miércoles, 19 de marzo de 2014

Odisea, canto II, vv. 414-434

Mi padre era de Madrid, del barrio de Chamberí, y decidió un día hacerse marino mercante. Una paradoja familiar que siempre me ha fascinado; pero sin ella, si no se hubiese hecho a la mar, y conocido a mi madre en Coruña, yo no estaría ahora escribiendo esto. Al cabo, yo no estaría ni sería de ninguna forma. Mi padre era, además, radiotelegrafista, en esa época romántica del pasado en que cada barco llevaba un radiotelegrafista, aquellos personajes maravillosos que podían descifrar y entender el código morse (conservo de recuerdo una tecla de telégrafo que ya no manda mensajes a ninguna estación). Como las navegaciones eran largas, mi padre se hizo ávido lector de libros de filosofía, astronomía y (ay) poesía. Incluso leía en inglés, francés y alemán, lenguas que había aprendido de manera autodidacta (después del morse, imagino que ya cualquier otra cosa le sería pan comido). Anotaba en un cuaderno pasajes que iba leyendo y le llamaban la atención, desde Chesterton a Karl Marx, nada menos. Confieso que mi vocación frustrada es la de marino mercante. Para resarcirme, llevo ya desde un tiempo traduciendo la "Odisea", que era un libro al que mi padre volvía bastante, en la maravillosa traducción en prosa de Segalà i Estalella. La traduzco a ratos perdidos, y no sé si algún día lograré terminarla, es decir, llegar a Ítaca. Pero, entre tanto, el viaje es divertido. Quisiera dejar hoy aquí mi versión de un pasaje que me gusta especialmente, el final del canto II, cuando Atenea, disfrazada de Méntor, lleva a Telémaco a su primera navegación. ¿Cómo no compartir la emoción de Telémaco?

(...)
Acarrearon con todo y en la bien bancada nave
lo pusieron cual quiso el querido hijo de Odiseo.
Luego se embarcó Telémaco, marchando tras Atenea,
la cual se sentó en la popa, y él lo hizo a su lado.
Los otros soltaron las amarras
y fueron ocupando sus bancos.
Viento propicio les trajo Atenea de ojos verdes,
el bravo Céfiro, que rugía por el mar vinoso.
Instó a los suyos Telémaco a fijar los aparejos,
y obedecieron su mando.
El mástil de abeto hincaron al hueco del travesaño,
lo alzaron hasta erigirlo y lo amarraron con cables.
Desplegaron blanca vela con drizas de buen trenzado.
El viento la hinchó y las olas púrpuras clamaban alto
en torno a la quilla, al marchar la nave.
Y ésta, a través de las olas, se hizo a la singladura.
Ya fijos los aparejos del raudo y negro bajel,
alzaron crateras colmadas de vino,
y libaron para los eternos dioses inmortales,
sobre todo para la hija de Zeus, la de verdes ojos.
Y de la noche a la aurora siguió su rumbo la nave.

(Trad. Juan Manuel Macías)

De amicitia (Julio Martínez Mesanza)

(Estos días ando releyendo uno de mis libros de cabecera, Europa, de Julio Martínez Mesanza. Y hoy me gustaría recordar aquí este poema)


DE AMICITIA


Si tuvieses al justo de enemigo,
sería la justicia mi enemiga.
A tu lado en el campo victorioso
y junto a ti estaré cuando el fracaso.
Tus palabras tendrán tumba en mi oído.
Celebraré el primero tu alegría.
Aunque el fraude mi espada no consienta,
engañaremos juntos si te place.
Saquearemos juntos si lo quieres,
aunque mucho la sangre me repugne.
Tus rivales ya son rivales míos:
mañana el mar inmenso nos espera.


(Julio Martínez Mesanza, de Europa)

Un viejo soneto

(Un viejo soneto al que le tengo cierto cariño. Pertenece a mi primer libro de poemas, Azul de enero).

VIVE

De sutiles otoños meditados
junto al calor del corazón, del viento
que arrastra nombres con viajero acento,
vive el soneto en latidos contados.

Y vive de veranos naufragados,
de viejas lunas, y de algún momento
que demandaba eternidad. Su aliento
es memoria, es azares ordenados.

Y es el dolor en música vertido,
mariposa de acero enternecida
en delirio de cielo restringido.

