Para el curso que viene

Para el curso que viene

domingo, 23 de agosto de 2015

Fragmentada Safo

La poesía se fabrica con una arcilla impura. Las palabras, el idioma materno; las palabras que son nuestra torpe y única herramienta heredada para intentar recomponer y comprender el mundo, para decir cosas sublimes y pequeñas banalidades, para quejarnos, para mentir o traicionar, para amar en ocasiones. De esta baja materia, maleada en una muchedumbre de voces y de tiempo, está hecho el poema que recordamos una tarde cualquiera. Y somos débiles. Y aunque hemos jurado mil veces no sucumbir a las supersticiones del biografismo en poesía o arte, también somos humanos, y por tanto estamos solos, y nos dejamos acunar y creer que alguien (un otro) nos está hablando desde el otro lado del poema, más allá de nuestra voz, compartiendo su propia soledad, que es a lo único a lo que podemos aspirar casi siempre. Sabemos, sí, que tal comunión no es posible. Y sin embargo, qué extrañamente cercanas y cálidas se nos hacen este género de amistades ilusorias. ¿Las irradiamos nosotros? ¿O es el poema el que al cabo va modelando al poeta, esa ficción filológica? Dentro de la poesía conviene no hacer demasiadas preguntas, y dejar que las cosas sucedan. Como una vez sucedió, sin más, esa curiosa amistad que cultivé con Safo, la poeta inolvidable de Mitilene, durante el tiempo inolvidable de mi vida que pasé traduciéndola, y dejándome traducir también por ella.

A pesar de la ligereza con que en filología clásica se manejan los siglos, y hasta los milenios, veintiocho siglos pesan demasiado, incluso para los hombros de la ceñuda  academia. Parece increíble que aún siga sonando algo de la voz de Safo, como una planta terca que crece en todos los eriales, incluso a despecho del frío, insistiendo en buscarnos y encontrarnos. Pero el de Safo es ya un simple nombre que está tras los fragmentos de los papiros que copiaron los alejandrinos. Para ellos mismos ya resultaba tan lejana como para nosotros pueden serlo Góngora y Quevedo. Un nombre ramificado también en mil ecos culturales, una influencia implacable (Swinbourne tuvo el arrojo de decir de ella que era «the greatest poet who ever was at all» ), o quizás, una mera tradicición poética repartida en innumerables teselas que hoy a duras penas podemos juntar. Ezra Pound, de hecho, homenajeó esa condición fragmentaria en uno de sus personales «experimentos sáficos», Papyrus. ¡Y cuánta Safo palpita aún en esas tres sencillas palabras bárbaras, ininteligibles para la propia Safo!

spring..........
too long.......
gongyla.......

Contamos con la certeza, en cualquier caso, de que esa voz hecha trizas viene a tocarnos desde muy lejos, desde un mundo previo a toda «literatura», que apenas acertamos a vislumbrar. Siempre me fascinó divagar sobre qué andamiajes sustentarían allí los poemas de Safo, qué entendería ella por «publicar» en un orbe que no conocía lo libresco y que apenas estaba empezando a jugar con la escritura, prácticamente relegada aún al ámbito del ritual. Cualquier conjetura nos puede llevar al delirio. Se habla de música, de danza, de mímica. ¿Cómo esos poemas gestados casi en la más radical intimidad anduvieron de boca en boca y acabaron siendo copiados por los severos y hacendosos alejandrinos? ¿Entendía el escriba el peso del corazón que depositaba en esa tinta, en el ocre otoñal del papiro, los amores perdidos, los celos, el odio y la ternura de Safo? ¿Qué timbre tendría la voz de la lesbia para sus cercanos, cuando escuchaban sus poemas? Todas estas incógnitas me resultaron fascinates, sobre todo porque seguirán siendo, para siempre, incógnitas. Por eso me decepcioné bastante cuando descubrí que la mayor preocupación de los filólogos para con Safo consistía en indagar en, digamos, su vida de alcoba.

