jueves, 17 de febrero de 2011

Els dilluns de La Cigale (2º aniversario)

Cumple su segundo aniversario Els dilluns de La Cigale, el ciclo de lecturas poéticas (en el sentido más aristotélico del término) que Juan Vico y Álex Chico organizan un lunes al mes en el café La Cigale de Barcelona, con su decidida y encomiable apuesta por la diversidad estética. Un cálido oasis en medio de tanto acto literario monocorde de tedio y boato, como bien sabemos quienes tuvimos el honor de leer allí o, al menos en mi caso (timidez mediante), intentarlo. El ciclo no puede tener una divisa más feliz: "Los autores leen sus poemas, los poemas leen a sus autores". Pero sus dos artífices lo cuentan mucho mejor en esta crónica que escribieron para la web de DVD Ediciones:

http://dvdediciones.com/cronicas_lacigale.html


lunes, 14 de febrero de 2011

sábado, 12 de febrero de 2011

Olga Bernad escribe sobre Tránsito en el Heraldo de Aragón

Y aquí lo cuelgo, como un repentino escudo nobiliario, emocionado y agradecido:



(Fuente: Revista de artes y letras de El Heraldo de Aragón)

***


domingo, 6 de febrero de 2011

Tránsito, mi nuevo libro de poemas



Aquí, la novedad en la web de DVD Ediciones:

http://dvdediciones.com/novedades_transito.html

Y mi agradecimiento a Antonio Rivero Taravillo, por su generosa y tempranera mención.


Actualización: 9 de febrero del presente año:

... Y como las alegrías nunca vienen solas, la poeta Olga Bernad acaba de anunciar en su bitácora el nacimiento de su nuevo poemario, Nostalgia armada, primorosamente editado por Siltolá de Sevilla. Enhorabuena, vecina.

El enlace:

http://cariciasperplejas.blogspot.com/2011/02/mi-nuevo-libro-nostalgia-armada.html

jueves, 6 de enero de 2011

Epitaph, de King Crimson

Adoptando de entrada un tonillo cínico, podríamos decir que Epitaph de King Crimson es una gran canción a pesar de los excesos himnico-psicodelico-elegíacos del letrista (e iluminador) Pete Sinfield. Realmente, es una gran canción gracias también a esos excesos, que la definen y le son característicos. El glorioso final de la cara A de In the court of the crimson King es un riguroso clásico, como la poesía de Horacio. Igual algún día me da por divagar aquí sobre el concepto de "lo clásico". Pero, entre tanto, les dejo con una versión en directo del 69 (ese año), y con un Greg Lake en estado de gracia.

(Uno de esos vídeos que algún alma caritativa cuelga de vez en cuando por el Youtube y que duran hasta que Robert Fripp, justiciero, se da cuenta)

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Imagen de Beatriz pintada por Rossetti (un viejo soneto)

Este dolor tan dulce al contemplarte,
imagen muda, inmóvil fugitiva
de las horas (al tiempo que cautiva),
no sé de dónde viene, ni qué azar te

ha traído a trazar en esta parte
del mundo, en este cuarto, una ventana
donde, en tus ojos, la eterna fontana,
la fiebre por ser siempre y no acabarte.

Esta seda que araña, esta extrañeza
que es el hogar, no puedo describirla,
ni sé qué hechizo entre las sombras reza.

Es como un largo y silencioso grito
(una llamada acaso) es una esquirla
que se clava tiznada de infinito.

(De Azul de enero)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La nave

Pensar en la Odisea (cada loco con su tema) y saber que hay en el puerto, al caer de la tarde, una nave que aguarda con nuestro nombre, sólo para nosotros, igual que le aguardaba a Telémaco en aquellos versos. Y los amigos junto a ella. Una nave nueva, no desgastada por las olas, y qué importa que el tiempo haya desgastado ya su símbolo. Sentir, de pronto, que uno es el protagonista de su propia aventura. Una navegación humilde, sin lestrigones ni cíclopes ni sirenas ni nada parecido. Pero, a cambio, con el terrible deslumbramiento de lo real. Así debió de sentirse Telémaco aquella tarde ante su propia nave, mientras los pretendientes, esos capullos institucionales, se desplomaban junto a su cansado símbolo en la inacción, el tedio y la modorra de los palacios. Sentir, de pronto, el olor de la sal y la brea, a salvo de todo símbolo.

