sábado, 17 de noviembre de 2018

El país de los feacios

Llegarás al país de los feacios
como siempre se llega, en el final
de todos los comienzos, de las jornadas diáfanas
y del filo del mar, espejo y sueño.
Y con el turbio estrambote de una última tormenta,
el oro abismado de la tarde
te cubrirá compasivo con su antiguo manto
mientras percibes el aire ceremonial, moroso
que apacigua tus sienes con palabras de bronce
y refresca un recuerdo que huele a tierra y a cuentos.
Recuerda entonces, cuando hinques las rodillas en esa playa
donde remansan las olas y los suplicantes,
que has arribado al otoño
y en el jardín del rey los chopos ya salmodian el silencio
y mecen, proféticos, su frías frentes de doncella.
Te verán, apenas un esbozo, a los postreros candiles
que llaman al pueblo honrado hacia el hogar,
y dispersan a gatos y a merodeadores
como tú
cuando, sin anunciar tu visita,
cruces, sombra, los umbrales del palacio
y te escurras por pasillos, galerías, cámaras
que son las hojas sonámbulas de un libro de portentos.
Niños de plata y oro sosteniendo las velas, sirvientes de metal, solícitos
a sus engranajes y resortes delicados,
cual afinado y preciso es el mecanismo de la añoranza.
La que allí gravita y te guarda, entre los blancos rostros
y en cada murmurante recoveco, donde se saludan
un orbe familiar que huele a leña quemada, la reina que teje, el rey que bebe vivo
y un mundo de extrañezas y misterios, en que acaso tú seas
el más extraño entre los extraños,
el centro mismo del convite
y de la cena, que se hará en tu honor,
y donde irás a sentarte junto al buen monarca Alcínoo.
Y todos allí, escuchándote con un gesto hospitalario:
los señores y los príncipes que portan el cetro;
el aedo, el heraldo, la madre reina y sus hijos;
y Nausícaa, la cual te estudia y cierra los ojos a veces, aunque te sigue viendo,
y en lo que caen sus párpados —igual que el sol de la niñez—,
sientes que ha transcurrido una vida entera.
Todos, en fin, allí, repentinos amigos,
personajes y público inesperados de tu historia,
como si desde siempre te hubiesen concedido el raro honor de atenderte;
y tú, frente a ellos, poniendo un orden —cualquiera— a tu recuerdo,
a tus fatigas, a tus monstruos, a tus maravillas, a tus derrotas,
sin la servidumbre de fijar qué pudo venir antes, qué despues.
Y como si aquella noche de palabras y nombres hubiese durado siempre,
inagotable el fuego que crepita, infinito el deshilar de la memoria
con la propicia música del lúcido entresueño.
Ellos te escuchan absortos. Y lo más sorprendente:
tú eres también tu propio espectador,
y asistes a tu increíble relato con la fe necesaria
con que se miran calles y rostros y nubes, y la vida
abre su vientre inmenso y nuevo para el recién llegado.
Pero, al cabo, sonará una hora distante en esa noche larga
que llamará a recogerse en la divina oscuridad,
y a ti te anunciará que el regreso está dispuesto,
que una nave hay anclada en la mañana,
y que te espera en calma, sólo a ti, sabedora de la ciencia de tu nombre.
Cuando llegues al país de los feacios
como se llega al mundo, igual que un extranjero extraviado,
poco menos que un mendigo,
en la tarde, ya casi de anochecida, y en la víspera.


Juan Manuel Macías
(Inédito)

domingo, 11 de noviembre de 2018

El poema como la danza

La poesía, como todas las cosas que nos apasionan de este mundo, incluso como la propia vida, requiere un esfuerzo. Pero no es el esfuerzo intelectual ni el aplicado y silencioso estudio ni los intimidatorios pasillos de las bibliotecas con los cuales tanta tradición escrita nos ha querido siempre confundir, ensordecer y, en última instancia, embobar. El esfuerzo que me reclama la buena poesía es siempre físico. Ese puro movimiento que está dentro de la palabra emoción. Y es que el cuerpo rígido se desespera por salir a quién sabe qué campo abierto, bajo cielos insultantes de claridad o a través de todas las temestades y aguaceros del mundo. Ese verso maravilloso que estremece, que nos lleva a decirlo en alta voz, a despegar unos labios como quien abre de par en par la puerta de una habitación cerrada por mil años. Aunque se quede apenas en un susurro inaudible siquiera para quien se sienta a nuestro lado en el autobús. Pero en la cabeza ya es una victoria, un trueno. ¿Acaso no cantaba Demódoco en la Odisea sus versos en el centro mismo de la danza? Y es que el verso maravilloso, el poema que nos empuja es danza pura. A mí me entran ganas de bailar, de hecho. Pero también de trepar a los edificios gubernamentales, de despeñarme en bicicleta por un barranco, de besar a las estatuas o de pilotar un biplano hasta estrellarme con gusto en un descampado. No lo hago, naturalmente, porque uno vive a principios del siglo XXI en Europa, y hay que guardar cierta consonancia con los tiempos. Pero se me ocurren ésas y otras cosas más terribles. Todo menos «estudiar» el poema.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Apple y la no libertad

