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martes, 10 de octubre de 2017

Hexámetros y caballos

A Julio Martínez Mesanza


Como el resto de su distinguido gremio, se ganaba la vida cantando historias en los banquetes de los grandes hombres. Y aunque todos ya conocían de largo esas historias, él sabía que cualquier canción es nueva cada vez que se canta, y manejaba los engranajes precisos, según le habían enseñado los más viejos, para mover el ánimo elemental de su auditorio en un momento dado, y solicitar la atención para la risa o el llanto, para la intriga o la cólera. Pero llevaba mucho tiempo en silencio porque buscaba un verso. Concretamente, buscaba un hexámetro, aunque él no lo llamaba así. Nunca se le había resistido antes un hexámetro, o lo que fuera aquello, y esos seis compases siempre habían acudido con docilidad de su memoria a sus labios cuando los necesitaba. Desolado, reclamó la ayuda de los dioses en que no creía, y los dioses también le entregaron su silencio.

Hasta que una mañana se paró a mirar unos caballos que pacían en un prado. Estaba cansado de ver caballos desde niño, pero aquella visión incorporaba las primicias de un sueño, y esas bestias se le revelaron entonces hermosas y terribles hasta el dolor, como recién creadas bajo el sol, como si por un momento albergaran en su perfil, en su definitiva osamenta, la llave de toda la creación. En la mañana de la memoria, infinidad de imágenes o presagios comenzaron a solaparse en su frente, uno tras otro, sin descanso. Vio rostros, nombres y lugares formando parte de una única y vasta tela. Vio a una reina sola y triste que tejía esa tela con minuciosa mansedumbre. Descubrió un engranaje que nunca le habían enseñado los más viejos de su gremio, aquel que mueve el auditorio a la esperanza, y a creer que la ciudadela nunca va a caer en llamas, o que algún día ha de llegar un vagabundo del numeroso mar para reclamar su trono y abrazar a la reina que teje sola y triste. Las dos caras de una baja moneda. Aquella mañana extraña y mitológica murió el artesano y nació el poeta. Sabía que el camino iba a ser muy largo, tanto el de ida como el de vuelta. Pero para el primero ya conocía la cifra exacta de hexámetros —muchos, miles— que tendrían que sucederse en un claro orden hasta llegar al verso que le había sido regalado:

«Así se celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos.»

Se marchó corriendo a casa, y tropezó dos veces, mientras uno de esos caballos lo miraba distraído con un poco de hierba en la boca.


(De Sucede en la voz de otros, Isla de Siltolá 2015)



sábado, 2 de abril de 2016

Brétema

*Siempre me ha fascinado la palabra gallega "brétema", que significaría "niebla espesa o húmeda", una niebla que quiere ser lluvia, o viceversa. Esa Br- líquida (nunca mejor dicho) es cautivadora, e ignoro si la palabra tiene algún lazo genético con el verbo griego βρέχει (llueve) o con βροχή (lluvia). En estos días húmedos y ya otoñales me apetece sacar a pasear un antiguo poema de "Cantigas y cárceles", absolutamente inofensivo. Fue un intento de "traducir" el vocablo "brétema" en poema. O en soledades. O en soleás. Según se mire...


BRÉTEMA


Brétema, mimbre del aire,
ciencia de rizo sin norte,
quién aprendiera a abrazarte.

Sobre un estribo del sol
columpias a la mañana:
fiel estribillo de amor.

Deja en mis hombros tu huella
de mariposa funámbula,
flor de bruma o broma. Brétema,

¿de dónde vienes y adónde
caracoleas la sombra
volandera de los hombres?

Quién aprendiera a besarte,
Ariadna enredadora
de brañas en fino alarde.

Pero te irás con mis dudas
cuando el bronce del sol quiebre
tu frágil arquitectura.

El día es alto y unánime.
Vibra el perfil de la vida.
La muerte es sueño de un ángel.

¿Es aquí donde te escondes,
en los labios que has mojado,
laberinto de tu nombre?


