lunes, 10 de noviembre de 2008
Las afinidades electivas
Gracias a la amable mención del poeta Juan Salido-Vico y a la gentil invitación de Agustín Calvo Galán, pueden leerme, si quieren, en Las afinidades electivas, ese monumental edificio de poetas, obra de una sola persona, Agustín, cuyo trabajo y entusiasmo merece todos los encomios. Yo sólo soy, como quien dice, un simple ladrillo.
martes, 4 de noviembre de 2008
jueves, 30 de octubre de 2008
Novedades de DVD Ediciones.com
La editorial renueva sus hojas en otoño. Dos novedades, dos poemarios:
--- El fósforo astillado, de Juan Andrés García Román, flamante premio Hermanos Argensola 2008
--- Hilo de nadie, de Lorenzo Oliván.
Un texto de Sergio Gaspar sobre el premio nacional de poesía 2008.
Pero no se pierdan tampoco estas dos crónicas mexicanas de Julio Espinosa Guerra, ni la última firma invitada de Álex Chico, ni la anterior, de Juan Salido-Vico.
Las lecturas de verano de Sergio Gaspar y el abajo firmante, como ya dije días atrás, ocupan la nueva sección El camión de la basura azul. Es más divertido leerlas ahora, con estos fríos.
Pronto, muy pronto, abriremos la sección de Monstruos en su laberinto. ¿Quién será nuestro primer monstruo? Hasta aquí puedo leer. De momento, les dejo con otro monstruo, versionando a Bertolt Brecht. Buen fin de semana, y no se me constipen. Yo me iré a buscar setas con el fantasma de Don Juan Tenorio, huyendo de mis vecinos disfrazados.
Boomp3.com
--- El fósforo astillado, de Juan Andrés García Román, flamante premio Hermanos Argensola 2008
--- Hilo de nadie, de Lorenzo Oliván.
Un texto de Sergio Gaspar sobre el premio nacional de poesía 2008.
Pero no se pierdan tampoco estas dos crónicas mexicanas de Julio Espinosa Guerra, ni la última firma invitada de Álex Chico, ni la anterior, de Juan Salido-Vico.
Las lecturas de verano de Sergio Gaspar y el abajo firmante, como ya dije días atrás, ocupan la nueva sección El camión de la basura azul. Es más divertido leerlas ahora, con estos fríos.
Pronto, muy pronto, abriremos la sección de Monstruos en su laberinto. ¿Quién será nuestro primer monstruo? Hasta aquí puedo leer. De momento, les dejo con otro monstruo, versionando a Bertolt Brecht. Buen fin de semana, y no se me constipen. Yo me iré a buscar setas con el fantasma de Don Juan Tenorio, huyendo de mis vecinos disfrazados.
Boomp3.com
lunes, 27 de octubre de 2008
Starless (King Crimson)
Esta canción se puede narrar como una leyenda. Arranca el melotrón sus sones de órgano en conserva, añorantemente analógico. No tardan los leves repiques del más delicado y salvaje de los baterías, Bill Bruford, el único mortal que es capaz de percutir en las alas de una mariposa y acariciar un trueno. Y se suma la frase repetida una y otra vez por las seis cuerdas maniáticas y soñadoras de Robert Fripp. Luego, claro, la voz doliente, grave, de John Wetton, insistiendo en que no hay estrellas, embozada en el saxo transparente de Mel Collins. Uno de los mejores momentos del rey carmesí, destilando sus más logradas mieles, pero con ese punto de amargor que tanto nos gusta a los crimsonianos confesos, esa larga coda instrumental que es una perfecta orgía del jazz más libre y ese algo más que sólo sabe hacer Fripp. Donde los instrumentos acaban perdiendo las formas, pero en detrimento de otras. Porque una orgía con King Crimson es siempre organizada y racional, como debe ser.
Sin estrellas y biblia negra, cuando comienza a llover...
Sin estrellas y biblia negra, cuando comienza a llover...
lunes, 13 de octubre de 2008
De arte poetica (fragmentos)
A veces suelo recuperar carpetas de traducciones que emprendí con mucho entusiasmo y dejé inacabadas. Una de ellas es el Arte poética de Horacio, la famosa epístola a los Pisones. Año tras año dejo incumplida la promesa de terminarla de traducir. Mi excusa, del todo injusta, suele consistir en la sospecha de que Horacio vertió sus mejores vinos en los primeros versos, y luego le salió un poema demasiado largo para mi gusto. Pero esto me consuela muy raras veces. Por si acaso a ustedes le consuela, aquí dejo unos fragmentos. Hay otra excusa secundaria, por cierto, que suele asumir los visos de una captatio benevolentiae: ¿qué demonios hace un helenista traduciendo a Horacio?...