Soneto. Lágrima de luz. Huida
y ensueño: mira ya su tiempo ido
con el fugaz secreto de la vida.


(De Azul de enero, 2003)

martes, 18 de marzo de 2014

Un poema de Alceo de Mitilene

(Alceo de Mitilene, frag. 34 V a)


Desde la isla de Pélope acudid,
de Zeus y Leda vástagos valientes;
mostraos con espíritu benévolo,
Cástor y Pólux.

Vosotros, que la tierra inmensa y todo el mar
atravesáis en rápidos corceles,
y al hombre fácilmente arrebatáis
la fría muerte,

saltando a lo alto de los bien bancados barcos,
y traéis, refulgiendo desde lejos,
la luz en la penosa noche para
la negra nave.


(Traducción: Juan Manuel Macías)


***


[νᾶ]σον Πέλοπος λίποντε[ς
... Δ[ίος] ἠδὲ Λήδας
... θύ[μ]ωι προ[φά]νητε, Κάστορ
καὶ Πολύδε[υ]κες,

οἲ κὰτ εὔρηαν χ[θόνα] καὶ θάλασσαν
παῖσαν ἔρχεσθ' ὠ[κυπό]δων ἐπ' ἴππων,
ρήα δ' ἀνθρώποι[ς] θα[ν]άτω ρύεσθε
ζακρυόεντος

εὐσδ[ύγ]ων θρώισκοντ[ες··] ἄκρα νάων
π]ήλοθεν λάμπροι προ`[ ]τρ[····]ντες,
ἀργαλέαι δ' ἐν νύκτι φ[άος φέ]ροντες
νᾶι μ[ε]λαίναι·

domingo, 16 de marzo de 2014

MARÍA POLYDOURI: EL GESTO DE UNA DESPEDIDA



MARÍA POLYDOURI: EL GESTO DE UNA DESPEDIDA

por JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN

(Texto leído en la presentación en Madrid de Los trinos que se extinguen)



Para empezar, antes de empezar, una frase de James Joyce habrá de darme pie. Tiene mucho que ver, además, con mi propósito de esta tarde: “La vida –escribe nuestro dublinés- no está aquí para ser criticada, sino para ser afrontada y vivida”. Razón por la cual –me digo- le lengua en la que uno escribe, si ha de ser esa misma vida (como lo es), también habrá de padecerla en carne propia; de no ser así, la experiencia no habrá servido de nada. Pero también quisiera decir, con Joyce, que ése es el modo en que debe entenderse mi relación con este libro que nos convoca, y que –desde ya- les recomiendo sin la menor reserva.

EN DIFERENTES OCASIONES Y EN DIVERSOS lugares, he tratado de señalar (y de explicar, hasta donde me ha sido posible) por qué en España, en la poesía española, nos ha costado tanto trabajo bajar el lenguaje a la altura de su naturalidad, que eso hicieron los poetas helenos hacia 1920, al optar por el uso del griego demótico en que escribieron, por ejemplo, Kavafis (aunque aquí lo hayamos leído a conveniencia, con vuelo de retórica sentimental) o Karyotakis, que fue un poco más allá, al lenguaje de la urbe y de la conversación –que tampoco hemos tenido muy en cuenta aquí, y así nos fue con la modernidad. Tal vez –lo he pensado mucho- todo se deba a que, entre nosotros, el habla es también, siempre, impostada y artificial; le ha sido muy difícil responder a la natural respiración de la palabra. Y lo digo, no porque suponga un atenuante; se trata, más bien, de todo lo contrario. Pero sigamos con nuestro cuento: entre esos dos más que notables poetas griegos y la irrupción, precisamente en 1930, del Seferis de la renovación y la europeización, quedó semioculta una voz tanto o más potente (por significativa) que la de cualquiera de ellos. Pertenece a una huérfana, estudiante frustrada y funcionaria aburrida de serlo, que responde el nombre de María Polydouri. En un momento dado, rompe su turbia y turbulenta historia de amor con el angustiado y pesimista Karyotakis; cree, de pronto, haber encontrado su sitio en París, pero la devoradora tuberculosis la devuelve a la carencia constitutiva de todo ser y regresa derrotada a Atenas, en el 28, para –recluida en el sanatorio Sotiría- recibir a la muerte apenas dos años después.

