jueves, 16 de mayo de 2019

Tres matices al libro

I

El libro es un producto tecnológico. Que no nos engañe lo museístico —incluso lo pintoresco— de toda la iconografía del momento: con la invención de la imprenta el ser humano consiguió algo asombroso y que ahora ejecutamos con una cotidianeidad igual de asombrosa. Fue capaz de clonar el contenido que llamaremos, por comodidad, «datos» por un número de veces que tiende a infinito. O al menos mientras dure la tinta, aguante la maquinaria y le quede dinero al editor. Pero platónicamente es una idea intachable: en un mundo con infinitos recursos de tinta, una maquinaria infinitamente engrasada, energía infinita para moverla y un editor infinitamente rico (e inmortal), nos sale una tirada infinita del mismo libro, del mismo texto. No se inventó la imprenta, en el fondo, sino la primera aproximación (analógica) del CONTROL + C. Antes había copistas y manuscritos, y mil versiones y variantes de un texto dado para que los filólogos se ganen el jornal.

II

Ahora bien, ¿con esto hemos ido a mejor o a peor? No soy tan optimista ni tan pesimista. Más bien hemos ido a distinto para que todo siga más o menos igual. Hoy aceptamos de grado esa superstición en virtud de la cual un texto se cree inamovible y definitivo cuando está en las páginas de un libro. Pero un libro sin lectores no es nada: simple papel y polvo y podredumbre y abandono. El libro aspira a ser el mismo dígito repetido sin descanso: una constante. Pero para que un libro exista necesita las manos que lo acojan y los ojos que lo lean. Cambiará de lector en lector y se irá contaminando poco a podo de ellos. Incluso mudará en nuestra propia historia personal como lectores, pues no somos los lectores que fuimos ayer ni los que seremos mañana. Tanto él para nosotros como nosotros para él, agua que fluye y pasa. Lo que seguirá estando ahí, como ya estaba en tiempos de Homero o de Safo, es el mismo laberinto de voces y de ecos.

III

Y además de todo eso, estás las erratas.

martes, 7 de mayo de 2019

Creatividad

A veces me da por pensar si no se habrá ido demasiado lejos con ese lema pedagógicamente malsano y peligrosamente trivial de «fomentar la creatividad», que igual es la versión culta de fomentar la masturbación; con la diferencia de que lo que te deja ciego no es lo segundo sino lo primero. Hablar y no escuchar. Escribir a toda costa y no leer al otro. Negarlo, anularlo. Una sociedad formada íntegramente por novelistas y poetas, por concertistas de violín, por escultores o directores de cine sería una sociedad enferma, aberrante, de intrínseca psicopatía.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Enseñanza (un poema de Emisarios)

ENSEÑANZA

Gloria a los que miraron al fondo de las cosas,
más allá del cansancio, o la tristeza
con que los ocasos se pliegan a sus frentes últimas.
El trocito de pan que insiste en la directriz de su instante
y el delicado arco que reinventa
la estrella de las noches aparcadas.

Hay un fragor de fondo, apenas una respiración de casas vecinales:
desconsuelo y llanto. Desconsuelo
y también pesadumbre
con que las viejas ciudades regresan a su matemática.
Pero también una página que nos hirió con un oro pasajero
y las nubes, que saben correr sobre los charcos más pobres
con la fe libertaria de mil muchachas descalzas.

Y hay en tu sonrisa en el final del día
una delicada impronta que aún el tiempo no acierta a deshacer.
Y una rara enseñanza: lo que expande
el universo
es la más elemental compasión.

(Juan Manuel Macías, 

viernes, 26 de abril de 2019

Llega el número 10 de Cuaderno Ático


https://www.revistacuadernoatico.com/2019/04/09/llega-el-numero-10-de-cuaderno-atico/

Ya está por fin en el aire el número 10 de Cuaderno Ático. En esta nueva entrega contamos con poemas y textos inéditos de Lorenzo Oliván, Álvaro Valverde, Sara Caviedes, Juan Andrés García Román, Ben Clark, Martín López-Vega, Esther Muntañola, Ballerina Vargas Tinajero, Lawrence Schimel, Efi Cubero, Agustín María García López, Rosario Bolaño Wilson y Yoandy Cabrera.
Traducciones de ocho poemas de Thodorís Saringuiolis, a cargo de Manuel González Rincón y dos poemas de Gabriele D’Annunzio, cuya versión firma Ángel Sobreviela.
En la parte gráfica, ilustraciones interiores de Esther Muntañola (que nos vuelve a regalar por otro número más la imagen de portada) y de Katherine C. Shaw.
La versión en PDF se puede descargar en este enlace.
Y, como siempre, en breves días estará disponible también la versión impresa, en los puntos de venta habituales.
Feliz primavera a todos nuestros lectores.