***
A los más de los poetas, padres y jóvenes dignos de padre,
nos confunde la imagen del bien. Lucho en ser breve,
me hago oscuro; el que busca lo sutil extravía
nervio y aliento; se infla quien va tras lo sublime;
por tierra el muy prudente repta, y el que huye al trueno;
quien quiere una variante prodigiosa dibuja
un delfín en los bosques y un jabalí en las olas.
Evitar un pecado conduce al vicio cuando falta el arte.
***
Del orden la virtud y la gracia son éstas, si no fallo:
que se diga puntual cuanto deba decirse,
y lo más se postergue, y se omita entre tanto;
quiera esto, desprecie lo otro aquél que prometió un poema.
***
Aun siendo fino y cauto trenzando las palabras
dirás cosas brillantes si un vocablo sabido
se torna nuevo en recia coyuntura. Si acaso
hay que usar nuevos signos para aclarar conceptos, y labrar
voces nunca escuchadas por los cetegos de anticuadas ropas,
asumida la audacia, se aplicará discreta.
Y harán fe las palabras recién hechas si manan
de fuente griega y no vienen muy volteadas.
¿Qué le dará un romano a Cecilio y a Plauto, arrebatado
de Virgilio y de Vario? ¿Por qué he de ser mal visto
si mi obra gana un poco, cuando la lengua de Catón y Enio
enriqueció nuestro habla y aplicó nuevos nombres a las cosas?
Siempre fue y será lícito producir un término
marcado con el signo de su época.
Cual el bosque en otoño muda sus ho jas, y caen las primeras,
así de las palabras muere la vieja edad, y la reciente
florece y cobra fuerzas al modo de los jóvenes.
Nosotros y lo nuestro nos debemos a la muerte. Ya sea
que un Neptuno terreno libre —regia tarea— de los nortes
a las naves, o una infecunda charca, donde hincaban remos,
nutra vecinas urbes y haga sitio al arado,
o cambie el curso un río hostil a la cosecha,
instruido en mejor senda, mortales gestas han de perecer.
Con más razón quedarán las palabras, su vigencia y su aprecio.
Muchos vocablos muertos renacerán, y otros
que ahora están en vigor caerán, si quiere el uso
que es árbitro, derecho y norma del decir.
***
Dio la Musa a la lira referir de los dioses y sus hijos,
del púgil victorioso, del caballo que gana en la carrera,
del desvelo del joven, del vino de los libres.
***
Si no puedo ni sé conservar el correcto encadenado
y el tono de mis obras, ¿me llamarán poeta?
¿Preferiré, por torpe pundonor, ignorar a aprender?
A los más de los poetas, padres y jóvenes dignos de padre,
nos confunde la imagen del bien. Lucho en ser breve,
me hago oscuro; el que busca lo sutil extravía
nervio y aliento; se infla quien va tras lo sublime;
por tierra el muy prudente repta, y el que huye al trueno;
quien quiere una variante prodigiosa dibuja
un delfín en los bosques y un jabalí en las olas.
Evitar un pecado conduce al vicio cuando falta el arte.
***
Del orden la virtud y la gracia son éstas, si no fallo:
que se diga puntual cuanto deba decirse,
y lo más se postergue, y se omita entre tanto;
quiera esto, desprecie lo otro aquél que prometió un poema.
***
Aun siendo fino y cauto trenzando las palabras
dirás cosas brillantes si un vocablo sabido
se torna nuevo en recia coyuntura. Si acaso
hay que usar nuevos signos para aclarar conceptos, y labrar
voces nunca escuchadas por los cetegos de anticuadas ropas,
asumida la audacia, se aplicará discreta.
Y harán fe las palabras recién hechas si manan
de fuente griega y no vienen muy volteadas.
¿Qué le dará un romano a Cecilio y a Plauto, arrebatado
de Virgilio y de Vario? ¿Por qué he de ser mal visto
si mi obra gana un poco, cuando la lengua de Catón y Enio
enriqueció nuestro habla y aplicó nuevos nombres a las cosas?
Siempre fue y será lícito producir un término
marcado con el signo de su época.
Cual el bosque en otoño muda sus ho jas, y caen las primeras,
así de las palabras muere la vieja edad, y la reciente
florece y cobra fuerzas al modo de los jóvenes.
Nosotros y lo nuestro nos debemos a la muerte. Ya sea
que un Neptuno terreno libre —regia tarea— de los nortes
a las naves, o una infecunda charca, donde hincaban remos,
nutra vecinas urbes y haga sitio al arado,
o cambie el curso un río hostil a la cosecha,
instruido en mejor senda, mortales gestas han de perecer.
Con más razón quedarán las palabras, su vigencia y su aprecio.
