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sábado, 21 de noviembre de 2015

Crisantemos (María Polydouri)

CRISANTEMOS


¡Pálido púrpura! La lágrima se ha vuelto
una mágica gema en vuestra vestidura.
Qué importa que llevéis como corona regia
vuestra belleza en el oscuro invierno.

El beso del rubio sol, aunque fugaz
juegue por vuestra cabellera rubia de oro,
no será una esperanza, ni será un dulce sueño:
tan sólo sentiréis más fría vuestra nieve.

¡Pálido púrpura! Y el viento del norte
que os entona el «Hosanna» con todas las flores,
arranca vuestros pétalos antes de que se marchiten.

Y todas las alhajas que la escarcha humildemente deja,
y todos los exaltados cánticos de la tormenta,
en vuestro árido corazón florecen como lágrimas...


viernes, 11 de julio de 2014

Reseña de Los trinos que se extinguen, por Antonio Ortega

Antonio Ortega firma esta espléndida reseña de mi traducción de Los trinos que se extinguen, de María Polydouri (Vaso Roto Ediciones). ¡Muchas gracias!

domingo, 15 de junio de 2014

Dos reseñas de Los trinos que se extinguen, por Marta López Vilar y Mario Domínguez Parra

Estos días he tenido la alegría de encontrarme con dos espléndidas y generosísimas reseñas de mi traducción del primer poemario de María Polydouri, Los trinos que se extinguen (Vaso Roto Ediciones).

La primera la firma la poeta Marta López Vilar, y ha sido publicada en el último número de la Revista Puentes de Crítica Literaria y Cultural. Dejo aquí un escaneo de las páginas (un click para ampliar):


La segunda reseña viene a cargo de Mario Domínguez Parra, magnífico helenista y traductor, y ha sido publicada en el último número de la siempre recomendable revista Nayagua, que edita en formato digital la Fundacíon Centro de Poesía José Hierro. Dejo aquí el enlace (pp. 258-265):

http://www.cpoesiajosehierro.org/web/uploads/pdf/993d8ed59db9145454aabf4656251a73.pdf

¡Muchísimas gracias!

jueves, 15 de mayo de 2014

Premio para Los trinos que se extinguen (María Polydouri)

Una gran alegría, que quiero compartir aquí. Mi traducción de Los trinos que se extinguen de María Polydouri (Vaso Roto Ediciones), ha sido galardonada por la Sociedad Griega de Traductores de Literatura (Ελληνική Εταιρεία Μεταφραστών Λογοτεχνίας) con el premio a la mejor traducción de una obra griega contemporánea a lengua extranjera.


domingo, 16 de marzo de 2014

MARÍA POLYDOURI: EL GESTO DE UNA DESPEDIDA



MARÍA POLYDOURI: EL GESTO DE UNA DESPEDIDA

por JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN

(Texto leído en la presentación en Madrid de Los trinos que se extinguen)



Para empezar, antes de empezar, una frase de James Joyce habrá de darme pie. Tiene mucho que ver, además, con mi propósito de esta tarde: “La vida –escribe nuestro dublinés- no está aquí para ser criticada, sino para ser afrontada y vivida”. Razón por la cual –me digo- le lengua en la que uno escribe, si ha de ser esa misma vida (como lo es), también habrá de padecerla en carne propia; de no ser así, la experiencia no habrá servido de nada. Pero también quisiera decir, con Joyce, que ése es el modo en que debe entenderse mi relación con este libro que nos convoca, y que –desde ya- les recomiendo sin la menor reserva.

