viernes, 28 de agosto de 2015

El soñador

Algunas circunstancias de vistosa anacronía insisten en adornar la figura de Lord Dunsany. Como el  firmar sus libros con su título nobiliario en pleno siglo XX; o el ser dueño de un largo rosario de nombres propios, además de un castillo. Azares estos que contribuyeron a envolver en un vago embozo de leyendas y antaños a quien fue contemporáneo y conocido de Yeats. Parece que su días navegaron cómodamente a favor de esa estela. Vivió de las rentas y se dedicó a hacer lo que tantos caballeros británicos vinieron haciendo ya desde los fingidos tiempos del rey Arturo: conducirse por el mundo sin propósito definido por mor de una deportiva infecundidad.

Viajes, transatlánticos, cacerías, la guerra de los Boer, aventuras de vodevil y un escoramiento hacia ese encantador Oriente del que se había adueñado el Imperio Británico y cuyas piezas dispersas iba recomponiendo a su conveniencia. «No escribo de lo que he visto sino de lo que he soñado», afirmó una vez mientras Europa estaba en vías de convertirse en parque temático. Y, en efecto, la crítica lo suele vindicar como pionero de esa literatura de corte fantástico y heroíco, no carente de cierto aire reaccionario, que devino moda inagotable a partir de The lord of the rings de J.R.R. Tolkien.

Pero no es bueno aturdirse. Que toda o gran parte de esa novelería pueda ser despreciable, se debe a que es, llanamente, mala literatura. Separar la forma y el fondo nos conduce sin remedio a las trincheras del moralismo y de la ideología, donde se olvida que la literatura está hecha de palabras y que cada palabra es un mito y una metáfora del mundo, traída y llevada de boca en boca. Pero una vez agotada esa savia, su vieja herencia y su extrañamiento, las palabras se quedan en falsete, y los dragones, las espadas y los héroes que tanto demanda el público escapista, siempre sediento de la peripecia maravillosa, muestran demasiado fácilmente sus remiendos. El público escapista exige la suspensión de las leyes de la naturaleza de la misma forma que el público de la pornografía pide lo que pide. Tolkien, por contra, germanista y apasionado lector de aquellas mitologías, escribía desde el corazón mismo de sus vocablos, con una fe necesaria, y en ellos su voz poética encontró las teclas perfectas para interpretar y recrear admirablemente el mundo. Lord Dunsany, antes que Tolkien, discurriría por otros caminos y respiraría un perfume un tanto distinto.

Empecé a darme cuenta de ello en un verano de la adolescencia, cuando cayó en mis manos un ejemplar de En el país del tiempo, un ramillete de cuentos dunsanyanos traducidos por el gran Francisco Torres Oliver para la primera Siruela, que los editó en su inolvidable colección «El ojo sin párpado», de tapas duras y en un azul celeste, casi de otro mundo, tan irreal como ahora veo aquel verano y aquellas vacaciones. Confieso que en una primera ojeada azarosa de esos cuentos (algunos de ellos brevísimos) me desilusioné. No encontré allí los monstruos, los seres imaginarios y las aventuras que pensaba encontrar, y el verano era demasiado ancho y prometedor para demorarse; así que En el país del tiempo quedó olvidado en medio de su propio título. Pero llegó, como siempre acostumbra, el mes de septiembre, y en ese pausado desvanecimiento de promesas incumplidas hacia el antiguo oro de las tardes, como en un presagio, retomé el libro a regañadientes. Descubrí que el otoño, o más bien esa «primavera del otoño» que decía Juan Ramón, le sentaba extrañamente bien al vetusto noble irlandés.

No había, en efecto, ni dragones ni batallas; ni siquiera la muchedumbre a la que nos tienen acostumbrados los géneros épicos (¿hubo alguien a quien pusieran falta en Troya?). Por los cuentos de Lord Dunsany, antes bien, suelen pasar pocos personajes, extraños, singulares, muchos de ellos sumidos en un curioso abatimiento. Y, sobre todo, una voz que habla siempre como desde el entresueño, no sabemos si previo al día o a la noche. Se ha insistido a menudo en el carácter onírico de esas narraciones tan escurridizas, casi siempre colindantes con el poema en prosa. En todo caso no sería un sueño que es contrapunto de la vigilia. Ni siquiera están esos subrayados tan gruesos de lo fantástico que me tienden a incomodar en Poe o en Lovecraft. Al igual que sucede en la Odisea, el cuento dunsanyano sería un sueño circular, autoalimentado y expansivo: la vigilia de un sueño.