Les deseo una feliz Navidad y una nave en el puerto a todos mis lectores, y les dejo con esos versos de Homero. Por una vez en el año, con el gran placer de no traducirlos.

***
«Τηλέμαχ’, ἤδη μέν τοι ἐυκνήμιδες ἑταῖροι

ἥατ’ ἐπήρετμοι τὴν σὴν ποτιδέγμενοι ὁρμήν·

ἀλλ’ ἴομεν, μὴ δηθὰ διατρίβωμεν ὁδοῖο.»

ὣς ἄρα φωνήσασ’ ἡγήσατο Παλλὰς Ἀθήνη

καρπαλίμως· ὁ δ’ ἔπειτα μετ’ ἴχνια βαῖνε θεοῖο.

αὐτὰρ ἐπεί ῥ’ ἐπὶ νῆα κατήλυθον ἠδὲ θάλασσαν,

εὗρον ἔπειτ’ ἐπὶ θινὶ κάρη κομόωντας ἑταίρους.

τοῖσι δὲ καὶ μετέειφ’ ἱερὴ ἲς Τηλεμάχοιο·

«δεῦτε, φίλοι, ἤια φερώμεθα· πάντα γὰρ ἤδὴ

ἁθρό’ ἐνὶ μεγάρῳ. μήτηρ δ’ ἐμὴ οὔ τι πέπυσται,

οὐδ’ ἄλλαι δμωαί, μία δ’ οἴη μῦθον ἄκουσεν.»

ὣς ἄρα φωνήσας ἡγήσατο, τοὶ δ’ ἅμ’ ἕποντο.

οἱ δ’ ἄρα πάντα φέροντες ἐυσσέλμῳ ἐπὶ νηὶ

κάτθεσαν, ὡς ἐκέλευσεν Ὀδυσσῆος φίλος υἱός.

ἂν δ’ ἄρα Τηλέμαχος νηὸς βαῖν’, ἦρχε δ’ Ἀθήνη,

νηὶ δ’ ἐνὶ πρυμνῇ κατ’ ἄρ’ ἕζετο· ἄγχι δ’ ἄρ’ αὐτῆς

ἕζετο Τηλέμαχος. τοὶ δὲ πρυμνήσι’ ἔλυσαν,

ἂν δὲ καὶ αὐτοὶ βάντες ἐπὶ κληῖσι καθῖζον.

τοῖσιν δ’ ἴκμενον οὖρον ἵει γλαυκῶπις Ἀθήνη,

ἀκραῆ Ζέφυρον, κελάδοντ’ ἐπὶ οἴνοπα πόντον.

Τηλέμαχος δ’ ἑτάροισιν ἐποτρύνας ἐκέλευσεν

ὅπλων ἅπτεσθαι· τοὶ δ’ ὀτρύνοντος ἄκουσαν.

ἱστὸν δ’ εἰλάτινον κοίλης ἔντοσθε μεσόδμης

στῆσαν ἀείραντες, κατὰ δὲ προτόνοισιν ἔδησαν,

ἕλκον δ’ ἱστία λευκὰ ἐυστρέπτοισι βοεῦσιν.

ἔπρησεν δ’ ἄνεμος μέσον ἱστίον, ἀμφὶ δὲ κῦμα

στείρῃ πορφύρεον μεγάλ’ ἴαχε νηὸς ἰούσης·

ἡ δ’ ἔθεεν κατὰ κῦμα διαπρήσσουσα κέλευθον.