(De "Cantigas y cárceles", Sevilla, Isla de Siltolá, 2011)

jueves, 10 de marzo de 2016

Arquíloco

(Escribí hace tiempo este soneto como un pequeño homenaje a un lejano amigo, Arquíloco de Paros, el poeta mercenario. Se incluyó en "Cantigas y cárceles")


ARQUÍLOCO

Astados vientos de encendido vino
juntabas a las rosas de las brisas:
era la lanza a tus jornadas lisas
como la arena al sueño sin destino.

¿En qué recodo del cruel camino
te verías llevado por precisas
furias de luz? ¿Qué halagos, qué sonrisas
dieron tus llagas a un clamor salino?

¿Qué atardecer, al fin, labró el espejo
de tu rostro perdido, en qué añoranzas
deshilaba su sombra el mercenario?

Con tu música sola, allí te dejo;
en tu noche de duende sin horario,
frente al hombre de mares y mudanzas.


(De "Cantigas y cárceles", Sevilla, Isla de Siltolá, 2011)

lunes, 4 de enero de 2016

Para empezar el año

Si dejábamos el 2015 con buenas noticias para nuestro trabajo, este 2016 no ha podido empezar mejor. Doy cuenta de ello, con mi gratitud.

En el Diario de Sevilla María Ángeles Robles firmaba esta estupenda reseña de la Poesía completa de Cavafis (Pre-Textos), en un especial dedicado a los mejores libros del año:

http://www.diariodesevilla.es/article/ocio/2188465/contra/ciclopes/y/lestrigones.html

Y de la Poesía completa de Cavafis también llegaba, en Literaturas.com, esta espléndida e iluminadora reseña de José Luis Gómez Toré, poeta siempre admirado por un servidor:

http://www.literaturasnoticias.com/2016/01/revista-literaturas-2016-poesia.html



Por otra parte, muy agradecido también a otro poeta admirado, Martín López-Vega, por las generosas palabras que le dedica a Sucede en la voz de otros (Isla de Siltolá) en su blog "Rima interna" de El Cultural:

http://www.elcultural.com/blogs/rima-interna/2016/01/mesa-de-novedades-3/


viernes, 11 de diciembre de 2015

El extraño caso de Gerardo y Diego



Asumir la ficción filológica del poeta implica el sostenimiento de una serie de creencias o supersticiones. Como pensar, por ejemplo, que cada poeta debe escribir los versos que se espera que escriba. Se le pide al poeta la sencillez del héroe, la representación en su drama de un papel elemental. Afortunadamente, pájaros tan libertarios como Gerardo Diego nos vienen a librar de estos vallados comunales donde el pueblo sueña o ensueña de la mano con el crítico erudito.

En efecto, cabría sospechar que un poeta que escribe estos versos:

Y crímenes de amor de inmenso amor
de sexo a sexo sangran generosamente
y manos multiplicadas manos rojas de asesinos
enjugan su delito
sobre las tapias que de pudor cierran los ojos

corre peligro de levantarle el saludo a quien escribe estos otros:

Regresa el pájaro a la jaula
abierta —se entiende— y teórica.
Y es grato renovar el aula
polvorienta de la retórica.

Lo que parece extraordinario es que ambos poetas cohabiten en el mismo cuerpo y firmen sus poemas con idéntico nombre.

Debemos exigirle petrarquismo a Petrarca, que Garcilaso sea inagotablemente Garcilaso, que nadie como Quevedo pueda ser Quevedo, o que Rubén Darío se erija en un incontestable compendio de sí mismo. Hubo filólogos alejandrinos que no le perdonaron a Homero una traición como la Odisea. Otros, empeñaron su vida por que la poesía de Safo fuera más sáfica que la propia Safo. En cambio, Gerardo Diego camina tranquilamente entre la tensión y la desconfianza de las trincheras con la sola defensa de su obra, una de las más poliédricas y brillantes de la poesía del siglo XX, y acaso fundamental para reencontrar o repensar la del XXI.