La corporación Apple no se ha venido significando especialmente por proteger y defender la libertad de sus usuarios, sino más bien por todo lo contrario. Y es que su historia, ya desde los ochenta, está generosamente nutrida de prácticas despreciables, actividades de dudosa ética y todo un variado muestrario de picarescas, como ésa tan de Apple de inflar absurdamente el precio de sus productos: el viejo truco de ofrecer algo más caro para que todos lo deseen. Y así, todavía muchos se mueren por tener un ordenador normalillo a precio tres veces mayor de lo que vale, con tal de que esté revestido de una vistosa carcasa con la manzana mordisqueada, bien a la vista. Eso, con todo, no es lo más grave. Al fin y al cabo, uno es libre de tirar el dinero por las cloacas que se le antojen. Y de arrojar también su propia libertad. Porque lo que realmente huele mal de la corporación gili-hipster que reflotó el tan ingenioso como malévolo Jobs (cuando aquélla estaba acercándose a una extinción que muchos hubiésemos celebrado), lo que al final la hace tan aborrecible es su manifiesto desprecio por la libertad. Su software privativo y propietario, sus DRM, sus puertas traseras de fisgoneo y su tendencia a capar con descaro el hardware que ensambla y vende.

Se nos avecina una nueva edición de eso último, según me entero por el siempre interesante blog La mirada del replicante. Al parecer, los próximos modelos de Macintosh llevarán un chip que hará prácticamente imposible la instalación y ejecución de un sistema operativo GNU / Linux. Y en general de cualquier otro sistema que no sea MacOs o (con reservas) Windows. Y esto es grave, muy grave y muy demoledor. El que en un hardware que el usuario adquiere y por el que paga (y paga bastante), no pueda este usuario ejecutar el software que le venga en gana, por culpa de una limitación diseñada ex profeso y que viene de fábrica.

Apple, desde luego, acostumbra a tratar como tontos a sus usuarios, aunque con no pocos ya se encuentra buena parte del trabajo hecho. Pero también me consta que todavía tiene usuarios inteligentes, aunque sufridos. Me suelo topar más con los del otro extremo, aquellos que se deshacen de placer cada vez que la corporación de la manzana les llama a pasar por caja, como una especie de sacrificio ritual. Pero no todo está perdido y aún no termina de ser absolutamente incompatible ser sensato y tener un Mac. Ojalá empiecen a tomar nota de éstas y de otras conductas similares.

Para el resto, la solución es bien sencilla. Y conviene hacer énfasis en ella, ahora que se avecinan las Navidades y la mano tonta en la tarjeta de crédito. No compren un Mac, ni ningún iCacharro. Y no lo digo sin cierta tristeza, por la enorme simpatía que me despierta un tipo como Steve Wozniak, el Steve bueno, creador de la Macintosh. Pero sigo pensando que estaba con el Steve equivocado. Y en el garaje equivocado.

martes, 30 de octubre de 2018

Programando

En una conferencia sobre el editor de texto Emacs, su autor Richard Stallman contó una anécdota que me resulta muy ilustrativa sobre cómo se dejan intimidar sin motivo muchos usuarios de ordenadores ante ciertos términos. Algo que han sabido aprovechar las grandes corporaciones de software propietario, explotando a conveniencia esa idea algo malsana de «informática amigable», que podríamos traducir como «todo para el usuario pero sin el usuario». Cuenta Stallman, en fin, que cuando se desarrolló Emacs en el MIT comenzaron a usarlo para redactar sus documentos todos los del personal de administración del centro. Les entregaron a cada uno un librito llamado Manual de instrucciones. Un título puesto con mucha astucia, ya que evitaron escribir lo que realmente era aquel manual, un Manual de instrucciones… de programación. Porque Emacs es un editor programable y extensible. Y he aquí que todos los administrativos del MIT acabaron programando profusamente sin saber que estaban programando. E imagino que cada uno llegaría a hacer, a su manera, verdaderas virguerías, pues en el fondo estaban adaptando el software a sus necesidades