Muchos vocablos muertos renacerán, y otros
que ahora están en vigor caerán, si quiere el uso
que es árbitro, derecho y norma del decir.
***
Dio la Musa a la lira referir de los dioses y sus hijos,
del púgil victorioso, del caballo que gana en la carrera,
del desvelo del joven, del vino de los libres.
***
Si no puedo ni sé conservar el correcto encadenado
y el tono de mis obras, ¿me llamarán poeta?
¿Preferiré, por torpe pundonor, ignorar a aprender?
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Traducciones
jueves, 9 de octubre de 2008
So-fo-nis-ba
La palabra Sofonisba es una caja de música dejada entre los primeros límites de octubre, un juguete huérfano en un paisaje irremediablemente adulto, un pequeño tesoro sin mapa. A saber cuánta lluvia tendrá encima. Y sin embargo, tras abrirla, descubrimos que ni la humedad ni el desamparo han logrado mermar del todo la fe de sus resortes. La melodía, sí, es algo más lenta ahora, un poco más oscura, pero en su esfuerzo lucha por saber sonar como la primera vez, cuando ni siquiera se lo pedíamos. Tres notas danzarinas y una cuarta inesperada, discordante, rara, final. He ahí el secreto. Una caricia sin cuidado que acaba en una pregunta de mil años. Y es que Sofonisba nos empezaba haciendo reír para dejarnos en silencio, perdidos de añoranza por cosas que nunca podríamos ver, destrozados por un sordo placer de belleza y aniquilamiento, removiendo el presagio de que ambas cosas, al cabo, pudieran ser lo mismo.
¿Quién no termina el día con el mediocre equipaje de su voz, gastadísima de justificar y justificarse en cada intercambio? Lo ponemos junto a nuestra cama, dócilmente, con los zapatos de un día más y el cotidiano catálogo de remordimientos. Apagamos el último cigarrillo y envidiamos a los ángeles, tan puros que no necesitan hablar. Y es entonces, al borde del sueño, cuando queremos encontrar a Sofonisba, y que nos vuelva a fingir un poco de misterio, con el tacto y las primicias de un beso repentino. Sabemos muy bien dónde la habíamos dejado, quizás debajo de algunas páginas distraídas o en el torpe amago de unos versos que se tendrían que suicidar de tan ingeniosos. Pero queremos tener a Sofonisba una vez más, como si fuera la primera vez, y pedirle que nos cante, sin la servidumbre de decirnos nada, sin la obligación de que lo hagamos nosotros. ¿Dije que era una caja de música? Ojalá. Qué ingenua coartada. No. La palabra Sofonisba es sólo una flauta de afilador y por eso es también su propia, inevitable melodía. Lo que ensombrece su compás, por tanto, no es la lluvia ni el otoño. Ni tampoco el vértigo del tiempo. Ni todos los que la han tenido ya en sus labios. Es la cruel certidumbre de nuestros pulmones o la pobre calidad de nuestro aire.
¿Quién no termina el día con el mediocre equipaje de su voz, gastadísima de justificar y justificarse en cada intercambio? Lo ponemos junto a nuestra cama, dócilmente, con los zapatos de un día más y el cotidiano catálogo de remordimientos. Apagamos el último cigarrillo y envidiamos a los ángeles, tan puros que no necesitan hablar. Y es entonces, al borde del sueño, cuando queremos encontrar a Sofonisba, y que nos vuelva a fingir un poco de misterio, con el tacto y las primicias de un beso repentino. Sabemos muy bien dónde la habíamos dejado, quizás debajo de algunas páginas distraídas o en el torpe amago de unos versos que se tendrían que suicidar de tan ingeniosos. Pero queremos tener a Sofonisba una vez más, como si fuera la primera vez, y pedirle que nos cante, sin la servidumbre de decirnos nada, sin la obligación de que lo hagamos nosotros. ¿Dije que era una caja de música? Ojalá. Qué ingenua coartada. No. La palabra Sofonisba es sólo una flauta de afilador y por eso es también su propia, inevitable melodía. Lo que ensombrece su compás, por tanto, no es la lluvia ni el otoño. Ni tampoco el vértigo del tiempo. Ni todos los que la han tenido ya en sus labios. Es la cruel certidumbre de nuestros pulmones o la pobre calidad de nuestro aire.
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varia
lunes, 6 de octubre de 2008
Las doncellas
Sabático torrente de caderas,
labios, senos, sandalias: es la vena
dulce de Venus. Miel y cabelleras
bajo la noche que se agita y suena.
Y queda un parloteo en las aceras.
Y queda un haz de farolas en pena.
Polvo fugaz del mundo. Carcajada
hacia el domingo, el lunes y la nada.
(De Azul de enero, 2003)
labios, senos, sandalias: es la vena
dulce de Venus. Miel y cabelleras
bajo la noche que se agita y suena.