El cántabro fue un fervoroso defensor de la libertad creadora como un absoluto. «Hacemos lo que nos da la gana, y la gana es sagrada». La gana de volar lejos, de ensayar un saludable naufragio o de abrir caminos nunca transitados con el placer niño de quien pisa la nieve virgen, pero también la gana de volver a edificar un soneto (sí, un soneto más), un romance o unas liras. Porque ir contra corriente o dejarse llevar por el río de la tradición, cuando apetece, son dos enardecidos actos de voluntad. Siempre supo moverse por esos arrabales de entresueño donde la poesía encuentra su fe más que su ciencia. No fue nunca en pos de modas ni se dejó seducir por su propio, casi siempre brillante, preciso y sincero deambular teórico. Nunca supo encajar bien, por más que lo pudiera intentar, en el coro de ninguna escuela o secta poética.

La ficción filológica del poeta nos dicta que la poesía es una suerte de carrera, un ascender de méritos y de grados, una evolución lineal hacia el propio nombre del poeta, hacia la cima de su propia voz. Pero Gerardo Diego nos demuestra (o al menos así me lo parece) que la poesía es más bien algo que sucede de vez en cuando, que contrasta apasionados tumultos con silencios repentinos, un amor firme pero contradictorio que camina, vacila, quiebra y vuelve sobre sus pasos una y otra vez. La poesía es el laberinto, Teseo, el Minotauro y Ariadna, todo a un tiempo. No es un oficio sino algo fatal. Y no se ejecuta en otro taller que no sea la muerte.

La poesía puede adoptar mil formas en una sola época y en un solo poeta. Pero a Gerardo Diego no le hizo falta recurrir al heterónimo. Porque la voz de un poeta no es una estatua inmóvil en su gesto sino un interminable, cambiante, reversible tejido de ecos. Con igual hospitalidad e indulgencia acoge al autor adolescente, tardomodernista y algo cursi del Romancero de la novia, al deslumbrante (y muy consciente) forjador de imágenes de Manual de espumas, al exaltado sonetista de Alondra de verdad, al no menos exaltado, románico y romántico arquitecto de Ángeles de Compostela, al funambulista que reivindica a Góngora para mantener a salvo a Lope, al retratista, al legitimador de la poesía de circunstancia, al inquietante músico de Biografía incompleta y al teórico de la poesía que intenta poner algo de orden entre todos y entre sí mismo. Firmó sin miedo y con honestidad cada poema porque la firma, al cabo, es irrelevante y el poeta (no lo olvidemos) es una ficción.



[de Sucede en la voz de otros, Isla de Siltolá, 2015]

domingo, 6 de diciembre de 2015

Un poema de "Cantigas y cárceles"

JUGUETE

¿Quién deshoja las tímidas alcobas,
la bandera del cielo de la infancia?
Rito lustral, estela de ignorancia,
¿en qué jardín o frente acechas, robas

con tu inferior escrúpulo de escobas
la luz vencida, el aire, la sustancia?
¿Por cuál rincón perdido de la estancia
gira un ángel de burlas y de trovas?

¿En qué cabal tesoro, fiel custodia,
duele la angina, el cuidadoso beso,
mi juguete estrellado al fin del día?

Desmontas el recuerdo a su prosodia
plana y perfecta, y sólo dejas eso:
el artefacto y la melancolía.

De Cantigas y cárceles, Isla de Siltolá, 2011



domingo, 27 de septiembre de 2015

Las muchachas de otoño

Las muchachas de otoño enhebran amarillos
con la mano segura que inculca la gaviota,
mientras el río marcha con nada en los bolsillos
más que el estaño pobre de una luna remota.

El río, arrebatada mudanza en recipiente
de implacable cristal o de delirio helado,
enseña a las muchachas de otoño un casto oriente
y sus cabellos largos los tiñe de pasado.

Oh, sus cabellos caen por la tarde morena
sobre el hombro leal de los violoncellos
para obrar la romanza que preludia la arena
y el rondó de aguamar que amarga los pañuelos.

Las muchachas de otoño llevan gafas de olvido
y en sus ojos el viento sedicioso bracea.
Sus besos son el musgo, golondrinas sin nido
sus caricias, y el rizo de una agónica tea.

