jueves, 12 de abril de 2018

Bspwm y la metáfora del escritorio

Una de las cosas que los usuarios de GNU / Linux tenemos en abundancia (además de moral) son los entornos de escritorio y gestores de ventanas. Frente a la tiranía de Windows y Apple, que obligan a sus usuarios a tirar con «lo que hay» (porque, claro, ellos saben más que nadie lo que los usuarios necesitan), en el mundo libre uno puede saltar de entorno en entorno según sus necesidades y apetitos, y tener cuantos quiera instalados a un tiempo. Con razón se suele decir que no hay nunca un Linux igual a otro. Entornos los hay a cientos y para todos los gustos: proyectos grandes y veteranos, con sólidas comunidades y respaldados por fundaciones y corporaciones varias, como KDE y Gnome; pero también otros desarrollos que, aun teniendo su punto excéntrico y marginal, no dejan de ser tremendamente interesantes. Para probarlos basta con cargarse de ganas y curiosidad, pues siempre están disponibles en los repositorios oficiales de las distribuciones.

En mi caso, yo llevo trabajando un tiempo con Bspwm, un gestor de ventanas del que me he enamorado perdidamente, aunque los amores en Linux siempre son polígamos o simples aventuras de una noche. Bspwm vendría a ser un gestor de ventanas estilo «tiling», de esos que aspiran a romper con la metáfora clásica del escritorio a la que casi todos estábamos acostumbrados desde antiguo. En ésta, las ventanas se disponen como si fueran papeles que van apilándose en una mesa, a veces con demasiado caos, lo cual es una representación bastante fiel (ay) del escritorio físico. Por contra, en los tiling las ventanas se ordenan marcialmente igual que un mosaico, aprovechando hasta el último centímetro de la pantalla. Olvídense de cosas tan rancias como la barra de título o los botones de maximizar, minimizar o cerrar. Bspwm, así las cosas, me resulta increíblemente cómodo para traducir, o incluso maquetar, donde suelo tener un montón de ventanas abiertas a un tiempo. Además, se maneja con una rapidez pasmosa sin levantar las manos del teclado (en los portátiles es una bendición), su consumo de recursos es ridículo y aprender a usarlo es infinitamente más fácil que recordar su nombre.

De todas formas, insisto: en Linux somos todos abejorros de culo inquieto. O tal vez no exista el entorno de escritorio perfecto. Por eso siempre es una liberación poder usar varios entornos (y metáforas de escritorio) a lo largo del día, frente al aburrido uniforme gris del software privativo. Aunque también decía un usuario del foro de Manjaro Linux (refiriéndose a los dos entornos emblemáticos del sistema operativo del pingüino): «When I run Plasma I miss GNOME’s simplicity. When I run GNOME I miss Plasma’s configurability». Esto mismo (le contesté) ya lo teníamos en nuestros viejos libros de texto de latín: «Romae rus, ruri Romam desidero» (En Roma extraño el campo, en el campo extraño Roma).

viernes, 30 de marzo de 2018

Elegías y sátiras (Kostas Karyotakis) -- Nuevo libro



Me hace mucha ilusión compartir con vosotros la noticia de que acaba de salir en la editorial Pre-Textos mi traducción de las Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos de Kostas Karyotakis. Ojalá os pueda interesar este poemario esencial del gran poeta griego, al menos tanto como a mí me emocionó y fascinó traducirlo. Os dejo con un enlace de la novedad bibliográfica en la web de la editorial.


martes, 27 de marzo de 2018

Apunte sobre una golondrina

(Un poema perteneciente a un presunto próximo poemario)

::

APUNTE SOBRE UNA GOLONDRINA 

Sombra sobre la frente.
O Sueño.
La golondrina escribe un lejano azul oscuro
en la pizarra del cielo.
Es tarde, tarde.
La golondrina
ha dibujado el rizo
que cortaron de un ángel proscrito y sin recreo.
La tarde es gris y fresca; la primavera, antigua;
la golondrina pasa y gira, enajenada,
sobre la frente, sobre el encerado
del tiempo.
Pequeña golondrina, vieja sombra,
escribe en letras grandes, limpia mi frente
de pensamientos;
golondrina de años, pasa y deja
sobre mi frente el leve trazo,
el humo frío de tu tarde,
la delicada firma de un recuerdo.