EN DIFERENTES OCASIONES Y EN DIVERSOS lugares, he tratado de señalar (y de explicar, hasta donde me ha sido posible) por qué en España, en la poesía española, nos ha costado tanto trabajo bajar el lenguaje a la altura de su naturalidad, que eso hicieron los poetas helenos hacia 1920, al optar por el uso del griego demótico en que escribieron, por ejemplo, Kavafis (aunque aquí lo hayamos leído a conveniencia, con vuelo de retórica sentimental) o Karyotakis, que fue un poco más allá, al lenguaje de la urbe y de la conversación –que tampoco hemos tenido muy en cuenta aquí, y así nos fue con la modernidad. Tal vez –lo he pensado mucho- todo se deba a que, entre nosotros, el habla es también, siempre, impostada y artificial; le ha sido muy difícil responder a la natural respiración de la palabra. Y lo digo, no porque suponga un atenuante; se trata, más bien, de todo lo contrario. Pero sigamos con nuestro cuento: entre esos dos más que notables poetas griegos y la irrupción, precisamente en 1930, del Seferis de la renovación y la europeización, quedó semioculta una voz tanto o más potente (por significativa) que la de cualquiera de ellos. Pertenece a una huérfana, estudiante frustrada y funcionaria aburrida de serlo, que responde el nombre de María Polydouri. En un momento dado, rompe su turbia y turbulenta historia de amor con el angustiado y pesimista Karyotakis; cree, de pronto, haber encontrado su sitio en París, pero la devoradora tuberculosis la devuelve a la carencia constitutiva de todo ser y regresa derrotada a Atenas, en el 28, para –recluida en el sanatorio Sotiría- recibir a la muerte apenas dos años después.

Relevante me parece el hecho de que los únicos dos libros que nuestra poeta llegó a publicar –Los trinos que se extinguen y El eco del caos- sean de 1928 y 1929, respectivamente. Una palabra, la suya, urgida a darse, por lo que se ve, en la desembocadura de la existencia: “este final, donde mi vida/ declina amarga y yerma”. Pero una palabra, también, que es por encima de todo voz –sonido- algo que se dice al aire, que allí queda por un instante y, casi al tiempo de decirse, se deshace o disuelve. La poesía como la música, pero también como el amor: no hay para qué buscarle un estuche de escritura donde deba permanecer bien guardada; el caso es darla, aun a riesgo de dar la vida en ella. Por lo mismo, quisiera subrayar que, si nos ha sido dado oír a María Polydouri tal cual, por la atenta mirada y el fino oído de Juan Manuel Macías habrá sido. Su traducción es ejemplar, precisamente por esto: ha tenido muy presente –y se ha cuidado mucho de- que el compás que domina en la poesía española no impida que oigamos esta voz singular tal cual es –para mí, al menos, un verdadero descubrimiento. Dije, apenas unas líneas atrás, que huérfana nuestra poeta; acabo de referirme a su voz en aire envuelta y disuelta, lo que precipita su palabra –“como un hilo cortado”, ha escrito- en la soledad, en el vacío. Pero, también frágil y enferma esa muchacha, desarraigada; para quien el amor nunca fue cauterio –al margen de toda interpretación, mediática diríamos hoy; falseadora, en consecuencia, de su biografía. Lo apunta también, y muy oportunamente, su cuidadoso lector y traductor.

