domingo, 22 de julio de 2018

Breve elogio de Telémaco

Cuando leía la Odisea de adolescente, en aquella traducción de Luis Segalá, me aburrían tremendamente los cuatro primeros cantos, conjunto que tradicionalmente se ha venido llamando la Telemaquia, es decir, las aventuras (raquíticas) y trabajos (más bien pocos) de Telémaco. ¿A quién le iba a emocionar esa pequeña Odisea doméstica de un mozalbete con pocas luces y que, además, era el único en la historia que parecía no enterarse de nada? Recorriendo esos primeros cantos, daba la sensación de que todos los personajes, en alguna medida, algo sabían. O, por lo menos, estaban bastante satisfechos de su lugar en la trama. Telémaco, sin embargo, parecía ignorarlo todo, conducido como iba en un estado de tenaz, e incluso entusiasta aturdimiento. Yo, además, deseaba acción, las navegaciones de Odiseo, sus naufragios y sus sirenas. Un deseo que acaso compartían conmigo los eruditos escoliastas de Homero, los cuales consideraban ese preámbulo, ya desde tiempo antiguo, como un añadido espúreo al poema homérico. Pero ahora, cada vez más y a la vuelta de los años, no me cabe ninguna duda de lo magistralmente que la Telemaquia se encaja en el conjunto: tanto y tan bien, que se me antoja el verdadero eje y motor de la Odisea. El tedio de la adolescencia va dejando paso a un sabor de nostalgia que, acaso, los escoliastas, en su perpetuo estado adolescente, jamás acertaron a catar. Puede que la magia y el ensalmo de Homero vayan operando en nosotros según una pauta de sucesivos efectos retardados: Homero siempre golpea dos veces. Pero lo que es cierto es que me voy identificando más y más con Telémaco, personaje tan singular que ha conseguido pasar desapercibido siempre a costa del prestigio de su ilustre padre. Mientras Odiseo se prodigaba en mil símbolos por la imaginación y los mares de Occidente, a la par que se iba diluyendo y atomizando, como un rastro de recuerdo en la espuma de las olas, Telémaco consiguió ir más lejos gracias a su sabia y poco ponderada discreción: logró ser a un tiempo personaje de la Odisea y lector —el primer lector, asombrado, extraviado, sonámbulo— de la Odisea. Y es que Telémaco, al cabo, somos todos. Nos une la misma cara embobada y los ojos como platos cuando con él contemplamos el largo mar que tiene color de vino, el color perfecto para emprender navegación, pues que es el rojizo color de los atardeceres y de las preguntas y de las despedidas.

miércoles, 4 de julio de 2018

Deber

Podemos pasarnos días, meses, años incluso, sin escribir: un período siempre feliz. Pero cuando llega el poema está ese deber pesado, grave, ineludible, que nadie nos ha impuesto por otra parte, de recibirlo. Ah, pero tiene que ser el poema. No la idea del poema, ni el tema del poema. Ni siquiera las ganas de escribirlo: ¿alguien en su sano juicio puede tener un apetito tan horrendo? A los impostores, por tanto, les cerraremos la puerta como a simples vendedores de gangas a domicilio. Sin embargo, con el poema, no podemos más que acatar el deber. Y qué deber más extraño, enfermo habrá de ser ése para que uno se levante a mitad de la siesta —algo que no haría ni por la invasión de los persas—, casi como por resorte, sumiso y dócil, sólo para escribir el poema. Como si eso fuese a arreglar el mundo o, lo que es peor, esta destartalada vida.