A mí me pasó algo parecido. Hace ya tiempo encontré el gusto por la programación a través de dos vías. Por un lado, cuando comencé a estudiar y usar el sistema de composición tipográfica TeX. TeX es programación pura y dura, y si quieres trabajar con TeX no te queda otra que aprender a programar en TeX, de igual forma que si quieres hablar japonés debes aprender japonés. Pero es un trabajo (evocando a JRJ) siempre gustoso, y los esfuerzos nunca se quedan sin recompensa. La otra vía llegó cuando me enamoré del editor de texto Emacs, con el que mantengo un idilio casi ininterrumpido desde el 2007, año en que empecé a usar GNU / Linux. Emacs, como dije antes, es extensible y programable ad infinitum mediante un lenguaje llamado Elisp, que es un dialecto de Lisp, probablemente de los lenguajes de programación más elegantes y divertidos que haya. Y de los más antiguos: se remonta a la década de los 50, nada menos. Gracias a eso, podemos hacer en Emacs casi lo que nos venga en gana. Y si algo en concreto nos desborda, siempre habrá en otro punto del mundo alguien que sepa más que tú y que comparta contigo y con el resto de la comunidad su código. Y es que, a estas alturas, ya soy incapaz de usar cualquier programa que no me deje editar aunque sea un mínimo archivo de configuración. Y que se quede sólo en unos cuantos botones que deba pulsar dócilmente, sin saber muy bien el por qué. Para mí eso no es informática amigable.

Un ejemplillo menor de lo dicho, sacado de mi trabajo cotidiano. En mi traducción de la Odisea, sin ir más lejos, cada canto es un árbol de un documento escrito en el Org Mode de Emacs, que contiene no sólo mi traducción propiamente dicha, sino más árboles donde incluyo comentarios y notas no exportables. ¿Cómo separo un árbol determinado del resto, y me aíslo con él para escribir o revisar su contenido? Lo cuento (por si interesase a alguien que quier enamorarse también de Emacs) en mi humilde Cuaderno de GNUtas o Noches Áticas de desvelos informáticos.

sábado, 27 de octubre de 2018

Nogal y perspectiva

El gran nogal de mi vecino, por hábito de la pendiente y la perspectiva, me ofrece a mí mejores vistas que a su dueño, que apenas sólo lo puede mirar desde la base. El nogal está siempre en mi ventana, y es mi reloj infalible de las estaciones. En verano, verde de hojas. El otoño, implacable y minucioso, se encarga de ir corrigiéndolas al amarillo. Y en invierno las ramas blancas y desnudas se alambican como un largo pensamiento. Pero no se puede tener todo en esta vida: mi vecino se queda con las nueces.

sábado, 20 de octubre de 2018

Cuaderno Ático marcha hacia el número 10

Recuerdo que alguien una vez —hace ya tiempo— me preguntó si Cuaderno Ático era una revista «clásica». Ignoro si con ello quería decir «de poesía clásica», «de clásicas» o la «clásica revista». Pero en realidad no es ninguna de esas tres cosas, por diversos y variados motivos que aquí no cabe referir. Me hizo mucha gracia, en cualquier caso, el comprobar de nuevo qué sambenito tan largo arrastra el epíteto «ático». Es evocarlo y ya todo se nos llena de columnas, templos y estatuas. Supongo que si la revista se hubiese llamado Cuaderno Madrileño pocos se hubiesen interesado si era una publicación sobre zarzuela. Tal vez algún día cuente por qué Cuaderno Ático se llama como se llama, pero lo que sí adelanto es que no viene su nombre de ningún género del clasicismo, en el cual ni milito, y del cual procuro huir como de la peste. No soy clásico, me temo. Cuaderno Ático, tampoco. Entre tanto, vamos preparando, sin prisas ni urgencias —porque aquí estamos en el recreo y no en el estudio—, el número 10, que será también una pequeña celebración: haber logrado entregar 10 números de una revista de poesía sin haber perdido la razón (no más de lo habitual) y sin poder averiguar aún qué es la poesía. Afortunadamente.