Sus zapatos oscuros son el alma del roble
que pasa por el mundo y enaltece las calles.
Sus tobillos postulan la esperanza más noble
y caben tantas láminas en sus brumosos talles.

Las muchachas de otoño son las ventanas netas
que eternizan la lluvia en sueño y amaranto,
y en sus pechos las horas ceñidas con violetas
pisan las turbias uvas sobre el lagar del canto.

(De Cantigas y cárceles, Sevilla, Isla de Siltolá 2011)

lunes, 7 de septiembre de 2015

Columpio

Como en el poema de Arquíloco de Paros, hay un péndulo que oscila sin parar entre la alegría extrema y la pena más desconsolada, tan fugaces ambas, tan esquemáticas y tan ficticias. Ahora estoy aquí, ahora estoy allí. Hay un péndulo que se parece también a un columpio en una tarde aburrida de verano en la niñez. Sus viejos metales siguen sonando, rítmicos, como una vieja ley humana. A ese pulso podemos llamarlo melancolía.


De Sucede en la voz de otros, Isla de Siltolá 2015

domingo, 23 de febrero de 2014

Eduardo Moga (en prosa y verso)

Como el sueño y la vigilia, el verso y la prosa no dejan de ser meras convenciones. Los primeros, para entender nuestro catálogo sucesivo de noches y de días; y los segundos, como límites y formas de la escritura, el texto y las artes gráficas. «Y, si no --vendría a decir con más razón que un santo Juan Ramón Jiménez-- que se lo pregunten a un ciego». Precisamente, el poeta Eduardo Moga, hábil y audaz viajero por los infinitos puntos que unen las dos orillas, acaba de regalarnos a sus lectores, casi sin solución de continuidad, un libro de versos y otro de prosas, y por ambos circula a su albedrío (para escucharla más que para verla) la siempre difícil, contradictoria y rara poesía. Sirva esta apresurada nota que aquí cuelgo para saludarlos.

El libro de versos se titula Décimas de fiebre y está editado por Los papeles de Brighton, joven e interesante proyecto editorial puesto en marcha por el escritor y crítico Juan Luis Calbarro, a quien, de paso, deseamos desde aquí mucha suerte y éxitos en este viaje. Un volumen compuesto por --nada menos-- cincuenta y cinco décimas espinelas, esa estrofa de arte menor cuyos delicadísimos cascabeles hicieron sonar con tanta gracia poetas del 27 como Jorge Guillén, Cernuda o Gerardo Diego. Las décimas de fiebre del poeta barcelonés no les van a la zaga:

Tengo años cuarenta y nueve,
que es lo mismo que decir
media vida sin reír
o tengo cuarenta y nieve.
No Eduardo: me llamo llueve,
y me inquina una tormenta
meticulosa, una lenta
casi nada que me guía,
con precisión de gumía,
a un ataúd de cincuenta.

Para este libro, buen ejemplo de que el arte, al igual que la naturaleza, también escoge a veces la simetría, un servidor ha tenido el honor de escribir un breve prólogo. Por lo demás, en este enlace pueden acceder a la editorial para adquirir el libro directamente. Imperdible:

http://lospapelesdebrighton.com/2014/02/12/eduardo-moga-decimas-de-fiebre/


El libro de prosas, La pasión de escribil [Relato de tres viajes a hispanoamérica] está editado, con su cuidado y pulcritud habituales, por la sevillana Isla de Siltolá, la benemérita, imprescindible editorial del poeta Javier Sánchez Menéndez. Un volumen que se imanta a las manos vertiginosamente,  y al que cuesta Dios y ayuda colocarle el marcapáginas. Narración tan caudalosa como grata, de extensos pero precisos y biselados horizones, donde Moga consigue llevar en volandas al lector de ola en ola, de la intensa pulsión lírica a la ironía más mordaz, sucesivamente, como un moderno Cabeza de Vaca sin navío, que da cumplida crónica ante su atónito auditorio de los naufragios que pueblan ese curioso mar conocido como «la vida literaria».