxirrinco que contenía un fragmento sáfico casi ininteligible se pudo leer de pronto la palabra griega ólisbos. Legiones de filólogos con corbata o pajarita se echaron las manos a la cabeza. Cómo podría escribir eso la «regente de un pensionado para señoritas de buena familia», como así dictaminó de Safo (y probablemente entre ocultas palpitaciones) el imponente Ulrich von Wilamowitz. Incluso don Manuel Fernández Galiano, helenista por el que siento el mayor de los respetos, y que tanto fustigaba estas conductas bochornosas de los adalides de la «cuestión sáfica», no ocultaba su decepción ante la posibilidad (más bien ya evidencia) de que la cantora de las flores y del amor usara una palabra como esa. Y no sólo ya la palabra, sino, en soledad o en compañía, lo que la palabra designaba y que en castellano actual podríamos traducir por consolador. Don Manuel concluía en que, al fin y al cabo, es un fragmento ininteligible, y se nos escapa el contexto en que la palabra fue empleada. Pero —¡ay!— volvemos a caer en la trampa: ese inagotable afán de contextualizar siempre, siempre a Safo y a su poesía. Y hablando de artificios para consolar, tal vez esto sea el consuelo que muchos siempre buscan: una Safo que puedan comprender y encerrar (aunque luego estén los Willamowitz espiando por el ojo de la cerradura).

Vasilévo

Como todo organismo vivo, la lengua griega es tiempo y movimiento, un fluir incesante del que la gramática y la lingüística sólo pueden acertar a contentarnos con el artificio de una cadena de fotogramas, huérfanos todos de su antes y de su después. En esta mudanza fiel a sí misma, siempre me llamó la atención la curiosa evolución semántica del verbo βασιλεύω, que en origen significaba «reinar» para acabar también refiriéndose al sol cuando se pone en el horizonte. Confieso que me sorprendió que se aplicase al ocaso y no a la salida del sol, lo cual tendría más sentido, pero resultaría a la vez más predecible, más triunfalista, más banal y —por supuesto— menos griego. Cuánto más grato, en el fondo, ver la puesta del sol como la totalidad de un reinado que culmina, y al sol mismo como uno de esos reyes que ensombrecen y marchan a la leyenda y al cuento de viejas: acaso porque ya tenían medio cuerpo allí. Y es que βασιλεύω es un verbo con color de oro antiguo, anaranjada y regia ranciedumbre para dar paso a la humana, liberadora, comunal república de la noche.

jueves, 6 de junio de 2019

Mi vida en texto plano

El lenguaje de programación Lisp en que está escrito el editor de texto Gnu Emacs pertenece a la familia de los llamados «homoicónicos», donde los datos se manipulan como código y el código como datos: ambas cosas se alimentan mutuamente, y esta característica les confiere un increíble dinamismo y versatilidad. Para Emacs todo es texto, desde el código hasta la poesía, pasando por la estructura de un árbol de archivos. Las fronteras son siempre (y felizmente) muy nebulosas, y por eso siempre podemos estar cambiando o construyendo cosas nuevas al vuelo. Hasta el modo Org de Emacs es una consecuencia de esto. Se habla mucho por aquí del Org Mode, y es que es el medio con que escribo y organizo (dentro de lo razonable) lo que escribo; pero no sólo lo que escribo: también mis trabajos en tipografía, mis trasteos de código de andar por casa y hasta la lista de la compra. Org fue creado en origen por el astrofísico (y hacker emacsiano) Carsten Dominik, y está mantenido en la actualidad por una muy activa comunidad de desarrolladores. Ésta es su página web, por si a alguien le apetece echar un ojo: https://www.orgmode.org/ Me gusta mucho su lema: «tu vida en texto plano». Muy cierto. Esa preocupación por el formato (más que por la estructura de lo que se escribe) a que tanto han contribuido los procesadores de texto representa la forma más antinatural e incómoda de escribir.

