Atravesando el centro del estío,
moldeada por la ola y la leyenda,
ya perfila la diosa el desafío
al sol que se destila en una ofrenda.
Sobre su piel de luna acantilada
derrama el sol sus uvas en cadena,
y ella bebe del sol, transfigurada
en la callada plenitud de arena.
Mar y cielo conspiran y entrelazan
un horizonte de encendido hielo.
Dos nubes vagabundas se disfrazan
con retales del tiempo sobre el suelo.
Pero mirad allí, en aquel extremo;
desvencijado y ciego se alza un faro
huérfano de farero: Polifemo
cesante, triste, pensativo y raro.
No alumbrará ya más las negras quillas
en las noches umbrías de los cuentos
de los marinos. Bajo sus cimientos
se marchitan los mapas y las millas.
Y en su calva de viejo anacoreta
algo se mueve, un vuelo enardecido,
un color, un delirio, una cometa
que el aire ya destrenza de su nido
y la aloja precisa y meridiana
para mercadería de altas sedas:
virgen acróbata, velera Diana
de las artificiosas arboledas.
De plata y humo, el trémulo cordaje
apenas ya sujeta su inocencia,
sus celestes modales, la querencia
de hacerle al mediodía un tatuaje.
Alborota el concilio de los pinos
taciturnos, y asciende a otras derrotas,
más altas que los altos desatinos
y que la noria de las gaviotas.
La turba el sol con sus ardientes sales.
La briza entre sus haces, la embelesa.
Y ella sabe que hollar esos portales
o deshilar camino es vana empresa.
Así, grácil novicia de planeta,
traza al azul su última sonrisa,
y se deshace libre la coleta,
y se suelta del ala de la brisa.
Abajo, en soledad de estatua y rosa,
gotea al mediodía un nuevo brillo.
Frente a un suicidio en flor de mariposa
la diosa se ha encendido un cigarrillo.
(Nota editorial: Este poema lo perpetré hace muchos años. Ahora le he limpiado el polvo acumulado de pesimismo y lo cuelgo aquí, con la modesta pretensión de desearles una feliz entrada de verano, a dos días del célebre solsticio de las narices. Es posible que el verano sea la más descerebrada de las estaciones, pero denle una oportunidad. Luego vendrá septiembre y el otoño para volvernos pensativos e indagadores. El verano es un niño bobo que siempre va de la mano del otoño, adulto y grave. Pero déjenle que corra un poco. Unas cuantas travesuras no están de más. No hay cuidado. El mayor vigila para que el pequeño no se rompa la crisma en su absurda eterna bicicleta.)
domingo, 22 de junio de 2008
viernes, 20 de junio de 2008
M.K.
x

Melina Kaná es, de lejos, la mejor cantante griega. No hay una voz como la suya. Profundamente humana, con ese vibrato tan propio, inconfundible metal oscuro y nicotina. Es como si siempre estuviese acatarrada, hay algo de asma, de pasión por respirar, de querer seguir a toda costa dentro de la canción. Dice que canta con los ojos cerrados porque el céfiro llora dentro de ella. Le pide a Tamiris que se siente a su lado y le cuente de las alegrías y zozobras de los hombres...

Melina Kaná es, de lejos, la mejor cantante griega. No hay una voz como la suya. Profundamente humana, con ese vibrato tan propio, inconfundible metal oscuro y nicotina. Es como si siempre estuviese acatarrada, hay algo de asma, de pasión por respirar, de querer seguir a toda costa dentro de la canción. Dice que canta con los ojos cerrados porque el céfiro llora dentro de ella. Le pide a Tamiris que se siente a su lado y le cuente de las alegrías y zozobras de los hombres...
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varia
miércoles, 18 de junio de 2008
Idea Vilariño (2 poemas)
x
x
x x
X X
Sé que le debo a Marta el felicísimo decubrimiento de la poeta Idea Vilariño (Montevideo, 1920), pero no sé dónde fue, si en una entrada en su antiguo blog o en un comentario que dejó por ahí, en otro blog, porque mi memoria no está ultimamente para muchas verbenas. Pero de lo que estoy seguro es de que Marta es la responsable. Así que gracias miles, Marta.
X
DESNUDEZ TOTAL
Ya en desnudez total
extraña ausencia
de procesos y fórmulas y métodos
flor a flor,
ser a ser,
aún con ciencia
y un caer en silencio y sin objeto.
La angustia ha devenido
apenas un sabor,
el dolor ya no cabe,
la tristeza no alcanza.
Una forma durando sin sentido,
un color,
un estar por estar
y una espera insensata.
Ya en desnudez total
sabiduría
definitiva, única y helada.
Luz a luz
ser a ser,
casi en amiba,
forma, sed, duración,
luz rechazada.
(Idea Vilariño)
****
DECIR NO...
Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fondo
diciendo no no no
pero siguiéndola.
(Idea Vilariño)
x
x x