jueves, 28 de junio de 2018

Noches de verano

Estas noches de verano, tan populosas y claras, febriles de transparencia. No es la vastedad desolada, estática del firmamento de invierno, al que nos asomábamos como quien se asoma a un pozo. Aquí es el universo entero el que nos mira con los ojos abiertos, casi en delirio. Son noches que no duermen. El increíble tapiz del tiempo, el pasado, el presente, el futuro, los mundos, las estrellas, las galaxias, el nacimiento y la muerte. Todo confluye en un único y simple instante estremecido. Son noches despojadas de la noche. Y brillan y bailan y cantan coronadas de grillos o lejanas guirnaldas de risas. Y esa alegría (diríase esa insultante y desvariada juventud) también te intimida y no deja de ponerte un poco triste, cuando no deberías estarlo. Y te sientes intempestivo y solo en el mejor momento de la fiesta. Porque adivinas que el verano es su propia fuga. Un verano más, sí, que ves pasar de largo en estas noches músicas, con sus pies de cristal y su fanfarria.

sábado, 23 de junio de 2018

Times Roman y diversión

Nuevo apunte tipográfico en mi blog del mismo nombre, que trata de la Times Roman y el arte de la invisibilidad, junto a otros sucesos varios que sucedieron.


jueves, 21 de junio de 2018

El amor de Emacs


Comenzar a usar GNU / Linux tiene mucho también de mudarse a un pueblo distinto y nuevo, del que se van conociendo poco a poco las costumbres y manías de sus habitantes, y hasta los chascarrillos. Tarde o temprano, y dependiendo de lo que se implique uno en la comunidad, los foros de debate y ayuda, etc, el recién llegado acabará sabiendo que existen cosas como la llamada «Guerra santa de los editores de texto», una broma inagotable que se remonta casi a la vieja era de los hackers. Bueno, algunos no se lo toman tan a broma, pues he llegado a presenciar discusiones e insultos bastante subidos de tono y vergonzantes, y es que cretinos hay en todas partes y el mundo del software libre tampoco se libra de eso. Pero a lo que iba. El caso es que esta guerra santa de coña tiene enfrentados a los que quizás sean los más populares (a la par que venerables) editores de texto para programadores: Vim y Emacs. De Vim se suele decir que cuando abres un archivo con él y lo editas, ya nunca más encontrarás forma de guardar y salir, por muchos comandos que ensayes, y quedarás atrapado allí hasta el fin de tus días. Por contra, los que no profesan la religión de Emacs suelen argumentar que los atajos de teclado de éste requieren tener manos con diez o quince dedos cada una o pertenecer a alguna especie de cefalópodo, a ser posible de otro planeta o dimensión. En realidad a mí me gustan ambos editores, aunque, si tengo que decantarme por algún tipo de monogamia, me quedaría con Emacs. Gnu Emacs, para ser más precisos, porque los Emacs (o Emacsen, que sería el plural correcto) hay muchos, pero el que desarrolló Richard Stallman para el proyecto GNU es el fetén, por más que conserve (casi por herencia genética) algunas de las excentricidades y rarezas del célebre hacker y activista norteamericano.

Sé que a mucha gente puede aburrirle hablar o escuchar hablar de temas de computadoras: cosa comprensible. Pero para mí, tratar sobre Emacs en un texto o charla es algo que lleva aparejado una gran carga sentimental, dado que se trata del lugar donde paso más tiempo escribiendo, traduciendo o trabajando. Emacs es como mi moleskine, y lo viene siendo casi desde que en 2007 abandoné cualquier forma de software no ético y carcelario (llámese Microsoft, Apple o Adobe) y, por supuesto, cualquier forma, privativa o libre, de procesador de textos. Dije que Emacs es un editor para programadores, y de hecho ésa fue y es su finalidad principal. Pero que ningún lector se asuste. Emacs puede usarse para todo o casi todo, gracias a sus llamados «modos» o extensiones; y cuando uno le coge el tranquillo, y aprende a quererlo, llega a ser infinitamente más fácil que el infame Word. Al menos para mí, que nunca pude sentirme a gusto en un Word. Yo uso el Emacs, sobre todo, para escribir y traducir. Pero también para trabajar en composición tipográfica, gracias al excelente modo AucTeX para TeX y LaTeX. Y hay más. Está el maravilloso org mode, que tiene una sintaxis muy parecida a Markdown, para organizar apuntes, notas, reflexiones, listas TO DO, calendario, agenda, eventos y cualquier otra cosa que uno quiera meter en ese cajón de sastre. También suelo usar Emacs para consultar y enviar mis correos, para navegar por internet en ciertas páginas no demasiado sobrecargadas de efectos y javascript o para leer los pocos blogs a los que estoy suscrito por RSS, como el de Álvaro Valverde, el de José Manuel Benítez Ariza, el de Vicente Luis Mora o el de Jordi Doce.
Y si todo esto les pudiera parecer poco, Emacs dispone también de su propio psiquiatra, un bot conversacional al que se puede acceder desde el menú «Ayuda», aunque habla en inglés y no es argentino. No olviden que esto forma parte de la cultura hacker, y hay que aprender a convivir con bromas que en el mundo del software privativo, como son muy serios y estirados, están muy mal vistas.