Que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes  pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente. Pero lo peor no fue esa chusma de jueces grises en sus despachos grises; lo peor, sin duda, fueron los bienpensantes, los que el gran Manuel Fernández Galiano llamó con su justa sorna «los maestros de la componenda», los que intentaron salvar a Safo de calumnias y habladurías y normalizarla de acuerdo con la moral del momento. A saber qué agitadas imágenes pasarían por la imponente cabeza de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff cuando acertó a dictaminar que la poeta de Lesbos regentaba una suerte de «internado para señoritas». Anacronismos de este estilo llevaron también (y me temo que aún llevan) a intentar compartimentar la compleja red afectiva de Safo de acuerdo con el léxico empleado en sus poemas. Como si tal empresa fuera posible en cualquier ser humano, empezando por los propios estudiosos que se afanaron en dilucidar esas fronteras. De tal forma que se llega a postular cuándo Safo ama con calidad de amiga, cuándo erótica u homoeróticamente, y en este último supuesto, en qué circunstancias pudo o no consumar, con datos fehacientes o razonablemente verosímiles, dichas relaciones. Llegamos a un caso espeluznantemente único en toda la historia de la poesía y la filología, en el que tenemos a más eruditos (muchos de ellos ya con cierta edad) metidos en la cama de un poeta que en sus propios poemas.

Tal vez a Safo le harían reír estos desmanes. Acaso porque sabría que, por mucho que la buscasen, nunca darían con ella, ni aunque la tuviesen delante. Pero tampoco podremos dudar de lo palmario de su amor, al margen de las vanas etiquetas. Ella no las quería ni las necesitaba. Se contentaba con el lenguaje del mito, en el que tan bien se explicaba y tan maravillosamente la entendemos. El amor como una serpiente dulce y amarga, que destroza los miembros. El amor que es como el viento que agita las encinas en el monte. Y aun con todo, seguiremos dividiendo a Safo, escindiéndola entre el somatismo más instintivo y extremo, casi animal, y el mero ámbito del psiquismo y la sentimentalidad. Otra frontera más. O dos Safos, aparentemente incompatibles, que solo viven en mentes enfermas: a las mujeres, cuando no se les ha negado el alma, se las ha hecho culpables de su cuerpo. Y tú, querida Safo, no has sido ni serás la última.

Pero además está eso que dejó dicho en un verso sublime para hacer añicos de una vez todo el pensamiento griego y occidental y, con este, su concepción del mundo: lo más bello es lo que uno ama. Mucho tiempo después Schopenhauer hablaría del mundo como voluntad y representación, pero cuánto mejor entendemos a la diáfana Safo, devolviéndonos a todos a nuestra humilde condición de humanos para mirar las cosas como sólo podemos mirarlas, porque de Anactoria únicamente acertamos a ver su luminoso rostro y nuestro amor es el de los eternos diletantes.

Ventiocho siglos han caído uno tras otro y a Safo, por mucho que nos afanemos en buscarla, la tenemos ya como la manzana de esos bellísimos versos, tan suyos, que enrojece olvidada por los cosecheros, en lo más alto del árbol, y no la olvidan, pero no pueden alcanzarla. Nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya solo sea nuestra propia voz cansada o descreída. Sabemos que en esa ruina de fragmentos la suma de todas las Safos posibles que la cultura de occidente nos ha entregado desde mil perspectivas no nos devolverá a Safo. Pero otros tuvieron más suerte. Su amigo el poeta Alceo, que la admiraba, la supo retratar como nadie en un verso memorable, que el azar del tiempo ha querido regalarnos, dejando allí la impronta de una mirada, en la siempre impura arcilla de las palabras:

ἰόπλοκ ̓ ἄγνα μελλιχόμειδε Σάπφοι

(«Con el pelo ceñido de violetas, pura, de dulce sonrisa, Safo»)

Y nos parece, sí, que lo escribió ayer.


Sappho and Alcaeus, Alma Tadema (1881)

viernes, 21 de agosto de 2015

Volver a Homero

Hace tiempo me topé con un curioso volumen en una librería de viejo de Madrid. El largo título rezaba así: La Ilíada de Homero. Epopeya dramática en cuatro jornadas, precedidas de un prólogo y seguidas de dos apéndices. Y remataba: Traducido verso a verso y palabra por palabra por José María Aguado. Es primera edición y está fechada en 1935. La publicó la Librería General de Victoriano Suárez, en Madrid.