Vuelvo a recordar aquellos relatos. Apenas ya los releo, con nostalgia de aquel asombro primero. Incluso llegué a saber de memoria algunos pasajes, en esa prosa nítida y clara de la versión castellana de Torres Oliver. Como ese «Temíamos que habría muerto. Temíamos que habría muerto», repetido con pasión al último de los piratas, «El hombre de los pendientes de oro», que mira tristemente en el puerto cómo parten y llegan los grandes vapores. Quien no recordaría a Tom de los Caminos, el bandolero que se balancea ahorcado de un árbol en una noche de viento. Cuando espolearon su fiel caballo negro —nos dice el cuento— tras éste se le fue el mundo al desdichado Tom. O el espíritu de «La torre vigía», siempre alerta ante la inminente llegada de los sarracenos. Su interlocutor es incapaz de convencerlo: «–Yo me refiero –dije– a que no vienen ya. No pueden venir, y los hombres tienen miedo de otras cosas.... Y dijo él: “¡Los sarracenos! Tú no conoces su astucia. Ésa ha sido siempre su táctica. No vienen durante un tiempo, durante mucho tiempo; y luego, un día, se presentan”». Pero si hay un relato de esa colección del que siempre guardo un especial recuerdo es «Los sueños de un profeta». Un hombre es conducido por un vasto desierto ante los esqueletos, monstruosos, de los dioses muertos:

«...Y miré largamente aquellos hermosos huesos curvados que ya no podían hacer daño a la más pequeña criatura de todos los mundos que ellos mismos habían creado. Y medité largamente en el mal que habían hecho, y también en el bien. Pero cuando pensé en Sus manos volviendo rojas y mojadas de las batallas para hacer una prímula para que un niño la cortase, entonces perdoné a los dioses.»

Nosotros también podemos perdonar a Lord Dunsany hasta sus extravagancias nobiliarias. Entre su vida de comodidades regaladas, su castillo, sus safaris y sus folletinescos viajes a la India, también le desveló el duende, siempre a deshoras, de la poesía. Atendió su llamada solícito, como quien acude a un cocktail, y la poesía lo acomodó frente a su propio abismo, pues cada poeta tiene el suyo. El abismo que media entre cada palabra y mantiene unido el tapiz. Al cabo poco importa qué materia pueda tener ese tapiz, mientras haya tapiz; y en cualquier caso hace tiempo que dejé de creer en las banderías y las etiquetas de los genéros (realidad, ficción, realismo, fantasía, etc). Toda literatura es fantástica y simbólica, diría Borges, cuyos elogios dunsanyanos son harto conocidos; y a un joven y creacionista Gerardo Diego le matizaba Antonio Machado que toda poesía es creacionismo, si bien nunca creacionismo ex nihilo. No sé si volveré a leer algún cuento más de Dunsany. Pero desde el país del tiempo aquel verano —aquel otoño, su reverso— de la adolescencia ávida de monstruos y aventuras me sigue trayendo ese aroma de rara soledad y de melancolía. ¿Y Lord Dunsany, el soñador? Cabría añadir, si sirve de coda, que al final despertó, en 1957, durante algo tan poco aventurero y caballeresco como una operación de apendicitis.


domingo, 23 de agosto de 2015

Fragmentada Safo

La poesía se fabrica con una arcilla impura. Las palabras, el idioma materno; las palabras que son nuestra torpe y única herramienta heredada para intentar recomponer y comprender el mundo, para decir cosas sublimes y pequeñas banalidades, para quejarnos, para mentir o traicionar, para amar en ocasiones. De esta baja materia, maleada en una muchedumbre de voces y de tiempo, está hecho el poema que recordamos una tarde cualquiera. Y somos débiles. Y aunque hemos jurado mil veces no sucumbir a las supersticiones del biografismo en poesía o arte, también somos humanos, y por tanto estamos solos, y nos dejamos acunar y creer que alguien (un otro) nos está hablando desde el otro lado del poema, más allá de nuestra voz, compartiendo su propia soledad, que es a lo único a lo que podemos aspirar casi siempre. Sabemos, sí, que tal comunión no es posible. Y sin embargo, qué extrañamente cercanas y cálidas se nos hacen este género de amistades ilusorias. ¿Las irradiamos nosotros? ¿O es el poema el que al cabo va modelando al poeta, esa ficción filológica? Dentro de la poesía conviene no hacer demasiadas preguntas, y dejar que las cosas sucedan. Como una vez sucedió, sin más, esa curiosa amistad que cultivé con Safo, la poeta inolvidable de Mitilene, durante el tiempo inolvidable de mi vida que pasé traduciéndola, y dejándome traducir también por ella.