Por supuesto, en Org está también mi traducción de la Odisea, que espero terminar ya por fin este verano. Así se ve el archivo Org que la contiene: simple texto plano. Hay poesía y hay código. Y también notas, apuntes, alguna ocurrencia y un par de poemas «propios» que me surgieron por el camino. Naturalmente, estas cosas no quitan ni añaden mérito, pero es una forma de trabajar a la que estoy acostumbrado desde hace tiempo. Aunque siempre sospecho que si Homero y Safo (por citar a dos iconos de la poesía previa a toda literatura) hubiesen podido escoger, probablemente habrían tirado por Emacs y Org. No me los imagino usando un word, la verdad. Pero (ay) tampoco me los imagino en una vida de texto plano, sino de música.

miércoles, 5 de junio de 2019

Con o sin

Hay una cosa aún más triste que profesar juicios maniqueos o enredarse en sus trifulcas, y es darse cuenta de que podríamos estar combatiendo en la facción equivocada. Hasta ayer mismo yo defendía que la tortilla de patatas debía ser con cebolla. Pero olvidé comprar cebollas y tuve que cometer una herejía. Mientras batía los huevos, imploraba arder en la misma hoguera a la cual había condenado antes a tantos amigos y conocidos en discusiones sobre tortillas, que en general me resultan más interesantes que las que versan sobre poesía o poetas. Luego (todo hay que confesarlo), la herejía resultó bastante sabrosa y tan redonda como el halo de santidad que ya gravitaba, triunfante y piadoso, sobre mi cabeza. Aristóteles, sin embargo, bien pudo escribir (probablemente lo hizo y se perdió) que las tortillas con cebolla o sin ella son perfectamente factibles en el universo. Depende, como casi todo, del momento. Quedémonos con Aristóteles.

martes, 28 de mayo de 2019

Mi padre, de Eduardo Moga

Decía Horacio en su Epístola a los Pisones o De arte poetica que el deber de un buen poema no es tanto ser bello cuanto alcanzar esa meta tan difícil que es emocionar (mover el ánimo) a quien lo lee. Una gran verdad, sin duda, inalterable desde El cantar de Gilgamesh a estos tiempos de ahora donde parece que estamos de vuelta de todos los siglos y todos los ismos. Muchos pensaron en el banquete homérico, entre el vino y el tañido de la cítara, que la poesía consistía en un simple deleite. Unos pocos —siempre son unos pocos— advirtieron que eran ellos, no la cítara del aedo, los que estaban siendo tañidos.

Si un poema no es capaz de sacarnos de nuestras casillas cotidianas, siquiera por unos instantes, y devolvernos a la materia humana, a la ciencia de la vida y la muerte, que son la misma cosa, entonces ese poema será en justicia olvidable. Su propia cualidad de inocuo, como un tratamiento homeopático cualquiera, lo habrá condenado a la nada. No es éste el ámbito donde se mueve la poesía de Eduardo Moga, para fortuna de sus lectores. Y una buena prueba de ello la tenemos en su última y excelente entrega poética, Mi padre (Trea 2019). Breves prosas que se van sucediendo como fogonazos o teselas dispersas, azarosas en el espacio y el tiempo, y que van componiendo un retrato, o la impronta de un retrato. En la siempre, ay, tercera persona, que es el idioma del mito y la memoria. Cómo no recordar ese verso escalofriante de Jorge Guillén hacia su amigo Salinas: «Pedro Salinas, él, ya nunca “tú”».
Mi padre era un muerto de alquiler. Cuando venció el plazo del arrendamiento del nicho, unos operarios sacaron el ataúd del agujero y traspasaron los huesos, enredados en jirones de sudario, a un féretro más pequeño. Luego lo llevamos en el portaequipajes del coche a Chalamera, con varias maletas, algunos juguetes viejos y una nevera portátil. Allí lo metimos en la tumba de la familia.
(Eduardo Moga, Mi padre, Ediciones Trea 2019)

miércoles, 22 de mayo de 2019

Reseña de Emisarios en el blog de Arturo Tendero

Muy agradecido al poeta Arturo Tendero por la generosa reseña que le dedica a mi último poemario Emisarios (Pre-Textos).