Resultó ser un libro, como me temía, propenso al escondrijo, pues poco es lo que pude averiguar sobre él, rastreando aquí y allá. Está la ficha de rigor en la Biblioteca Nacional y la noticia de su publicación en la hemeroteca on line del Abc, y solo en los últimos años acertó a aparecer alguna referencia más, en la articularia académica, donde el volumen es mencionado de pasada como obra menor, rareza bibliográfica o —en el peor de los casos— extravagancia y manifiesta chifladura. En cierto sentido no es para menos, si empezamos a recorrer ese «verso a verso y palabra por palabra» con que el traductor defiende su trabajo. José María Aguado, en efecto, hizo desfilar con disciplina marcial los 15.693 versos de su Ilíada ante la premisa que se había trazado y que expone en un prólogo tan entusiasta como encendido y justiciero: verter la épica griega a la épica castellana (o lo que él entendiera por tal), y traducir los hexámetros de Homero en un tipo de versificación arromanzada, con largas tiradas de versos de dieciséis sílabas y rima asonante; un estilo, en suma, que recuerda vagamente a ciertas versiones modernas del Poema de Mio Cid. Es más: el traductor, sabiendo acaso que ha emprendido un camino sin retorno cuesta abajo, y preso ya de su frenesí, decide convertir el tradicional patronímico griego en los típicos apellidos de la rancia Castilla. De tal guisa que Zeus Crónida se convierte en Zeus Crónez. Pero también tenemos a Aquiles Peliaz, Agamenón Atrédez, Ulises Laértez, etc. Sin duda que esto suena a broma casi de tebeo, pero Aguado (que lo sabía), se defiende: «No dudo que de esta innovación se reirá la ignorancia, y tal vez la culparán los eruditos; pero yo no dejo de enorgullecerme de ella.»

Y orgullosamente y fiel a sus palabras, así arranca, ante nuestra perplejidad, su peculiar Ilíada:

Canta, diosa, los rencores de Aquiles Peliaz crueles 
que trajeron a los dánaos incontables padeceres 
y echaron al Hades muchas almas ilustres de héroes, 
cuyos cuerpos yacen presa de perros y toda suerte 
de aves; y así la sentencia cumplióse de Zeus, desde 
que primeras se apartaron tras insultarse [insolentes] 
Aquiles y el general de los aqueos Atrédez. 

[...]

Está claro que el bueno de don José María no tenía entre sus principales objetivos el de labrarse la amistad y cariño del homerismo académico. Pero si algo de pelea quería provocar, erró sus planes de medio a medio. El homerismo académico, en su habitual desdén hacia cualquier cosa que no fuera el homerismo académico, le pasó de largo sin apenas reparar en su presencia. Y con este, pasó también la Guerra Civil. Y los años, y el tiempo. Y allí vemos al traductor solo en el andén vacío, tal vez incapaz de adivinar que su revolución homérica terminaría en los azares de las librerías de lance, o en la curiosidad y la chanza de algún estudioso de hogaño. Yo, sin embargo, que no creo contarme entre los eruditos ante los que se defendía, siento un cierto afecto por Aguado, una especie de entrañable afinidad, por más que su trabajo me resulte un despropósito anacrónico, un soniquete, un homenaje al ripio y un decidido pastiche como mera poesía castellana. Pero siempre me pareció que emprender la traducción de Homero, independientemente del camino seguido, tiene un punto de heroísmo arrojado, tal vez de locura; es un salto de fe y un amor insomne que no se cuida de la victoria o el naufragio.

***

Hablar de Homero, fuera de la lengua griega, el helenismo más o menos militante o los vaivenes de la filología es, ante todo, hablar del arte de la traducción. Y es en esa asumida fatalidad, en nuestra irrenunciable condición de «bárbaros», donde el viejo cantor de la epopeya ha alimentado de sueños y símbolos la laberíntica imaginación de Occidente. Homero, no como el poeta que canta en griego, sino como el poeta infinitamente traducido; el primer resorte que pone en marcha la gran maquinaria de Babel. Traducir poesía: contradicción en los términos, algo anómalo que hubo de surgir forzosamente en las márgenes de ese absoluto llamado lengua griega.

