sábado, 1 de octubre de 2016

Una charla con Sergio Gaspar sobre Viento de tramontana



Juan Manuel Macías.- Tengo aquí al lado, en la mesa, tu espléndida Viento de tramontana (Edhasa), después de una nueva y placentera relectura. Dado que es tu primera novela, tras haber publicado en libro exclusivamente poesía, me ha venido a la cabeza la tan traída cuestión de los géneros y las etiquetas. Se suele hablar, además, de las novelas escritas por un poeta casi como un subgénero nuevo, en ocasiones con un plus añadido al «novelista puro»; otras veces como si fuera una especie de huida de la poesía y sus arcanos en busca de un público más diverso. Sin embargo, yo sigo reconociéndote en tu escritura... ¿Qué opinión te merecen estas cuestiones de géneros y fronteras?

Sergio Gaspar.- La literatura ha avanzado —o, al menos, ha sucedido— traspasando fronteras, mezclando y removiendo géneros, recreando y creando textualidades, en suma, siendo «impura». Soy partidario de la impureza, porque soy partidario de la literatura… Mi novela Viento de tramontana no es una novela de poeta, en el significado usual del término. No se trata de una novela lírica y etcétera. Hay abundantes referencias a la poesía, eso sí, y los lectores tropezarán con frecuencia con la generación del 27, sobre todo con Lorca y Cernuda, pero también con los clásicos españoles, o con Unamuno y Maragall, o con tu admirado Cavafis y su célebre poema «Esperando a los bárbaros». Mucha poesía, pero ninguna voluntad de escribir una novela de poeta. Tampoco una novela de novelista puro. Sí una novela de Sergio Gaspar.

J.M.M.- No puedo estar más de acuerdo con lo que dices sobre los géneros. Sí, hay una especie de melancolía en las etiquetas, las fronteras, como terminar un viaje o llegar a Ítaca… Mencionas las referencias a los clásicos españoles, Unamuno, Maragall, el 27, etc. Podemos abundar más en esto después, pues me parece un rasgo esencial de tu novela. ¿Será que la modernidad está en asumir la tradición propia del idioma en que escribimos? Dialogar con los clásicos como este diálogo que llevamos a través de meses en un word y que, sin embargo, parece suceder en un ahora...

S.G.- La literatura española debería conocer mejor y usar más su tradición literaria. Con empobrecedora y cateta frecuencia, la ignora o incluso la desprecia. Mi novela Viento de tramontana reivindica con claridad la tradición española, porque considero necesario reivindicarla. Mucho ojo: yo no soy ni seré nacionalista literario español —esa actitud se la cedo a una parte de las literaturas estadounidense o inglesa, que tienden al nacionalismo cultural y encima no lo saben—; yo me limito y me limitaré a señalar, por poner sólo un par de ejemplos, que Hamlet de Shakespeare no supera a La vida es sueño de Calderón de la Barca o que los sonetos amorosos de Shakespeare ni de lejos son mejores ni más actuales y eternos que los sonetos metafísicos de Quevedo. Ojo de nuevo: he leído muchísimo a Shakespeare, desde adolescente en las ediciones de Círculo de Lectores, y hasta he explicado y analizado durante semanas algunas de sus obras como profesor de literatura universal en varios institutos. Incluso me he dado el gusto, cuando era editor, de publicar El rey Lear, en una notable traducción de Enrique Moreno. No leer a Shakespeare es de idiotas literarios. No leer a Calderón de la Barca o a Quevedo, también es de idiotas. A partir de esto, que cada uno repase sus lecturas y extraiga sus conclusiones.

J.M.M.- Sí, tal vez se ha acabado extendiendo en España cierto —digamos— catetismo culto, o ecumenismo microscópico, o tal vez nunca nos hemos desprendido de él... Se olvida a menudo que se accede al autor extranjero casi siempre a través de una traducción, y que las traducciones son una visión crítica en el contexto de una época, una cultura, una lengua (casos como Fray Luis y Horacio, Unamuno y Kierkegaard, por ejemplo), fenómeno del que DVD Ediciones dio buena cuenta en su catálogo, junto a una vindicación de la literatura y tradición españolas, pero también del inevitable diálogo de éstas con la literatura y tradición catalana, bilingüe. Pienso que Viento de Tramontana surge de ese espíritu alejandrino (si me permites la comparación cavafiana), recogiendo distintas vetas y tradiciones, y renovándolas, frente a una «monolítica Atenas». ¿Crees que Viento de Tramontana, como la poesía de Cavafis en Alejandría, sólo podría haberse escrito en y desde Barcelona?