Aquí el enlace.

jueves, 16 de mayo de 2019

Tres matices al libro

I

El libro es un producto tecnológico. Que no nos engañe lo museístico —incluso lo pintoresco— de toda la iconografía del momento: con la invención de la imprenta el ser humano consiguió algo asombroso y que ahora ejecutamos con una cotidianeidad igual de asombrosa. Fue capaz de clonar el contenido que llamaremos, por comodidad, «datos» por un número de veces que tiende a infinito. O al menos mientras dure la tinta, aguante la maquinaria y le quede dinero al editor. Pero platónicamente es una idea intachable: en un mundo con infinitos recursos de tinta, una maquinaria infinitamente engrasada, energía infinita para moverla y un editor infinitamente rico (e inmortal), nos sale una tirada infinita del mismo libro, del mismo texto. No se inventó la imprenta, en el fondo, sino la primera aproximación (analógica) del CONTROL + C. Antes había copistas y manuscritos, y mil versiones y variantes de un texto dado para que los filólogos se ganen el jornal.

II

Ahora bien, ¿con esto hemos ido a mejor o a peor? No soy tan optimista ni tan pesimista. Más bien hemos ido a distinto para que todo siga más o menos igual. Hoy aceptamos de grado esa superstición en virtud de la cual un texto se cree inamovible y definitivo cuando está en las páginas de un libro. Pero un libro sin lectores no es nada: simple papel y polvo y podredumbre y abandono. El libro aspira a ser el mismo dígito repetido sin descanso: una constante. Pero para que un libro exista necesita las manos que lo acojan y los ojos que lo lean. Cambiará de lector en lector y se irá contaminando poco a podo de ellos. Incluso mudará en nuestra propia historia personal como lectores, pues no somos los lectores que fuimos ayer ni los que seremos mañana. Tanto él para nosotros como nosotros para él, agua que fluye y pasa. Lo que seguirá estando ahí, como ya estaba en tiempos de Homero o de Safo, es el mismo laberinto de voces y de ecos.

III

Y además de todo eso, estás las erratas.

martes, 7 de mayo de 2019

Creatividad

A veces me da por pensar si no se habrá ido demasiado lejos con ese lema pedagógicamente malsano y peligrosamente trivial de «fomentar la creatividad», que igual es la versión culta de fomentar la masturbación; con la diferencia de que lo que te deja ciego no es lo segundo sino lo primero. Hablar y no escuchar. Escribir a toda costa y no leer al otro. Negarlo, anularlo. Una sociedad formada íntegramente por novelistas y poetas, por concertistas de violín, por escultores o directores de cine sería una sociedad enferma, aberrante, de intrínseca psicopatía.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Enseñanza (un poema de Emisarios)

ENSEÑANZA

Gloria a los que miraron al fondo de las cosas,
más allá del cansancio, o la tristeza
con que los ocasos se pliegan a sus frentes últimas.
El trocito de pan que insiste en la directriz de su instante
y el delicado arco que reinventa
la estrella de las noches aparcadas.

Hay un fragor de fondo, apenas una respiración de casas vecinales:
desconsuelo y llanto. Desconsuelo
y también pesadumbre
con que las viejas ciudades regresan a su matemática.
Pero también una página que nos hirió con un oro pasajero
y las nubes, que saben correr sobre los charcos más pobres
con la fe libertaria de mil muchachas descalzas.

Y hay en tu sonrisa en el final del día
una delicada impronta que aún el tiempo no acierta a deshacer.
Y una rara enseñanza: lo que expande
el universo
es la más elemental compasión.