Aun así, asumiendo la impropiedad del vocablo, conviene tener presente que toda traducción de poesía no ha de aspirar a otra cosa que a ser eso: poesía en la lengua de llegada. Y como tal ha de juzgarse, ya sea mala, buena, risible, sublime, en verso, en prosa, con rima o sin ella. La filología, por contra, tiende a viciar el trabajo del traductor con ese escrúpulo de la fidelidad al original. En el caso concreto de los poemas homéricos cabría preguntarse a qué debemos jurar dicha fidelidad: ¿a un supuesto «espíritu homérico» acaso? Estaríamos de enhorabuena si lográsemos saber en qué consiste tal espíritu. Con igual pompa, podríamos pronunciar «espíritu medieval» o «espíritu dieciochesco»... Construcciones así no dejan de ser reduccionismos y quimeras, pero el celo filológico del traductor todavía lo llevará a querer ser más homérico que el propio Homero. Me temo que el fiel traductor ha de deberse ante todo a su propia mirada, a su voz y a su presente, antes que pretender trasladar la obra original con una ilusoria asepsia y objetividad de acuerdo a una red de contextos culturales y estéticos que, por mucho que se empeñe, son en el fondo una mera reconstrucción, un esquema en la pizarra. El traductor, como lector que es, no puede traducir haciéndose a un lado de esa misma condición de lector, y lo que leemos queda ya sin remedio contaminado de nosotros, de nuestra vida, de nuestros cambiantes estados de ánimo. Leer, al cabo, es escribir y reescribir nuestra lectura, personal y única, perfectiblemente incompleta, humana. Y en ese mar azaroso de mil lecturas y épocas es donde los poemas de Homero se han acabado reescribiendo una y otra vez, volviendo a nacer en tantas voces como puertos acogieran al astuto Odiseo.

Pero si traducir poesía es una forma más de escribirla, con mejor o peor fortuna, quien traduce poesía no puede sino sentir la fatalidad de su propia lengua y su tradición. A algunos traductores les cabrá en suerte, incluso, comenzar ellos mismos nuevas vetas, nuevas tradiciones. Cómo no pensar, hablando de Homero y el español, en las versiones de Luis Segalà i Estalella, donde tantas y tantas generaciones nos hemos fascinado leyendo esa prosa torrencial y preciosista, deliciosamente  exagerada a veces, con que el erudito catalán hizo pasar ante nuestros ojos la Ilíada y la Odisea. Su solución para traducir los epítetos épicos fueron verdaderos hallazgos, algunos plenos de una lírica nostalgia, otros expansivos y casi delirantes en su juego de arabescos, pero todos inolvidables y admirablemente visuales. Las «cóncavas naves», «Odiseo fecundo en ardides», el yelmo de «tremolante penacho» y muchos otros no se deben a Homero sino a Segalà. Fue él quien los grabó en el imaginario y cualquier traductor español de Homero que venga después está destinado a dialogar o a entablar una tensión con ellos y con la dicción de su autor.

El siglo XX ha sido pródigo en notables traducciones de Homero. Pero si la de Segalà tiene una virtud especial, además de ese brillo fundacional, es la de mostrársenos con desnuda inocencia, sin aparataje crítico ni notas, sin un prólogo o mapa de ruta al que obedecer o traicionar. Una traducción ya es suficiente mirada crítica, ¿para qué más? Y no hay peor pecado para un traductor que el de la previa justificación. Los poemas homéricos de Segalà fluían libres y espontáneos en nuestras lecturas de adolescencia, con las asimetrías que tanto incomodan a los filólogos, pero también con esa unidad en la que creía tan dócilmente el primitivo auditorio de Homero, y que tantas y tan antipáticas veces fue puesta en duda desde los gabinetes eruditos, obsesionados siempre con la superstición de la autoría. Y Homero, el misterioso, ¿qué lugar ocupa en todo esto? Realmente, poco importa ya: tan sólo un mito necesario, un acto de fe o un simple pacto de lectura. Como la generación de las hojas, así la de los hombres.

***

Cerca de mí, en una mesa, junto a dos ediciones en Austral muy gastadas de las traducciones de Segalà, reposa el volumen de la Ilíada de José María Aguado que compré en aquella librería de viejo, con su color ocre y su olor a papel y tinta rancios y sus Zeus Crónez y sus Agamenón Atrédez y toda su batería de forzadas asonancias. Estos días tomé la rara decisión de continuar mi propia traducción de la Odisea, interrumpida hace casi diez años. Me quedé varado en el pasaje del canto cuarto donde Helena, en el palacio de Menelao, prepara a sus huéspedes el brebaje del olvido. Releo esos cuatro primeros cantos y me cuesta reconocer quién los tradujo. Cuántos Homeros, cuántos días y noches cabrían en Homero; cuántos nosotros en nosotros. La respuesta la tiene, como siempre, la paciente Penélope, tejiendo y destejiendo la mortaja.