δησάμενοι δ’ ἄρα ὅπλα θοὴν ἀνὰ νῆα μέλαιναν

στήσαντο κρητῆρας ἐπιστεφέας οἴνοιο,

λεῖβον δ’ ἀθανάτοισι θεοῖς αἰειγενέτῃσιν,

ἐκ πάντων δὲ μάλιστα Διὸς γλαυκώπιδι κούρῃ.

παννυχίη μέν ῥ’ ἥ γε καὶ ἠῶ πεῖρε κέλευθον.
***

viernes, 17 de diciembre de 2010

Isla de siltolá, 3


Recibo hoy el número 3 de la revista de poesía Isla de Siltolá. Por la amable invitación de Javier Sánchez Menéndez, director de la ajedrezada editorial sevillana, y de mi vecina, amiga y poeta Olga Bernad, del consejo de redacción de la revista, tengo el placer de colaborar en este número con tres poemas inéditos y una reseña del último poemario de Eduardo Moga, Bajo la piel los días.

Agradecido a ambos, y un honor por contarme entre tal elenco de colaboradores. Más información:

http://siltola.blogspot.com/2010/11/isla-de-siltola-numero-3.html

martes, 7 de diciembre de 2010

4.48 Psicosis (Por Dimitra Kontou)


Que el dueño de este blog viaje a París no es una noticia transcendente, supongo, para mis lectores. Ni tampoco el que no vuele desde la gloriosa época de los hermanos Montgolfier. Pero sí aprovecho para hacerles una recomendación. El próximo viernes diez tendré el honor de ver a una gran actriz sobre el escenario, Dimitra Kontou, representando, re-creando el difícil monólogo de Sarah Kane 4.48 Psicosis, bajo la dirección de Telmo Herrera. Dimitra Kontou tiene una capacidad innata y asombrosa para emocionar y devolver en justicia la poesía a su estado natural de acto puro, de voz y gesto. La obra en cuestión se ha representado durante el pasado noviembre pero, dado el éxito de público y crítica, se ha extendido a los días 10, 16 y 23 de diciembre.
Si alguno de mis lectores está por París esas fechas creo que no debería faltar a ninguna de esas citas, porque tendrán el raro sabor de lo irrepetible, lo que se guarda como un tesoro en la memoria.

jueves, 4 de noviembre de 2010

¿Helenista?