Relevante me parece el hecho de que los únicos dos libros que nuestra poeta llegó a publicar –Los trinos que se extinguen y El eco del caos- sean de 1928 y 1929, respectivamente. Una palabra, la suya, urgida a darse, por lo que se ve, en la desembocadura de la existencia: “este final, donde mi vida/ declina amarga y yerma”. Pero una palabra, también, que es por encima de todo voz –sonido- algo que se dice al aire, que allí queda por un instante y, casi al tiempo de decirse, se deshace o disuelve. La poesía como la música, pero también como el amor: no hay para qué buscarle un estuche de escritura donde deba permanecer bien guardada; el caso es darla, aun a riesgo de dar la vida en ella. Por lo mismo, quisiera subrayar que, si nos ha sido dado oír a María Polydouri tal cual, por la atenta mirada y el fino oído de Juan Manuel Macías habrá sido. Su traducción es ejemplar, precisamente por esto: ha tenido muy presente –y se ha cuidado mucho de- que el compás que domina en la poesía española no impida que oigamos esta voz singular tal cual es –para mí, al menos, un verdadero descubrimiento. Dije, apenas unas líneas atrás, que huérfana nuestra poeta; acabo de referirme a su voz en aire envuelta y disuelta, lo que precipita su palabra –“como un hilo cortado”, ha escrito- en la soledad, en el vacío. Pero, también frágil y enferma esa muchacha, desarraigada; para quien el amor nunca fue cauterio –al margen de toda interpretación, mediática diríamos hoy; falseadora, en consecuencia, de su biografía. Lo apunta también, y muy oportunamente, su cuidadoso lector y traductor.

Cómo podrá extrañarnos, entonces, la madurez con que se nos ofrece la poesía de esta mujer que, con tan pocos años, conoce todas las pérdidas pero se resiste y no renuncia. Así lo dice: “sin querer me he visto interrogando/ acerca del sentido de las pérdidas”. No sólo hay que tener coraje para ello (fe y fuerza la mantuvieron viva frente a la incertidumbre y debilidad de los hombres que la amaron); hay que tener el pulso bien templado de la sabiduría: voz, la suya, que no tiembla; palabra que nunca titubea… Esto me parece primordial en la poesía de María Polydouri; esto le otorga su indiscutible singularidad a la cual he hecho referencia. Merece –además- una breve reflexión. Saquemos a nuestra poeta de sus contextos; vengamos a algo que con su proverbial agudeza nos explicara otro sabio a quien, por sabio, parece habérsele dado de lado. Esto escribe José Bergamín. “Es al que se queda al que todo le sucede; al que se está quieto; porque lo dramático del hombre es estarse quieto: es quedarse (…) Lo que le pasa al hombre puede ser trágico, puede ser cómico: lo que le sucede es siempre dramático”. Y ésta es, precisamente, la situación que encara María Polydouri: un tenso dramatismo sostiene su poesía; al aferrarse a la palabra, nuestra poeta se afirma en agonía –en lo que por tal entendió, y como tal nos enseñó, quien supo muy bien qué era eso, nuestro Miguel de Unamuno.
En todos estos poemas, Maria Polydouri se atreve y da, siempre, un paso más allá del límite. Al hacerlo así, se pone a prueba ella misma para interpretarse, para explicarse, y ello la obliga a asumir la existencia como algo que no se limita a la mera circunstancia histórica (lo que pasa), sino que acoge también lo que sucede en su aquietamiento. Por ello, en vez de esa truculencia –tan habitual entre nosotros, y de la que tenemos muestra muy reciente- que hace del poeta espectáculo y olvida que la poesía es cosa seria, nuestra escritora opta en todo momento por la verdad; y el tiempo, entonces, vuelvo a Bergamín, en vez de ajustarse a una historia contada, “nos traspasa de permanencia”. Incluso para mí, que tanto lo he repetido, me suena –ahora, cuando escribo- a maximalismo impulsivo; aunque, apenas vuelvo sobre ello y me paro un poco a pensar, me rindo a la evidencia de que no, de que tenía y tengo razón: todo esto se acabó para siempre en los años treinta; cuanto ha venido después –condicionado por ideologías y economías varias- apenas ha sido redundancia, si no perversión de lo mismo. Preguntaría –y no sólo en el caso que ahora nos ocupa- dónde, después, hallamos una reflexión como ésta, o como la de Marina Tsvetáieva (que nos hizo compañía mientras leíamos a Polydouri), en tan corto tiempo de vida, sin que la palabra se le vaya de las manos a la poeta, sin que caiga en el menor desliz: “El mal nativo anida en medio de mi alma./ y soy la vida, y soy el caos, y nada espero de la suerte bufa”. Sobrecogedor, ¿no les parece? Pues les advierto que todo ello se hace aun más perentorio en poemas que –seguro- no les pasarán inadvertidos, como “Contigo” o –de manera muy particular- “En mi casa…”.