Hasta la salida del nuevo número, los 9.5 números anteriores pueden consultarse, como siempre, en la web de la revista:

Desde allí también se pueden adquirir las versiones impresas, a partir del número 6.

Portada del número 9.5 de Cuaderno Ático

viernes, 19 de octubre de 2018

Prodigios

Después de horas de trabajo frente a la pantalla, salí a respirar un poco el aire y la tarde. Había llovido. Y flotaba un olor a leña quemada que ya no venía de ninguna barbacoa tumultuosa. A decir verdad, venía de mucho más lejos y de muy antiguo. Un olor casi sagrado y solemne. Es el olor, por fin, del otoño, de la estación de los prodigios: como estar en el palacio de Alcínoo y Arete, en el país de los feacios, que aman los remos.

domingo, 14 de octubre de 2018

La Odisea y Git

Para mis trabajos de composición tipográfica y algunas de mis traducciones (sobre todo la de la Odisea) uso un software de control de versiones llamado Git. Es muy popular entre los programadores, pero para los que usamos texto plano en otros menesteres (en mi caso escribir, traducir o componer libros) puede resultar increíblemente útil —diría que hasta indispensable— además de que es muy sencillo de usar. ¿Qué hace Git, cuyo símbolo es un gato? Pues una cosa muy simple: sacar distintas instantáneas de una línea temporal. Podemos trabajar con varias líneas temporales paralelas o «ramas» simultáneamente, y fusionarlas cuando queramos. Cada instantánea contiene cualquier añadido, supresión, modificación, etc que se haya hecho a la versión anterior, de lo que Git nos informará detalladamente cada vez que le pidamos que compare dos o más textos. Las instantáneas las va almacenando Git en algo llamado «repositorio», que no es más que una carpeta donde se incluyen cuantos archivos y documentos queramos. De hecho, una instantánea concreta recoge el estado puntual en la línea de tiempo de nuestro repositorio, de todos sus archivos y subcarpetas. Cada vez que creamos una versión y la vemos digna del memorioso Git, cuyo símbolo es un gato, haremos entonces un «commit», que es como una miguita de pan en nuestro camino, y lo mandaremos al repositorio. Yo trabajo con un doble sistema de repositorios: uno local, para mis ordenadores de casa (e incluso el móvil) y otro remoto en el servicio gitlab.com, que a diferencia de github.com permite mantener repositorios privados sin coste alguno para los usuarios. Ambos repositorios, local y remoto, están siempre sincronizados. Es decir, que si termino un tramo de traducción, y quiero crear un «commit», abro la terminal y escribo:

git add .
git commit -m "Odiseo sigue con su parlamento y corrección de xx versos en Canto xx"
git push origin master 

El primer comando añade los cambios a la cabeza de la línea temporal. El segundo crea el «commit» con el nombre que se nos antoje (también podemos añadir comentarios y demás en cada «commit» o asignar etiquetas para «commits» especialmente memorables). El último comando envía el «commit» también al repositorio remoto («origin»), que está sincronizado en la rama principal o «master». Y así de sencillo y así sucesivamente siempre.

Bien. ¿Y por qué cuento todo esto? Pues porque necesitaba explicarlo antes para decir que hoy he revisado mi repositorio de la Odisea y resulta que ya he sobrepasado la homérica cifra de 3000 «commits». Nada despreciable, aunque muy lejos de los 783542 «commits» que tiene a fecha de hoy el núcleo Linux en sus sucesivas contribuciones y versiones. En cualquier caso, Homero no creo que precisara de Git. Él mismo era Git, cuyo símbolo es un gato.

Guirnalda en Vakxikon

La revista digital griega Vakxikon.gr publicó hace poco esta hermosa versión que hiciera a la lengua de Homero Cristina Rorris Michos de mi poema «Guirnalda», que pertenece a mi próximo libro de poemas Emisarios. Un gran honor.