jueves, 22 de marzo de 2018

Hospital

El otro día me tocó ir a consulta rutinaria. Por primera vez en el nuevo y flamante hospital de Collado Villalba, que es uno de esos hospitales de nuevo diseño (al menos en Madrid), más parecido a un aeropuerto, o al Mercadona, que a lo que el imaginario nos tiene acostumbrados en cuanto a estos edificios. Y en mi caso no sólo el imaginario, pues mi madre trabajó en el Ramón y Cajal hasta su jubilación, y eso sí que era un hospital de la vieja escuela. Uno ya sabía que estaba en un hospital nada más cruzar el espartano vestíbulo, cosa que siempre he agradecido. Y es que tengo la anticuada manía de querer encontrarme en los sitios adonde voy aquello que prometen, ya sea un ultramarinos, un banco, una catedral o un club social de mormones nudistas. Qué se yo: una forma más de no perderse en el mundo.

Pero este hospital de Villalba, con sus diáfanas salas, casi sin pasillos, sus tiendas, sus escaleras mecánicas y su atmósfera (digamos) neutra consiguió inquietarme más que otra cosa. Gente, mucha gente, algunos atentos a los monitores en las paredes, otros introduciendo con mecánica resignación la tarjeta sanitaria en unas máquinas parecidas a las expendedoras del metro. Todo muy automatizado, sí, pero lo que me escamó es que no se veían médicos, ateeses, auxiliares, celadores… El personal habitual que tiene por costumbre trajinar por los hospitales, más que nada porque trabaja allí. Se diría que los médicos, con esas batas blancas, las recetas, las alarmas tenían prohibido pisar ese espacio tan cool. Si me diera un infarto allí mismo y me cayera pasmado, ¿saldría algún médico de la nada para atenderme? ¿O me sentiría avergonzado, segundos antes de caer pasmado, por algo tan hortera como ponerse enfermo?

Se suele decir que los hospitales son sitios fríos y asépticos. Pero si hay un lugar frío y ñoño como pocos es ese hospital vanguardista que no quiere ser un hospital. Los hospitales pueden ser tristes, esperanzadores, a veces desasosegadores, pero nunca fríos. Y eso lo descubrí los únicos e irrisorios cinco días de mi vida en que (hasta ahora) estuve ingresado en uno. Son lugares lastrados de una tremenda humanidad: el gran peso de todo aquello que somos gravita allí de una forma singular. Esperemos, en fin, que algún día devuelvan a los médicos y demás personal a los pasillos del hospital de Villalba. Me tranquilizaría bastante. Porque un hospital sin médicos es como un colegio sin niños.

viernes, 9 de marzo de 2018

De todas las estrellas...

Estos versos de Safo sonaron por primera vez cerca de Asia Menor, en un tiempo anterior a la literatura, de una manera que nunca podremos llegar ni a imaginar. Su tono, sus acentos, sus cadencias se fueron para siempre con quienes tuvieron la suerte de escucharlos, como un momento irrepetible. Angelique Ionatos los canta y los rehace para nuestro presente con la pronunciación del griego vivo. La lengua griega, ni que decir tiene, siempre está viva: en tiempos de Safo, ahora... Dos simples momentos, dos presentes de un continuo. Una estrella nunca extinguida.


 *** 

Así traduje estos versos (frag. 104 en la ed. Lobel-Page) en mi edición de las poesías de Safo publicada en La Oficina de Arte Ediciones:

Ἔcπερε πάντα φέρων ὄcα φαίνολιc ἐcκέδαc ̓ Aὔωc, 
φέρειc ὄϊν, φέρειc αἴγα, φέρειc ἄπυ μάτερι παῖδα. 

 ... ἀcτέρων πάντων ὀ κάλλιcτοc. 