JUAN MANUEL MACÍAS ESCRIBE QUE, EN LA Polydouri, hay “una invencible, resignada inclinación hacia la muerte”. Pero qué muerte, será preciso preguntar. Sobre todo, cuando la poeta habla de esa “mañanita melancólica” –con diminutivo de tan intencionada como irónica agudeza. Porque no podemos hablar aquí, si seguimos con Bergamín, de una inclinación trágica, en la cual el patetismo sienta sus reales; esta poesía establece, más bien, una sabia distancia en la cual se instala la vida aunque sin perder, en ningún momento, la conciencia del morir. Distancia determinada por la constante interrogación, por ese diálogo implícito que permite a la poeta (que nos permite) salir de sí y ver qué: verse, vernos, mientras cumplimos la existencia. Lo dramático que ya señalamos, ahora en su más abierta manifestación. Esta poesía realiza la vida por encima de la condena, de las carencias que cómo vamos a eludir si nos identifican como seres humanos: alianza a la cual nos remitiera, en su momento, Claudio Rodríguez. Darse como inmolarse, pero en la memoria que es la verdad, no en la historia, su torpe sucedáneo, cuando no su máscara interesada; la memoria, insisto; restos del ritual que hace la vida: “Ven, dulce, aunque la noche llegue/ y la oscuridad no sea grata;/ una difusa corona de estrellas/ te ceñirá mi amor”. A lo que se suma –en el poema titulado “Sotiría”, por cierto- la inquietante presencia de aquel gato que Borges quiso que se apareciera a su protagonista, camino del Sur: “Y aunque yo no lo aguarde ha de venir (lo sé)/ el gato aquel que va de ronda./ Un gato que ignora lo que es una caricia,/ y ni la da ni te la pide”.

Y lo mismo que antes dije que en la poesía de María Polydouri no hay cuento de lo que pasa, sino que discurre por el tiempo sobresaltado de la memoria que traspasa de permanencia, habré de decir ahora que la poeta no habla con otros, que lo hace con el poema, con el hecho mismo de escribirlo y de hallar, mientras lo escribe, su propia forma poética, ajena por completo –en sus fundamentos- a patrones y modelos identificables. Vemos el poema y decimos: tal vez, muy convencional. Pero leemos y, entonces, la rara naturalidad de su palabra (de su respiración, de su espíritu) nos incomoda ya, nos saca del quicio en que estamos instalados: “Mi respiración. Vuestro aliento:/ no sé cuál os abatió los pétalos…/ cuál extinguió la luz en mis ojos…”. El lirismo intenso e indiscutible de estos versos contradice, a cada paso, la idea predeterminada que del lirismo tenemos, la que solemos utilizar –con tanto descuido como indolencia. Su singular contención nos advierte de que eso –en esta poesía- es otra cosa. Y la sintaxis –con sus giros inesperados- viene a aportar toda la carga de la prueba para lo que el poema quiere –debe- significar. Prosa y verso andan en él a porfía, en entrega mutua, para que no nos quedemos anclados en una misma viciosa reiteración. En la noche ha de cumplirse aquel diálogo que decíamos; en una noche que “llega/ así de suave, como un caricia, para tocarme/ y arrastrar mi pensamiento poco a poco/ hacia la oscura, interminable callejuela/ donde todas las dichas están aguardando mi tránsito”. Porque ella, la noche, es el espacio natural de la búsqueda y de las revelaciones: entre la una y las otras, la poeta avanza atenta siempre a la sensualidad violenta de una herida “que sorbe mi juventud y me deshace”.