S.G.- Barcelona fue una ciudad decisiva, renovadora, en la historia de la literatura española y también en español —recordemos el boom hispanoamericano— durante el franquismo de los planes de desarrollo y en los primeros tiempos de la democracia. Hace años que perdió esa preeminencia. Viento de tramontana, igual que cualquier texto, se hubiese podido escribir en Teruel o en Almería sin ir más lejos. Bastaría con que el escritor cumpliese dos requisitos: conocer a fondo la conflictiva relación entre las culturas catalana y española, una relación de atracción y de rechazo, y dominar las estructuras narrativas posmodernas… Y, apartándome de esto, me gustaría insistir en lo que tú insinúas: la traducción no es simple traducción, sino uno de los géneros principales de cualquier literatura. Si personificásemos a la literatura, podríamos decirle: Dime lo que traduces y te diré lo que escribes. Una literatura escribe, en gran medida, lo que traduce.

J.M.M.- Pienso, en efecto, que todo arte es, en el fondo, una suerte de traducción, pues de la nada no se puede crear nada; aunque nunca traducción «literal», sino con esos espejos deformantes que, más que deformar, otorgan una nueva forma a la realidad. Al hilo de esto, leyendo Viento de Tramontana he imaginado que para los lectores y bachilleres del futuro el único Pujol real sea, tal vez, el personaje de tu novela...



S.G.- Viento de tramontana es, entre otras cosas, una parodia política. Así que los lectores encontrarán en sus páginas a Jordi Pujol, a Artur Mas e incluso a Francisco Franco, que pasea por la noche de Barcelona, acompañado de Josep Pla. Resulta digno de reflexión que algunos políticos notables sean más conocidos socialmente por su representación literaria y artística que por los libros de historia o sus biógrafos sesudos. ¿Seremos poderosos e influyentes los escritores y artistas…? Los bachilleres españoles saben de la existencia de Carlos III y Carlos IV, suponiendo que sepan algo de estos reyes, más por las pinturas de Goya que por la labor política de estos monarcas, menos conocidos por los españoles que Manolete, Manolo Escobar o Paco de Lucía. Muchos rusos se han hecho una idea de la personalidad de Napoleón Bonaparte por su presencia en Guerra y paz de Tolstói antes que por el esfuerzo de sus biógrafos… Pero, cambiando de tercio, el objetivo principal de Viento de tramontana no hay que buscarlo en la parodia política. Insisto en lo de antes: mi novela es un texto radicalmente posmoderno, pero construido con los materiales textuales de la tradición española. Es una invitación a bucear en la tradición literaria y en la realidad españolas para ser de verdad actuales y no de forma impostada, falta de raíces, de nervio y de vida. A mí no me parece mero azar que una obra tan universal como el Ulises de Joyce transcurra en un Dublín por aquella época bastante provinciano. Ni que Gabriel García Márquez localice parte de sus narraciones en el territorio ficticio de Macondo, igual que Faulkner optó por el condado de Yoknapatawpha, en Misisipi y no en los alrededores del Amazonas, el Tajo o el Nilo. Naturalmente, podríamos mencionar muchos contraejemplos de esto, pero, como nos aconseja Josep Pla con sabiduría argumentativa en Viento de tramontana, «de los contraejemplos mejor olvidarnos, si queremos tener razón».

J.M.M.- Yo creo (y así lo espero, por otra parte) que a Viento de tramontana, como a toda obra de arte verdadera, le deparan un número infinito de lecturas y lectores. Incluso será indispensable leerla en un futuro no muy lejano, cuando quizás a Garcilaso, o a Pla, se los conozca tan sólo por las recensiones de algún erudito norteamericano... En mi caso, es un libro al que siempre procuraré volver, entre esa serie de infinitas relecturas, como se regresa a una ciudad y siempre es la primera vez.