miércoles, 3 de abril de 2019

Emisarios, mi nuevo libro de poemas

Editado (un honor) por Pre-Textos. Aquí el enlace de la novedad en la web de la editorial. Espero que les guste :-)


jueves, 6 de diciembre de 2018

Sitios

Hace ya bastante tiempo tomé la decisión de prodigarme lo menos posible por internet. Evidentemente, no lo he cumplido. A decir verdad, todavía no entiendo cómo alguien tan poco grafómano como un servidor ha llegado a tales extremos. Quizás, como al protagonista de la inolvidable After Hours de Scorsese, unas cosas me han llevado a otras y, al final, el desmadre declarado. Lo único que queda es intentar aceptar la situación y poner un poco de orden al menos. Veamos.

  • Este blog estrictamente «literario» (por decirlo de alguna forma), Las diosas y las nubes, sigue en esta vetusta plataforma de Blogger y creo que seguirá para los restos aquí, en parte por pereza y en parte por cierto apego sentimental. Aunque detesto Blogger como detesto Google, que se ha vuelto una hidra tan perniciosa como otras hidras y monstruillos del estilo de Microsoft o Apple.
     
  • Sin embargo, mi blog de Apuntes tipográficos lo he decidido mudar a un subdominio de la web de Cuaderno Ático. Ya que estoy pagando un dominio y un alojamiento en one.com (con sus luces y sus sombras pero, en fin, de momento el servicio es aceptable), mejor aprovechar tanto Gb libre. Además de que montar y mantener tu propia instalación de Word Press es una liberación y una delicia. Así que aquí va la nueva dirección donde seguiremos hablando de tipografía digital, de TeX, de software libre y, de paso, despreciando los falsos estándares propietarios y esa plaga para la tipografía llamada «diseño gráfico»: http://revistacuadernoatico.com/apuntestipograficos/
     
  • Igualmente, también queda en un subdominio de Cuaderno Ático esta web donde voy reuniendo una muestra (no exhaustiva) de mis trabajos en composición tipográfica: http://www.revistacuadernoatico.com/jmmtipografia/
     
  • Por último, Cuaderno de GNUtas nació del experimento de un rato ocioso, pero reconozco que es algo que me divierte hasta el vértigo. En principio era para mi uso personal, un lugar donde voy reuniendo una serie de notas informáticas de tema, digamos, correoso: programación pura y dura, código, resolución de problemillas, hallazgos e incluso asombros. Cosas, en suma, que de un modo u otro merecían y merecen ponerse por escrito, aunque sólo sea para recordarlas y comprenderlas. Todo, por supuesto, en torno al sistema GNU / Linux. Y mucho Emacs también. Me temo que no será muy contagioso el entusiasmo, legítimo por otra parte, con que lo voy escribiendo. Lo mantengo en abierto porque una de las premisas del software libre es compartir el código y los conocimientos. Humildes, pero que tal vez puedan resultar de alguna utilidad a alguien. No es un blog stricto sensu. Mas bien una serie de páginas estáticas que escribo directamente en Emacs y en Org Mode, las exporto a HTML y las albergo en un repositorio Git de los servidores de GitLab: https://maciaschain.gitlab.io/gnutas/

(Y además de eso, seguimos traduciendo la Odisea).

viernes, 23 de noviembre de 2018

Teclados, Emacs y el marqués de Bradomín

I

Vuelvo a leer estos días, imagino que por elemental reacción frente al desabrido temporal y el trabajo que acomente en hordas, la Sonata de estío de Valle Inclán. Una o dos páginas que aguardan en la mesilla de noche para dejarse ir rodando al sueño, mansamente, mientras se enreda en sus rancios claustros el divagar heráldico y erótico de Bradomín, bajo la luz dorada —a la par que ambigua— de aquel México, acaso también algo gallego, de bandoleros, aterradoras éticas de la posesión y Niñas Chole. Todas esas convulsiones y desarreglos, extrañamente, me traen una paz cabal y suficiente para caer rendido. Fuera sigue la lluvia.