¿Pero ese deshacimiento es, acaso, el final? Final, digo, del trayecto que el poema determina, o –si se quiere- del caminar de la existencia que sacude a la poeta en su fragilidad, en su orfandad… Desde luego que no. Quede claro: este desvío que señalo no se trata de un mero recurso retórico; la palabra de la escritora no nos deja margen para la duda: “la luz sagrada de otro mundo es la que flota,/ percibo cierto aire que llega trasmundano,/ que ni me llora ni se queja:/ simplemente parece llevar algo escondido”. Subrayo. Porque llanto y queja contradirían aquí lo esencial: la demasía hacia la cual Polydouri tiende al afrontar su experiencia poética, nunca desligada de su quiebra existencial, la conduce –y a nosotros con ella- hasta algo sagrado, sí, y también trasmundano; pero ambos son familiares de lo secreto que ella pueda, que nosotros podamos con ella, desvelar. Por eso, nunca es algo cierto; sólo parece que hacia allí tiende la palabra. A estas alturas de lo dicho, podría parecer redundancia, y hasta se halla meridianamente claro en estos versos; pero considero necesario volver, siquiera por un momento, a lo que señalaba acerca de la contención sintáctica del lirismo: en una encrucijada decisiva de la experiencia –existencial y poética- contenida en este libro, la sintaxis notablemente impregnada de prosa crece poéticamente, sin embargo, como nunca esperaríamos quienes tenemos el oído hecho a la “quincalla barata” de la que hablaba Juan Manuel Macías. Yo cerraría estas reflexiones con una afirmación que María Polydouri hace, y no por casualidad, en el último poema de este libro; titulado “Fiesta”, a mayor abundamiento. Esto escribe: “Después pedirán una canción, si acaso/ esperan una pálida alegría;/ pero mi canción será tan cierta/ que quedarán confundidos y en silencio”. Así he quedado yo tras mi lectura: confundido, pido más; pero en silencio, al modo reverente de la oración, sin el menor alarde de retórica. Si en alguno he incurrido, espero que la propia poeta (y todos ustedes, desde luego) sabrán perdonarme.

María Polydouri, Los trinos que se extinguen.
Edición bilingüe de Juan Manuel Macías.
 Madrid-México, Vaso Roto Ediciones, 2013



Octubre, 2013  

domingo, 2 de marzo de 2014

En Sevilla

Recién llegado de vuelta al viejo Guadarrama y a su invierno monorrimo. Fue un verdadero placer la presentación en Sevilla de "Los trinos que se extinguen". Mi agradecimiento a la estupenda librería Birlibirloque, a todos los amigos que vinisteis (en potencia y en acto) y al maestro de ceremonias, Antonio Rivero Taravillo, por la hermosa presentación que hizo del libro. Una acogida inolvidable. Se habló en la presentación de las numerosas versiones musicales que se habían hecho en Grecia de los poemas de María Polydouri. Pues dejo aquí ahora una de las más bellas, la de un poema que, precisamente, se quedó sin leer en la tarde del pasado jueves. Y que suenen así los versos de María, mucho mejor que en la voz "bárbara" de uno...



lunes, 24 de febrero de 2014

Un poema de Javier Sánchez Menéndez



SOBRE LA PIEL DEL MUNDO

III

Con tanto desaliento mi libertad se rompe,
mi pulso ronda enero y la desilusión.

Cuántos gestos miramos con nostalgias,
cuántos silencios rotos
o voces extinguidas o palabras
que ahora cantan los hombres
sólo por amistad.

Voy recordando nubes, árboles, sombras,
tiempo de amor y sueños,
tu hermosura radiante
y la brisa que envuelve tu presencia de luz.


(Javier Sánchez Menéndez, Por complacer a mis superiores
Ediciones En Huida, 2014)

domingo, 23 de febrero de 2014

Eduardo Moga (en prosa y verso)

Como el sueño y la vigilia, el verso y la prosa no dejan de ser meras convenciones. Los primeros, para entender nuestro catálogo sucesivo de noches y de días; y los segundos, como límites y formas de la escritura, el texto y las artes gráficas. «Y, si no --vendría a decir con más razón que un santo Juan Ramón Jiménez-- que se lo pregunten a un ciego». Precisamente, el poeta Eduardo Moga, hábil y audaz viajero por los infinitos puntos que unen las dos orillas, acaba de regalarnos a sus lectores, casi sin solución de continuidad, un libro de versos y otro de prosas, y por ambos circula a su albedrío (para escucharla más que para verla) la siempre difícil, contradictoria y rara poesía. Sirva esta apresurada nota que aquí cuelgo para saludarlos.