Recojo las hojas de la gramática griega de Berenguer como el que junta un azar destartalado de días. Un nuevo remiendo para un libro viejo. Tal vez, en otra vida posible, otro ejemplar intacto esté esperando su eterno turno de desguace. Pero este pulcro afán de cuadernillos y de tablas vivió conmigo y se desencuadernará, fatalmente, con mi vida. Terminé por adoptarlo o él me adoptó a mí. Un desconocido escribió con mis manos mi nombre en la primera página. También una fecha, seguramente impostada, para consignar el legendario día del comienzo. Cualquier día, de hecho, hubiera podido ser el primero. Vivió conmigo este libro, sí, y supo volverse amarillo por igual con el amor o la esperanza. Mi ignorancia terca, mi continuo miedo a la desmemoria lo fueron deteriorando, oscureciendo, contaminándolo de mí, poblándolo aquí y allá de un tráfago de huellas dactilares. Surcos del miedo a no saber, o a no saber aún lo suficiente. No dejo de acudir a esas hojas para confirmar, entre zozobras, que todo está en su sitio, perfectamente tabulado, que el verbo τίθημι se sigue conjugando igual que ayer o antes de ayer, o cuando Quevedo y Góngora se intercambiaban sus brillantísimos insultos. Inalterable en la luz del sí o en la esquina más procaz del desconsuelo. Que ningún horror sobre la oscura tierra haya rozado siquiera esa sonrisa encerrada en su redoma, por la que tantos y tantos labios han pasado para confundirse al final con el gran río de las voces. A veces me acomete un sueño horrible. Estoy en medio de una plaza colmada de gente. Estoy desnudo y todos me señalan, porque no sé conjugar, de repente, el verbo τίθημι. Y entonces algo muy delicado y vulnerable en mi identidad se desploma, como el orgullo de un boxeador derrotado. Si Borges dijo en algún lugar que el olvido es una parte de la memoria, el griego, entonces, es una parte inagotable del olvido. Y pienso ahora en la inteligencia apasionada de Michael Ventris, en sus laboriosos insomnios sólo para arrebatar en su despacho una palabra griega al silencio del mundo y la materia, a ese negro pedazo de arcilla micénica donde transitara la jornada anodina, la vida indescifrable de un escriba. Y hubo una noche en que el mundo, a coro con Ventris, recordó en justicia una palabra griega que significaba "mesa". Pudo ser aquella noche o esta noche o todas las noches posibles (¿la recordaría Ventris, también, cuando se mató en su coche?). De hemisferio en hemisferio, el mundo, giratorio confidente de sí mismo, se regala al oído una palabra griega, tocada aún con el primer rocío y esa leve alegría triste del amor que comienza. Y yo recojo las palabras griegas de mi vida como el que busca y busca los más hermosos márgenes de la noche, la hipotética forma definitiva de su edificio. Y no tengo más clara conciencia de escribir en español como cuando, a un lado y otro de este cauce de palabras a tientas, advierto el infintito acecho del griego con todos sus brazos o presagios. Y pienso, por poner un ejemplo sobre la mesa, en tus grandes ojos negros, más allá de las máscaras que ríen o que lloran sin solución de continuidad. Más allá de ese rosario de vidas a través de las que hablas y te mueves. Pienso en tus ojos como el que pasa por un largo umbral de sombra, o se imagina sombra, un Sócrates vagabundo rodeado de gatos, a punto de transfigurarse también en gato suburbano y paradójico, incordiando la luna con preguntas, asaetado de calles en cualquier ciudad donde sólo habita tu ausencia. Y pienso en esas calles como los esmerados trazos que fijara el escriba para mayor gloria del insomnio. Y en la oscura arcilla de Micenas. Y en la noche como una infatigable mesa, sus palmas abiertas, de pronto inflamadas de mirtos. Y pienso en tus ojos y en qué forma tendré si tus ojos me piensan. O si me miran realmente. O si, en el fondo, están mirando más allá de mí, escrutando, desordenando los días recorridos fotograma a fotograma. Transparentándome hacia la norma tajante del horizonte. Recojo las hojas de la gramática griega del otoño, y escapan de mis manos al cielo con un repentino pálpito de alas extendidas. Donde tu voz y los siglos van labrando, tan delicadamente, su absoluto. Donde mi casa. Mi extraña casa.

jueves, 28 de octubre de 2010

Juana

La muy joven poeta Juana García Noreña ganó el Adonáis del 50 con su Dama de soledad, delicado y melancólico cuadernillo. No tardó en conmoverse el paisaje literario de entonces, y el aire ya repetía maravillas, como si los pájaros hablasen o las estatuas bajaran de sus pedestales. Juana recibió elogios de todas partes: léanse, por ejemplo, los cariñosos comentarios de Gerardo Diego o las efervescencias ultramarinas de Juan Ramón en el volumen que el primero dedicó a los anales del veterano certamen. Pero el final de la historia, si es que tuvo alguno, está bien registrado en el anecdotario descacharrante de la poesía española. Juana no era Juana, y las crecientes sospechas apuntaron unánimes hacia José García Nieto. Bien es cierto que hubo quien defendió una versión alternativa --creyente-- de los hechos, probablemente al dictado del propio García Nieto. Como toda mentira bien urdida, ésta termina por hacer brecha en la realidad, y se llega a asegurar, testigos mediante, que Juana había escapado de la canalla poética y buscado amparo como secretaria de una escritora madura, aportándose así esa pizca de sal lésbica que redondeó maravillosamente la parábola.

