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domingo, 9 de septiembre de 2018

Segalá

Traducir la Ilíada o la Odisea al español supone, queramos o no, entablar un diálogo inagotable con Luis Segalá y Estalella. Si traducir literatura es lo mismo que crear literatura en la lengua mal llamada «de llegada», entonces el gran helenista catalán no sólo hizo eso, sino también poner en marcha una tradición a la que no tendrá más remedio que adherirse todo traductor de Homero que se precie. No negaré que con don Luis acabaremos también sosteniendo muchos pulsos, pero no habrá tensión ni malos modos. Antes bien, serán contiendas amistosas, cordiales y, sobre todo, divertidas a la par que enriquecedoras. No podría ser de otra forma, si en aquellas versiones suyas, eternamente reeditadas por Austral, resonará siempre el eco de nuestras primeras lecturas adolescentes de Homero. En esa prosa torrencial que revive los viejos hexámetros. Muchas veces excesiva, sí, pero jamás enferma de artificio ni de la soez (por hueca) ampulosidad. Se ensancha con toda justicia porque ancho es el mar, y como él, puede darse a algún que otro capricho en brazos del azar y de las olas. Genuina la voz y auténtico el entusiasmo. Sólo así podemos hallar tantas alhajas, algunas dueñas de una belleza casi alucinatoria. Cómo no recordar, por ejemplo, ese «yelmo de tremolante penacho». Pero hay uno de esos diamantes que me fascina especialmente. En un pasaje de la Odisea, Proteo (u Homero: tanto da) le dice a Menelao sobre Egisto que iba (literalmente traducido) «maquinando cosas indignas». No es otro el significado del sintagma homérico ἀεικέα μερμηρίζων. Pero he aquí que Segalá se lanza a una de sus cabriolas de pura fe, y entonces Egisto lo que iba era «revolviendo en su ánimo indignas tramoyas». ¿No es hermoso de verdad? ¿No dan ganas de paladear cada palabra para después salir corriendo monte abajo entre alaridos de júbilo, agitando las manos y arrancándose a jirones la ropa?

Volviendo del mundo Homérico a este otro más plano y gris, quién sabe qué indignas tramoyas se estarán revolviendo también aquí ahora, y en qué ánimos o en qué cabezas. Mejor no averiguarlo y recrearse con los dones de esta preciosa tarde, prematuramente otoñal. Y releer bajo esa luz, si apetece, algún pasaje de don Luis.

domingo, 22 de julio de 2018

Breve elogio de Telémaco

Cuando leía la Odisea de adolescente, en aquella traducción de Luis Segalá, me aburrían tremendamente los cuatro primeros cantos, conjunto que tradicionalmente se ha venido llamando la Telemaquia, es decir, las aventuras (raquíticas) y trabajos (más bien pocos) de Telémaco. ¿A quién le iba a emocionar esa pequeña Odisea doméstica de un mozalbete con pocas luces y que, además, era el único en la historia que parecía no enterarse de nada? Recorriendo esos primeros cantos, daba la sensación de que todos los personajes, en alguna medida, algo sabían. O, por lo menos, estaban bastante satisfechos de su lugar en la trama. Telémaco, sin embargo, parecía ignorarlo todo, conducido como iba en un estado de tenaz, e incluso entusiasta aturdimiento. Yo, además, deseaba acción, las navegaciones de Odiseo, sus naufragios y sus sirenas. Un deseo que acaso compartían conmigo los eruditos escoliastas de Homero, los cuales consideraban ese preámbulo, ya desde tiempo antiguo, como un añadido espurio al poema homérico. Pero ahora, cada vez más y a la vuelta de los años, no me cabe ninguna duda de lo magistralmente que la Telemaquia se encaja en el conjunto: tanto y tan bien, que se me antoja el verdadero eje y motor de la Odisea. El tedio de la adolescencia va dejando paso a un sabor de nostalgia que, acaso, los escoliastas, en su perpetuo estado adolescente, jamás acertaron a catar. Puede que la magia y el ensalmo de Homero vayan operando en nosotros según una pauta de sucesivos efectos retardados: Homero siempre golpea dos veces. Pero lo que es cierto es que me voy identificando más y más con Telémaco, personaje tan singular que ha conseguido pasar desapercibido siempre a costa del prestigio de su ilustre padre. Mientras Odiseo se prodigaba en mil símbolos por la imaginación y los mares de Occidente, a la par que se iba diluyendo y atomizando, como un rastro de recuerdo en la espuma de las olas, Telémaco consiguió ir más lejos gracias a su sabia y poco ponderada discreción: logró ser a un tiempo personaje de la Odisea y lector —el primer lector, asombrado, extraviado, sonámbulo— de la Odisea. Y es que Telémaco, al cabo, somos todos. Nos une la misma cara embobada y los ojos como platos cuando con él contemplamos el largo mar que tiene color de vino, el color perfecto para emprender navegación, pues que es el rojizo color de los atardeceres y de las preguntas y de las despedidas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El fino humor de Homero

En la Odisea (Canto III), Telémaco desembarca en la arenosa Pilo buscando noticias de su padre. Le acompaña Méntor. Pero no es Méntor sino Atenea, que ha tomado la forma de aquél: algo muy propio del poema de las apariencias y las transfiguraciones. Pisístrato, hijo de Néstor, recibe a los forasteros, y le entrega una copa de vino al impostado Méntor para que haga las pertinentes libaciones a los dioses. Ignora que le está pidiendo a una diosa de reglamento que entone una plegaria para sí misma, cosa que (por otra parte) Atenea acepta con naturalidad. Pero así lo cuenta Homero, en mi propia traducción:

[...]

«Ruega ahora, oh extranjero, a Poseidón soberano,
pues por él es el festín que aquí os habéis encontrado.
Mas no bien que hayas libado y rogado como es justo,
entrégale a éste la copa del vino que sabe a miel,
y libe, que también ruega, pienso yo, a los inmortales,
y de los dioses los hombres todos son necesitados.
Pero como es el más joven y tendrá mi misma edad
a ti doy primero la copa de oro.»

Tal dijo, y puso en sus manos la copa de dulce vino
y se alegró Atenea de hombre tan justo y cabal,
pues que a ella le daba primero la copa de oro.
Y al punto hizo muchas súplicas a Poseidón soberano:

«Escúchame, Poseidón, que ciñes la Tierra, no niegues
a quienes te hacemos ruegos que se cumplan estas cosas.
Primero de todo a Néstor y a sus hijos tráeles fama.
Mas luego a estos otros dales agradable recompensa,
a todos los pilios, por tan grandiosa inmolación.
Y haz que Telémaco y yo nos vayamos con el logro
de lo que hasta aquí nos trajo en raudo y negro navío.»

Tal pronunció en su plegaria y ella misma la cumpliera...

(Homero, Odisea. Traducción: Juan Manuel Macías)