Penelope Unraveling Her Work at Night, Dora Wheeler

El final del partenio

Os estuvimos esperando toda la noche del mundo.
Vuestra era la luz inquebrantable que crece en la vigilia,
el afán de los zapatos obligados al suelo,
la cautela, la lentitud, los límites.

Malabaristas enfermos de los buenosdías,
pastores de sensibles meridianos,
os quisimos acoger como se acoge un lamento
y arruinamos un triste horizonte por oíros.

Os estuvimos esperando detrás de una sonrisa intacta
y apenas os conocíamos, poco más de cuanto la noche propaga
peinándose las galernas sobre las azoteas.
Pero todo estaba en orden para vuestras manos largas,
todo para vuestro apetito de claridad y calles,
y la luna parecía lo que siempre sospechábamos:
la letra de un bolero descuidado
para escribir con saliva al dorso de las mujeres.

Porque habéis de saber
que si alguna vez robamos una excusa del cielo
o bebimos de las crines finísimas del vértigo,
fue para que llegarais al pie de la vendimia
como un azul desmedido que vomita su resaca.

Tantas veces fue preciso, sí,
volver a edificar sobre Aristóteles
una perfecta y nítida constelación de nalgas,
como tantas y tantas otras enloquecer en una rosa.
Tensaros como un arco hecho de sueños,
darle hilo, sin mucha fe, a una golondrina
para que vuele y gire y ascienda más allá de la frente.

Y todo fue por vosotros, por vuestras pupilas intachables,
tan débiles de tan redondas,
donde quisimos perdurar y convertirnos en un temblor lejano,
elemental divisa que os mantuviera a salvo
cuando fuerais a caeros por vuestra propia piel.

Desfondamos la noche de una voz limpia, indefensa,
y os ofrecimos las vulvas trenzadas en coro,
como quien regala la ternura de un pequeño animal ciego;
una página en blanco sólo para vosotros,
donde pudierais llorar sin doblez de calendario
y lamer hasta el cansancio vuestra propia muerte.

Os estuvimos esperando al fondo de la sangre;
habitamos planetas prematuros,
torres en llamas de extraviada ciencia,
y nos hicimos abismo, y nos unimos en la furia
que lleva a descuartizar las más inocentes preguntas
o asolar territorios bajo el candil del pecho.

Pero nunca llegasteis,
y siempre se hizo tarde,
y todo un delicado hemisferio se oxidó de pronto.

Y aprendimos entonces que no tiene patria la noche
sino el vino reseco que queda en las alcobas
y un perdido gramófono que fatiga su centro,
que gira ya sin ninguna música o razón,
donde se amargan los cuerpos traspasados de vísperas.


(De Tránsito, DVD Ediciones 2011)

viernes, 7 de agosto de 2015

El Liddell-Scott



Venerable y misterioso, el Liddell-Scott. Es como un ceñudo clérigo transfigurado en diccionario, bajo cuyas negras sotanas de cuervo se encierran apiladas, ahogadas casi, todas las palabras griegas que han sonado nítidas alguna vez a la luz del mundo, o en algún sueño, o bajo alguna frente extraviada, hasta la época bizantina. Ahora se puede consultar una versión digital en Internet, pero no es lo mismo, no es lo mismo. Porque es abrir el viejo Liddell-Scott y verse arrebatado por una repentina solemnidad que la versión digital no puede ni sabe emular. Falta ese color negro. El volumen, la densidad y el peso. Y la larga y oscura sombra de la semántica y la lexicología.

lunes, 3 de agosto de 2015

WL

De todos los azules irrepetibles que cruzaron la infancia me acuerdo ahora del azul de los coches cama, bajo la marquesina de la Estación del Norte en Madrid y sus metales decimonónicos, espesos. La promesa del viaje y el definitivo lema de Wagon Lits que rezaba sobre las ventanillas, como un título nobiliario: "Compañía Internacional de Coches Cama y de los Grandes Expresos Europeos". Ahora los trenes son descoloridos, casi transparentes, sin gracia. Corren más rápido, pero no llegan tan lejos.

sábado, 1 de agosto de 2015

Después de la tormenta

La sed de los relámpagos no tiene labios
—lengua ardiente tan sólo, lacerada de alucinado verde—,
y el agua de los charcos le puede robar un acorde a la luna.