No sé por qué estos días me ha dado por pensar en la pobre Juana. Es triste que ahora se la recuerde más por la anécdota que por sus versos. Es triste que siempre se hable más de poetas que de poemas, como si quisiéramos siempre que los poetas fueran, inagotablemente, su propia pose, condenados al infierno de la autoría. Parece que a Juana no le perdonaron que tuviera más pelos en las pantorrillas de lo que se le supone a una tierna adolescente. De igual manera que a otros poetas no les toleran su ideario político, su condición sexual o la talla de sus pantalones, a Juana la condenaron por el pecadillo venial de no existir. Pero la poesía es la que inventa al poeta y no al contrario. La poesía es voz, y esa voz se parece a una conciencia: es conciencia, a veces masculina, otras femenina, según qué juegos. Al cabo, poco importa si García Nieto creó a Juana García Noreña, o si fue ella quien dio vida al director de la revista Garcilaso. Las dos posibilidades, de hecho, se me antojan perfectamente verosímiles. Sin duda, ambas sucediron a un tiempo.

martes, 5 de octubre de 2010

Un apunte sobre Macedonia de rutas


Desde que descubrí que Cercedilla era el limbo, y que yo formaba parte de él, no he dejado de encontrarme aquí a los personajes más curiosos. Una vez conocí a un capitán de submarinos retirado que me confesó, tras la indulgencia de unas cuantas cervezas y un par de gin-tonics, que había perdido la fe en Dios de sus ancestros marinos y que ya sólo creía en el National Geographic. Aún no se había inventado el Google Earth, que es la definitiva herramienta de dios, pero los motivos de esa nueva fe se me mostraron tan elementales como un periscopio que asoma su vertical incordiando el horizonte. Tanto vagar por debajo de las aguas, sigiloso y recoleto, parasitando las rutas de navegación de los mortales, y va y se da cuenta, al final, de que se irá al nicho sin conocer mundo. Al menos el mundo que vieron los que navegaban, homéricos, sobre el nivel del mar. Pero se trata de una mala conciencia geográfica muy extendida. Yo soy muy capaz de profundizar en ella, sobre todo bajo estas melancolías estacionales. Pero, ¿por qué se viaja?, podemos preguntar desde un octubre cualquiera. Debe haber motivos de peso, en el fondo, una especie de causa primera para iniciar la compleja maquinaria de la partida. Se ha viajado para crear imperios. O para destruirlos. Y para salvar a la pricesa del dragón. O viceversa. Se viaja para encontrar el amor o huir de él. En suma, como escribió Ray Bradbury, para desenterrar algo o enterrar algo. Odiseo, viajero por excelencia y náufrago por vocación, sólo quería volver a su casa, aunque el empeño le trajo no pocas distracciones y extravíos.

¿Y a cuál de esas posibilidades respondería el viajero que Antonio Rivero Taravillo representa en Macedonia de rutas, reciente y notable libro de viajes de su autoría? Tal vez un poco de cada. Podríamos añadir también, como pizca de sal, ese raro espécimen que es el viajero ocioso, casi lindando con el vagabundismo, a la manera de los caballeros artúricos. No confundan a esta última variedad con el turista, el cual no viaja sino que se teletransporta. Aunque hoy en día todos vamos más rápidos a los sitios, el viaje requiere un proceso, una delicada gradación de matices entre el punto A y el punto B y una capacidad de asombro demasiado complejos para el turista o su maniqueo proyector de diapositivas.

Confieso que Macedonia de rutas, si no me ha reconciliado del todo con viajar o los que viajan (por pura envidia hacia el autor, más que nada) ha conseguido reconciliarme de pleno con los libros de viajes, género que de hace algún tiempo tenía bajo sospecha. Recomiendo degustar el libro en lectura desordenada, azarosa. Hay lugares, muchos, cuya variedad no desmiente la gula del título. Está (cómo no) Irlanda, y la última Thule, y Francia, y Bretaña en Francia con los ecos siempre del gran Cunqueiro, y Roma, y la Sevilla de Cernuda y los secuoyas del Nuevo Mundo. Y una inagotable erudición arborescente que en ningún momento agrede ni se hace áspera, sino que fluye y reconforta como un buen trago de single malt a la tarde. Una prosa, en fin, tremendamente grata y que sabe ganarse a pulso la atención y el asombro del auditorio desde ese lugar del pub donde, de pronto, el murmullo sucumbe a las viejas historias.