A pesar de la ligereza con que en filología clásica se manejan los siglos, y hasta los milenios, veintiocho siglos pesan demasiado, incluso para los hombros de la ceñuda  academia. Parece increíble que aún siga sonando algo de la voz de Safo, como una planta terca que crece en todos los eriales, incluso a despecho del frío, insistiendo en buscarnos y encontrarnos. Pero el de Safo es ya un simple nombre que está tras los fragmentos de los papiros que copiaron los alejandrinos. Para ellos mismos ya resultaba tan lejana como para nosotros pueden serlo Góngora y Quevedo. Un nombre ramificado también en mil ecos culturales, una influencia implacable (Swinbourne tuvo el arrojo de decir de ella que era «the greatest poet who ever was at all» ), o quizás, una mera tradicición poética repartida en innumerables teselas que hoy a duras penas podemos juntar. Ezra Pound, de hecho, homenajeó esa condición fragmentaria en uno de sus personales «experimentos sáficos», Papyrus. ¡Y cuánta Safo palpita aún en esas tres sencillas palabras bárbaras, ininteligibles para la propia Safo!

spring..........
too long.......
gongyla.......

Contamos con la certeza, en cualquier caso, de que esa voz hecha trizas viene a tocarnos desde muy lejos, desde un mundo previo a toda «literatura», que apenas acertamos a vislumbrar. Siempre me fascinó divagar sobre qué andamiajes sustentarían allí los poemas de Safo, qué entendería ella por «publicar» en un orbe que no conocía lo libresco y que apenas estaba empezando a jugar con la escritura, prácticamente relegada aún al ámbito del ritual. Cualquier conjetura nos puede llevar al delirio. Se habla de música, de danza, de mímica. ¿Cómo esos poemas gestados casi en la más radical intimidad anduvieron de boca en boca y acabaron siendo copiados por los severos y hacendosos alejandrinos? ¿Entendía el escriba el peso del corazón que depositaba en esa tinta, en el ocre otoñal del papiro, los amores perdidos, los celos, el odio y la ternura de Safo? ¿Qué timbre tendría la voz de la lesbia para sus cercanos, cuando escuchaban sus poemas? Todas estas incógnitas me resultaron fascinates, sobre todo porque seguirán siendo, para siempre, incógnitas. Por eso me decepcioné bastante cuando descubrí que la mayor preocupación de los filólogos para con Safo consistía en indagar en, digamos, su vida de alcoba.

Que sucesivas generaciones de doctos varones poco acostumbrados a las emociones fuertes  pasaran su tiempo en espiar por el ojo de la cerradura a una poeta griega de hace veintiocho siglos no sólo resulta bochornoso, sino que dice mucho de los habituales quehaceres de la filología y la cultura en occidente. Pero lo peor no fue esa chusma de jueces grises en sus despachos grises; lo peor, sin duda, fueron los bienpensantes, los que el gran Manuel Fernández Galiano llamó con su justa sorna «los maestros de la componenda», los que intentaron salvar a Safo de calumnias y habladurías y normalizarla de acuerdo con la moral del momento. A saber qué agitadas imágenes pasarían por la imponente cabeza de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff cuando acertó a dictaminar que la poeta de Lesbos regentaba una suerte de «internado para señoritas». Anacronismos de este estilo llevaron también (y me temo que aún llevan) a intentar compartimentar la compleja red afectiva de Safo de acuerdo con el léxico empleado en sus poemas. Como si tal empresa fuera posible en cualquier ser humano, empezando por los propios estudiosos que se afanaron en dilucidar esas fronteras. De tal forma que se llega a postular cuándo Safo ama con calidad de amiga, cuándo erótica u homoeróticamente, y en este último supuesto, en qué circunstancias pudo o no consumar, con datos fehacientes o razonablemente verosímiles, dichas relaciones. Llegamos a un caso espeluznantemente único en toda la historia de la poesía y la filología, en el que tenemos a más eruditos (muchos de ellos ya con cierta edad) metidos en la cama de un poeta que en sus propios poemas.