El partenio I de Alcmán

En 1885 volvió a sonar para el mundo, a través de un papiro encontrado en una tumba egipcia, una parte del Partenio primero del poeta laconio Alcmán. La luz trizada de esos versos, con el manto tejido para la aurora y Hagesícora la de hermosos tobillos siempre me vuelven con la vuelta del verano. Que de los restos de este Partenio falten el comienzo y el final me parece un tremendo hallazgo del azar. Y es que esa ausencia nos trae la sensación de un poema, un himno a la vida infinito y circular.

Hace ya (bastantes) años ensayé su traducción así, y desde entonces, casi siempre por pereza, ni la he tocado. Forma parte de una antología postergada sine die de la poesía griega mal llamada «arcaica»: ¿cómo podemos llamar «arcaico» a algo que brilla como recién hecho: Hagesícora, Agido, los corceles, las Pléyades, el aire… Todo. Hasta la alegre melancolía parece recién salida de la fragua. No. Los arcaicos de verdad son los ojos con que lo leemos, cada año, cada verano, más cansados y descreídos.


Alcmán: Partenio I

...
Entre los hombres nadie vuele al cielo
ni pretenda de esposa a la señora
Afrodita, ni a otra…
ni a una hija de Forco,
pero las Gracias de adorables párpados
... la morada de Zeus ...
...
Insufribles quebrantos
fueron de aquellos que tramaron males.
Los dioses cobran su venganza
y dichoso el que, libre de cuidados,
ha terminado de trenzar el día
sin una lágrima. Pero yo canto
la luz de Agido. A ella
la miro como al sol, el sol que llama
Agido a ser testigo
de su esplendor. Mas ni un pequeño elogio
ni un reproche me deja
la renombrada principal del coro,
que descuella a mis ojos como si alguien
entre ovejas hubiese colocado un corcel
robusto y vencedor, de sonoro galope,
de los alados sueños.
¿Acaso no lo ves? ¡Es un corcel
del Véneto! La cabellera
de mi prima Hagesícora
relumbra
como el oro sin mezcla.
¿A qué dar más detalles?
Ésta es Hagesícora.
Y la segunda en hermosura, Agido,
corre a su zaga cual caballo escita
tras de otro lidio, pues las Pléyades
con nosotras, que un manto llevamos a la Aurora,
compiten elevándose por la noche inmortal
como la estrella Sirio.
De púrpura no hay
tan grande acopio para defendernos,
ni la serpiente de intrincado oro,
ni la cinta de Lidia,
ornato de doncellas
de tiernos párpados,
ni el cabello de Nanno,
ni tan siquiera Areta, semejante a una diosa,
no Silacis, no Cleesísera,
ni acudir a Enesímbrota a decirle
«Astafis sea para mí
y que me mire Fíbula
y Damareta, y la adorable Viántemis.»
Pero Hagesícora me inquieta.
No está aquí la de hermosos tobillos,
Hagesícora.
¿Se habrá quedado con Agido
para cantar la fiesta?
Dioses, acoged sus plegarias,
pues cumplimiento y fin son de vosotros.
En el coro diré que soy muchacha
que torpe ulula, igual que una lechuza
por las techumbres. Pero es mi solo deseo
ser grata a la que nace del oriente,
de nuestros males sanadora.
Tras de Hagesícora las jóvenes
en pos marcharon de la paz ansiada,
que al conductor de la manada
...
al timonel
más que a nadie es preciso obedecer.
No embelesa su voz
como la voz de las sirenas
porque son diosas, pero diez muchachas
cantan por once, y ella tiene la voz del cisne
que surca las aguas del Janto,
y su cautivador cabello rubio…
...