Cómo podrá extrañarnos, entonces, la madurez con que se nos ofrece la poesía de esta mujer que, con tan pocos años, conoce todas las pérdidas pero se resiste y no renuncia. Así lo dice: “sin querer me he visto interrogando/ acerca del sentido de las pérdidas”. No sólo hay que tener coraje para ello (fe y fuerza la mantuvieron viva frente a la incertidumbre y debilidad de los hombres que la amaron); hay que tener el pulso bien templado de la sabiduría: voz, la suya, que no tiembla; palabra que nunca titubea… Esto me parece primordial en la poesía de María Polydouri; esto le otorga su indiscutible singularidad a la cual he hecho referencia. Merece –además- una breve reflexión. Saquemos a nuestra poeta de sus contextos; vengamos a algo que con su proverbial agudeza nos explicara otro sabio a quien, por sabio, parece habérsele dado de lado. Esto escribe José Bergamín. “Es al que se queda al que todo le sucede; al que se está quieto; porque lo dramático del hombre es estarse quieto: es quedarse (…) Lo que le pasa al hombre puede ser trágico, puede ser cómico: lo que le sucede es siempre dramático”. Y ésta es, precisamente, la situación que encara María Polydouri: un tenso dramatismo sostiene su poesía; al aferrarse a la palabra, nuestra poeta se afirma en agonía –en lo que por tal entendió, y como tal nos enseñó, quien supo muy bien qué era eso, nuestro Miguel de Unamuno.
En todos estos poemas, Maria Polydouri se atreve y da, siempre, un paso más allá del límite. Al hacerlo así, se pone a prueba ella misma para interpretarse, para explicarse, y ello la obliga a asumir la existencia como algo que no se limita a la mera circunstancia histórica (lo que pasa), sino que acoge también lo que sucede en su aquietamiento. Por ello, en vez de esa truculencia –tan habitual entre nosotros, y de la que tenemos muestra muy reciente- que hace del poeta espectáculo y olvida que la poesía es cosa seria, nuestra escritora opta en todo momento por la verdad; y el tiempo, entonces, vuelvo a Bergamín, en vez de ajustarse a una historia contada, “nos traspasa de permanencia”. Incluso para mí, que tanto lo he repetido, me suena –ahora, cuando escribo- a maximalismo impulsivo; aunque, apenas vuelvo sobre ello y me paro un poco a pensar, me rindo a la evidencia de que no, de que tenía y tengo razón: todo esto se acabó para siempre en los años treinta; cuanto ha venido después –condicionado por ideologías y economías varias- apenas ha sido redundancia, si no perversión de lo mismo. Preguntaría –y no sólo en el caso que ahora nos ocupa- dónde, después, hallamos una reflexión como ésta, o como la de Marina Tsvetáieva (que nos hizo compañía mientras leíamos a Polydouri), en tan corto tiempo de vida, sin que la palabra se le vaya de las manos a la poeta, sin que caiga en el menor desliz: “El mal nativo anida en medio de mi alma./ y soy la vida, y soy el caos, y nada espero de la suerte bufa”. Sobrecogedor, ¿no les parece? Pues les advierto que todo ello se hace aun más perentorio en poemas que –seguro- no les pasarán inadvertidos, como “Contigo” o –de manera muy particular- “En mi casa…”.

JUAN MANUEL MACÍAS ESCRIBE QUE, EN LA Polydouri, hay “una invencible, resignada inclinación hacia la muerte”. Pero qué muerte, será preciso preguntar. Sobre todo, cuando la poeta habla de esa “mañanita melancólica” –con diminutivo de tan intencionada como irónica agudeza. Porque no podemos hablar aquí, si seguimos con Bergamín, de una inclinación trágica, en la cual el patetismo sienta sus reales; esta poesía establece, más bien, una sabia distancia en la cual se instala la vida aunque sin perder, en ningún momento, la conciencia del morir. Distancia determinada por la constante interrogación, por ese diálogo implícito que permite a la poeta (que nos permite) salir de sí y ver qué: verse, vernos, mientras cumplimos la existencia. Lo dramático que ya señalamos, ahora en su más abierta manifestación. Esta poesía realiza la vida por encima de la condena, de las carencias que cómo vamos a eludir si nos identifican como seres humanos: alianza a la cual nos remitiera, en su momento, Claudio Rodríguez. Darse como inmolarse, pero en la memoria que es la verdad, no en la historia, su torpe sucedáneo, cuando no su máscara interesada; la memoria, insisto; restos del ritual que hace la vida: “Ven, dulce, aunque la noche llegue/ y la oscuridad no sea grata;/ una difusa corona de estrellas/ te ceñirá mi amor”. A lo que se suma –en el poema titulado “Sotiría”, por cierto- la inquietante presencia de aquel gato que Borges quiso que se apareciera a su protagonista, camino del Sur: “Y aunque yo no lo aguarde ha de venir (lo sé)/ el gato aquel que va de ronda./ Un gato que ignora lo que es una caricia,/ y ni la da ni te la pide”.

