viernes, 16 de septiembre de 2011

escribir / leer


I

Reconocer que no me gusta escribir podría sonar a pose frívola. Para ser más precisos: escribir, como volar, me aterra y me llena de ansiedad. Por eso vuelo y escribo cuando ya no hay más remedio, fiel a un no sé qué sentido extraño de la fatalidad. Luego de que ya estoy en una de esas dos situaciones, me cuesta mucho dar conmigo, a no ser en algunas fugaces coincidencias, para compadecerme, agorero, de la inminente catástrofe. El resto del viaje, por lo general, se dejará acunar por el olvido. Ya abrí esta bitácora, allá por el 2007, a sabiendas de la tara que aquí comento, y me sorprende, de verdad, que aún siga en pie. De hecho, el otro día tuve una pesadilla horrible, espantosa, donde lo único que hacía era escribir horas y horas una entrada interminable para este blog. Era tan extensa que ya no me cabía en el editor de Blogger, así que tuve que copiar lo que llevaba escrito y pegarlo en mi propio editor de texto, sin darme cuenta, mientras no podía parar de escribir, de que había copiado todo internet, los blogs, los foros, los chats, el porno, la wikipedia y la bitácora de Vicente Luis Mora. No hay peor pesadilla que soñar que uno escribe. Es como si te llevan al parque de atracciones y te dicen que tú tienes que construir la montaña rusa y el túnel del terror. ¿Y eso cómo se hace? Porque ahí está el meollo del asunto. Yo fracasaría de pleno en cualquiera de esos talleres literarios que tanto pululan por ahí. No tengo ni la más remota idea de cómo se escribe un poema. Lo que es peor: ignoro cómo no se escribe. Sólo puedo decir que me gusta la música, la canción y la letra; y luego están esos momentos raros de lucidez o presagio, cuando uno piensa, a punto de embarcar, que ni loco debe coger ese vuelo. Cuando todo viene espeso de información y doctrina; cuando no suena ni la música ni la letra, sino algo inútil, estridente y destemplado como unas turbinas rotas: la letra de la letra.

II

Mi abuela (suele contar mi madre) soltó una frase memorable viendo un espectáculo de trapecistas en los primeros años de la televisión española: "¡Eso yo nunca lo hice!". Es de suponer que quiso decir "nunca lo vi", claro, pues mi abuela no pertenecía al gremio de los acróbatas sino al de los maestros. Pero ahora me doy cuenta de que ambas frases son la misma cosa y definen a la perfección la actitud más saludable ante el mundo, nuestra grata pequeñez, el corazón mismo del asombro. Ante un poema que leemos emocionados y sobrecogidos, ante una catedral, los dedos de Anne Sophie Mutter o un gato, no hay mejor respuesta crítica que decir, sí, "eso yo nunca lo hice", y escribirlo por todas las paredes y en las espaldas de los notarios. Jamás poner: "eso me hubiera gustado hacerlo a mí". ¿Quién tiene ganas de construír una montaña rusa?