Lo aprenderéis despacio
si abrís de par en par el vientre de una nube
y guardáis el silencio que late en los umbrales.

Aprenderéis que las hojas de afeitar son un capítulo inconcluso de la ternura
y el espejo un aguacero hecho de años,
y que el cielo y el suelo se quieren con locura,
acaso porque arriba y abajo se deletrean con los mismos vértigos
y el asfalto no puede vivir sin su dosis de estrellas.

Lo aprenderéis despacio,
mientras se aleja la tormenta en su galope sonámbulo
y sólo queda un sordo tambor que insiste al otro lado de la soledad.

Y así, podréis poner en hora vuestra casa
cuando las farolas vuelvan a clavarse en la intemperie
y todo alrededor se pueble de ventanas encendidas
y la tormenta sólo sea un vestigio de muchachas ausentes
que se pintan las uñas de los pies
con un color de luna en llamas
para robarle mil años al agua de los charcos.


(De Tránsito, DVD Ediciones 2011)

jueves, 23 de julio de 2015

Entrevista a Alvaro Cunqueiro

Aquella entrevista a Cunqueiro en el mítico A fondo de Soler Serrano. Una hora y pico de felicidad.


miércoles, 22 de julio de 2015

Un poema de Kostas Karyotakis (1896-1928)




En el prólogo a mi edición de Los trinos que se extinguen de María Polydouri (Vaso Roto 2013) incluía mi traducción de este poema de Kostas Karyotakis, perteneciente a su poemario Elegías y sátiras (1927).


[¡QUÉ JOVENES LLEGAMOS AQUÍ...]

¡Qué jóvenes llegamos aquí, a la isla despoblada, al fin
del mundo, cerca del sueño y lejos de la tierra!
Cuando se alejó el último de nuestros amigos,
fuimos viniendo poco a poco, arrastrando la perpetua herida.

Miramos con los ojos vacíos; desbaratado el paso,
cada cual emprende en soledad el mismo camino;
y sentimos enfermo nuestro cuerpo, su peso como de otro,
y, ahogada en la distancia, de nuestra voz nos llega sólo un eco.

Pasa la vida, sirena más allá del horizonte,
pero la muerte, la muerte cotidiana, con su bilis
será cuanto la vida nos traiga, aunque sonría
el rayo del sol, y aunque las auras soplen. Y somos jóvenes,

muy jóvenes; y aquí una noche nos dejó, sobre una roca,
el barco que ahora se pierde en el corazón del infinito,
se pierde y nos preguntamos qué tenemos, qué tengo,
cuando nos consumimos todos, y así de jóvenes nos vamos, apenas unos niños.

(Traducción: Juan Manuel Macías)

***

Τι νέοι που φτάσαμεν εδώ, στο έρμο νησί, στο χείλος
του κόσμου, δώθε απ’ τ’ όνειρο και κείθε απ’ τη γη!
Οταν απομακρύνθηκεν ο τελευταίος μας φίλος,
ήρθαμε αγάλι σέρνοντας την αιώνια πληγή.

Με μάτι βλέπουμε αδειανό, με βήμα τσακισμένο
τον ίδιο δρόμο παίρνουμε καθένας μοναχός,
νοιώθουμε τ’ άρρωστο κορμί, που εβάρυνε, σαν ξένο,
υπόκωφος από μακριά η φωνή μας φτάνει αχός.

Η ζωή διαβαίνει, πέρα στον ορίζοντα σειρήνα,
μα θάνατο, καθημερνό θάνατο, με χολή
μόνο, για μας η ζωή θα φέρει, όσο αν γελά η αχτίνα
του ήλιου και οι αύρες πνέουνε. Κι είμαστε νέοι, πολύ

νέοι, και μας άφησεν εδώ, μια νύχτα, σ’ ένα βράχο,
το πλοίο που τώρα χάνεται στου απείρου την καρδιά,
χάνεται και ρωτιόμαστε τι να ‘χουμε, τι να ‘χω,
που σβήνουμε όλοι, φεύγουμ’ έτσι νέοι, σχεδόν παιδιά!




sábado, 18 de julio de 2015

Esa memoria

Se tiende a olvidar que la poesía se hace con oído, memoria y voz (tres cosas que, en el fondo, son lo mismo); no con tinta ni papel, ni juegos textuales, ni microsoft word.