Y queda un parloteo en las aceras.
Y queda un haz de farolas en pena.
Polvo fugaz del mundo. Carcajada
hacia el domingo, el lunes y la nada.
(De Azul de enero, 2003)
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Poemas propios
domingo, 5 de octubre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
El ritmo (Arquíloco de Paros)
Alma, alma agitada en penas sin remedio,
levántate y rechaza al enemigo;
oponle el pecho y firme aguanta su emboscada.
Y ni, al vencer, presumas largamente,
ni, vencida, te hundas en tu casa quejándote.
Ríe las dichas, llora los males, sin excesos:
comprende el ritmo que sujeta al hombre.
(Trad. Juan Manuel Macías)
(Nota: esta traducción mía de Arquíloco ya la puse en mi anterior bitácora. Pero es que este poema siempre me tranquiliza, como me tranquilizó en su momento traducirlo.)
levántate y rechaza al enemigo;
oponle el pecho y firme aguanta su emboscada.
Y ni, al vencer, presumas largamente,
ni, vencida, te hundas en tu casa quejándote.
Ríe las dichas, llora los males, sin excesos:
comprende el ritmo que sujeta al hombre.
(Trad. Juan Manuel Macías)
(Nota: esta traducción mía de Arquíloco ya la puse en mi anterior bitácora. Pero es que este poema siempre me tranquiliza, como me tranquilizó en su momento traducirlo.)
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Traducciones
lunes, 29 de septiembre de 2008
Kalevala y sampo
Tuve un profesor de griego (gran helenista y fino traductor) que aconsejaba (h)ojear una gramática de finés a todo aquel que pudiera pensar que el griego antiguo era una lengua difícil. Él mismo guardaba esa gramática en su despacho para cuando sentía la urgencia de acogerse a tal consuelo. El griego antiguo (y no diré nada nuevo a quien lo haya tocado, siquiera levemente) es una lengua bastante difícil. He ahí su gracia. Son famosas, por ejemplo, las incontables irregularidades diseminadas por toda su flexión verbal, la cual sólo se empieza a ver con cierta lógica cuando se estudia un poco de lingüística indoeuropea. Y no digamos si a alguno le da por meterse en el laberinto de los dialectos, que es como volver a recomponer el puzzle de nuevo. Pero parece ser que el finés (que no es una lengua indoeuropea) supera al griego antiguo en diversos extremos del arte de la tortura gramatical.
Me permito decir que la mayor belleza que se extrae del finés es su riguroso desconocimiento, donde un servidor milita con entusiasmo. El finés, visto así, como una lengua hermosamente inaccesible y secreta, está poblada de delicados matices vocálicos, sílabas abiertas, consonantes nítidas como campanillas y larguísimas palabras que parecen historias de otro tiempo, que han de narrarse, o posarse, con la solemnidad debida de una tarde de silencio y nieve. El maestro Tolkien se inspiró en la música de esta lengua para trenzar uno de sus dos dialectos élficos, el quenya. E incluso llegó a reconocer la influencia que tuvo en la alquimia de su mitología las lecturas deslumbradas e infantiles que hizo del Kalevala, la artificial epopeya finesa que compuso el estudioso Elias Lönrot en el siglo XIX sobre cantares tradicionales de antigüedad muy diversa (algunos de época cristiana, otros remontados nada menos que unos 2000 años atrás).
Tal vez por la dificultad de la lengua (y porque estamos en España, no lo olvidemos) encontrar una traducción al castellano del Kalevala siempre fue empresa imposible. Allá por mi primera adolescencia me tuve que contentar con una descolorida selección en prosa en la inefable biblioteca Bergua. El traductor y editor, Juan B. Bergua, no dice en ningún lugar del prólogo (pillín) que su traducción lo es de otra traducción francesa. Así que habría que esperar unos cuantos años más para que llegara la primera (y que yo sepa única) traducción seria, la de la profesora Ursula Ojanen y Joaquín Fernández, editada en Alianza Tres, y que es espléndida y constituye un trabajo filológico notable. Muy feliz, además, la elección del tipo de verso para verter esos cantos de hechicería, casi susurrados: el eneasílabo, que de nuestros metros tradicionales es el más escurridizo e inquietante. La edición cuenta con un interesante prólogo de los traductores y, sobre todo, con un inspiradísimo anteprólogo de Agustín García Calvo, cuyo desconocimiento del finés también merece un elogio.