El libro de versos se titula Décimas de fiebre y está editado por Los papeles de Brighton, joven e interesante proyecto editorial puesto en marcha por el escritor y crítico Juan Luis Calbarro, a quien, de paso, deseamos desde aquí mucha suerte y éxitos en este viaje. Un volumen compuesto por --nada menos-- cincuenta y cinco décimas espinelas, esa estrofa de arte menor cuyos delicadísimos cascabeles hicieron sonar con tanta gracia poetas del 27 como Jorge Guillén, Cernuda o Gerardo Diego. Las décimas de fiebre del poeta barcelonés no les van a la zaga:

Tengo años cuarenta y nueve,
que es lo mismo que decir
media vida sin reír
o tengo cuarenta y nieve.
No Eduardo: me llamo llueve,
y me inquina una tormenta
meticulosa, una lenta
casi nada que me guía,
con precisión de gumía,
a un ataúd de cincuenta.

Para este libro, buen ejemplo de que el arte, al igual que la naturaleza, también escoge a veces la simetría, un servidor ha tenido el honor de escribir un breve prólogo. Por lo demás, en este enlace pueden acceder a la editorial para adquirir el libro directamente. Imperdible:

http://lospapelesdebrighton.com/2014/02/12/eduardo-moga-decimas-de-fiebre/


El libro de prosas, La pasión de escribil [Relato de tres viajes a hispanoamérica] está editado, con su cuidado y pulcritud habituales, por la sevillana Isla de Siltolá, la benemérita, imprescindible editorial del poeta Javier Sánchez Menéndez. Un volumen que se imanta a las manos vertiginosamente,  y al que cuesta Dios y ayuda colocarle el marcapáginas. Narración tan caudalosa como grata, de extensos pero precisos y biselados horizones, donde Moga consigue llevar en volandas al lector de ola en ola, de la intensa pulsión lírica a la ironía más mordaz, sucesivamente, como un moderno Cabeza de Vaca sin navío, que da cumplida crónica ante su atónito auditorio de los naufragios que pueblan ese curioso mar conocido como «la vida literaria».



viernes, 21 de febrero de 2014

María Polydouri en Sevilla

Con la reimpresión del libro recién salida de la imprenta, estaremos presentando en Sevilla "Los trinos que se extinguen" de María Polydouri (Vaso Roto Ediciones) el próximo jueves 27, con un presentador de lujo, Antonio Rivero Taravillo. Será en la magnífica librería Birlibirloque, a las 20:00 horas. Una ocasión, sobre todo, para poder ver a queridos amigos que uno tiene allí.



sábado, 15 de febrero de 2014

María Polydouri (un poema de El eco en el caos)

[Hoy...]

Hoy, justo antes de que la luz llenara el cielo,
escuché unas campanas que sonaban lejos, en la ciudad.
Unas campanas... ¿Por qué reparé en ellas? Como si las últimas sombras
esparcieran el odio lentamente y se movieran con pesadumbre.

¿Dónde dejé el dulce corazón de mi niñez,
en qué momento, atado a qué tañido de campanas?
En qué momento... Y hoy, para rezar mi oración,
me puse de rodillas, triste.

Una oración a la belleza, esa madre olvidada,
a la ignorancia, a la sonrisa, a la voz de los sueños,
mientras hoy escucho a las campanas del desconsuelo
cómo anuncian con pena la muerte intempestiva.

(María Polydouri, El eco en en caos, 1929)
Traducción: Juan Manuel Macías

*****


[Σήμερα...]

Σήμερα πρὶν καλὰ τὸ φῶς τὸν οὐρανὸ γεμίση,
καμπάνες ἄκουσα μακριὰ στὴν πολιτεία ποὺ ἠχοῦσαν.
Καμπάνες... γιατί πρόσεξα; Σὰ νὰ σκορποῦσαν μίση
τὰ τελευταία σκοτάδια ἀργὰ καὶ σκυθρωπὰ κινοῦσαν.

Ποῦ νἄχω ἀφήσει τὴ γλυκιά, παιδιάτικη ψυχή μου,
σὲ ποιὸ καιρό, μὲ ποιᾶς καμπάνας τὸ σκοπὸ δεμένη;
Σὲ ποιὸ καιρό... καὶ σήμερα νὰ πῶ τὴν προσευχή μου
στὰ λυγισμένα γόνατα στηρίχτηκα θλιμμένη.