Para terminar esta charla (o, más bien, para ponerle un punto y seguido), me gustaría, si te apetece, que me contarás algo de tus proyectos literarios, o de que lecturas o relecturas te han venido acompañando últimamente.

S.G.- Gracias por tus elogios a Viento de tramontana. Muchas gracias. Reconozco que me gustaría que encontrase más lectores de los setecientos u ochocientos que habrá encontrado hasta ahora, según mis conjeturas y los datos de los que dispongo. ¿Proyectos? Escribo varias cosas a la vez, pero siempre lo hago teniendo presentes las palabras de Óscar Wilde en El retrato de Dorian Gray: «Me gusta demasiado leer libros para tomarme la molestia de escribirlos». Soy un escritor que lee, sobre todo. Releo estos meses, por ejemplo, tu traducción de la Poesía completa de Cavafis, que publicaste en Pre-Textos hace un año. Además de ser deliciosa, incorpora tres poemas en prosa inesperados y seductores. No me resisto a citar un fragmento: «Todas las normas de la ética —mal entendidas y mal aplicadas— no son nada, no pueden quedar en pie un instante más, cuando pase el Regimiento del Placer con sus estandartes y su música». Y citaré también dos lecturas recientes por las que siento un cariño especial, porque están vinculadas a la historia de DVD Ediciones, mi difunta editorial. La edición definitiva de Ciudad del hombre de José María Fonollosa, que incorpora los poemas aún inéditos de esta obra tan singular y tan mal conocida aún. Firma la edición José Ángel Cilleruelo y la ha publicado Edhasa. Y otra edición, también definitiva y ampliamente ampliada, hasta el punto de que se convierte en un texto nuevo: Nembrot, de José María Pérez Álvarez , que ha publicado Trifolium. Esta novela, sin duda, es de las mejores de la narrativa española escrita en la democracia.