(El poema original se puede leer aquí).

jueves, 11 de octubre de 2018

De Liddell-Scott y diccionarios digitales

Notas y tareas

Hay muchas formas de consultar la versión on line del venerable diccionario de griego Liddell-Scott, pero ninguna de ellas tiene la gracia y el encanto que nos proporciona acudir al volumen original. Bajarlo de la estantería, depositarlo en la mesa y abrir sus páginas de papel biblia se parece a un rito añejo, como cuando se sacaba la vajilla de los domingos o se vestía uno para tomar el vermut. Y recorrer sus entradas en esa hermosa tipografía Porson tiene mucho de viaje, de aventura siempre generosa en asombosos hallazgos. Pero también —y aceptémoslo— es un dolor. El endemoniado libro parece concebido como un monumento a la incomodidad. Y pesa que es un espanto. Llevarlo a cuestas es como llevar al caballito a un obeso y ceñudo clérigo ensotanado. Y cuando lo sacas de la estantería siempre acabas tirando algo o se te cae encima de la cabeza otro libro. Y no hablemos de las titánicas nubes de polvo que aventas al abrirlo, llenas de incontables universos y microscópicos seres vivos de todo género, siempre en diáspora por tu estudio o deseosos de quedarse a vivir en tus pulmones. Y luego te tocará hacer sitio en la mesa, porque ya no te cabe un trasto más. Tendrás suerte si, llegados a este punto, aún recuerdas qué consulta querías hacerle al mamotreto oxoniense. Pero si no te acuerdas, tanto da: siempre podrás pasearte por sus bellos tipos Porson, e iniciar algún breve idilio con cualquiera otra voz griega que encuentres por allí, siquiera algún adverbio, una partícula. Estas cosas, claro, forman parte del contrato que incluye el Liddell-Scott, y hay que aceptarlas, como aceptamos mancharnos y lastimarnos al emprender una aventura. Pero me temo que mi trato físico con el enlutado diccionario se ha ido escorando cada vez más al terreno de lo platónico. Fuera de allí, prefiero acudir a su alter ego digital. En esta entrada de mi cuaderno de notas informáticas apunto algunos consejos y truquillos para ello. Por supuesto, siempre dentro del software libre: https://maciaschain.gitlab.io/gnutas/goldendict.html

martes, 9 de octubre de 2018

La Odisea y Org Mode

Notas y tareas

Mi traducción en curso de la Odisea de Homero (el primer hacker de la historia) no la realizo en Word ni en nada parecido (hace siglos que no uso un procesador de texto para escribir), sino en algo llamado Org Mode, que es un formato textual de etiquetado ligero, parecido a Markdown pero más potente y versátil. Fue creado en origen por el astrónomo holandés Carsten Dominik, y actualmente está mantenido por el proyecto GNU para el editor de texto Emacs. Dicho todo así, puede sonar a abstruso y demasiado técnico. Igual me sonaba a mí también hace no tanto tiempo, pero la verdad es que no creo que haya otra forma de decirlo. Si se explican los términos, de todas formas, encontraremos que son bastante consecuentes y nada peligrosos.

Veamos. Un formato de etiquetado no es más que una serie convencional de etiquetas o marcas que han de escribirse en distintas partes de un bloque de texto plano a fin de que una computadora las interprete y nos devuelva dicho texto con un determinado formato. Viene a ser como un código «pactado» entre el ser humano y la máquina. ¿Y lo de llamar ligero a ese etiquetado? Pues porque las etiquetas son extremadamente simples e inteligibles, y no contaminan el texto con código esotérico hasta el punto de que intentar leerlo pueda acarrearnos una embolia. Por supuesto, también hay etiquetados complejos y (siguiendo la jerga) «pesados», donde es indispensable un ojo entrenado que pueda discernir el código del propio contenido textual. Un ejemplo de estos etiquetados puede ser el lenguaje HTML de la web (quien haya visto el código fuente de una página web ya sabe a lo que me refiero), o el lenguaje TeX del sistema tipográfico del mismo nombre. No están pensados para leer plácidamente en una hamaca, sino para trabajar cual hormigas sobre un texto dado. Se comprenden en el sentido en que un músico comprende un pentagrama o un médico el resultado de una analítica, pero al común de los mortales le puede en justicia resultar chino.