Y lo mismo que antes dije que en la poesía de María Polydouri no hay cuento de lo que pasa, sino que discurre por el tiempo sobresaltado de la memoria que traspasa de permanencia, habré de decir ahora que la poeta no habla con otros, que lo hace con el poema, con el hecho mismo de escribirlo y de hallar, mientras lo escribe, su propia forma poética, ajena por completo –en sus fundamentos- a patrones y modelos identificables. Vemos el poema y decimos: tal vez, muy convencional. Pero leemos y, entonces, la rara naturalidad de su palabra (de su respiración, de su espíritu) nos incomoda ya, nos saca del quicio en que estamos instalados: “Mi respiración. Vuestro aliento:/ no sé cuál os abatió los pétalos…/ cuál extinguió la luz en mis ojos…”. El lirismo intenso e indiscutible de estos versos contradice, a cada paso, la idea predeterminada que del lirismo tenemos, la que solemos utilizar –con tanto descuido como indolencia. Su singular contención nos advierte de que eso –en esta poesía- es otra cosa. Y la sintaxis –con sus giros inesperados- viene a aportar toda la carga de la prueba para lo que el poema quiere –debe- significar. Prosa y verso andan en él a porfía, en entrega mutua, para que no nos quedemos anclados en una misma viciosa reiteración. En la noche ha de cumplirse aquel diálogo que decíamos; en una noche que “llega/ así de suave, como un caricia, para tocarme/ y arrastrar mi pensamiento poco a poco/ hacia la oscura, interminable callejuela/ donde todas las dichas están aguardando mi tránsito”. Porque ella, la noche, es el espacio natural de la búsqueda y de las revelaciones: entre la una y las otras, la poeta avanza atenta siempre a la sensualidad violenta de una herida “que sorbe mi juventud y me deshace”.

¿Pero ese deshacimiento es, acaso, el final? Final, digo, del trayecto que el poema determina, o –si se quiere- del caminar de la existencia que sacude a la poeta en su fragilidad, en su orfandad… Desde luego que no. Quede claro: este desvío que señalo no se trata de un mero recurso retórico; la palabra de la escritora no nos deja margen para la duda: “la luz sagrada de otro mundo es la que flota,/ percibo cierto aire que llega trasmundano,/ que ni me llora ni se queja:/ simplemente parece llevar algo escondido”. Subrayo. Porque llanto y queja contradirían aquí lo esencial: la demasía hacia la cual Polydouri tiende al afrontar su experiencia poética, nunca desligada de su quiebra existencial, la conduce –y a nosotros con ella- hasta algo sagrado, sí, y también trasmundano; pero ambos son familiares de lo secreto que ella pueda, que nosotros podamos con ella, desvelar. Por eso, nunca es algo cierto; sólo parece que hacia allí tiende la palabra. A estas alturas de lo dicho, podría parecer redundancia, y hasta se halla meridianamente claro en estos versos; pero considero necesario volver, siquiera por un momento, a lo que señalaba acerca de la contención sintáctica del lirismo: en una encrucijada decisiva de la experiencia –existencial y poética- contenida en este libro, la sintaxis notablemente impregnada de prosa crece poéticamente, sin embargo, como nunca esperaríamos quienes tenemos el oído hecho a la “quincalla barata” de la que hablaba Juan Manuel Macías. Yo cerraría estas reflexiones con una afirmación que María Polydouri hace, y no por casualidad, en el último poema de este libro; titulado “Fiesta”, a mayor abundamiento. Esto escribe: “Después pedirán una canción, si acaso/ esperan una pálida alegría;/ pero mi canción será tan cierta/ que quedarán confundidos y en silencio”. Así he quedado yo tras mi lectura: confundido, pido más; pero en silencio, al modo reverente de la oración, sin el menor alarde de retórica. Si en alguno he incurrido, espero que la propia poeta (y todos ustedes, desde luego) sabrán perdonarme.

María Polydouri, Los trinos que se extinguen.
Edición bilingüe de Juan Manuel Macías.
 Madrid-México, Vaso Roto Ediciones, 2013



Octubre, 2013  

viernes, 21 de febrero de 2014

María Polydouri en Sevilla

Con la reimpresión del libro recién salida de la imprenta, estaremos presentando en Sevilla "Los trinos que se extinguen" de María Polydouri (Vaso Roto Ediciones) el próximo jueves 27, con un presentador de lujo, Antonio Rivero Taravillo. Será en la magnífica librería Birlibirloque, a las 20:00 horas. Una ocasión, sobre todo, para poder ver a queridos amigos que uno tiene allí.



martes, 21 de enero de 2014

Polydouri en el blog de José Luis Piquero

El poeta y traductor José Luis Piquero ha tenido la generosidad de colgar en su blog un poema de Los trinos que se extinguen.