Μία προσευχὴ στὴν ὀμορφιά, τὴν ξεχασμένη μάνα,
στὴν ἄγνοια, στὸ χαμόγελο, στοῦ ὀνείρου τὴ φωνή,
ἀκούοντας τοῦ σπαραγμοῦ τὴ σημερνὴ καμπάνα
ποὺ σήμαινε λυπητερὰ τὴν ἄκαιρη θανή.



Una foto actual del viejo edificio del sanatorio de Sotiría.

domingo, 2 de febrero de 2014

El árbol

La imagen de una tarde se deshace
en esquirlas de luz y olor de jara.
Hay un camino solo
que corre al borde de un pinar vedado.
Hay unos niños frente a la cancela.
No sé deciros cuántos son. Se pierden
con su mirada por los arabescos
donde sueña el silencio de los árboles.
Y un niño entonces pronuncia la sentencia
y lo señala: «el árbol del ahorcado».
Y las palabras cumplen con el raro momento,
poderosas y antiguas, y conmueven el aire,
y despliegan sus pétalos de cólera.
Los niños ven de pronto el gran vacío
que rodea a aquel árbol, como si los otros
quisieran apartarse en una larga fuga,
y sus ramas tendieran afiladas
en corro, igual que dedos apuntando
al solitario, al condenado, al triste.

Los niños lo contemplan con asombro y con miedo,
y regresan al mundo. Atrás en el camino
se quedan las palabras,
como leves insectos, vibrando en los jarales.
Se las lleva la tarde en su caída
hacia ese duermevela de vago pensamiento
donde las tardes apenas se recuerdan.

Ahora sé que aquel bosque se escoró a la nada,
alimentando el fuego de los hombres
que levantan las casas y disponen los parques
por darle espacios nuevos al olvido.
Pero la vida labrará sus noches
y el árbol del ahorcado volverá como vuelven ciertos sueños,
cíclico, atormentado, huraño, indescifrable,
celoso de la herida que aún doblega sus ramas
odiadas por el viento y por los pájaros, prohibidas
a esos seres efímeros, frágiles, hermosos, que aún ignoran
el peso de los cuerpos de los hombres.

Ahora sé que aquel árbol va extendiendo su sombra,
cobijando, una a una, las palabras,
el poema perdido de una tarde
donde se aleja el niño y el adulto vuelve.


( Recupero un lejano poema,  con sus recuerdos de terrores infantiles, que llevaba desde hace mucho tiempo durmiendo en el cajón).

martes, 21 de enero de 2014

Un poema más de Karyotakis


ÚLTIMO VIAJE

¡Buen viaje, lejano barco mío, hacia el abrazo
del infinito y la noche, con tus doradas luces!
Quisiera estar sobre tu proa, y mirar cómo pasan
en una letanía los sueños del principio.

Que en la mar y en la vida amainen las tormentas,
y huir lejos contigo, desprenderme del lastre,
para que acunes mi tristeza interminable, oh barco,
sin saber adónde vamos y sin volver atrás.

Kostas Karyotakis, Elegías y sátiras, 1927

(Traducción de Juan Manuel Macías)


***

ΤΕΛΕΥΤΑΙΟ ΤΑΞΙΔΙ


Καλό ταξίδι, αλαργινό καράβι μου, στου απείρου
και στης νυχτός την αγκαλιά, με τα χρυσά σου φώτα!
Να 'μουν στην πλώρη σου ήθελα, για να κοιτάζω γύρου
σε λιτανεία να περνούν τα ονείρατα τα πρώτα.

Η τρικυμία στο πέλαγος και στη ζωή να παύει,
μακριά μαζί σου φεύγοντας πέτρα να ρίχνω πίσω,
να μου λικνίζεις την αιώνια θλίψη μου, καράβι,
δίχως να ξέρω πού με πας και δίχως να γυρίσω!


Polydouri en el blog de José Luis Piquero

El poeta y traductor José Luis Piquero ha tenido la generosidad de colgar en su blog un poema de Los trinos que se extinguen.

