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martes, 17 de enero de 2017
Odisea oxoniense
Entre todos los pertrechos que Odiseo llevaba en su atribulada nave, quién le iba a decir que también se incluiría con el tiempo el aparato crítico que el ilustre polizón oxoniense Thomas W. Allen le subió a bordo. Esta página de la monumental «Homeri Opera» luce en todo su esplendor el característico look de las ediciones de Oxford, a la vez delicado y aplastante. Ahí está la tipografía Porson, marca de la casa, y el uso de espacios, generosos, entre las unidades críticas. A pesar de toda la atmósfera erudita, es curioso que esas páginas, con estos fríos siberianos, resulten tan hogareñas.
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miércoles, 19 de octubre de 2016
Hacia la imprenta
Terminar la maquetación de un libro, revisarlo por enésima vez, hasta la última pica y hasta el último cícero, con la angustia de que alguna errata quedará escondida, conteniendo la risa, igual que los que aguardan a oscuras para dar una fiesta sorpresa. Y enviarlo a imprimir. Todo eso tiene algo de venerable rito. Como si Gutenberg volviese a inventar la imprenta. No, ya nada se puede mover. Es emprender un camino sin retorno: un funeral y a la vez un renacimiento.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
jueves, 25 de agosto de 2016
25 años de Linux
Hoy se cumplen 25 años, nada menos, del nacimiento "oficial" de Linux. Quién se lo iba a decir a un joven estudiante finlandés, Linus Torvalds, cuando en la incipiente internet de los 90, en medio de las últimas coletadas de la fiebre hacker de entonces, lanzaba ese ya mítico correo, anunciando que ponía a disposición de todos un sistema operativo que había venido desarrollando como proyecto personal, casi como hobby. A partir de ahí, el crecimiento fue exponencial hasta hoy.
Pero hay un dato esencial. Linux habría acabado en el olvido, como una genialidad más de laboratorio, si no hubiese adoptado la Licencia Pública General, auspiciada por Richard Stallman, y se incluyera después dentro del proyecto GNU, del propio Stallman y la Free Software Foundation. Por eso, en la imagen de cabecera pongo, junto la mascota de Linux (el ya venerable pingüino Tux), el ñu emblema de GNU. También es cierto que GNU no habría podido caminar si no hubiese encontrado en Linux su anhelado núcleo. Ese matrimonio, GNU/Linux, con amor o sin amor (que ese es otro cantar) supuso la puesta de largo del software libre.
A día de hoy creo que muy pocos dudan de las ventajas tecnológicas de este tipo de software frente al software privativo. Por su propia naturaleza, por su carácter abierto para poder ser modificado, enriquecido y distribuido por quien quiera y donde quiera (desarrolladores particulares, comunidades, universidades, instituciones, empresas, etc), el software libre siempre estará un paso por delante. Algunos ejemplos: la práctica totalidad de servidores de internet corren sobre GNU/Linux; en animación y producción cinematográfica es un sistema que se ha venido haciendo cada vez más imprescindible; y en tipografía digital y diseño gráfico bien podría estar a la vanguardia, si no fuese por lo conformista, anquilosado de esa industria. Medios tiene de sobra para ello. ¿Y en el escritorio? Desde luego está a años luz de ese coladero de virus inestable llamado Windows. Y a Mac OS X, según diversos tests realizados, le metió unos cuantos goles en su propio campo, es decir, instalados ambos en un Mac.
Pero todo esto no deja de ser mera tecnofilia. Lo que trasciende, desde luego, es la idea de libertad. Idealismo, sí, pero bendito idealismo. El software libre respeta la libertad del usuario y no está en manos de ninguna corporación; sin puertas traseras, sin pactos con crujidoras ventanas o manzanitas luciferinas. Está desarrollado por y para la comunidad, una comunidad diversa, contradictoria a veces y sin centro definido, dentro de esos polos opuestos de pragmatismo e idealismo que representan Torvalds y Stallman. De hecho, es sabido que ambos se profesan una ojeriza casi legendaria, y ninguno pierde ocasión, en intervenciones públicas, de largarle al otro sus envenenadas (aunque siempre ingeniosas) puyas. Pero, como Góngora y Quevedo, condenados a un lazo casi imperecedero. A los usuarios nos quedará, gracias a ellos, y a todos los que han aportado (y aportan) su granito de arena, la libertad, y, sí, un pequeño resquicio para el idealismo.
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sábado, 23 de julio de 2016
Del código fuente al papel
La editorial Dykinson, en su colección Clásicos Dykinson, dirigida estupendamente por Alfonso Silván, ha publicado recientemente tres libros cuya composición tipográfica y maquetación me ha complacido llevar a cabo: Manuscritos griegos en España y su contexto europeo (colección de artículos editados por Felipe Hernández Muñoz); Omero, i cardinali e gli esuli. Copisti greci di un manoscritto di Stoccarda, de David Speranzi; y, por último, la monumental edición crítica de las Filípicas de Demóstenes, a cargo de Felipe Hernández Muñoz, en formato bilingüe con traducción de Fernando García Romero.
Los tres volúmenes han sido compuestos exclusivamente con software libre.
[Más información en esta página web sobre mis trabajos en tipografía]
Los tres volúmenes han sido compuestos exclusivamente con software libre.
[Más información en esta página web sobre mis trabajos en tipografía]
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