Aquí el enlace, y todo mi agradecimiento: http://minombre.es/joseluispiquero/2014/01/20/un-poema-de-maria-polydouri/

viernes, 20 de diciembre de 2013

«Sotiría» (María Polydouri)




A Nora Polydouri

Llegamos a los últimos días del 2013 y no quería dejar pasar la ocasión de expresar en estas diosas y estas nubes mi agradecimiento por la estupenda acogida que ha tenido mi traducción del poemario de la gran María Polydouri Los trinos que se extinguen. Agradecimiento extendido --¿cómo no?-- también a Vaso Roto, la benemérita e infatigable editorial de Jeannette L. Clariond, que ha propiciado, aun con los tiempos que corren, que este libro fuera, finalmente, una realidad. Os iremos informando sobre las fechas de las presentaciones, empezando por la de Madrid (que tuvo que aplazarse el pasado noviembre debido a que el libro quedó agotado, repentinamente, en la distribuidora). Pero ahora os dejo con uno de mis poemas preferidos del volumen, el que lleva por título el nombre del sanatorio de Atenas donde la poeta de Kalamata pasó sus últimos años y que, paradójicamente, significa en griego "salvación". Puedo decir que traducir este libro (parte de mi proyecto de traducir la poesía íntegra de Polydouri) ha sido (quien me conoce lo sabe) una experiencia apasionante, un tramo inolvidable de mi vida, donde he traducido poemas que al final acabaron por traducirme a mí. Por lo demás, esta entrada va dedicada a Nora Polydouri, sobrina nieta de María, a quien he tenido el honor de conocer, siquiera "epistolarmente",  estos últimos tiempos.

***


«Sotiría»


Que se marche ya el día con sus luces.
¿Por qué la noche se demora tanto?
Entre las sombras del pinar
una butaca me espera.

Se apagarán las lámparas en las alcobas
y el sueño acudirá como un desmayo.
Una cama vacía, en este sitio,
no le sorprende a nadie.

Me envolverá la oscuridad,
mientras me enredo entre las sombras
profundas, y creeré ser algo,
otra vez, de este mundo.

En el temor se adentrará la noche
cuando el viento aparezca de repente.
El eucalipto agitará su cabellera
con los secretos de los sueños.

Acecharé el recóndito torneo
del otoño, ese enemigo invicto.
Me acunará, como una alegre canción,
su restallar desesperado.

Y aunque yo no lo aguarde, ha de venir (lo sé)
el gato aquel que va de ronda.
Un gato que ignora lo que es una caricia,
y ni la da ni te la pide.

Tan sólo se sienta a mis pies,
indiferente a la acritud del frío.
Con discreción, evita mi mirada,
y es como si me conociese ya de antiguo.

(María Polydouri, Los trinos que se extinguen,
Vaso Roto Ediciones 2013. Traducción de Juan Manuel Macías)


***

«Σωτηρία»

Ας περάσει πια η μέρα με το φώς της.
Η νύχτα γιατί τόσο αργοπορεί;
Στων πεύκων τις σκιές μια πολυθρόνα
με καρτερεί.

Των θαλάμων θα σβήσουνε τα φώτα
κι’ ο ύπνος θάρθη σα λιγοθυμιά.
Ένα αδειανό κρεββάτι, εδώ δίνει
εντύπωση καμμιά.

Θα με διπλώση το σκοτάδι κι’ όπως
μεσ’ στις βαθιές σκιές θα μπερδεφτώ,
πως είμαι θα πιστέψω πάλι κάτι
από τον κόσμο αυτό.