Aquí el enlace, y todo mi agradecimiento: http://minombre.es/joseluispiquero/2014/01/20/un-poema-de-maria-polydouri/

viernes, 20 de diciembre de 2013

«Sotiría» (María Polydouri)




A Nora Polydouri

Llegamos a los últimos días del 2013 y no quería dejar pasar la ocasión de expresar en estas diosas y estas nubes mi agradecimiento por la estupenda acogida que ha tenido mi traducción del poemario de la gran María Polydouri Los trinos que se extinguen. Agradecimiento extendido --¿cómo no?-- también a Vaso Roto, la benemérita e infatigable editorial de Jeannette L. Clariond, que ha propiciado, aun con los tiempos que corren, que este libro fuera, finalmente, una realidad. Os iremos informando sobre las fechas de las presentaciones, empezando por la de Madrid (que tuvo que aplazarse el pasado noviembre debido a que el libro quedó agotado, repentinamente, en la distribuidora). Pero ahora os dejo con uno de mis poemas preferidos del volumen, el que lleva por título el nombre del sanatorio de Atenas donde la poeta de Kalamata pasó sus últimos años y que, paradójicamente, significa en griego "salvación". Puedo decir que traducir este libro (parte de mi proyecto de traducir la poesía íntegra de Polydouri) ha sido (quien me conoce lo sabe) una experiencia apasionante, un tramo inolvidable de mi vida, donde he traducido poemas que al final acabaron por traducirme a mí. Por lo demás, esta entrada va dedicada a Nora Polydouri, sobrina nieta de María, a quien he tenido el honor de conocer, siquiera "epistolarmente",  estos últimos tiempos.

***


«Sotiría»


Que se marche ya el día con sus luces.
¿Por qué la noche se demora tanto?
Entre las sombras del pinar
una butaca me espera.

Se apagarán las lámparas en las alcobas
y el sueño acudirá como un desmayo.
Una cama vacía, en este sitio,
no le sorprende a nadie.

Me envolverá la oscuridad,
mientras me enredo entre las sombras
profundas, y creeré ser algo,
otra vez, de este mundo.

En el temor se adentrará la noche
cuando el viento aparezca de repente.
El eucalipto agitará su cabellera
con los secretos de los sueños.

Acecharé el recóndito torneo
del otoño, ese enemigo invicto.
Me acunará, como una alegre canción,
su restallar desesperado.

Y aunque yo no lo aguarde, ha de venir (lo sé)
el gato aquel que va de ronda.
Un gato que ignora lo que es una caricia,
y ni la da ni te la pide.

Tan sólo se sienta a mis pies,
indiferente a la acritud del frío.
Con discreción, evita mi mirada,
y es como si me conociese ya de antiguo.

(María Polydouri, Los trinos que se extinguen,
Vaso Roto Ediciones 2013. Traducción de Juan Manuel Macías)


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«Σωτηρία»

Ας περάσει πια η μέρα με το φώς της.
Η νύχτα γιατί τόσο αργοπορεί;
Στων πεύκων τις σκιές μια πολυθρόνα
με καρτερεί.

Των θαλάμων θα σβήσουνε τα φώτα
κι’ ο ύπνος θάρθη σα λιγοθυμιά.
Ένα αδειανό κρεββάτι, εδώ δίνει
εντύπωση καμμιά.

Θα με διπλώση το σκοτάδι κι’ όπως
μεσ’ στις βαθιές σκιές θα μπερδεφτώ,
πως είμαι θα πιστέψω πάλι κάτι
από τον κόσμο αυτό.

Μέσα στο φόβο θα βαθαίνη η νύχτα
όταν ο άνεμος θάρθη ξαφνικά.
Ο ευκάλυπτος τα μαλλιά του θα τινάξη
και των ονείρων μαζί τα μυστικά.

Το μυστικόν αγώνα θα γροικάω
του φθινοπώρου, ανίκητος εχθρός.
Θα με λικνίζη χαρωπό τραγούδι
ο απελπισμένος θρός.

Κι’ αν δεν την καρτερώ, ξέρω πως θάρθη
η γάτα αυτή που νυχτοπερπατεί,
μια γάτα που δεν ξέρει τι είνε χάδι
και δεν το δίνει και δεν το ζητεί.

Στα πόδια μου κοντά κάθεται μόνο,
αδιάφορη στο κρύο το παγερό,
διακριτικά το βλέμμα μου αποφεύγει
κ’ είνε σα να με ξέρη από καιρό.

María Polydouri, en Sotiría (Atenas). 1928.