Tal vez a Safo le harían reír estos desmanes. Acaso porque sabría que, por mucho que la buscasen, nunca darían con ella, ni aunque la tuviesen delante. Pero tampoco podremos dudar de lo palmario de su amor, al margen de las vanas etiquetas. Ella no las quería ni las necesitaba. Se contentaba con el lenguaje del mito, en el que tan bien se explicaba y tan maravillosamente la entendemos. El amor como una serpiente dulce y amarga, que destroza los miembros. El amor que es como el viento que agita las encinas en el monte. Y aun con todo, seguiremos dividiendo a Safo, escindiéndola entre el somatismo más instintivo y extremo, casi animal, y el mero ámbito del psiquismo y la sentimentalidad. Otra frontera más. O dos Safos, aparentemente incompatibles, que solo viven en mentes enfermas: a las mujeres, cuando no se les ha negado el alma, se las ha hecho culpables de su cuerpo. Y tú, querida Safo, no has sido ni serás la última.

Pero además está eso que dejó dicho en un verso sublime para hacer añicos de una vez todo el pensamiento griego y occidental y, con este, su concepción del mundo: lo más bello es lo que uno ama. Mucho tiempo después Schopenhauer hablaría del mundo como voluntad y representación, pero cuánto mejor entendemos a la diáfana Safo, devolviéndonos a todos a nuestra humilde condición de humanos para mirar las cosas como sólo podemos mirarlas, porque de Anactoria únicamente acertamos a ver su luminoso rostro y nuestro amor es el de los eternos diletantes.

Ventiocho siglos han caído uno tras otro y a Safo, por mucho que nos afanemos en buscarla, la tenemos ya como la manzana de esos bellísimos versos, tan suyos, que enrojece olvidada por los cosecheros, en lo más alto del árbol, y no la olvidan, pero no pueden alcanzarla. Nos queda su magisterio y su verdad y su poesía hecha pedazos y el privilegio de saber decirnos un poema suyo en una tarde cualquiera, aunque la que oigamos ya solo sea nuestra propia voz cansada o descreída. Sabemos que en esa ruina de fragmentos la suma de todas las Safos posibles que la cultura de occidente nos ha entregado desde mil perspectivas no nos devolverá a Safo. Pero otros tuvieron más suerte. Su amigo el poeta Alceo, que la admiraba, la supo retratar como nadie en un verso memorable, que el azar del tiempo ha querido regalarnos, dejando allí la impronta de una mirada, en la siempre impura arcilla de las palabras:

ἰόπλοκ ̓ ἄγνα μελλιχόμειδε Σάπφοι

(«Con el pelo ceñido de violetas, pura, de dulce sonrisa, Safo»)

Y nos parece, sí, que lo escribió ayer.


Sappho and Alcaeus, Alma Tadema (1881)

viernes, 21 de agosto de 2015

Volver a Homero

Hace tiempo me topé con un curioso volumen en una librería de viejo de Madrid. El largo título rezaba así: La Ilíada de Homero. Epopeya dramática en cuatro jornadas, precedidas de un prólogo y seguidas de dos apéndices. Y remataba: Traducido verso a verso y palabra por palabra por José María Aguado. Es primera edición y está fechada en 1935. La publicó la Librería General de Victoriano Suárez, en Madrid.

Resultó ser un libro, como me temía, propenso al escondrijo, pues poco es lo que pude averiguar sobre él, rastreando aquí y allá. Está la ficha de rigor en la Biblioteca Nacional y la noticia de su publicación en la hemeroteca on line del Abc, y solo en los últimos años acertó a aparecer alguna referencia más, en la articularia académica, donde el volumen es mencionado de pasada como obra menor, rareza bibliográfica o —en el peor de los casos— extravagancia y manifiesta chifladura. En cierto sentido no es para menos, si empezamos a recorrer ese «verso a verso y palabra por palabra» con que el traductor defiende su trabajo. José María Aguado, en efecto, hizo desfilar con disciplina marcial los 15.693 versos de su Ilíada ante la premisa que se había trazado y que expone en un prólogo tan entusiasta como encendido y justiciero: verter la épica griega a la épica castellana (o lo que él entendiera por tal), y traducir los hexámetros de Homero en un tipo de versificación arromanzada, con largas tiradas de versos de dieciséis sílabas y rima asonante; un estilo, en suma, que recuerda vagamente a ciertas versiones modernas del Poema de Mio Cid. Es más: el traductor, sabiendo acaso que ha emprendido un camino sin retorno cuesta abajo, y preso ya de su frenesí, decide convertir el tradicional patronímico griego en los típicos apellidos de la rancia Castilla. De tal guisa que Zeus Crónida se convierte en Zeus Crónez. Pero también tenemos a Aquiles Peliaz, Agamenón Atrédez, Ulises Laértez, etc. Sin duda que esto suena a broma casi de tebeo, pero Aguado (que lo sabía), se defiende: «No dudo que de esta innovación se reirá la ignorancia, y tal vez la culparán los eruditos; pero yo no dejo de enorgullecerme de ella.»