Estrella de la tarde, que traes cuanto esparció la blanca Aurora,
traes la oveja y la cabra, y a la madre le quitas la muchacha.

... de todas las estrellas la más bella.

(De Poesías, Safo, La Oficina de Arte y Ediciones 2017. 
Trad. de Juan Manuel Macías)


jueves, 1 de febrero de 2018

Nueva reseña de las Poesías de Safo

Comparto esta excelente reseña de M. Ángeles Robles, publicada recientemente en Diario de Sevilla (y otros medios andaluces) sobre las Poesías de Safo (La Oficina de Arte y Ediciones). Con mi agradecimiento.

http://www.diariodesevilla.es/delibros/ama_0_1213378721.html



miércoles, 31 de enero de 2018

Pocos

Confieso que siento un vértigo y una agorafobia terribles ante esas fotos de bibliotecas --inmensas, laberínticas-- que de vez en cuando se publican en internet o en las redes sociales. Todo lo que viene multiplicado casi hasta el infinito me asusta. Prefiero límites humanos. La mesilla de noche. Las páginas que nos van acompañando en metros y autobuses o en barras de bar. El paraíso (aun a riesgo de contradedir a mi amado Borges) para mí no es una biblioteca. Los libros, como los buenos amigos, siempre de pocos en pocos.

lunes, 22 de enero de 2018

Out To Lunch!



 Siempre me hizo gracia aquella historia del espectador de un concierto de jazz que quería denunciar a los músicos porque, según su fino criterio, lo que tocaban no era jazz. Los puristas del jazz, como los de la poesía, el cine, incluso el sexo, son unos pelmazos de manual. Miles Davis, en sus últimas entrevistas, solía comentar (o insinuar) que a esas alturas ya no sabía a ciencia cierta cómo clasificar su música. Pero por una cierta pereza todos acabamos por llamarlo jazz. Bendita pereza, o lo que sea, prima hermana de la no menos bendita impropiedad del lenguaje humano. Al final todo es jazz. Safo componía jazz. Y hasta la poesía (con permiso de don Nicanor) puede llegar a ser, a veces, poesía.

Al hilo de estas impropiedades y de este lunes huérfano cualquiera, cómo no recordar esa maravillosa gamberrada de Eric Dolphy titulada Out To Lunch! (1964), con su impagable portada y el reloj que apunta a cualquier hora posible de regreso (cuando sepamos por fin qué es jazz, qué es poesía, volveremos de almorzar y se habrá acabado todo).


 (El álbum comienza con «Hat and Beard», tema inspirado, al parecer, en la persona de Thelonious Monk:


jueves, 18 de enero de 2018

Fragmentada Safo

La poesía se fabrica con una arcilla impura. Las palabras, el idioma materno; las palabras que son nuestra torpe y única herramienta heredada para intentar recomponer y comprender el mundo, para decir cosas sublimes y pequeñas banalidades, para quejarnos, para mentir o traicionar, para amar en ocasiones. De esta baja materia, maleada en una muchedumbre de voces y de tiempo, está hecho el poema que recordamos una tarde cualquiera. Y somos débiles. Y aunque hemos jurado mil veces no sucumbir a las supersticiones del biografismo en poesía o arte, también somos humanos, y por tanto estamos solos, y nos dejamos acunar y creer que alguien (un otro) nos está hablando desde el otro lado del poema, más allá de nuestra voz, compartiendo su propia soledad, que es a lo único a lo que podemos aspirar casi siempre. Sabemos, sí, que tal comunión no es posible. Y sin embargo, qué extrañamente cercanas y cálidas se nos hacen este género de amistades ilusorias. ¿Las irradiamos nosotros? ¿O es el poema el que al cabo va modelando al poeta, esa ficción filológica? Dentro de la poesía conviene no hacer demasiadas preguntas, y dejar que las cosas sucedan. Como una vez sucedió, sin más, esa curiosa amistad que cultivé con Safo, la poeta inolvidable de Mitilene, durante el tiempo inolvidable de mi vida que pasé traduciéndola, y dejándome traducir también por ella.