El Kalevala en sí está poblado de hermosas ignorancias. Por ejemplo. En un pasaje, el héroe Vainamoinen (que también es poeta: poesía y magia están indisolublemente unidas en esta obra) desea construirse un barco, pero le faltan tres palabras para acabarlo, y habrá de ir a buscarlas al reino de la Muerte. ¿Qué sucederá?... En otro pasaje, Vainamoinen y sus amigos van en busca del Sampo, objeto maravilloso que confiere un gran poder (y tal vez, incluso, la melancolía de haberlo encontrado). Pero nadie sabe qué es realmente el Sampo o para qué sirve (¿molino, rueca, talismán?), ni los traductores, ni los exegetas del poema, ni Elias Lönrot, ni, acaso, los propios héroes del Kalevala.
Esta ignorancia respecto al sampo siempre me maravilló. Todo poema es, ante todo y casi siempre sin querer, una metáfora de la propia poesía. El objeto poético llamado Kalevala no se libra de ese curioso destino. Podemos decir perfectamente la palabra “Sampo” sin saber su significado en una presunta (y aburrida) realidad secundaria, y eso supone una liberación de todo malsano conceptismo, de cuyos deplorables vicios en absoluto tuvo culpa Quevedo. De igual manera que alguien pudo encontrarse con la autoridad para escribir una vez de nenúfares sin haber visto ninguno, el sampo nos trae el don del misterio que se acepta sin preguntas de gabinete. Es la máscara que no oculta nada, o que sólo se oculta a sí misma y que mira con mismo gesto tanto desde su envés como de su revés.
La poesía es la única forma de arte donde el recuerdo es lo mismo que el objeto recordado. Así pues, la materia del sampo sería pura memoria, la memoria que reinventa. La memoria que, como el amor, es una extraña combinación de fe y de voluntad. Reinventamos el sampo cada vez que lo decimos. Y si lo decimos, lo deseamos. Simples ganas de soñar, aunque sea en finés.
Me permito decir que la mayor belleza que se extrae del finés es su riguroso desconocimiento, donde un servidor milita con entusiasmo. El finés, visto así, como una lengua hermosamente inaccesible y secreta, está poblada de delicados matices vocálicos, sílabas abiertas, consonantes nítidas como campanillas y larguísimas palabras que parecen historias de otro tiempo, que han de narrarse, o posarse, con la solemnidad debida de una tarde de silencio y nieve. El maestro Tolkien se inspiró en la música de esta lengua para trenzar uno de sus dos dialectos élficos, el quenya. E incluso llegó a reconocer la influencia que tuvo en la alquimia de su mitología las lecturas deslumbradas e infantiles que hizo del Kalevala, la artificial epopeya finesa que compuso el estudioso Elias Lönrot en el siglo XIX sobre cantares tradicionales de antigüedad muy diversa (algunos de época cristiana, otros remontados nada menos que unos 2000 años atrás).
Tal vez por la dificultad de la lengua (y porque estamos en España, no lo olvidemos) encontrar una traducción al castellano del Kalevala siempre fue empresa imposible. Allá por mi primera adolescencia me tuve que contentar con una descolorida selección en prosa en la inefable biblioteca Bergua. El traductor y editor, Juan B. Bergua, no dice en ningún lugar del prólogo (pillín) que su traducción lo es de otra traducción francesa. Así que habría que esperar unos cuantos años más para que llegara la primera (y que yo sepa única) traducción seria, la de la profesora Ursula Ojanen y Joaquín Fernández, editada en Alianza Tres, y que es espléndida y constituye un trabajo filológico notable. Muy feliz, además, la elección del tipo de verso para verter esos cantos de hechicería, casi susurrados: el eneasílabo, que de nuestros metros tradicionales es el más escurridizo e inquietante. La edición cuenta con un interesante prólogo de los traductores y, sobre todo, con un inspiradísimo anteprólogo de Agustín García Calvo, cuyo desconocimiento del finés también merece un elogio.
El Kalevala en sí está poblado de hermosas ignorancias. Por ejemplo. En un pasaje, el héroe Vainamoinen (que también es poeta: poesía y magia están indisolublemente unidas en esta obra) desea construirse un barco, pero le faltan tres palabras para acabarlo, y habrá de ir a buscarlas al reino de la Muerte. ¿Qué sucederá?... En otro pasaje, Vainamoinen y sus amigos van en busca del Sampo, objeto maravilloso que confiere un gran poder (y tal vez, incluso, la melancolía de haberlo encontrado). Pero nadie sabe qué es realmente el Sampo o para qué sirve (¿molino, rueca, talismán?), ni los traductores, ni los exegetas del poema, ni Elias Lönrot, ni, acaso, los propios héroes del Kalevala.