miércoles, 28 de septiembre de 2016

Maria Polydouri ha decidido abandonar París



María Polydouri (Kalamata, 1902 - Atenas, 1930) ha decidido abandonar París. Le falta el dinero y el aire, y es poeta, tres formas perfectamente compatibles de haber perdido el mundo. María ha empeñado toda una mañana y 2000 años, junto a las últimas aguas del sueño, en pintarse las uñas con el único color posible que le queda, el morado implacable, pero casi translúcido, de la enfermedad. Desempolva su maleta y esconde en ella, bajo la rectilínea sentimental de su ropa interior, un pequeño abanico de adjetivos y el mapa invertido del tesoro, que se parece demasiado a la última radiografía de sus pulmones desahuciados. Divaga. Es invierno desde hace 2000 años, y el aire adquiere en ese ámbito un peso insoportable de hombre muerto. María se deshila por los túneles del metro como un vals marchito que nunca nadie supo bailar. O se confunde con las nubes cambiantes de turistas y empaña el objetivo de las cámaras con los pétalos ambiguos de su aliento. Ella es ahora la isla perfecta que navega sin archipiélago por la geometría urbana. Pero las calles y los bulevares y las ventanas y las iglesias y los parques, querida María, ya no te hablan ni te escuchan. París ya no es una ciudad, es simplemente el estado de ánimo desacompasado para siempre de ti, un gesto del tiempo que ya no te pertenece ni tú ya puedes (o no quieres) descifrar. Sólo te queda una evidencia, tan nítida, tan incontestable como el paisaje que la sangre dibuja, caprichosa, en el blanco himen burgués de tu pañuelo. París te ofrece la levedad inmensa de su espalda, mitad clavel, mitad medusa, y tú, con un breve gesto de tu mano, la despides, y te despides de todas las metáforas que has ido abandonando por las calles, picoteadas para siempre por las palomas imprecisas del invierno. María ha resuelto subir por última vez las escaleras del Sacré Coeur. No le importa la tos ni la fatiga. Sabe que cada peldaño ha de emprenderse como la sílaba de un verso, su número sagrado. Cada esfuerzo es una hoja más en la disciplina del amor: el amor como la voluntad que hace de la voz una vara inflexible e infantil, y otorga el destino de rimar viejos verbos griegos, de dos en dos, y aplicarles el dulce rocío de la primicia, como si nunca se hubiesen conocido. Te sientes desfallecer, pero sigues y sigues subiendo. 2000 años subiendo, aproximadamente. Y has conseguido dejar atrás a los turistas y a sus cámaras. Ya estás un poco más sola. Pero suben contigo, a tu derecha, la sonrisa arcaica del Egeo, los templos mutilados de sus dioses, la perpetua fuga de la melancolía. Y a tu izquierda, la muerte, inocente como una niña antigua en color sepia. Nunca conseguiste librarte de ellos, pues en ti hallaron el eslabón fatal que los juntaba. María Polydouri ha decidido abandonar París, una vez más, desde la cama de su sanatorio. La morfina la tienta con sus tibios coros de pies descalzos, bailando sobre ningún lugar y ningún tiempo. Le susurra al oído que la nada es la pradera más hermosa donde sólo florecen los adverbios que niegan. Pero las turbinas de los aviones en el aeropuerto Charles de Gaulle hacen demasiado ruído, y no te dejan dormir de una vez para siempre, querida María. Siguen girando desde hace 2000 años. Arrebatan el aire y lo envilecen. Dispersan las distancias y ahogan los nombres y las voces en su confusa prosodia. Y entonces te vuelve la conciencia y la servidumbre de la poesía, esa otra tú, la desconocida cotidiana que rima y sube los peldaños; y saber que las calles y los rostros que una vez quisiste tanto dejarán de ser hermosos, dejarán de ser simplemente con tu olvido. Y te sientes, de pronto, la última ciudadela, y no puedes permitir que el enemigo avance y esquilme. Sigues subiendo el Sacré Coeur. Nunca llegarás al final, y lo sabes, y no te importa. Los aviones se deshacen en rugidos y parten hacia cualquier lugar del mundo. Son como una plaga de carcomas que se alimentan de itinerarios y esperanzas. No puedes permitirlo. Y tu memoria, y tu incansable memoria es la única que queda en pie: es el mechón de una vela solitaria. Y su llama enferma, desquiciada, alucinada, se agita para salvarme mientras va quemando el poco aire que te queda.

(De Sucede en la voz de otros, Isla de Siltolá, 2015)

martes, 27 de septiembre de 2016

Urracas

Las urracas son los ruiseñores del otoño.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Vigilia y sueño

«Y el sol se puso y las sombras cubrieron todos los caminos», repite la Odisea, una y otra vez, como un ensalmo. Homero, igual que un viejo y severo mayordomo, va apagando todas las lámparas, porque en su mundo no cabe el insomnio. Hombres y dioses duermen hasta que llega la «Aurora de dedos de rosa». Por contra, Safo reivindica muchas veces el insomnio con encendido entusiasmo, y en sus poemas la luna es la que tiene los dedos de rosa. La vigilia de Safo, los ojos bien abiertos que a veces preferirían olvidar mantienen el planeta a salvo, incluso del propio olvido, mientras duerme un hemisferio entero. Creo que mi vida es una tensión entre Homero y Safo, entre el placer de dormir, esa agradable entrega a quién sabe qué, y el deseo (o la fatalidad) de no hacerlo, como si el sueño fuera a robarnos un pedazo de vida. Por fortuna, siempre hay tablas entre el ordenado Homero y la nictálope Safo.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El fino humor de Homero

En la Odisea (Canto III), Telémaco desembarca en la arenosa Pilo buscando noticias de su padre. Le acompaña Méntor. Pero no es Méntor sino Atenea, que ha tomado la forma de aquél: algo muy propio del poema de las apariencias y las transfiguraciones. Pisístrato, hijo de Néstor, recibe a los forasteros, y le entrega una copa de vino al impostado Méntor para que haga las pertinentes libaciones a los dioses. Ignora que le está pidiendo a una diosa de reglamento que entone una plegaria para sí misma, cosa que (por otra parte) Atenea acepta con naturalidad. Pero así lo cuenta Homero, en mi propia traducción:

[...]