A pesar de la ligereza con que en filología clásica se manejan los siglos, y hasta los milenios, veintiocho siglos pesan demasiado, incluso para los hombros de la ceñuda  academia. Parece increíble que aún siga sonando algo de la voz de Safo, como una planta terca que crece en todos los eriales, incluso a despecho del frío, insistiendo en buscarnos y encontrarnos. Pero el de Safo es ya un simple nombre que está tras los fragmentos de los papiros que copiaron los alejandrinos. Para ellos mismos ya resultaba tan lejana como para nosotros pueden serlo Góngora y Quevedo. Un nombre ramificado también en mil ecos culturales, una influencia implacable (Swinbourne tuvo el arrojo de decir de ella que era «the greatest poet who ever was at all» ), o quizás, una mera tradicición poética repartida en innumerables teselas que hoy a duras penas podemos juntar. Ezra Pound, de hecho, homenajeó esa condición fragmentaria en uno de sus personales «experimentos sáficos», Papyrus. ¡Y cuánta Safo palpita aún en esas tres sencillas palabras bárbaras, ininteligibles para la propia Safo!

spring..........
too long.......
gongyla.......

Contamos con la certeza, en cualquier caso, de que esa voz hecha trizas viene a tocarnos desde muy lejos, desde un mundo previo a toda «literatura», que apenas acertamos a vislumbrar. Siempre me fascinó divagar sobre qué andamiajes sustentarían allí los poemas de Safo, qué entendería ella por «publicar» en un orbe que no conocía lo libresco y que apenas estaba empezando a jugar con la escritura, prácticamente relegada aún al ámbito del ritual. Cualquier conjetura nos puede llevar al delirio. Se habla de música, de danza, de mímica. ¿Cómo esos poemas gestados casi en la más radical intimidad anduvieron de boca en boca y acabaron siendo copiados por los severos y hacendosos alejandrinos? ¿Entendía el escriba el peso del corazón que depositaba en esa tinta, en el ocre otoñal del papiro, los amores perdidos, los celos, el odio y la ternura de Safo? ¿Qué timbre tendría la voz de la lesbia para sus cercanos, cuando escuchaban sus poemas? Todas estas incógnitas me resultaron fascinates, sobre todo porque seguirán siendo, para siempre, incógnitas. Por eso me decepcioné bastante cuando descubrí que la mayor preocupación de los filólogos para con Safo consistía en indagar en, digamos, su vida de alcoba.

Que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes  pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente. Pero lo peor no fue esa chusma de jueces grises en sus despachos grises; lo peor, sin duda, fueron los bienpensantes, los que el gran Manuel Fernández Galiano llamó con su justa sorna «los maestros de la componenda», los que intentaron salvar a Safo de calumnias y habladurías y normalizarla de acuerdo con la moral del momento. A saber qué agitadas imágenes pasarían por la imponente cabeza de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff cuando acertó a dictaminar que la poeta de Lesbos regentaba una suerte de «internado para señoritas». Anacronismos de este estilo llevaron también (y me temo que aún llevan) a intentar compartimentar la compleja red afectiva de Safo de acuerdo con el léxico empleado en sus poemas. Como si tal empresa fuera posible en cualquier ser humano, empezando por los propios estudiosos que se afanaron en dilucidar esas fronteras. De tal forma que se llega a postular cuándo Safo ama con calidad de amiga, cuándo erótica u homoeróticamente, y en este último supuesto, en qué circunstancias pudo o no consumar, con datos fehacientes o razonablemente verosímiles, dichas relaciones. Llegamos a un caso espeluznantemente único en toda la historia de la poesía y la filología, en el que tenemos a más eruditos (muchos de ellos ya con cierta edad) metidos en la cama de un poeta que en sus propios poemas.