Pero entre la lentitud tan agradable en que la sonata avanza, me da por pensar también qué habría pasado si nuestro buen marqués hubiese sucumbido a este otro aguacero de las redes (mal llamadas) sociales de hogaño, donde cada gota es de inmediato suplantada por la siguiente, constante sucesión de la nada en un runrún de fondo. En este ámbito de lectores nerviosos e impacientes que no leen, pues antes de que empiecen ya terminan, de gente que se fotografía los pies de su soledad o la taza de café que se está tomando con nadie. Donde hay una impostura de vida, e incluso de vida literaria, que es la impostura de otra impostura. No creo que a Bradomín le llevara mucho adaptarse, a él, tan galán de mundo, aunque a costa de atomizarse en un sinfín de ocurrencias y gracias, merecedoras sin duda de los likes y los enjutos emoticonos; y destinadas, sin duda, a ser trending topic por algunas horas. Una actualidad que de rabiosa tiene poco, pues difícilmente muerde. Y hasta lo encontrara divertido, pero nos acabaría privando de esa serena música de cámara, la clara matemática que da sentido a tanta tesela de ardores y arrebatos.

II

No creo que haya un editor de texto tan esencialmente comprometido con eso, el texto, como lo es GNU Emacs. Para él cualquier cosa es un texto y merecedora de ser tratada como tal, y gracias a ello resulta la herramienta perfecta para todo aquel que escriba, ya sea código de programación, una nota improvisada como ésta o la traducción de la Odisea. A Galdós, que escribía casi tanto como un programador de software libre, le hubiese encantado. Pero en torno a Emacs, además de muchas leyendas y gracietas, también acabó propagándose un curioso daño muscular conocido como «el meñique de Emacs». Se debe, según cuentan, a la ubicación de la tecla CONTROL en los teclados QWERTY de ahora, y a que esa tecla estaba presente, en diversas combinatorias, en los comandos más habituales del editor. Ahora bien, ya que se iba a usar mucho, ¿se escogió la tecla por simple masoquismo? La explicación, más mundana, es que los teclados de las computadoras de los '80 para trabajar con el lenguaje Lisp (y Emacs está escrito en un dialecto de Lisp) situaban la tecla CONTROL donde nuestros teclados tienen la ALT, junto al espaciador, mucho más cómoda de pulsar y que no lleva a poner a prueba la resistencia de nuestro pobre meñique.

Por supuesto, lo del meñique de Emacs tiene visos de ser una cosa del pasado, ya que las versiones modernas han transladado muchos de esos comandos cotidianos, precisamente, a la tecla ALT, además de que cada usuario puede remapearse el teclado y los atajos a su gusto. Pero siempre se hilará más fino. Por ejemplo, no hace mucho encontré este artículo, donde se pasa revista a una serie de teclados «ergonómicos» y, al parecer, idóneos para Emacs. Confieso que algunas formas me resultan de lo más extrañas, como los mandos de una nave espacial alienígena (igual así nos ven algunos esclavos del Word a los usuarios de Emacs). Ni acabo de entender dónde está la ergonomía en ciertos casos, bastante bizarros. Por mi parte, me encuentro pero que muy cómodo usando Emacs tal y como lo hago, ni creo que haya nada más confortable que las rutinas de mi adorado editor. Pero también pienso que invertimos demasiado poco en teclados. Lo cual me recuerda que debo comprar uno estas Navidades.

Todo eso, por supuesto, no deja de contrastar con los aborrecibles teclados táctiles de hoy día, pensados para el comentario fugaz, el jiji y el jaja. Aún está por descubrir qué nueva dolencia traerán a sus usuarios. O quizás es que aquí la enfermedad ya viene antes que la causa. Si los textos caracterizan a una época, no menos podrán hablar de ella sus maneras de escribir y sus teclados.