Esta ignorancia respecto al sampo siempre me maravilló. Todo poema es, ante todo y casi siempre sin querer, una metáfora de la propia poesía. El objeto poético llamado Kalevala no se libra de ese curioso destino. Podemos decir perfectamente la palabra “Sampo” sin saber su significado en una presunta (y aburrida) realidad secundaria, y eso supone una liberación de todo malsano conceptismo, de cuyos deplorables vicios en absoluto tuvo culpa Quevedo. De igual manera que alguien pudo encontrarse con la autoridad para escribir una vez de nenúfares sin haber visto ninguno, el sampo nos trae el don del misterio que se acepta sin preguntas de gabinete. Es la máscara que no oculta nada, o que sólo se oculta a sí misma y que mira con mismo gesto tanto desde su envés como de su revés.
La poesía es la única forma de arte donde el recuerdo es lo mismo que el objeto recordado. Así pues, la materia del sampo sería pura memoria, la memoria que reinventa. La memoria que, como el amor, es una extraña combinación de fe y de voluntad. Reinventamos el sampo cada vez que lo decimos. Y si lo decimos, lo deseamos. Simples ganas de soñar, aunque sea en finés.
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varia
jueves, 25 de septiembre de 2008
Fábula
Vendimiadores sonámbulos
arrancaban de tu almohada
racimos de estrellas negras
entre los limos del alba.
Siglos de bronce encendido
en tu espalda naufragaban,
dejando una estela trunca
de paisajes y batallas.
Pero el sol siempre tenía
un acordeón de algas,
y un cofrecillo la luna
lleno de escaleras falsas.
Eran las noches en corro
para dormir en las páginas
enfermas de mariposas
que oreaban las terrazas;
para caer en las dunas
nómadas y deslumbradas
hacia el azul de tu vientre,
bajo una cítara amarga.
Si en un país muy lejano
algún tirano ordenaba
que degollaran las nubes,
tú caminabas descalza
por un páramo de cuervos
y un río escrito con lágrimas.
Yo sé que había caminos
enroscados a tu lámpara,
caminos de tardes rojas
donde las viejas rezaban,
caminos como serpientes
que frecuentan la añoranza.
Y un deambular sin destino,
y un olor a herrumbre y grama
que traía el mundo en torno
traspasado de campanas.
Segadores sin oriente
en tu perfil se mataban
con un lamento de aire
y un murmullo de guadañas.
Tú dormías sin remedio
tu largo sueño de atlas,
diseminada, infinita,
de pura noche labrada,
desveladora de espacios
hacia los limos del alba.
arrancaban de tu almohada
racimos de estrellas negras
entre los limos del alba.
Siglos de bronce encendido
en tu espalda naufragaban,
dejando una estela trunca
de paisajes y batallas.
Pero el sol siempre tenía
un acordeón de algas,
y un cofrecillo la luna
lleno de escaleras falsas.
Eran las noches en corro
para dormir en las páginas
enfermas de mariposas
que oreaban las terrazas;
para caer en las dunas
nómadas y deslumbradas
hacia el azul de tu vientre,
bajo una cítara amarga.
Si en un país muy lejano
algún tirano ordenaba
que degollaran las nubes,
tú caminabas descalza
por un páramo de cuervos
y un río escrito con lágrimas.
Yo sé que había caminos
enroscados a tu lámpara,
caminos de tardes rojas
donde las viejas rezaban,
caminos como serpientes
que frecuentan la añoranza.
Y un deambular sin destino,
y un olor a herrumbre y grama
que traía el mundo en torno
traspasado de campanas.
Segadores sin oriente
en tu perfil se mataban
con un lamento de aire
y un murmullo de guadañas.
Tú dormías sin remedio
tu largo sueño de atlas,
diseminada, infinita,
de pura noche labrada,
desveladora de espacios
hacia los limos del alba.
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Poemas propios
lunes, 22 de septiembre de 2008
Safo y la traducción
Tal vez se deba a la enfermedad de la escolástica, propagada por los griegos en su larguísima decadencia, esa idea malsana de que la poesía no sólo se puede traducir sino que, incluso, se debe traducir. La escolástica es la penúltima puerta del cansancio, y los filólogos alejandrinos, ociosos y crepusculares, vertían todo su vigilante cansancio sobre los poemas que anotaban y catalogaban. Probablemente también estaban cansados de esos poemas y de esos poetas; se diría que también lo estaban de sí mismos.
La actitud del escolástico presupone que el poema está dotado de un contenido aprovechable. A veces, un pensamiento, una doctrina que se puede compartir o refutar; otras, la expresión de sentimientos más o menos elevados o perversos. Con tales premisas el poema (y el poeta) puede ya merecer oportunamente su condena o su absolución, según suene lo que diga al oído crítico de turno. El paso siguiente sería ya desligar a la poesía del lenguaje y establecer la drástica distinción entre forma y fondo. El continente podría ser vistoso y bello, pero ornamental al fin y al cabo. El valor intrínseco del poema estaría en el contenido. Cambiar de botella, mudar de vestido... Y todos los símiles que se les ocurran. He aquí, sin duda, el germen de esa superstición que se llama «traducir poesía».