Tal vez a Safo le harían reír estos desmanes. Acaso porque sabría que, por mucho que la buscasen, nunca darían con ella, ni aunque la tuviesen delante. Pero tampoco podremos dudar de lo palmario de su amor, al margen de las vanas etiquetas. Ella no las quería ni las necesitaba. Se contentaba con el lenguaje del mito, en el que tan bien se explicaba y tan maravillosamente la entendemos. El amor como una serpiente dulce y amarga, que destroza los miembros. El amor que es como el viento que agita las encinas en el monte. Y aun con todo, seguiremos dividiendo a Safo, escindiéndola entre el somatismo más instintivo y extremo, casi animal, y el mero ámbito del psiquismo y la sentimentalidad. Otra frontera más. O dos Safos, aparentemente incompatibles, que solo viven en mentes enfermas: a las mujeres, cuando no se les ha negado el alma, se las ha hecho culpables de su cuerpo. Y tú, querida Safo, no has sido ni serás la última.

Pero además está eso que dejó dicho en un verso sublime para hacer añicos de una vez todo el pensamiento griego y occidental y, con este, su concepción del mundo: lo más bello es lo que uno ama. Mucho tiempo después Schopenhauer hablaría del mundo como voluntad y representación, pero cuánto mejor entendemos a la diáfana Safo, devolviéndonos a todos a nuestra humilde condición de humanos para mirar las cosas como sólo podemos mirarlas, porque de Anactoria únicamente acertamos a ver su luminoso rostro y nuestro amor es el de los eternos diletantes.

Ventiocho siglos han caído uno tras otro y a Safo, por mucho que nos afanemos en buscarla, la tenemos ya como la manzana de esos bellísimos versos, tan suyos, que enrojece olvidada por los cosecheros, en lo más alto del árbol, y no la olvidan, pero no pueden alcanzarla. Nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya solo sea nuestra propia voz cansada o descreída. Sabemos que en esa ruina de fragmentos la suma de todas las Safos posibles que la cultura de occidente nos ha entregado desde mil perspectivas no nos devolverá a Safo. Pero otros tuvieron más suerte. Su amigo el poeta Alceo, que la admiraba, la supo retratar como nadie en un verso memorable, que el azar del tiempo ha querido regalarnos, dejando allí la impronta de una mirada, en la siempre impura arcilla de las palabras:

ἰόπλοκ ̓ ἄγνα μελλιχόμειδε Σάπφοι

(«Con el pelo ceñido de violetas, pura, de dulce sonrisa, Safo»)

Y nos parece, sí, que lo escribió ayer.


(Texto incluido en Poesías. Safo
La Oficina de Arte y Ediciones 2017) 




Sappho and Alcaeus, Alma Tadema (1881)

martes, 16 de enero de 2018

Reseña de José Manuel Benítez Ariza de las Poesías de Safo

Muy agradecido a José Manuel Benítez Ariza por esta generosa reseña de mi traducción de las Poesías de Safo (La Oficina de Arte y Ediciones) en InfoLibre.


sábado, 30 de diciembre de 2017

Ítaca



ÍTACA


Cuando salgas hacia Ítaca
ruega por que el camino sea largo,
lleno de peripecias y descubrimientos.
A lestrigones y a cíclopes,
o al iracundo Poseidón no temas.
No encontrarás tal cosa en tu camino
si alto es tu pensamiento, y refinada
la emoción que toque tu espíritu y tu cuerpo.
A lestrigones y a cíclopes
o al fiero Poseidón no habrás de hallarlos
a no ser que los lleves en tu corazón,
mientras tu corazón no los ponga frente a ti.

Ruega por que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
cuando arribes --¡con qué placer y alegría!--
a puertos nunca vistos.
Detente en los mercados de Fenicia
y compra allí lindos artículos,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y toda clase de perfumes sensuales,
tantos perfumes sensuales como puedas;
acude a muchas ciudades egipcias
para aprender y aprender de los versados.

Ten siempre a Ítaca en la mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero en ningún modo apresures el viaje.
Mejor dejar que dure muchos años,
para que llegues, viejo ya, a la isla,
rico con todo lo que has ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te dio un hermoso viaje,
si no es por ella no habrías emprendido el camino,
pero no te dará más.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no se ha burlado.
Así de sabio como te volviste, con tanta experiencia,
entenderás entonces qué querían decir las Ítacas.