Y orgullosamente y fiel a sus palabras, así arranca, ante nuestra perplejidad, su peculiar Ilíada:

Canta, diosa, los rencores de Aquiles Peliaz crueles 
que trajeron a los dánaos incontables padeceres 
y echaron al Hades muchas almas ilustres de héroes, 
cuyos cuerpos yacen presa de perros y toda suerte 
de aves; y así la sentencia cumplióse de Zeus, desde 
que primeras se apartaron tras insultarse [insolentes] 
Aquiles y el general de los aqueos Atrédez. 

[...]

Está claro que el bueno de don José María no tenía entre sus principales objetivos el de labrarse la amistad y cariño del homerismo académico. Pero si algo de pelea quería provocar, erró sus planes de medio a medio. El homerismo académico, en su habitual desdén hacia cualquier cosa que no fuera el homerismo académico, le pasó de largo sin apenas reparar en su presencia. Y con este, pasó también la Guerra Civil. Y los años, y el tiempo. Y allí vemos al traductor solo en el andén vacío, tal vez incapaz de adivinar que su revolución homérica terminaría en los azares de las librerías de lance, o en la curiosidad y la chanza de algún estudioso de hogaño. Yo, sin embargo, que no creo contarme entre los eruditos ante los que se defendía, siento un cierto afecto por Aguado, una especie de entrañable afinidad, por más que su trabajo me resulte un despropósito anacrónico, un soniquete, un homenaje al ripio y un decidido pastiche como mera poesía castellana. Pero siempre me pareció que emprender la traducción de Homero, independientemente del camino seguido, tiene un punto de heroísmo arrojado, tal vez de locura; es un salto de fe y un amor insomne que no se cuida de la victoria o el naufragio.

***

Hablar de Homero, fuera de la lengua griega, el helenismo más o menos militante o los vaivenes de la filología es, ante todo, hablar del arte de la traducción. Y es en esa asumida fatalidad, en nuestra irrenunciable condición de «bárbaros», donde el viejo cantor de la epopeya ha alimentado de sueños y símbolos la laberíntica imaginación de Occidente. Homero, no como el poeta que canta en griego, sino como el poeta infinitamente traducido; el primer resorte que pone en marcha la gran maquinaria de Babel. Traducir poesía: contradicción en los términos, algo anómalo que hubo de surgir forzosamente en las márgenes de ese absoluto llamado lengua griega.

Aun así, asumiendo la impropiedad del vocablo, conviene tener presente que toda traducción de poesía no ha de aspirar a otra cosa que a ser eso: poesía en la lengua de llegada. Y como tal ha de juzgarse, ya sea mala, buena, risible, sublime, en verso, en prosa, con rima o sin ella. La filología, por contra, tiende a viciar el trabajo del traductor con ese escrúpulo de la fidelidad al original. En el caso concreto de los poemas homéricos cabría preguntarse a qué debemos jurar dicha fidelidad: ¿a un supuesto «espíritu homérico» acaso? Estaríamos de enhorabuena si lográsemos saber en qué consiste tal espíritu. Con igual pompa, podríamos pronunciar «espíritu medieval» o «espíritu dieciochesco»... Construcciones así no dejan de ser reduccionismos y quimeras, pero el celo filológico del traductor todavía lo llevará a querer ser más homérico que el propio Homero. Me temo que el fiel traductor ha de deberse ante todo a su propia mirada, a su voz y a su presente, antes que pretender trasladar la obra original con una ilusoria asepsia y objetividad de acuerdo a una red de contextos culturales y estéticos que, por mucho que se empeñe, son en el fondo una mera reconstrucción, un esquema en la pizarra. El traductor, como lector que es, no puede traducir haciéndose a un lado de esa misma condición de lector, y lo que leemos queda ya sin remedio contaminado de nosotros, de nuestra vida, de nuestros cambiantes estados de ánimo. Leer, al cabo, es escribir y reescribir nuestra lectura, personal y única, perfectiblemente incompleta, humana. Y en ese mar azaroso de mil lecturas y épocas es donde los poemas de Homero se han acabado reescribiendo una y otra vez, volviendo a nacer en tantas voces como puertos acogieran al astuto Odiseo.