«Ruega ahora, oh extranjero, a Poseidón soberano,
pues por él es el festín que aquí os habéis encontrado.
Mas no bien que hayas libado y rogado como es justo,
entrégale a éste la copa del vino que sabe a miel,
y libe, que también ruega, pienso yo, a los inmortales,
y de los dioses los hombres todos son necesitados.
Pero como es el más joven y tendrá mi misma edad
a ti doy primero la copa de oro.»

Tal dijo, y puso en sus manos la copa de dulce vino
y se alegró Atenea de hombre tan justo y cabal,
pues que a ella le daba primero la copa de oro.
Y al punto hizo muchas súplicas a Poseidón soberano:

«Escúchame, Poseidón, que ciñes la Tierra, no niegues
a quienes te hacemos ruegos que se cumplan estas cosas.
Primero de todo a Néstor y a sus hijos tráeles fama.
Mas luego a estos otros dales agradable recompensa,
a todos los pilios, por tan grandiosa inmolación.
Y haz que Telémaco y yo nos vayamos con el logro
de lo que hasta aquí nos trajo en raudo y negro navío.»

Tal pronunció en su plegaria y ella misma la cumpliera...

(Homero, Odisea. Traducción: Juan Manuel Macías)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Los barcos (C. P. Cavafis)



[Mi traducción de un poema en prosa de Cavafis incluido en la Poesía Completa del alejandrino (Pre-Textos), con un recuerdo a la preciosa lectura que hizo de este texto Aurora Luque, en la presentación del libro en Málaga.]


LOS BARCOS


Desde la Imaginación hasta el papel. Una difícil travesía, un mar cargado de peligros. Al primer vistazo, parece pequeña la distancia, y sin embargo cuán largo es el viaje, y qué estragos puede causar en los barcos que lo emprenden.

El primer daño viene por la naturaleza extremadamente frágil de la carga que transportan los barcos. En la plaza de la Imaginación, casi todas las cosas están fabricadas de fino cristal y diáfanas alfarerías, y aun con todo el cuidado del mundo, muchas se rompen por el camino, y muchas cuando desembarcan. Todos estos daños son irrecuperables, pues no cabe considerar que vuelva atrás el barco y se cargue un artículo de igual belleza. No es posible encontrar la misma tienda que nos lo vendió. La plaza de la Imaginación tiene puestos enormes y lujosos, mas no duran mucho tiempo. Sus negocios son breves, venden rápido la mercancía y liquidan pronto existencias. Rara vez regresa un barco para encontrar aquel vendedor con aquel artículo.

Algún otro daño se origina en el tonelaje de los barcos. Zarpan muy llenos de los puertos de ricos continentes, y después, cuando llegan a mar abierto, se ven obligados a arrojar una parte de la carga, para salvar el conjunto. De tal forma que apenas ningún barco se las arregla para traer sus tesoros intactos, tal y como subieron a bordo. Lo que se tira es por cierto lo de menor valor, pero a veces sucede que los marineros, en su gran apremio, arrojan al mar piezas de mucha estima.

Al llegar al puerto de la página en blanco se requieren nuevos sacrificios. Acuden los funcionarios de aduanas para inspeccionar el género, y deciden si deben autorizar la descarga. De ciertos artículos no se permite el desembarco, y otros sólo son admitidos en pequeñas cantidades. Son las leyes del lugar. No toda la mercancía tiene libre la entrada y el contrabando está estrictamente prohibido. Se restringe la importación de vino, pues los continentes de donde llegan los barcos producen vinos y licores a partir de uvas que crecen y maduran a temperaturas más generosas. En modo alguno quieren tales bebidas los funcionarios de aduanas. Embriagan sobremanera. No son recomendables para todas las cabezas. Hay en el país, además, una empresa que tiene el monopolio del vino. Fabrica un líquido que tiene el color del vino y el sabor del agua, y se puede beber todo el día sin que perjudique en absoluto. Es una antigua empresa, y siempre se venden muy caras sus acciones.
Pero estaremos felices, una vez más, cuando nuestros barcos lleguen a puerto, a pesar de tantos sacrificios. Porque, al cabo, con cuidado y grandes atenciones se reduce el número de artículos rotos o arrojados en el transcurso del viaje. Además, las leyes del país y las regulaciones aduaneras, aunque opresivas en gran medida, no son del todo disuasorias, y acaba desembarcándose una buena parte de la mercancía. Los funcionarios de aduanas no son infalibles, y algo de la carga viene en contenedores fingidos, con una cosa escrita fuera y otra distinta en el interior, y algunos buenos vinos se importan para banquetes selectos.