Μέσα στο φόβο θα βαθαίνη η νύχτα
όταν ο άνεμος θάρθη ξαφνικά.
Ο ευκάλυπτος τα μαλλιά του θα τινάξη
και των ονείρων μαζί τα μυστικά.

Το μυστικόν αγώνα θα γροικάω
του φθινοπώρου, ανίκητος εχθρός.
Θα με λικνίζη χαρωπό τραγούδι
ο απελπισμένος θρός.

Κι’ αν δεν την καρτερώ, ξέρω πως θάρθη
η γάτα αυτή που νυχτοπερπατεί,
μια γάτα που δεν ξέρει τι είνε χάδι
και δεν το δίνει και δεν το ζητεί.

Στα πόδια μου κοντά κάθεται μόνο,
αδιάφορη στο κρύο το παγερό,
διακριτικά το βλέμμα μου αποφεύγει
κ’ είνε σα να με ξέρη από καιρό.

María Polydouri, en Sotiría (Atenas). 1928.

sábado, 9 de noviembre de 2013

María Polydouri en Qué leer

Muy agradecido a Enrique Villagrasa por las amables palabras que le dedica a Los trinos que se extinguen en el número de noviembre de la revista Qué leer.




martes, 8 de octubre de 2013

Los trinos que se extinguen (ecos)

María Polydouri, en Sotiría. 1928



A principios del mes pasado anunciábamos por aquí la publicación en Vaso Roto Ediciones de Los trinos que se extinguen, mi traducción del célebre poemario (primero de los dos que publicó en vida) de la gran María Polydouri. Me alegra comprobar que estos trinos, en sus primeros pasos, se han ido ganando unos cuantos ecos acogedores y amistosos en internet. He tenido últimamente desatendidas a las diosas y a las nubes, y me hubiera gustado ir dando cuenta de estos ecos amables uno a uno, según llegaban. En cualquier caso, aquí van compilados, con todo mi agradecimiento.

El blog Grecia en los libros, a cargo del filólogo Julio Romero Fernández de Larrea, publicó, con el rigor que le caracteriza, la noticia de la novedad.

En otro interesante y recomendable sitio web, El muro de los libros, Pablo Santiago Chiquero firma esta magnífica reseña.

El poeta Luis Miguel Rabanal colgó en su siempre hospitalario blog el poema En mi casa.

En la versión on-line del periódico Zócalo de Saltillo (México) se puede leer un estupendo artículo, firmado por Sylvia Georgina Estrada, sobre la publicación del libro en México. Al artículo le acompañan cuatro poemas del libro.

Desde Inglaterra, el poeta Eduardo Moga dejó esta nota tan amable como generosa, en sus imperdibles Corónicas de Ingalaterra (epéntesis incluida).

Igual de generoso y amable este texto que escribía para su blog el poeta Álvaro Valverde.

Y otro gran poeta, Antonio Rivero Taravillo reseñaba así el libro para Estado crítico. Un honor.

Por último, no puedo ocultar la ilusión que me hizo ver cómo la web del Ayuntamiento de Kalamata (la ciudad donde nació la poeta), así como otros medios griegos, se hacían también eco de la publicación.

Primera edición de Οι τρίλλιες που σβήνουν
(Los trinos que se extinguen).
Atenas,  Kontomari, 1928

María Polydouri, Los trinos que se extinguen,
Vaso Roto Ediciones, 2013

lunes, 5 de diciembre de 2011

Un poema de María Polydouri




PORQUE ME QUISISTE

No canto sino porque me quisiste
en los años pasados.
Con el sol, con el presagio del verano,
y en la lluvia o la nieve
no canto sino porque me quisiste.

Sólo porque me tuviste entre tus brazos
una noche, y me besaste en la boca,
sólo por eso soy hermosa igual que un lirio abierto
y aún guarda el alma aquel escalofrío,
sólo porque me tuviste entre tus brazos.

Sólo porque tus ojos me miraron,
y el alma en tu mirada,
me ceñí con orgullo la más alta
corona de mi vida,
sólo porque tus ojos me miraron.