Pero si traducir poesía es una forma más de escribirla, con mejor o peor fortuna, quien traduce poesía no puede sino sentir la fatalidad de su propia lengua y su tradición. A algunos traductores les cabrá en suerte, incluso, comenzar ellos mismos nuevas vetas, nuevas tradiciones. Cómo no pensar, hablando de Homero y el español, en las versiones de Luis Segalà i Estalella, donde tantas y tantas generaciones nos hemos fascinado leyendo esa prosa torrencial y preciosista, deliciosamente  exagerada a veces, con que el erudito catalán hizo pasar ante nuestros ojos la Ilíada y la Odisea. Su solución para traducir los epítetos épicos fueron verdaderos hallazgos, algunos plenos de una lírica nostalgia, otros expansivos y casi delirantes en su juego de arabescos, pero todos inolvidables y admirablemente visuales. Las «cóncavas naves», «Odiseo fecundo en ardides», el yelmo de «tremolante penacho» y muchos otros no se deben a Homero sino a Segalà. Fue él quien los grabó en el imaginario y cualquier traductor español de Homero que venga después está destinado a dialogar o a entablar una tensión con ellos y con la dicción de su autor.

El siglo XX ha sido pródigo en notables traducciones de Homero. Pero si la de Segalà tiene una virtud especial, además de ese brillo fundacional, es la de mostrársenos con desnuda inocencia, sin aparataje crítico ni notas, sin un prólogo o mapa de ruta al que obedecer o traicionar. Una traducción ya es suficiente mirada crítica, ¿para qué más? Y no hay peor pecado para un traductor que el de la previa justificación. Los poemas homéricos de Segalà fluían libres y espontáneos en nuestras lecturas de adolescencia, con las asimetrías que tanto incomodan a los filólogos, pero también con esa unidad en la que creía tan dócilmente el primitivo auditorio de Homero, y que tantas y tan antipáticas veces fue puesta en duda desde los gabinetes eruditos, obsesionados siempre con la superstición de la autoría. Y Homero, el misterioso, ¿qué lugar ocupa en todo esto? Realmente, poco importa ya: tan sólo un mito necesario, un acto de fe o un simple pacto de lectura. Como la generación de las hojas, así la de los hombres.

***

Cerca de mí, en una mesa, junto a dos ediciones en Austral muy gastadas de las traducciones de Segalà, reposa el volumen de la Ilíada de José María Aguado que compré en aquella librería de viejo, con su color ocre y su olor a papel y tinta rancios y sus Zeus Crónez y sus Agamenón Atrédez y toda su batería de forzadas asonancias. Estos días tomé la rara decisión de continuar mi propia traducción de la Odisea, interrumpida hace casi diez años. Me quedé varado en el pasaje del canto cuarto donde Helena, en el palacio de Menelao, prepara a sus huéspedes el brebaje del olvido. Releo esos cuatro primeros cantos y me cuesta reconocer quién los tradujo. Cuántos Homeros, cuántos días y noches cabrían en Homero; cuántos nosotros en nosotros. La respuesta la tiene, como siempre, la paciente Penélope, tejiendo y destejiendo la mortaja.

Penelope Unraveling Her Work at Night, Dora Wheeler

El final del partenio

Os estuvimos esperando toda la noche del mundo.
Vuestra era la luz inquebrantable que crece en la vigilia,
el afán de los zapatos obligados al suelo,
la cautela, la lentitud, los límites.

Malabaristas enfermos de los buenosdías,
pastores de sensibles meridianos,
os quisimos acoger como se acoge un lamento
y arruinamos un triste horizonte por oíros.

Os estuvimos esperando detrás de una sonrisa intacta
y apenas os conocíamos, poco más de cuanto la noche propaga
peinándose las galernas sobre las azoteas.
Pero todo estaba en orden para vuestras manos largas,
todo para vuestro apetito de claridad y calles,
y la luna parecía lo que siempre sospechábamos:
la letra de un bolero descuidado
para escribir con saliva al dorso de las mujeres.