***

Un buen poema siempre es memorable. No importa que no lo recuerdes ahora. Antes de tu llegada ya había una memoria universal que lo recordaba, lo decía. A esa memoria los griegos la llamaron Homero.

viernes, 17 de julio de 2015

De todas las estrellas...

Estos versos de Safo sonaron por primera vez cerca de Asia Menor, en un tiempo anterior a la literatura, de una manera que nunca podremos llegar ni a imaginar. Su tono, sus acentos, sus cadencias se fueron para siempre con quienes tuvieron la suerte de escucharlos, como un momento irrepetible. Angelique Ionatos los canta y los rehace para nuestro presente con la pronunciación del griego vivo. La lengua griega, ni que decir tiene, siempre está viva: en tiempos de Safo, ahora... Dos simples momentos, dos presentes de un continuo. Una estrella nunca extinguida.


 *** 

Así traduje estos versos (frag. 104 en la ed. Lobel-Page) en mi edición de las poesías de Safo publicada en DVD Ediciones:

Ἔcπερε πάντα φέρων ὄcα φαίνολιc ἐcκέδαc ̓ Aὔωc, 
φέρειc ὄϊν, φέρειc αἴγα, φέρειc ἄπυ μάτερι παῖδα. 

 ... ἀcτέρων πάντων ὀ κάλλιcτοc. 

Estrella de la tarde, que traes cuanto esparció la blanca Aurora,
traes la oveja y la cabra, y a la madre le quitas la muchacha.

... de todas las estrellas la más bella.


lunes, 13 de julio de 2015

Ítaca de Cavafis en la voz de la gran actriz Eli Labeti

Nuevos dominios para acceder al contenido de Noches Áticas y Cuaderno Ático

Para consultar todo el contenido que se publicó en Noches Áticas, podéis visitar este dominio:

http://www.noches-aticas.blogspot.com

(Perdonad si algunos enlaces internos fallan. Se resolverá pronto.)

Los cinco números que se publicaron en Cuaderno Ático están disponibles para su libre descarga en la página de ISSUU:

http://issuu.com/cuadernoatico

domingo, 12 de julio de 2015

ADESTE HENDECASYLLABI QUOT ESTIS

Esta vez no
vendrán, Catulo,
los endecasílabos.

Aunque vacíes las botellas hasta el fondo de los ojos,
y persigas en todos los desaguaderos las últimas notas y la rúbrica aceitosa con que la noche se despide,
sólo obtendrás en respuesta tu propia saliva cayendo por el día,
el vacío, el deseo, el sutil infinito que media entre palabra y palabra
mientras las cosas te entregan su luminosa espalda ausente. Miedo. Miedo
o, sencillamente, el esbozo de una pantomima a punto de quebrarse
como el débil filamento de un recuerdo.

El beso, la caricia, la demora y la teta,
acaso una docena de naufragios, sueños enfermos de brea y acordeones malheridos,
la geometría intachable de la muerte en el sombrero de copa de Fred Astaire
—palabra y palabra—, y todo a la deriva en un puñado de islas desconocidas entre sí,
un vaivén de alas escoradas con un fondo elemental de ira,
sin remedio,
sin encontrar la tecla precisa, la trenza indispensable
que ponga en marcha, una vez más, ese pequeño y dulce y obediente animal retórico.

Hay un íntimo estruendo de máscara.

La certeza del mundo rendido a su intemperie.

El largo mundo donde llueve o lesbia.

Y en cada sílaba muerta, irreparable,
la perfumada culpa de su nomeolvides.

(de "Tránsito", DVD Ediciones, 2011)


sábado, 11 de julio de 2015

...Se posan

Ver posarse a una mariposa (suceso muy frecuente aquí) es de las más sutiles maneras que tiene el mundo para abstraerte del mundo. ¿La mariposa o la palabra? Parece que a las lenguas les divierte nombrar a la mariposa y no concibo un idioma que lo haga mediante un pobre monosílabo. Vocablos como "Bolboreta", en gallego, o "Petalúda", en griego moderno revolotean y se posan una y mil veces sobre nuestra imaginación.