(Trad. Juan Manuel Macías)


****



PARTENIO I, frag. 1 PMG (TEXTO ORIGINAL)


[Esta edición del original griego del partenio reproduce sólo los pasajes traducidos. Las lagunas del papiro o los pasajes corruptos se hacen notar mediante puntos suspensivos.]


...
[μή τις ἀνθ]ρώπων ἐς ὠρανὸν ποτήσθω
[ μηδὲ πη]ρήτω γαμὲν τὰν Ἀφροδίταν
[ ]άν[α]σσαν ἤ τιν᾽
[ ] ἢ παίδα Πόρκω
[ Χά]ριτες δὲ Διὸς δ[ό]μον
[ ]σιν ἐρογλεφάροι·
...
... ἄλαστα δὲ
ἔργα πάσον κακὰ μησαμένοι·
ἔστι τις σιῶν τίσις·
ὁ δ᾽ ὄλβιος, ὅστις εὔφρων
ἁμέραν [δι]απλέκει
ἄκλαυτος· ἐγὼν δ᾽ ἀείδω
Ἀγιδῶς τὸ φῶς· ὁρῶ
ὥτ᾽ ἄλιον, ὅνπερ ἇμιν
Ἀγιδὼ μαρτύρεται
φαίνεν· ἐμὲ δ᾽ οὔτ᾽ ἐπαινὲν
οὔτε μωμέσθαι νιν ἁ κλεννὰ χοραγὸς
οὐδ᾽ ἁμῶς ἐῆι· δοκεῖ γὰρ ἤμεν αὔτα
ἐκπρεπὴς τὼς ὥπερ αἴτις
ἐν βοτοῖς στάσειεν ἵππον
παγὸν ἀεθλοφόρον καναχάποδα
τῶν ὑποπετριδίων ὀνείρων·
ἦ οὐχ ὁρῆις; ὁ μὲν κέλης
Ἐνετικός· ἁ δὲ χαίτα
τᾶς ἐμᾶς ἀνεψιᾶς
Ἁγησιχόρας ἐπανθεῖ
χρυσὸς [ὡ]ς ἀκήρατος·
τό τ᾽ ἀργύριον πρόσωπον,
διαφάδαν τί τοι λέγω;
Ἁγησιχόρα μὲν αὕτα·
ἁ δὲ δευτέρα πεδ᾽ Ἀγιδὼ τὸ εἶδος
ἵππος Εἰβηνῶι Κολαξαῖος δραείήται·
ταὶ Πελειάδες γὰρ ἇμιν
Ὀρθρίαι φᾶρος φεροίσαις
νύκτα δι᾽ ἀμβροσίαν ἅτε Σίριον
ἄστρον αὐειρομέναι μάχονται·
οὔτε γάρ τι πορφύρας
τόσσος κόρος ὥστ᾽ ἀμύναι,
οὔτε ποικίλος δράκων
παγχρύσιος, οὐδὲ μίτρα
Λυδία, νεανίδων
ἰανογ[λ]εφάρων ἄγαλμα,
οὐδὲ ταὶ Ναννῶς κόμαι,
ἀλλ᾽ οὐ[δ᾽] Ἀρέτα σιειδής,
οὐδὲ Σύλακίς τε καὶ Κλεησισήρα,
οὐδ᾽ ἐς Αἰνησιμβρ[ό]τας ἐνθοῖσα φασεῖς·
Ἀσταφίς [τ]έ μοι γένοιτο
καὶ ποτιγλέποι Φίλυλλα
Δαμαρ[έ]τα τ᾽ ἐρατά τε Ἰανθεμίς·
ἀλλ᾽ Ἁγησιχόρα με τείρει.
οὐ γὰρ ἁ κ[α]λλίσφυρος
Ἁγησιχ[ό]ρ[α] πάρ᾽ αὐτεῖ,
Ἀγιδοῖ.... αρμένει
θωστήρ[ιά τ᾽] ἅμ᾽ ἐπαινεῖ.
ἀλλὰ τᾶν [..]... σιοὶ
δέξασθε· [σι]ῶν γὰρ ἄνα
καὶ τέλος· [χο]ροστάτις,
εἴποιμί κ᾽, [ἐ]γὼν μὲν αὐτὰ
παρσένος μάταν ἀπὸ θράνω λέλακα
γλαύξ· ἐγὼ[ν] δὲ τᾶι μὲν Ἀώτι μάλιστα
ἁνδάνην ἐρῶ· πόνων γὰρ
ἇμιν ἰάτωρ ἔγεντο·
ἐξ Ἁγησιχόρ[ας] δὲ νεάνιδες
ἰρ]ήνας ἐρατ[ᾶ]ς ἐπέβαν·
τῶ]ι τε γὰρ σηραφόρωι
...
τ[ῶι] κυβερνάται δὲ χρὴ
κ[ἠ]ν νᾶϊ μάλιστ᾽ ἀκούεν·
ἁ δὲ τᾶν Σηρην[ί]δων
ἀοιδοτέρα μ[ὲν οὐχί,
σιαὶ γάρ, ἀντ[ὶ δ᾽ ἕνδεκα
παιδῶν δεκ[ὰς ἅδ᾽ ἀείδ]ει·
φθέγγεται δ᾽ [ἄρ᾽] ὥ[τ᾽ ἐπὶ] Ξάνθω ῥοαῖσι
κύκνος· ἁ δ᾽ ἐφειμέρωι ξανθᾶι κομίσκαι
...