Por contra, los etiquetados ligeros se mueven cerca del nivel más alto de la comprensión humana (en programación, cuanto más se baja de nivel, más nativo se hace el lenguaje a la máquina y más ajeno a nosotros), y su conjunto de etiquetas bien puede aprenderse en una tarde libre. De hecho, no hace falta ni ser un ingeniero informático ni nada parecido para escribir en Markdown o en Org Mode, ya que éstos han venido para hacerles (hacernos) la vida más fácil a todos aquellos que tengan que poner algo, lo que sea, por escrito1. ¿Por qué? Porque su sistema de marcas o etiquetas es esencialmente semántico; es decir, se dirige a la estructura lógica del contenido textual más que a la estructura física o (en último extremo) tipográfica. La separación necesaria de estás dos estructuras ha sido siempre lo más natural a la hora de escribir, hasta que un día llegaron el Word y los procesadores de texto y las mezclaron, imponiendo un sistema aberrante y, claro, antinatural. Quien se haya visto en ocasiones frustrado usando un Word, que sepa que los tiros casi siempre van por ahí. Muchos creen que Word es la evolución de la máquina de escribir, cuando lo que supone en el fondo es su negación absoluta. Pondré un ejemplo muy sencillo. En tipografía, una cursiva representa un énfasis. Pero si el énfasis ha de señalarse dentro de un texto que ya está en cursiva, entonces se opta por ponerlo en letra redonda. Como el Word obliga al usuario a ser escritor y tipógrafo al mismo tiempo, entonces el camarote de los Marx está servido. Para Markdown y Org Mode un énfasis siempre es un énfasis. ¿Cursivas, redondas, versalitas…? Ellos siempre nos contestarán, para nuestro alivio, «Mí no entender».

Cuando trabajamos de esta forma, en suma, contamos con un único texto estructurado para entregarlo en un montón de formatos físicos2. Sin ir más lejos, en mi traducción en curso de la Odisea necesito de vez en cuando contar con una salida «tipográfica» en un PDF de alta calidad donde los versos de cada canto estén numerados al margen en secuencia de cinco. El proceso se puede automatizar con un simple atajo de teclado de mi editor de texto favorito, que es Emacs. Por si a alguien le puede resultar útil, explico cómo hacerlo en este pequeño sitio web que tengo para almacenar y compartir (e incluso intentar comprender) mis notas sobre temas informáticos: https://maciaschain.gitlab.io/gnutas/orglatex.html

Notas:

1

En este texto intento explicar por qué prefiero Org Mode a Markdown.

2

Esta entrada del blog, por ejemplo, está escrita en origen mediante Org Mode. Para publicarla aquí, la he exportado a HTML.

sábado, 6 de octubre de 2018

El pasaporte de Ramsés

Ayer me enteré de que a la momia de Ramsés II tuvieron que hacerle un pasaporte para poder llevarla de Egipto a Francia. Al menos allí (aunque precisó de alguna ayuda para bajar del avión), el faraón fue recibido con honores de jefe de estado, además de un tratamiento fungicida de pies a cabeza. Que no sé si estaría bien extender este curioso protocolo a otros dignatarios. En cualquier caso, pobre Ramsés. Pensaba que iba hacia Isis y Osiris, y lo que le esperaba no era el infierno, sino la burocracia. De donde nadie que yo conozca ha logrado jamás escapar.

jueves, 4 de octubre de 2018

Software libre

Cuando se habla de software libre les puede resultar a muchos un discurso, tal vez, demasiado abstracto. Frente al cual hay un aparente sentido común que insiste en que «son sólo programas, herramientas, y lo importante es usar las que me vengan bien y me funcionen (así sea Microsoft, Apple, Adobe, Google, etc)». Y se puede vivir feliz y despreocupado de esa forma durante mucho tiempo. Hasta que un día (y siempre llega ese día, tarde o temprano), las injusticias del software propietario llaman a tu puerta: Microsoft, Apple, Adobe o Google. Cuando te des cuenta de que no puedes adaptar tu herramienta a tus necesidades, sino que eres tú y tus necesidades los que os tenéis que adaptar a la herramienta.

Imaginemos que me compro una estantería para mi estudio. Pero necesito hacerle unas mínimas modificaciones para que encaje bien donde quiero ponerla. Un capricho, vaya, pero es que quiero ponerla en ese sitio en concreto porque es MI estantería y porque la he pagado. Pero resulta que no puedo modificarla ni retocarla, pues una licencia que la acompaña me lo impide. Y aunque me quiera saltar esa licencia arbitraria, tampoco cuento con los planos o la información necesaria para entender cómo desmontar la estantería. En términos informáticos, sólo tengo los binarios, lo que la computadora comprende (la estantería), pero no cuento con el código fuente con que se han programado esos binarios y que puede comprender un ser humano (las instrucciones y los planos de la estantería).