Sólo porque te fijaste en mí cuando pasaba
y yo en tus ojos vi pasar mi sombra
leve, como un sueño,
y jugar, y sufrir,
sólo porque te fijaste en mí cuando pasaba.

Porque, titubeando, me llamaste
y me tendiste las manos,
y en tus ojos traías el deslumbramiento
—un desbordado amor—,
porque, titubeando, me llamaste.

Sólo, sólo porque a ti te gustaba,
es porque mi andar sostenía su gracia,
como si me siguieras allá donde marchase,
como si pasaras por algún lugar cerca de mí.
Sólo, sólo porque a ti te gustaba.

Sólo porque me quisiste yo he nacido,
por eso sólo se me concedió la vida.
Y en esta vida triste, insatisfecha,
mi propia vida fue colmada.
Sólo porque me quisiste yo he nacido.

Tan sólo por tu amor inigualable
dispuso el alba rosas en mis manos.
Para alumbrar un instante tu camino
la noche pobló mis ojos con estrellas,
tan sólo por tu amor inigualable.

Sólo porque tan bellamente me quisiste
he vivido, para multiplicar
tus sueños, hermoso tú que has declinado,
y ahora dulcemente muero
sólo porque tan bellamente me quisiste.

(De Los trinos que se extinguen, Vaso roto 2013. Traducción de Juan Manuel Macías)

***

ΓΙΑΤΙ Μ’ ΑΓΑΠΗΣΕΣ

Δεν τραγουδώ παρά γιατί μ’ αγάπησες
στα περασμένα χρόνια.
Και σε ήλιο, σε καλοκαιριού προμάντεμα
και σε βροχή, σε χιόνια,
δεν τραγουδώ παρά γιατί μ’ αγάπησες.

Μόνο γιατί με κράτησες στα χέρια σου
μια νύχτα και με φίλησες στο στόμα,
μόνο γι’ αυτό είμαι ωραία σαν κρίνο ολάνοιχτο
κ’ έχω ένα ρίγος στην ψυχή μου ακόμα,
μόνο γιατί με κράτησες στα χέρια σου.

Μόνο γιατί τα μάτια σου με κύτταξαν
με την ψυχή στο βλέμμα,
περήφανα στολίστηκα το υπέρτατο
της ύπαρξής μου στέμμα,
μόνο γιατί τα μάτια σου με κύτταξαν.

Μόνο γιατί όπως πέρναα με καμάρωσες
και στη ματιά σου να περνάη
είδα τη λυγερή σκιά μου, ως όνειρο
να παίζει, να πονάη,
μόνο γιατί όπως πέρναα με καμάρωσες.

Γιατί δισταχτικά σα να με φώναξες
και μου άπλωσες τα χέρια
κ’ είχες μέσα στα μάτια σου το θάμπωμα
—μια αγάπη πλέρια,
γιατί δισταχτικά σα να με φώναξες.

Γιατί, μόνο γιατί σε σέναν άρεσε
γι’ αυτό έμεινεν ωραίο το πέρασμά μου.
Σα να μ’ ακολουθούσες όπου πήγαινα,
σα να περνούσες κάπου εκεί σιμά μου.
Γιατί, μόνο γιατί σε σέναν άρεσε.

Μόνο γιατί μ’ αγάπησες γεννήθηκα,
γι’ αυτό η ζωή μου εδόθη.
Στην άχαρη ζωή την ανεκπλήρωτη
μένα η ζωή πληρώθη.
Μόνο γιατί μ’ αγάπησες γεννήθηκα.

Μονάχα για τη διαλεχτήν αγάπη σου
μου χάρισε η αυγή ρόδα στα χέρια.
Για να φωτίσω μια στιγμή το δρόμο σου
μου γέμισε τα μάτια η νύχτα αστέρια,
μονάχα για τη διαλεχτήν αγάπη σου.

Μονάχα γιατί τόσο ωραία μ’ αγάπησες
έζησα, να πληθαίνω
τα ονείρατά σου, ωραίε που βασίλεψες
κ’ έτσι γλυκά πεθαίνω
μονάχα γιατί τόσο ωραία μ’ αγάπησες.