Safo, griega como sus primeros exégetas, vivió siglos antes una época probablemente igual de miserable, pero acaso más sencilla. Así pues podríamos atrevernos a postular su escepticismo ante el hecho de que alguien intentara verter sus poesías a otra lengua. Sobre todo por la perogrullada de que su lengua materna era el griego y componía en griego para oídos griegos. ¿Provincianismo lingüístico? Tal vez, pero también una gran dosis de sentido común. Si la lesbia sospechaba (o se temía) una fama póstuma e imperecedera seguro que lo hacía pensando en que, mucho tiempo después, alguien iba a recuperar un poema suyo de la memoria y lo iba a decir tal y como ella lo había creado. Sus poemas eran objetos nítidos, palpables, evidentes como esa lira junto a la cual tantas veces se la representó en la antigüedad
No es mi intención aquí perderme en divagaciones eruditas sobre mis avatares a la hora de traducir a Safo. Me bastará con un pequeño desahogo sentimental, si me lo permite el lector. Hace ya mucho tiempo, cuando apenas sabía griego y, ni mucho menos, conocía las excentricidades del dialecto lesbio, mi primer encuentro con un poema original de Safo fue el del célebre fragmento 16 de la edición Lobel-Page, cuyos cuatro últimos versos les reproduzco a continación.
τᾶ]ς κε βολλοίμαν ἔρατόν τε βᾶμα
κἀμάρυχμα λάμπρον ἴδην προσώπω
ἤ τὰ Λύδων ἄρματα καὶ πανόπλοις
πεσδομ]άχεντας.
Esos versos ya nunca sonarán como sonaron hace veintisiete siglos pero, de alguna extraña forma, aún puede percibirse algo de su primitivo encantamiento, si los leemos a la manera escolar erasmiana, y, por tanto, artificial. Sin darme cuenta, ya me los había aprendido de memoria. Podríamos decir que esa (y no otra) es la poesía de Safo, y que quien no la haya leído, entonces jamás ha leído a Safo. Pero soy más pesimista, incluso. El paso del tiempo, las arenas del desierto, el puro azar han ido diseminando silencios y han edificado, muy lentamente, ese poema extraño que hoy los filólogos denominan «los fragmentos de Safo», algo absolutamente inesperado para la propia Safo. Se trata de un poema condenado a incompletarse eternamente, como lo demuestra el hallazgo en 2004 del papiro de Colonia. Y lo que yo entiendo por «traducirlo» no ha sido desde entonces otra cosa que intentar evocarme en mi propia lengua, tal vez compartir, la emoción de aquellos primeros versos y otros más que vinieron después. Al fin y al cabo, la traducción no es más que un género literario y, las más de las veces, un vago ejercicio de melancolía.
(Nota: Estas líneas se publicaron por marzo de este año en DVDEdiciones.com, junto a un artículo de Juan Andrés García Román sobre su traducción de la poesía póstuma de Rilke en DVD Ediciones. Ambos textos pueden encontrarlos aquí.)
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varia
domingo, 14 de septiembre de 2008
Poetas y cometas
Es alarmante comprobar la de gente que hay en el mundo que entiende de algo. De informática, de plantas y flores, de jazz, de fotografía, de sexo. Y aunque no se lleve, también hay gente que entiende de poesía, que dan tanto miedo como los expertos en sexo. Pero hay gente para todo, como decía el adagio torero, y es que uno puede entrar en cualquiera de los actos poéticos que se ejecutan en alguna capital de provincia (como Madrid) y tener la misma sensación del que se ha metido por error en una convención de fabricantes de prótesis, en el rito de una logia masónica o en una reunión de antiguos alumnos, tres momentos del universo, por ejemplo, donde a mí no me encontrarán.
Pero un poeta, o un aprendiz de poeta, ¿realmente entiende de poesía? Tendría motivos para preocuparse si dijera eso. No. El elitismo es tan pernicioso como el populismo. No hablemos de mayorías ni de minorías, todas inmensas, todas totalitarias como el mero concepto de “pueblo”. Hablemos de lectores, tomados de uno en uno. ¿Para quién es la poesía? En el fondo, para quien quiera acogerla, por más que ahora todos quieren acoger a la Play Station, y es muy natural, porque el hombre necesita de la maravilla tanto como del agua, y la Play Station ocupa hoy el lugar que en otro tiempo estaba destinado a Homero. Hay que dejar de desvelarse por si la poesía se lee mucho o poco. Eso es lo de menos. El rival natural de la poesía no es la novela, por favor, sino la play station. Todo hombre de bien, insisto, necesita asombrase. El hombre necesita estampar coches de carreras con la misma fe con que Homero estampaba a los aqueos de buenas grebas contra la melancolía que a veces se llamaba Troya. El hombre necesita sueños. La poesía a veces se los da.