Hay lugares, sí, que son, más que lugares, literatura. Y así los acoge el lector. Poco importa que Rivero Taravillo haya estado de verdad en los sitios de que habla. Las fotos que ha ido colgando en su blog todos estos años pueden estar manipuladas con el photoshop. Igual ha falsificado sus billetes de avión o barco. Pero eso es lo de menos. Lo importante, lo meritorio para este poeta y traductor de poetas es que ha conseguido trazar una perfecta e íntima poética, más ilustradora de su obra que cualquier posible ensayo de abstracciones o deambular teórico. Una poética en forma de geografía, concreta de ciudades y de nombres.

***

Macedonia de rutas, de Antonio Rivero Taravillo (Paréntesis, 2010)

sábado, 7 de agosto de 2010

El formato

Circula hace algún tiempo cierta corriente crítica que postula, profetiza y de vez en cuando practica la literatura fabricada con las nuevas tecnologías o alentada por ellas. Ya que las tecnologías son nuevas, esta literatura ha de resultarnos también nueva y mucho más avanzada que la literatura de doña Emilia Pardo Bazán, cuyas novelas, como sabemos, eran analógicas. Una literatura tan nueva ha de reclamar la atención del noviciado hacia la crítica que saluda los logros de avance con todos sus imperativos teóricos (o viceversa) de gala. Confío en que alguien sabrá disculparme el trazo grueso de mi enunciado, pero no acabo de comprender, atrapado como estoy en la impropiedad del lenguaje y en las decadentes mitologías, qué clase de relación necesaria puede darse entre la literatura, que se hace con palabras, y las nuevas tecnologías, que se componen de binarios, cables, microprocesadores y el cuñado que le instalará, aunque se resista, la última versión pirata del Photoshop. Miro con preocupación a mi teléfono móvil de 19 euros, que sólo puede llamar y recibir llamadas (en el peligroso límite de ser teléfono) y me pregunto, en esta caverna, si me estaré perdiendo algo por no tener el último tecnojuguete.

Los pelanas hackers, a quienes tanto debemos en términos de libertad, suelen llamar lamer a un espécimen de «usuario final», predilecto manjar de las corporaciones de software que, por haber logrado grabarse dos macros en un word, ya se siente capaz de refundar toda la ingeniería informática. A diferencia de un usuario honesto que ha de convivir varias horas al día con un ordenador, o de ese otro que, con igual honestidad, se reserva el derecho de aprender libremente, el lamer es un ultra-usuario, un enteradillo del que conviene precaverse en cuerpo y máquina y, en última instancia, un pelma con botones. No hay duda de que esta nueva ciber-crítica de que hablo adolece de una buena dosis de lamerismo. Ven sólo lo que las multinacionales quieren enseñarles, el último juguete que los tendrá entretenidos un tiempo, con un éxtasis exagerado, muy de plaza y pilón, ante los vaivenes tecnológicos.

Lo peor es que detrás de todo ese vistoso cortinaje de pantallas y quincallas no nos están aguardando, me temo, las nuevas tecnologías para celebrar el progreso a coro, sino una obsesión, ya no tan nueva, por lo que podríamos denominar (si nos divierte insistir en la jerga digitalizante) el formato. La moda es hablar muchísimo de los nuevos formatos frente a los viejos. Pero el formato sólo es una variante más del contexto histórico. En crítica literaria, caer en una concepción en extremo historicista es un pecadillo ingenuo que ya tiene su sabor de época, y el traginar teórico que nos ocupa tiene un retintín historicista desde el momento en que defiende la inmanencia de la literatura a su formato, cuando éste no deja de ser, al cabo, un mero accidente. Si se nos inflama la mirada histórica nos condenamos a presentarnos como unos puristas de gabinete, defensores sin tacha de una lectio divina frente a la ignorancia del lector desubicado que ha perdido el contexto como quien pierde un tren.