Trad. de Juan Manuel Macías, Pre-Textos 2015)



***




Ιθάκη

Σα βγεις στον πηγαιμό για την Ιθάκη,
να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος,
γεμάτος περιπέτειες, γεμάτος γνώσεις.
Τους Λαιστρυγόνας και τους Κύκλωπας,
τον θυμωμένο Ποσειδώνα μη φοβάσαι,
τέτοια στον δρόμο σου ποτέ σου δεν θα βρεις,
αν μέν’ η σκέψις σου υψηλή, αν εκλεκτή
συγκίνησις το πνεύμα και το σώμα σου αγγίζει.
Τους Λαιστρυγόνας και τους Κύκλωπας,
τον άγριο Ποσειδώνα δεν θα συναντήσεις,
αν δεν τους κουβανείς μες στην ψυχή σου,
αν η ψυχή σου δεν τους στήνει εμπρός σου.

Να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος.
Πολλά τα καλοκαιρινά πρωιά να είναι
που με τι ευχαρίστησι, με τι χαρά
θα μπαίνεις σε λιμένας πρωτοειδωμένους·
να σταματήσεις σ’ εμπορεία Φοινικικά,
και τες καλές πραγμάτειες ν’ αποκτήσεις,
σεντέφια και κοράλλια, κεχριμπάρια κ’ έβενους,
και ηδονικά μυρωδικά κάθε λογής,
όσο μπορείς πιο άφθονα ηδονικά μυρωδικά·
σε πόλεις Aιγυπτιακές πολλές να πας,
να μάθεις και να μάθεις απ’ τους σπουδασμένους.

Πάντα στον νου σου νάχεις την Ιθάκη.
Το φθάσιμον εκεί είν’ ο προορισμός σου.
Aλλά μη βιάζεις το ταξείδι διόλου.
Καλλίτερα χρόνια πολλά να διαρκέσει·
και γέρος πια ν’ αράξεις στο νησί,
πλούσιος με όσα κέρδισες στον δρόμο,
μη προσδοκώντας πλούτη να σε δώσει η Ιθάκη.

Η Ιθάκη σ’ έδωσε τ’ ωραίο ταξείδι.
Χωρίς αυτήν δεν θάβγαινες στον δρόμο.
Άλλα δεν έχει να σε δώσει πια.

Κι αν πτωχική την βρεις, η Ιθάκη δεν σε γέλασε.
Έτσι σοφός που έγινες, με τόση πείρα,
ήδη θα το κατάλαβες η Ιθάκες τι σημαίνουν.


viernes, 15 de diciembre de 2017

Enseñanza

Con este poema inédito, perteneciente a mi próximo poemario Emisarios, quisiera desearos lo mejor para estas fiestas y para el nuevo año que se nos viene.
 
***

 
ENSEÑANZA
 

Gloria a los que miraron al fondo de las cosas,
más allá del cansancio, o la tristeza
con que los ocasos se pliegan a sus frentes últimas.
El trocito de pan que insiste en la directriz de su instante
y el delicado arco que reinventa
la estrella de las noches aparcadas.

Hay un fragor de fondo, apenas una respiración de casas vecinales:
desconsuelo y llanto. Desconsuelo
y también pesadumbre
con que las viejas ciudades regresan a su matemática.
Pero también una página que nos hirió con un oro pasajero
y las nubes, que saben correr sobre los charcos más pobres
con la fe libertaria de mil muchachas descalzas.

Y hay en tu sonrisa en el final del día
una delicada impronta que aún el tiempo no acierta a deshacer.
Y una rara enseñanza: lo que expande
el universo
es la más elemental compasión.

(Juan Manuel Macías, 
del poemario inédito Emisarios)

martes, 5 de diciembre de 2017

GRAN FIESTA EN LA CASA DE SOSIBIO (CP Cavafis)

Bella ha sido mi tarde, muy bella.
El remo roza dulcemente, acaricia

con suavidad el liso mar de Alejandría.
Conviene un descanso así: son pesadas las fatigas.