martes, 19 de junio de 2018

Por qué no me gusta usar el término «maquetación»

En estos tiempos que corren, la producción de un libro está más necesitada de tipografía y de *composición tipográfica* que de maquetación. Pero ahora, en el mundillo editorial, a cualquier cosa y a todo se le llama «maquetación».

Por qué no me gusta usar el término, lo explico (creo) aquí.

# To Do

Soy muy aficionado a escribir listas de cosas por hacer, quizás una forma enfermiza de tener un pie —siempre de barro— en el futuro. Pero las hago, me divierten y entretienen un tiempo que a lo mejor podría estar empleando en ejecutar algunas de esas tareas que enumero escrupulosamente. Para el verano en ciernes, el astronómico y el termométrico, no podría faltar la larguísima lista que llevo estos días redactando. Extraigo de ella aquí algunos ítems. Por ejemplo: lecturas pendientes, que se han ido acumulando en la mesa y en el disco duro, postergándose —y bien a mi pesar— por esta vida ajetreada que lleva uno. También, y si el trabajo me va dejando huecos, me gustaría seguir trasteando y aprendiendo algunos de mis lenguajes de programación favoritos, como Python, Lua o Lisp. Por desgracia, será otro verano en que no pueda empezar a aprender japonés, pues bastante tengo ya a estas alturas con no olvidar el griego. Tal vez en un mundo paralelo, o más allá del espejo, otra versión de un servidor esté ahora escribiendo lo mismo pero en términos inversos. Creo que debería pintar mi estudio, pero me produce una pereza inmensa pensar siquiera en levantar una brocha, por más que me salgan las caras de Bélmez en cofradía. Y, por supuesto, espero divisar ya el humo de Ítaca en mi traducción de la Odisea. Aunque a mi vecino se le ha estropeado la depuradora de la piscina, y creo que no tiene intención de repararla este verano, el muy truhán. Y esto es algo que me fastidia y me trastoca bastante, ya que ese rumor acuático era una compañía impagable para traducir la Odisea en las madrugadas: se imaginaba uno a las olas golpeando, una y otra vez, la quilla de la cóncava nave.