Pero hay otra cosa triste, muy triste. Es cuando pasan ciertos barcos enormes, con adornos de coral y mástiles de ébano, con sus grandes banderas blancas y rojas desplegadas, cargados de tesoros, los barcos que no llegan a puerto, bien porque toda la mercancía que traen está prohibida, o porque el puerto no tiene la debida profundidad para recibirlos. Y prosiguen su camino. Un viento favorable sopla en sus velas de seda, el sol bruñe la gloria de sus proas de oro, y se alejan en calma, majestuosamente, se alejan para siempre de nosotros y de nuestro puerto angosto.
Por fortuna estos barcos son muy raros. Apenas dos o tres divisamos en toda nuestra vida. Y los olvidamos pronto. Tan deslumbrante su visión como fugaz su tránsito. Y al cabo de unos cuantos años, si algún día —cuando nos sentamos ociosos, mirando la luz, escuchando el silencio— por azar acuden al oído de nuestra mente algunos versos inspirados, no los reconocemos al principio y atormentamos al pensamiento para recordar dónde los habíamos escuchado antes. Con gran esfuerzo se despierta el antiguo recuerdo, y nos acordamos de que esos versos eran de las canciones que entonaban los marinos, hermosos como héroes de la Ilíada, cuando pasaban los grandes, los maravillosos barcos, y se marchaban por su camino —quién sabe hacia dónde.

(1895-1896)

(De C.P. Cavafis, "Poesía Completa", Traducción de Juan Manuel Macías. 
Epílogo de Vicente Fernández González. Pre-Textos 2015)



lunes, 29 de agosto de 2016

Nada más humano

Nada más humano que el ladrido de un perro por la noche.

viernes, 26 de agosto de 2016

2 hilachas preotoñales


Mientras se marcha el verano, en algún lugar ya se estará fabricando a oscuras esa pátina que traerán los días, cuando acaso vuelvan a ser recordados. O reescritos.

***

Esos tonos de septiembre que ya se insinúan en algunos momentos del día, como algo que va madurando. El verano se vuelve un niño viejo.

jueves, 25 de agosto de 2016

25 años de Linux



Hoy se cumplen 25 años, nada menos, del nacimiento "oficial" de Linux. Quién se lo iba a decir a un joven estudiante finlandés, Linus Torvalds, cuando en la incipiente internet de los 90, en medio de las últimas coletadas de la fiebre hacker de entonces, lanzaba ese ya mítico correo, anunciando que ponía a disposición de todos un sistema operativo que había venido desarrollando como proyecto personal, casi como hobby. A partir de ahí, el crecimiento fue exponencial hasta hoy.

Pero hay un dato esencial. Linux habría acabado en el olvido, como una genialidad más de laboratorio, si no hubiese adoptado la Licencia Pública General, auspiciada por Richard Stallman, y se incluyera después dentro del proyecto GNU, del propio Stallman y la Free Software Foundation. Por eso, en la imagen de cabecera pongo, junto la mascota de Linux (el ya venerable pingüino Tux), el ñu emblema de GNU. También es cierto que GNU no habría podido caminar si no hubiese encontrado en Linux su anhelado núcleo. Ese matrimonio, GNU/Linux, con amor o sin amor (que ese es otro cantar) supuso la puesta de largo del software libre.

A día de hoy creo que muy pocos dudan de las ventajas tecnológicas de este tipo de software frente al software privativo. Por su propia naturaleza, por su carácter abierto para poder ser modificado, enriquecido y distribuido por quien quiera y donde quiera (desarrolladores particulares, comunidades, universidades, instituciones, empresas, etc), el software libre siempre estará un paso por delante. Algunos ejemplos: la práctica totalidad de servidores de internet corren sobre GNU/Linux; en animación y producción cinematográfica es un sistema que se ha venido haciendo cada vez más imprescindible; y en tipografía digital y diseño gráfico bien podría estar a la vanguardia, si no fuese por lo conformista, anquilosado de esa industria. Medios tiene de sobra para ello. ¿Y en el escritorio? Desde luego está a años luz de ese coladero de virus inestable llamado Windows. Y a Mac OS X, según diversos tests realizados, le metió unos cuantos goles en su propio campo, es decir, instalados ambos en un Mac.