Y mirar de tanto en tanto las cosas con inocencia, amables.
Pero ha anochecido, por desgracia. Bebí ya todo el vino,

no queda en la botella ni una gota.
Es hora de volver a otros asuntos, ay.

La renombrada casa (el ilustre Sosibio junto a su buena
esposa, digámoslo así) nos invitan a su fiesta.

Debemos marchar de nuevo a las intrigas,
retomar otra vez la tediosa política.

(De CP Cavafis, Poesía completa
Trad. de Juan Manuel Macías, Pre-Textos 2015)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Inevitables lunas

 (Para Emilio Nieto Ballester)

El diccionario etimológico de la lengua latina de Alfred Ernout y Antoine Meillet fue un libraco que me hizo mucha compañía en la carrera. El Ernout-Meillet, lo llamábamos, ya con la confianza que impone el gremialismo. Si lo abría en la biblioteca, en aquellos tiempos en que litigábamos por ver quién se descolgaba con el volumen más temerario, nunca dejaba de maravillarme. Los ojos querían pasear entre los pilares de esa rectilínea tipografía didot, tan racional y francesa, veladora, sin un resquicio para elucubrar, sin la sensualidad de las curvas que poblaban las letras renacentistas, sin un solo regazo para la fe. Ah, y las lenguas y dialectos a los que hacía referencia: antiguo indio, iranio, avéstico, osco, umbro, eslavo, gótico... pero todas citadas en francés, que era más chic. Era consultar el Ernout-Meillet cinco minutos y uno salía de esas páginas con las ínfulas de ser un experto comparativista.

Yo nunca quise desprenderme de esa grata sensación y, cuando pude permitírmelo, me compré un ejemplar del Ernout-Meillet para mi disfrute personal. Acabó sin remedio en la dulce anarquía de mi mesilla de noche. Y algunas veces recurro a él en mis insomnios, como el niño que quiere que le lean un cuento y no tiene a nadie que se lo lea. ¿Es una enfermedad? No sé. Al menos, el subtítulo del volumen tranquiliza un poco mi conciencia: «Histoire des mots», histora de las palabras. Lo abro al azar, como las mil y una noches, con la certeza de que cada palabra tiene una historia. La etimología, no lo olvidemos, es una ficción. O un símbolo, como la máquina del tiempo. Pero a mí me gusta dejarme acunar por mis Sherezades de cabecera que son esos dos notables lingüistas franceses con corbata o pajarita.

La otra noche, al abrirlo, me encuentro con la entrada Luna,-ae. Ya me la sabía, pero los cuentos, aunque sabidos, uno quiere volver a escucharlos. Y me dejo. Luna, es la sustantivación de un antiguo adjetivo femenino. Sería algo así como «la luminosa». Las palabras, es bueno recordarlo, no dejan de ser metáforas que han viajado mucho. Decir "la luminosa" es como no querer o no poder nombrar a la luna directamente, o como querer acariciar y atesorar ese nombre secreto. La raíz indoeuropea es *leuk- o *louk-. También se encuentra presente en el griego selene (Safo, lesbia, diría selanna) o en el latín lucus. Y en lunaticus.

Cierro el libro. Pienso, durante esa porción de la noche, en mi hipotético lejano ancestro con asterisco en la voz que una vez dijo, levantando la cabeza en otro insomnio mucho más puro que el mío, «la luminosa», y se quedó tan a gusto. Y le doy las gracias. Llevo media vida huyendo de la luna. La luna, en poesía, ha sido tantas veces una mera quincalla, un ornamento vano, un naipe sucio de ilusionista de feria. Y eso, sin duda, va labrando unos prejuicios muy insanos.

Y los prejuicios escarban, lentamente, ese confortable agujero de razón y cautela, donde la luna ni nos rozará. Pero a media humanidad le duele la luna cíclicamente. Y sabemos, en el fondo, que es inútil esconderse y que de nada sirve arañar una noche más terrible y más oscura dentro de la noche, porque ella, la luminosa, con su palmaria feminidad, nos acabará encontrando, incluso entre las severas murallas de una tipografía racional.

(De Sucede en la voz de otros, Isla de Siltolá 2015)