(Juan Manuel Macías, 

viernes, 26 de abril de 2019

Llega el número 10 de Cuaderno Ático


https://www.revistacuadernoatico.com/2019/04/09/llega-el-numero-10-de-cuaderno-atico/

Ya está por fin en el aire el número 10 de Cuaderno Ático. En esta nueva entrega contamos con poemas y textos inéditos de Lorenzo Oliván, Álvaro Valverde, Sara Caviedes, Juan Andrés García Román, Ben Clark, Martín López-Vega, Esther Muntañola, Ballerina Vargas Tinajero, Lawrence Schimel, Efi Cubero, Agustín María García López, Rosario Bolaño Wilson y Yoandy Cabrera.
Traducciones de ocho poemas de Thodorís Saringuiolis, a cargo de Manuel González Rincón y dos poemas de Gabriele D’Annunzio, cuya versión firma Ángel Sobreviela.
En la parte gráfica, ilustraciones interiores de Esther Muntañola (que nos vuelve a regalar por otro número más la imagen de portada) y de Katherine C. Shaw.
La versión en PDF se puede descargar en este enlace.
Y, como siempre, en breves días estará disponible también la versión impresa, en los puntos de venta habituales.
Feliz primavera a todos nuestros lectores.

miércoles, 3 de abril de 2019

Emisarios, mi nuevo libro de poemas

Editado (un honor) por Pre-Textos. Aquí el enlace de la novedad en la web de la editorial. Espero que les guste :-)


jueves, 6 de diciembre de 2018

Sitios

Hace ya bastante tiempo tomé la decisión de prodigarme lo menos posible por internet. Evidentemente, no lo he cumplido. A decir verdad, todavía no entiendo cómo alguien tan poco grafómano como un servidor ha llegado a tales extremos. Quizás, como al protagonista de la inolvidable After Hours de Scorsese, unas cosas me han llevado a otras y, al final, el desmadre declarado. Lo único que queda es intentar aceptar la situación y poner un poco de orden al menos. Veamos.

  • Este blog estrictamente «literario» (por decirlo de alguna forma), Las diosas y las nubes, sigue en esta vetusta plataforma de Blogger y creo que seguirá para los restos aquí, en parte por pereza y en parte por cierto apego sentimental. Aunque detesto Blogger como detesto Google, que se ha vuelto una hidra tan perniciosa como otras hidras y monstruillos del estilo de Microsoft o Apple.
     
  • Sin embargo, mi blog de Apuntes tipográficos lo he decidido mudar a un subdominio de la web de Cuaderno Ático. Ya que estoy pagando un dominio y un alojamiento en one.com (con sus luces y sus sombras pero, en fin, de momento el servicio es aceptable), mejor aprovechar tanto Gb libre. Además de que montar y mantener tu propia instalación de Word Press es una liberación y una delicia. Así que aquí va la nueva dirección donde seguiremos hablando de tipografía digital, de TeX, de software libre y, de paso, despreciando los falsos estándares propietarios y esa plaga para la tipografía llamada «diseño gráfico»: http://revistacuadernoatico.com/apuntestipograficos/
     
  • Igualmente, también queda en un subdominio de Cuaderno Ático esta web donde voy reuniendo una muestra (no exhaustiva) de mis trabajos en composición tipográfica: http://www.revistacuadernoatico.com/jmmtipografia/
     
  • Por último, Cuaderno de GNUtas nació del experimento de un rato ocioso, pero reconozco que es algo que me divierte hasta el vértigo. En principio era para mi uso personal, un lugar donde voy reuniendo una serie de notas informáticas de tema, digamos, correoso: programación pura y dura, código, resolución de problemillas, hallazgos e incluso asombros. Cosas, en suma, que de un modo u otro merecían y merecen ponerse por escrito, aunque sólo sea para recordarlas y comprenderlas. Todo, por supuesto, en torno al sistema GNU / Linux. Y mucho Emacs también. Me temo que no será muy contagioso el entusiasmo, legítimo por otra parte, con que lo voy escribiendo. Lo mantengo en abierto porque una de las premisas del software libre es compartir el código y los conocimientos. Humildes, pero que tal vez puedan resultar de alguna utilidad a alguien. No es un blog stricto sensu. Mas bien una serie de páginas estáticas que escribo directamente en Emacs y en Org Mode, las exporto a HTML y las albergo en un repositorio Git de los servidores de GitLab: https://maciaschain.gitlab.io/gnutas/

(Y además de eso, seguimos traduciendo la Odisea).