domingo, 17 de junio de 2018

20 hilachas sobre poesía

Un gran poema siempre viene de muy lejos, y se marcha hacia muy lejos.

~
 
Leer por primera vez un poema que nos emociona es como volver a descubrir la poesía, recién llegada al mundo.

~
 
El poeta construye en el poema la casa más extraña del mundo a su medida. Tan extraña (y tan a su medida) que, al terminarla, la llave no le entra en la cerradura. Y la orden de desahucio viene de camino.

~
 
Todo el misterio de la poesía puede atesorarse, creo, en un sintagma asombroso e infinito: lengua materna.

~
 
La poesía se parece más al relámpago que a esa farola terca, voluntariosa, que insiste durante toda la noche.

~
 
Aunque algunos insistan en lo contrario, la poesía no es cosa del estudio sino del recreo. Y del re-creo —que es algo muy serio— se puede volver con rasguños y moratones.

~
 
Asomarse al poema como quien se asoma a las aguas de un pozo. Desde el fondo nos mira nuestro propio rostro con una adivinanza.

~
 
No veo la poesía como un género, ni como prosa o verso, sino como esa serpiente —difícil, escurridiza— que vive entre géneros y vallados.

~
 
La poesía nos une con lo animal. Es la garganta, el cuerpo y la sangre. El idioma antes que el lenguaje. La voz antes que el logos.
 
~
 
Un buen poema siempre es memorable. No importa que no lo recuerdes ahora. Antes de tu llegada ya había una memoria universal que lo recordaba, lo decía. A esa memoria los griegos la llamaron Homero.

~
 
Un poema en el papel, en la letra impresa, es un monstruo hecho de nada. Recordemos que Homero le pedía a la Musa que cantase. O, al menos, que hablase. Homero era todo oídos.

~
 
El ego de algunos poetas llega a tal extremo que no toleran que les haga sombra la poesía.

~
 
La poesía es música, por eso resuena mal en las cabezas cuadradas.

~
 
Un buen poema siempre es verdadero, aunque a lo largo de una vida, o en tan sólo un día, pueda contradecirse varias veces. Es verdadero no como el teorema de Pitágoras, sino como el propio Pitágoras.

~
 
Decía Rimbaud: «Yo es otro». Y Bécquer: «Poesía eres tú». Tal vez la poesía sea (aparte de muchísimas más cosas) el arte más antiguo de no estar solo.

~
 
Un poema no es el mensaje ni la botella, sino su largo vagar y el prodigioso hecho de encontrarlo.

~
 
La poesía no es de este mundo. Incluso nos recuerda que ni siquiera el mundo es de este mundo.

~
 
Si, al traducir un poema, quieres ser «respetuoso con el original», respeta sobre todo la lengua en que traduces, porque son tus ojos y tus manos. Vive esa lengua y respírala. Nace en ella y muere en ella cuantas veces puedas. Ama con ella o fustígate con ella. Rómpela si quieres, pero conoce lo que quieres romper. No pretendas ser más alemán que Rilke ni más italiano que Cavalcanti. Abraza la lengua en la que escribes tu versión (y tu poema) porque solo esa tabla vieja, que cruje con todos tus muertos, te llevará, si los vientos son propicios, a tierra firme. O te acompañará hasta el fondo en tu glorioso e irrepetible naufragio.