Porque habéis de saber
que si alguna vez robamos una excusa del cielo
o bebimos de las crines finísimas del vértigo,
fue para que llegarais al pie de la vendimia
como un azul desmedido que vomita su resaca.

Tantas veces fue preciso, sí,
volver a edificar sobre Aristóteles
una perfecta y nítida constelación de nalgas,
como tantas y tantas otras enloquecer en una rosa.
Tensaros como un arco hecho de sueños,
darle hilo, sin mucha fe, a una golondrina
para que vuele y gire y ascienda más allá de la frente.

Y todo fue por vosotros, por vuestras pupilas intachables,
tan débiles de tan redondas,
donde quisimos perdurar y convertirnos en un temblor lejano,
elemental divisa que os mantuviera a salvo
cuando fuerais a caeros por vuestra propia piel.

Desfondamos la noche de una voz limpia, indefensa,
y os ofrecimos las vulvas trenzadas en coro,
como quien regala la ternura de un pequeño animal ciego;
una página en blanco sólo para vosotros,
donde pudierais llorar sin doblez de calendario
y lamer hasta el cansancio vuestra propia muerte.

Os estuvimos esperando al fondo de la sangre;
habitamos planetas prematuros,
torres en llamas de extraviada ciencia,
y nos hicimos abismo, y nos unimos en la furia
que lleva a descuartizar las más inocentes preguntas
o asolar territorios bajo el candil del pecho.

Pero nunca llegasteis,
y siempre se hizo tarde,
y todo un delicado hemisferio se oxidó de pronto.

Y aprendimos entonces que no tiene patria la noche
sino el vino reseco que queda en las alcobas
y un perdido gramófono que fatiga su centro,
que gira ya sin ninguna música o razón,
donde se amargan los cuerpos traspasados de vísperas.


(De Tránsito, DVD Ediciones 2011)

viernes, 7 de agosto de 2015

El Liddell-Scott



Venerable y misterioso, el Liddell-Scott. Es como un ceñudo clérigo transfigurado en diccionario, bajo cuyas negras sotanas de cuervo se encierran apiladas, ahogadas casi, todas las palabras griegas que han sonado nítidas alguna vez a la luz del mundo, o en algún sueño, o bajo alguna frente extraviada, hasta la época bizantina. Ahora se puede consultar una versión digital en Internet, pero no es lo mismo, no es lo mismo. Porque es abrir el viejo Liddell-Scott y verse arrebatado por una repentina solemnidad que la versión digital no puede ni sabe emular. Falta ese color negro. El volumen, la densidad y el peso. Y la larga y oscura sombra de la semántica y la lexicología.

lunes, 3 de agosto de 2015

WL

De todos los azules irrepetibles que cruzaron la infancia me acuerdo ahora del azul de los coches cama, bajo la marquesina de la Estación del Norte en Madrid y sus metales decimonónicos, espesos. La promesa del viaje y el definitivo lema de Wagon Lits que rezaba sobre las ventanillas, como un título nobiliario: "Compañía Internacional de Coches Cama y de los Grandes Expresos Europeos". Ahora los trenes son descoloridos, casi transparentes, sin gracia. Corren más rápido, pero no llegan tan lejos.

sábado, 1 de agosto de 2015

Después de la tormenta

La sed de los relámpagos no tiene labios
—lengua ardiente tan sólo, lacerada de alucinado verde—,
y el agua de los charcos le puede robar un acorde a la luna.

Lo aprenderéis despacio
si abrís de par en par el vientre de una nube
y guardáis el silencio que late en los umbrales.

Aprenderéis que las hojas de afeitar son un capítulo inconcluso de la ternura
y el espejo un aguacero hecho de años,
y que el cielo y el suelo se quieren con locura,
acaso porque arriba y abajo se deletrean con los mismos vértigos
y el asfalto no puede vivir sin su dosis de estrellas.

Lo aprenderéis despacio,
mientras se aleja la tormenta en su galope sonámbulo
y sólo queda un sordo tambor que insiste al otro lado de la soledad.

Y así, podréis poner en hora vuestra casa
cuando las farolas vuelvan a clavarse en la intemperie
y todo alrededor se pueble de ventanas encendidas
y la tormenta sólo sea un vestigio de muchachas ausentes
que se pintan las uñas de los pies
con un color de luna en llamas
para robarle mil años al agua de los charcos.


(De Tránsito, DVD Ediciones 2011)