Aleixandre decía que un poema es una construcción de dos personas, poeta y lector. Yo creo que ni siquiera eso. Acabemos de una vez con ese diálogo entre creador y receptor, tan ficticio. Un poema es asunto de una sola persona, sólo de quien lo lee, o de quien necesita guardárselo en su memoria. Qué importa si Safo (y perdonen por reincidir) alguna vez durmió sola y sin amante, cuando la luna y las pléyades que se ponen cíclicamente pudieron servir de canción de cuna para una niña, igual de sola, que alguna vez sería una reina, como sucede en la mejor novela, la más sincera, de C.S. Lewis. El poeta, en el fondo, no existe. El poeta es una horrible invención decimonónica de los filólogos y de Platón, ese ciudadano con mala conciencia al que le gustaba mucho la poesía y que una vez quiso echar de su república perfecta a unos pobres tipos que no tenían culpa de nada.
Lectores, todos lectores. Es lo que más feliz hace, de verdad. Lectores, incluso los que se llaman poetas. Pero Gerardo Diego lo avisó mucho mejor en una de sus Odas morales:
¿Qué es nacer, ser poeta?
Es único y concéntrico guarismo.
Es echar la cometa,
que vuele al cielo mismo,
y quedarse aquí abajo en el abismo.
Pero un poeta, o un aprendiz de poeta, ¿realmente entiende de poesía? Tendría motivos para preocuparse si dijera eso. No. El elitismo es tan pernicioso como el populismo. No hablemos de mayorías ni de minorías, todas inmensas, todas totalitarias como el mero concepto de “pueblo”. Hablemos de lectores, tomados de uno en uno. ¿Para quién es la poesía? En el fondo, para quien quiera acogerla, por más que ahora todos quieren acoger a la Play Station, y es muy natural, porque el hombre necesita de la maravilla tanto como del agua, y la Play Station ocupa hoy el lugar que en otro tiempo estaba destinado a Homero. Hay que dejar de desvelarse por si la poesía se lee mucho o poco. Eso es lo de menos. El rival natural de la poesía no es la novela, por favor, sino la play station. Todo hombre de bien, insisto, necesita asombrase. El hombre necesita estampar coches de carreras con la misma fe con que Homero estampaba a los aqueos de buenas grebas contra la melancolía que a veces se llamaba Troya. El hombre necesita sueños. La poesía a veces se los da.
Aleixandre decía que un poema es una construcción de dos personas, poeta y lector. Yo creo que ni siquiera eso. Acabemos de una vez con ese diálogo entre creador y receptor, tan ficticio. Un poema es asunto de una sola persona, sólo de quien lo lee, o de quien necesita guardárselo en su memoria. Qué importa si Safo (y perdonen por reincidir) alguna vez durmió sola y sin amante, cuando la luna y las pléyades que se ponen cíclicamente pudieron servir de canción de cuna para una niña, igual de sola, que alguna vez sería una reina, como sucede en la mejor novela, la más sincera, de C.S. Lewis. El poeta, en el fondo, no existe. El poeta es una horrible invención decimonónica de los filólogos y de Platón, ese ciudadano con mala conciencia al que le gustaba mucho la poesía y que una vez quiso echar de su república perfecta a unos pobres tipos que no tenían culpa de nada.
Lectores, todos lectores. Es lo que más feliz hace, de verdad. Lectores, incluso los que se llaman poetas. Pero Gerardo Diego lo avisó mucho mejor en una de sus Odas morales:
¿Qué es nacer, ser poeta?
Es único y concéntrico guarismo.
Es echar la cometa,
que vuele al cielo mismo,
y quedarse aquí abajo en el abismo.
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jueves, 7 de agosto de 2008
Hasta septiembre...

Que descansen. Estas diosas y estas nubes se estarán echando una larga siesta hasta septiembre. Pero, si quieren, pueden seguir las lecturas de verano de Sergio Gaspar y un servidor en www.dvdediciones.com. También pueden visitar la firma invitada del poeta Juan Salido-Vico. No se la pierdan. Algún día el Pacharán Cuervo Nevermore Trio hará su esperado concierto por Las Vegas, y ese día las estrellas tendrán permiso para caerse del cielo. Entretanto, yo les echaré de menos, y me quedaré meditando y preguntándome por qué diablos todavía soy incapaz de hacer el ali-oli con mortero, como lo hacía mi abuela. ¿Es un problema de ritmo? ¿Es un don? Ay, los misterios del universo.
Suyo, siempre,
J.M.M.
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