Así nació, de hecho, el movimiento por el software libre en los años 80, cuando un investigador del laboratorio de inteligencia artificial del MIT, llamado Richard Stallman, encontró que no podía modificar los controladores de una simple impresora porque éstos eran propietarios y bajo licencia propietaria. Hasta entonces el software solía ser libre de facto, como el teorema de Pitágoras y la ley de la gravedad: conocimiento científico para compartir. ¿A quién se le iba a ocurrir poner una licencia o una patente a cosas así? Y tampoco existía lo que hoy conocemos por «ordenador personal». Pero Stallman ya se empezaba a oler lo que se venía encima, así que mandó a paseo una prometedora carrera en el MIT y comenzó a desarrollar, junto a otros hackers, el sistema operativo libre GNU, a la par que la Licencia Pública General (GPL), unida ésta al concepto de copyleft, que podría traducirse por «izquierdos de autor» y que garantiza que la redistribución de un programa libre mantenga las mismas cualidades de libertad y derechos de uso que el programa original. En los años 90, un joven estudiante finlandés, Linus Torvalds, desarrolló el núcleo Linux, que no tardó en incorporarse al sistema GNU. Por eso, la forma correcta de nombrar al sistema operativo libre es GNU / Linux. Todo lo que lleve el núcleo Linux, pero que carezca de GNU, no es ciento por ciento libre, como sucede con el sistema Android de Google.

Sin embargo, ese aparente sentido común, abanderado del conformismo, insistirá: «Pero si estamos hablando de ordenadores, de simples máquinas. ¿A qué tanto follón con eso?». Las computadoras, aunque les pese a muchos, son una parte esencial de nuestra cultura. Para bien y para mal han venido a quedarse, no sabemos hasta cuándo, pero probablemente se extinguirá antes el ser humano que ellas. Y esto (conviene insistir) no es tecnofilia. De hecho, deploro absolutamente la tecnofilia, que es el hechizo con que los Morlock hacen creer a los Eloi que viven una era digital. Stallman no impulsó el movimiento por el software libre a mero capricho, como quien piensa en la libertad de las cometas, sino porque él era ingeniero informático y vio de una forma palmaria sus derechos individuales totalmente cercenados. Es más, intuyó que todo esa injusticia se extendería a los miles de usuarios de computadoras (tú y yo) que estarían por venir, cuando las grandes corporaciones tomasen el poder de lo que hasta entonces apenas estaba en manos de unos cuantos hackers de la vieja escuela, las universidades y los teóricos de la computación. Y he aquí que gobiernos, instituciones, bancos, empresas públicas o privadas y usuarios comunes dejan su informática en manos de una multinacional. Porque lo que tú, querido «usuario final», tienes instalado en tu ordenador, ni es tuyo ni sabes lo que realmente está haciendo, ni lo que te está haciendo, ni tienes forma de averiguarlo. Y da igual que lo hayas instalado de forma pirata. Bien, te has ahorrado el dineral de la licencia, pero el programa sigue sin ser tuyo, y sabe muy bien quién es su dueño.

Ahora que se habla tanto de Humanidades, todo esto se tendría que inculcar ya desde el colegio. Educar en Humanidades es también educar en software y conocimiento libre.

martes, 2 de octubre de 2018

Ida y regreso

Traducir la Odisea es un viaje tan audaz, tan extremado y peligroso como el de su protagonista. Sólo que el ingenioso hijo de Laertes y yo llevamos caminos opuestos. Él vuelve a Ítaca, que es de donde yo parto, para volver también allí a la postre. En su curso va despidiéndose de Circe, de Escila y Caribdis, de las sirenas, del cíclope, de Calipso. Yo me regreso a ellos y los encuentro allá donde los dejé. Y así pasaran mil años y apenas habrán cambiado. Como Nausícaa, anclada en su adolescencia, lo mismo que un viejo primer amor. Pero en mi marcha también tendré que despedirme de ellos: y cómo duele volverlo a hacer y tejer de nuevo las remendadas velas, con una pericia sombría y salobre que sólo se adquiere luego de muchas despedidas. A menudo en la tarde, cuando el sol tinta de antiguo el mar y las cavilaciones, nos saludamos Odiseo y yo. E insistimos en preguntarnos quién se marcha o quién es el que vuelve. Cada cual con sus sucesivos encuentros y desencuentros, los que van trenzando la rara melancolía que es, en el fondo, cualquier viaje. Memoria y olvido, ida y regreso tal vez sean (¿verdad, don Constantino?) la misma cosa.