sábado, 17 de noviembre de 2018

El país de los feacios

Llegarás al país de los feacios
como siempre se llega, en el final
de todos los comienzos, de las jornadas diáfanas
y del filo del mar, espejo y sueño.
Y con el turbio estrambote de una última tormenta,
el oro abismado de la tarde
te cubrirá compasivo con su antiguo manto
mientras percibes el aire ceremonial, moroso
que apacigua tus sienes con palabras de bronce
y refresca un recuerdo que huele a tierra y a cuentos.
Recuerda entonces, cuando toquen tus rodillas esa playa
donde remansan las olas y los suplicantes,
que has arribado al otoño
y en el jardín del rey los chopos ya salmodian el silencio
y mecen, proféticos, su frías frentes de doncella.
Te verán, apenas un esbozo, a los postreros candiles
que llaman al pueblo honrado hacia el hogar,
y dispersan a gatos y a merodeadores
como tú
cuando, sin anunciar tu visita,
cruces, sombra, los umbrales del palacio
y te escurras por pasillos, galerías, cámaras
que son las hojas sonámbulas de un libro de portentos.
Niños de plata y oro sosteniendo las velas, sirvientes de metal, solícitos
a sus engranajes y resortes delicados,
cual afinado y preciso es el mecanismo de la añoranza.
La que allí gravita y te guarda, entre los blancos rostros
y en cada murmurante recoveco, donde se saludan
un orbe familiar que huele a leña quemada, la reina que teje, el rey que bebe vivo
y un mundo de extrañezas y misterios, en que acaso tú seas
el más extraño entre los extraños,
el centro mismo del convite
y de la cena, que se hará en tu honor,
y donde irás a sentarte junto al buen monarca Alcínoo.
Y todos allí, escuchándote con un gesto hospitalario:
los señores y los príncipes que portan el cetro;
el aedo, el heraldo, la madre reina y sus hijos;
y Nausícaa, la cual te estudia y cierra los ojos a veces, aunque te sigue viendo,
y en lo que caen sus párpados —igual que el sol de la niñez—,
sientes que ha transcurrido una vida entera.
Todos, en fin, allí, repentinos amigos,
personajes y público inesperados de tu historia,
como si desde siempre te hubiesen concedido el raro honor de atenderte;
y tú, frente a ellos, poniendo un orden —cualquiera— a tu recuerdo,
a tus fatigas, a tus monstruos, a tus maravillas, a tus derrotas,
sin la servidumbre de fijar qué pudo venir antes, qué despues.
Y como si aquella noche de palabras y nombres hubiese durado siempre,
inagotable el fuego que crepita, infinito el deshilar de la memoria
con la propicia música del lúcido entresueño.
Ellos te escuchan absortos. Y lo más sorprendente:
tú eres también tu propio espectador,
y asistes a tu increíble relato con la fe necesaria
con que se miran calles y rostros y nubes, y la vida
abre su vientre inmenso y nuevo para el recién llegado.
Pero, al cabo, sonará una hora distante en esa noche larga
que llamará a recogerse en la divina oscuridad,
y a ti te anunciará que el regreso está dispuesto,
que una nave hay anclada en la mañana,
y que te espera en calma, sólo a ti, sabedora de la ciencia de tu nombre.
Cuando llegues al país de los feacios
como se llega al mundo, igual que un extranjero extraviado,
poco menos que un mendigo,
en la tarde, ya casi de anochecida, y en la víspera.


Juan Manuel Macías
(Inédito)

domingo, 11 de noviembre de 2018

El poema como la danza

La poesía, como todas las cosas que nos apasionan de este mundo, incluso como la propia vida, requiere un esfuerzo. Pero no es el esfuerzo intelectual ni el aplicado y silencioso estudio ni los intimidatorios pasillos de las bibliotecas con los cuales tanta tradición escrita nos ha querido siempre confundir, ensordecer y, en última instancia, embobar. El esfuerzo que me reclama la buena poesía es siempre físico. Ese puro movimiento que está dentro de la palabra emoción. Y es que el cuerpo rígido se desespera por salir a quién sabe qué campo abierto, bajo cielos insultantes de claridad o a través de todas las temestades y aguaceros del mundo. Ese verso maravilloso que estremece, que nos lleva a decirlo en alta voz, a despegar unos labios como quien abre de par en par la puerta de una habitación cerrada por mil años. Aunque se quede apenas en un susurro inaudible siquiera para quien se sienta a nuestro lado en el autobús. Pero en la cabeza ya es una victoria, un trueno. ¿Acaso no cantaba Demódoco en la Odisea sus versos en el centro mismo de la danza? Y es que el verso maravilloso, el poema que nos empuja es danza pura. A mí me entran ganas de bailar, de hecho. Pero también de trepar a los edificios gubernamentales, de despeñarme en bicicleta por un barranco, de besar a las estatuas o de pilotar un biplano hasta estrellarme con gusto en un descampado. No lo hago, naturalmente, porque uno vive a principios del siglo XXI en Europa, y hay que guardar cierta consonancia con los tiempos. Pero se me ocurren ésas y otras cosas más terribles. Todo menos «estudiar» el poema.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Apple y la no libertad