~
 
Me gustan los poemas que no me terminan de decir, o que no los entiendo del todo, como si hablaran en un entresueño. Al poema que fía todo en un mensaje lo saludo y lo despido como al cartero: Mensaje recibido. Que tenga buen día. Pero los buenos poemas regresan siempre nuevos, a la luz del sol o en la oscuridad más terca. Como la voz de los amigos, los buenos poemas son repentinos, inagotables, infinitos.

~
 
Enésima definición: la poesía es la felicidad de los tristes.

sábado, 16 de junio de 2018

1 hilacha

Más que de lo malo, conviene precaverse de lo mediocre.

viernes, 15 de junio de 2018

TeX y Cuaderno Ático

Puede resultar paradójico que la producción de una revista de poesía le deba tanto a un matemático y teórico de la computación. Pero con cada número de Cuaderno Ático no puedo dejar de expresar mi agradecimiento a Donald Knuth por su maravilloso sistema de tipografía digital TeX, cuyo nombre tiene, por cierto, un intencionado origen griego. Knuth, uno de los padres de la informática tal y como la conocemos (y usamos) ahora, pero además un humanista de tomo y lomo, rara vez es fotografiado junto a un ordenador. Aunque también dijo en el breve discurso pronunciado cuando le dieron aquí en España el Premio BBVA Fronteras del Conocimiento (2010. Enlazo el vídeo más abajo, que es cortito): «Es sumamente emocionante imaginar cómo bailan los electrones en el interior de una máquina cuando está llevando a cabo operaciones.» He de confesar que yo también suelo sentir, peligrosamente, esa emoción. Cada vez que TeX comienza a ejecutar una compilación y aparece en la pantalla la mítica frase: "This is TeX, version..." es como asistir a un pequeño big-bang en la oscuridad, algo que empieza a moverse, vivo, en el negro fondo de la terminal. Y ver cómo esos electrones van recordando a Gutenberg para crear letras, espacios, renglones, versos, páginas, etc. Y cómo cada texto va renaciendo a la luz. Sí, caray, es de veras emocionante.




Cortito

Tal vez recuerden aquello de no sé qué presentadora en la tele de antaño, la cual, ante la insistencia de no sé qué poeta de recitarle un soneto, respondió: «Sí, pero que sea cortito.» A la pobre periodista le llovieron todo género de befas y mofas, y el clero de la intelectualidad la puso poco menos que a caer de un burro. Pero yo creo que en esa respuesta está contenida la poética más sublime, que es la del valor de nuestro tiempo. Un tiempo, por cierto, dado a contraerse o dilatarse por algún misterio que comparten los poemas con las personas. De tal forma que toda una tarde de conversación con alguien puede pasársenos en un suspiro, mientras que cinco minutos con otro nos acabarán pareciendo cinco lustros.

martes, 12 de junio de 2018

Calle del Mundo

Terminando de poner orden en lo que vendrá a ser la continuación natural de Sucede en la voz de otros. Apuntes mundanos de poesía. Continuación aún más mundana, me temo. Contiene textos como éste:


CALLE DEL MUNDO

Si la poesía me ha enseñado algo (o al menos yo he sido capaz de aprenderlo) es a prescindir de la poesía. Es decir, que entre la poesía y la poesía se abre la gran calle del Mundo, tan grande que no caben en ella esos apretados, espesos compartimentos donde algunos pasan lista a sus trifulcas y agravios (que a nadie interesan, por otra parte), a sus complejos, a sus ayuntamientos, a sus pequeñeces. La gran calle del Mundo, en fin, donde está Mónica Vitti, Miyazaki o Hitchcock. Y el piano de Bill Evans, y el humanismo de las computadoras, y la tipografía y los boquerones en vinagre. Cuanto más se aleja uno de la poesía, más y mejor se está y se vive en la poesía.