Pero si la obra literaria puede ser en justicia de alguien, lo será siempre de los lectores desubicados que pueda tener a lo largo del tiempo. De todos y de ninguno. Porque la obra literaria, en su impureza, es una pura y constante desubicación, sucesiva anacronía. Una tragedia de Esquilo no es la misma (si hablamos simplemente de formato) para el lector de hoy que para el público de Esquilo o para el propio Esquilo. Puede que tampoco para el lector que fui hace diez años frente al que soy (o intento ser) ahora. Tal vez, incluso, todo vuelva a cambiar si alguien distinto de mí me dice mañana en un bar cuatro versos de esa tragedia. Ni mejor ni peor, pero siempre, leal traidora, encontrándose a sí misma en su propia (mi propia) mudanza de piel o de paisaje. El formato mañana puede ser, sí, una tertulia improvisada de bar. En otro tiempo, una aburrida clase de griego. Hace más de dos mil años estaba construido a base de unos entramados culturales y cualtuales que se nos escapan. Mero objeto de arqueología, como Facebook pueda serlo de aquí a un tiempo, seguramente más breve de lo que los griegos tardaron en olvidar sus teatros y sus máscaras.

miércoles, 2 de junio de 2010

Apunte (14)

Tuve una vez un amigo que quería romper el soneto. Ingenuo de mí, yo no quería otra cosa que componer sonetos, así que pronto notamos una importante discrepancia de objetivos entre ambos. Y sin embargo es por eso, precisamente, por lo que nos hicimos tan amigos. No hay mejor compañía para un idealista que la de un materialista. Uno ve ahora aquellas escaramuzas subterráneas de facultad con una cierta ternura. Me divertía ser cómplice, eventualmente, del vandalismo libertario, aunque no me lo acabara de creer del todo y siguiera con mis sonetos del Ancien Régime en paralelo. Fue la época gloriosa de la invención del soneto de versos de una sílaba (a los efectos dos, pues eran todas tónicas sin remedio, como bien sabe quien ha leído a Quilis), jueguecillo al que me presté hasta que empezó a aburrirme. A las 24 horas, calculo. Y entonces sobrevino la época, no menos gloriosa, del soneto invertido, tanto en vertical como en horizontal. La primera opción la superamos pronto por ser demasiado obvia. ¿Pero qué decir de un soneto donde las rimas estuvieran al principio de los endecasílabos? Lamentablemente, nadie tuvo oído suficiente para comprendernos. Ni siquiera nosotros. Ni mucho menos su novia, a quien iba dirigido gran parte del corpus experimental de los dos agitadores.

Hace años que no sé nada de mi amigo, ni tampoco si logró liquidar, por fin, a ese maldito monstruo de catorce tentáculos (ni uno más ni uno menos, ahí radica su espanto). Pero, al margen de que éramos unos pardillos, acaba imponiéndose tarde o temprano una perogrullada clarísima. Probablemente, segundos después del nacimiento mítico del primer soneto de la historia, todo el mundo ya sabía que se podía romper. Claro, idiotas, lo difícil, lo divertido de verdad, es procurar que no se rompa. Es demasiado fácil retorcerle el cuello a un cisne. Y quien hiciera tal cosa no sólo sería un cabronazo, sino también un inquietante snob. Pero hay más. Probablemente todo gran poeta (y no bachiller tardío) que ha escrito sonetos ha sabido cómo romperlos, de la única forma posible, desde dentro, sin que nadie se diera cuenta. El último gran sonetista español, Blas de Otero, los rompía divinamente para dejarlos intactos. Por eso escribía tan bien en verso libre (o liebre) cuando quería. Me asusta ver cómo el colectivo hipotético de los poetas jóvenes no se acuerda apenas de Blas de Otero. Igual no quieren, o no saben, o les da vergüenza hacer sonetos. Puede que les asuste la libertad.