La corporación Apple no se ha venido significando especialmente por proteger y defender la libertad de sus usuarios, sino más bien por todo lo contrario. Y es que su historia, ya desde los ochenta, está generosamente nutrida de prácticas despreciables, actividades de dudosa ética y todo un variado muestrario de picarescas, como ésa tan de Apple de inflar absurdamente el precio de sus productos: el viejo truco de ofrecer algo más caro para que todos lo deseen. Y así, todavía muchos se mueren por tener un ordenador normalillo a precio tres veces mayor de lo que vale, con tal de que esté revestido de una vistosa carcasa con la manzana mordisqueada, bien a la vista. Eso, con todo, no es lo más grave. Al fin y al cabo, uno es libre de tirar el dinero por las cloacas que se le antojen. Y de arrojar también su propia libertad. Porque lo que realmente huele mal de la corporación gili-hipster que reflotó el tan ingenioso como malévolo Jobs (cuando aquélla estaba acercándose a una extinción que muchos hubiésemos celebrado), lo que al final la hace tan aborrecible es su manifiesto desprecio por la libertad. Su software privativo y propietario, sus DRM, sus puertas traseras de fisgoneo y su tendencia a capar con descaro el hardware que ensambla y vende.

Se nos avecina una nueva edición de eso último, según me entero por el siempre interesante blog La mirada del replicante. Al parecer, los próximos modelos de Macintosh llevarán un chip que hará prácticamente imposible la instalación y ejecución de un sistema operativo GNU / Linux. Y en general de cualquier otro sistema que no sea MacOs o (con reservas) Windows. Y esto es grave, muy grave y muy demoledor. El que en un hardware que el usuario adquiere y por el que paga (y paga bastante), no pueda este usuario ejecutar el software que le venga en gana, por culpa de una limitación diseñada ex profeso y que viene de fábrica.

Apple, desde luego, acostumbra a tratar como tontos a sus usuarios, aunque con no pocos ya se encuentra buena parte del trabajo hecho. Pero también me consta que todavía tiene usuarios inteligentes, aunque sufridos. Me suelo topar más con los del otro extremo, aquellos que se deshacen de placer cada vez que la corporación de la manzana les llama a pasar por caja, como una especie de sacrificio ritual. Pero no todo está perdido y aún no termina de ser absolutamente incompatible ser sensato y tener un Mac. Ojalá empiecen a tomar nota de éstas y de otras conductas similares.

Para el resto, la solución es bien sencilla. Y conviene hacer énfasis en ella, ahora que se avecinan las Navidades y la mano tonta en la tarjeta de crédito. No compren un Mac, ni ningún iCacharro. Y no lo digo sin cierta tristeza, por la enorme simpatía que me despierta un tipo como Steve Wozniak, el Steve bueno, creador de la Macintosh. Pero sigo pensando que estaba con el Steve equivocado. Y en el garaje equivocado.

martes, 30 de octubre de 2018

Programando

En una conferencia sobre el editor de texto Emacs, su autor Richard Stallman contó una anécdota que me resulta muy ilustrativa sobre cómo se dejan intimidar sin motivo muchos usuarios de ordenadores ante ciertos términos. Algo que han sabido aprovechar las grandes corporaciones de software propietario, explotando a conveniencia esa idea algo malsana de «informática amigable», que podríamos traducir como «todo para el usuario pero sin el usuario». Cuenta Stallman, en fin, que cuando se desarrolló Emacs en el MIT comenzaron a usarlo para redactar sus documentos todos los del personal de administración del centro. Les entregaron a cada uno un librito llamado Manual de instrucciones. Un título puesto con mucha astucia, ya que evitaron escribir lo que realmente era aquel manual, un Manual de instrucciones… de programación. Porque Emacs es un editor programable y extensible. Y he aquí que todos los administrativos del MIT acabaron programando profusamente sin saber que estaban programando. E imagino que cada uno llegaría a hacer, a su manera, verdaderas virguerías, pues en el fondo estaban adaptando el software a sus necesidades