Pero todo esto no deja de ser mera tecnofilia. Lo que trasciende, desde luego, es la idea de libertad. Idealismo, sí, pero bendito idealismo. El software libre respeta la libertad del usuario y no está en manos de ninguna corporación; sin puertas traseras, sin pactos con crujidoras ventanas o manzanitas luciferinas. Está desarrollado por y para la comunidad, una comunidad diversa, contradictoria a veces y sin centro definido, dentro de esos polos opuestos de pragmatismo e idealismo que representan Torvalds y Stallman. De hecho, es sabido que ambos se profesan una ojeriza casi legendaria, y ninguno pierde ocasión, en intervenciones públicas, de largarle al otro sus envenenadas (aunque siempre ingeniosas) puyas. Pero, como Góngora y Quevedo, condenados a un lazo casi imperecedero. A los usuarios nos quedará, gracias a ellos, y a todos los que han aportado (y aportan) su granito de arena, la libertad, y, sí, un pequeño resquicio para el idealismo.



miércoles, 17 de agosto de 2016

Al relámpago

La poesía se parece más al relámpago que a esa farola terca, voluntariosa, que insiste durante toda la noche.

martes, 16 de agosto de 2016

Reflejo

Ver la luna reflejada en el agua es como asomarse al fondo de la mitología.

sábado, 13 de agosto de 2016

Bajo el orden de Sirio




BAJO EL ORDEN DE SIRIO


Reverbera la madrugada con el saber del metal,
irisada, temblorosa en todos sus insectos;
y destila en su seno el néctar de los tejados,
zumo unánime de los durmientes, cervatillo
que anhela transparencia, olvido, sueño.

Bajo el orden de Sirio,
fragua antigua del cielo,
la madrugada se afianza en la fe de un mar perfecto,
un mar inquebrantablemente claro, cuya virtud de péndulo
sólo se sabe desde los brazos en cruz de la mujer tendida
que guarda en cada palma abierta esa brizna de púrpura,
ese vago desmayo del mundo que algunos llaman distancia.

¿Qué pregunta, qué inmenso enigma exhala
el orbe de los cardos, como un cerebro, al firmamento,
donde apenas perturba su trenzada geometría
la triste línea recta de algún avión que huye?

Hay demasiada noche acumulada
aún entre las ciudades que crepitan
como antorchas cansadas, y demasiada historia al margen
por descifrar en la vigilia larga
de las carreteras secundarias que ponen unos límites al vértigo.
Cuando apenas se adivina en el corazón de lo negro
la ansiedad del mundo
por llamarse mañana,
cualquier camino puede confundirse con el pensamiento
y el tacto de las hojas con el oro callado de algún vientre.

La madrugada templa su filo al infinito
en el grito acerado de dos gatos en porfía.
Así el deseo,
que vaga por las calles en un denso aliento de almizcle que no conoce el día,
se concreta en las uñas, tiernas al fin de haber anidado en tanta sangre sorda.
Porque la madrugada ya se hace un único gemido,
una torre blanca, enajenada en su pura vertical
sobre un lecho de certezas que lentamente la consume.

Certezas del amanecer
adonde ruedan las cosas como una dócil manada de lamentos.
Entonces mirad a Sirio:
ya sólo es una esquirla de fuego desahuciado,
un fugaz mordisco de naranja, un latido, un presagio
o un dedo compasivo que divaga hacia su sombra última
sobre el vértice frío de la espalda.


(De Tránsito, DVD Ediciones 2011)

lunes, 1 de agosto de 2016

Agosto

Agosto es el mes más parecido al limbo. Entre la tarde y la noche hay un lugar en que se escucha un rumor a lo lejos, dulcemente acompasado, tibia morosidad del mundo. No queremos pensar que, en el fondo, es una cuenta atrás.