A mí me pasó algo parecido. Hace ya tiempo encontré el gusto por la programación a través de dos vías. Por un lado, cuando comencé a estudiar y usar el sistema de composición tipográfica TeX. TeX es programación pura y dura, y si quieres trabajar con TeX no te queda otra que aprender a programar en TeX, de igual forma que si quieres hablar japonés debes aprender japonés. Pero es un trabajo (evocando a JRJ) siempre gustoso, y los esfuerzos nunca se quedan sin recompensa. La otra vía llegó cuando me enamoré del editor de texto Emacs, con el que mantengo un idilio casi ininterrumpido desde el 2007, año en que empecé a usar GNU / Linux. Emacs, como dije antes, es extensible y programable ad infinitum mediante un lenguaje llamado Elisp, que es un dialecto de Lisp, probablemente de los lenguajes de programación más elegantes y divertidos que haya. Y de los más antiguos: se remonta a la década de los 50, nada menos. Gracias a eso, podemos hacer en Emacs casi lo que nos venga en gana. Y si algo en concreto nos desborda, siempre habrá en otro punto del mundo alguien que sepa más que tú y que comparta contigo y con el resto de la comunidad su código. Y es que, a estas alturas, ya soy incapaz de usar cualquier programa que no me deje editar aunque sea un mínimo archivo de configuración. Y que se quede sólo en unos cuantos botones que deba pulsar dócilmente, sin saber muy bien el por qué. Para mí eso no es informática amigable.

Un ejemplillo menor de lo dicho, sacado de mi trabajo cotidiano. En mi traducción de la Odisea, sin ir más lejos, cada canto es un árbol de un documento escrito en el Org Mode de Emacs, que contiene no sólo mi traducción propiamente dicha, sino más árboles donde incluyo comentarios y notas no exportables. ¿Cómo separo un árbol determinado del resto, y me aíslo con él para escribir o revisar su contenido? Lo cuento (por si interesase a alguien que quier enamorarse también de Emacs) en mi humilde Cuaderno de GNUtas o Noches Áticas de desvelos informáticos.

sábado, 27 de octubre de 2018

Nogal y perspectiva

El gran nogal de mi vecino, por hábito de la pendiente y la perspectiva, me ofrece a mí mejores vistas que a su dueño, que apenas sólo lo puede mirar desde la base. El nogal está siempre en mi ventana, y es mi reloj infalible de las estaciones. En verano, verde de hojas. El otoño, implacable y minucioso, se encarga de ir corrigiéndolas al amarillo. Y en invierno las ramas blancas y desnudas se alambican como un largo pensamiento. Pero no se puede tener todo en esta vida: mi vecino se queda con las nueces.

sábado, 20 de octubre de 2018

Cuaderno Ático marcha hacia el número 10

Recuerdo que alguien una vez —hace ya tiempo— me preguntó si Cuaderno Ático era una revista «clásica». Ignoro si con ello quería decir «de poesía clásica», «de clásicas» o la «clásica revista». Pero en realidad no es ninguna de esas tres cosas, por diversos y variados motivos que aquí no cabe referir. Me hizo mucha gracia, en cualquier caso, el comprobar de nuevo qué sambenito tan largo arrastra el epíteto «ático». Es evocarlo y ya todo se nos llena de columnas, templos y estatuas. Supongo que si la revista se hubiese llamado Cuaderno Madrileño pocos se hubiesen interesado si era una publicación sobre zarzuela. Tal vez algún día cuente por qué Cuaderno Ático se llama como se llama, pero lo que sí adelanto es que no viene su nombre de ningún género del clasicismo, en el cual ni milito, y del cual procuro huir como de la peste. No soy clásico, me temo. Cuaderno Ático, tampoco. Entre tanto, vamos preparando, sin prisas ni urgencias —porque aquí estamos en el recreo y no en el estudio—, el número 10, que será también una pequeña celebración: haber logrado entregar 10 números de una revista de poesía sin haber perdido la razón (no más de lo habitual) y sin poder averiguar aún qué es la poesía. Afortunadamente.

Hasta la salida del nuevo número, los 9.5 números anteriores pueden consultarse, como siempre, en la web de la revista:

Desde allí también se pueden adquirir las versiones impresas, a partir del número 6.

Portada del número 9.5 de Cuaderno Ático

viernes, 19 de octubre de 2018

Prodigios

Después de horas de trabajo frente a la pantalla, salí a respirar un poco el aire y la tarde. Había llovido. Y flotaba un olor a leña quemada que ya no venía de ninguna barbacoa tumultuosa. A decir verdad, venía de mucho más lejos y de muy antiguo. Un olor casi sagrado y solemne. Es el olor, por fin, del otoño, de la estación de los prodigios: como estar en el palacio de Alcínoo y Arete, en el país de los feacios, que aman los remos.