X X
Sé que le debo a Marta el felicísimo decubrimiento de la poeta Idea Vilariño (Montevideo, 1920), pero no sé dónde fue, si en una entrada en su antiguo blog o en un comentario que dejó por ahí, en otro blog, porque mi memoria no está ultimamente para muchas verbenas. Pero de lo que estoy seguro es de que Marta es la responsable. Así que gracias miles, Marta.
X
DESNUDEZ TOTAL
Ya en desnudez total
extraña ausencia
de procesos y fórmulas y métodos
flor a flor,
ser a ser,
aún con ciencia
y un caer en silencio y sin objeto.
La angustia ha devenido
apenas un sabor,
el dolor ya no cabe,
la tristeza no alcanza.
Una forma durando sin sentido,
un color,
un estar por estar
y una espera insensata.
Ya en desnudez total
sabiduría
definitiva, única y helada.
Luz a luz
ser a ser,
casi en amiba,
forma, sed, duración,
luz rechazada.
(Idea Vilariño)
****
DECIR NO...
Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fondo
diciendo no no no
pero siguiéndola.
(Idea Vilariño)
lunes, 16 de junio de 2008
Partenio en El Imparcial
Por si alguien quiere leer un poema mío en El Imparcial, aquí les dejo la dirección:
http://elimparcial.es/contenido/16742.html
http://elimparcial.es/contenido/16742.html
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Poemas propios
sábado, 14 de junio de 2008
Erina y su rueca
Ser mujer y de Grecia, escribir poesía y vivir en una época muy lejana, parece que son los ingredientes ideales para llamarse Safo. Pero la tradición manuscrita también nos da noticia de otras poetas griegas de la antigüedad además de la gran cantora de Mitilene. Felizmente, y a pesar de la poca obra que ha sobrevivido de todas ellas tomadas en conjunto, sospechamos que ninguna pretendió ser una imitadora de la lesbia.
De este grupo tan heterogéneo de poetas juntados por el simple azar de ser mujeres, ninguna me ha llegado a conmover tanto como Erina de Telos, que vivió allá por el siglo IV a. de C. Dejó unos cuantos epigramas bastante dignos recogidos en la Antología Palatina, pero ya la Suda nos avisaba de su gran obra, un poema tilulado La rueca, que constaba de unos trescientos hexámetros y que su autora lo había compuesto a la edad de quince años. ¿Cuáles fueron las circunstancias que dieron pie a tal poema? Bien, parece que Erina pertenecía (o la habían hecho pertenecer) a una suerte de culto religioso muy estricto, que la tenía confinada, y se entera de que Baucis, la amiga de su niñez (y, probablemente, la única amiga que ha tenido) ha muerto. Entre la realidad tajante de la muerte, el sinsentido de su propia vida y el paraíso perdido de una infancia en la que tal vez seguía varada, nuestra joven poeta se encuentra tan desnortada que sólo sabe refugiarse en esa obsesiva rueca de la memoria, en ese maniático volver siempre al mismo lugar, que es la poesía. De los trescientos hexámetros de que habla la Suda, tan sólo conocemos hoy en día veintiséis, un leve destello de lo que tal vez pudo ser esa arrolladora y simple elegía y ese hermosísimo alegato de la amistad, más allá de todo tiempo y de todo lugar.
Erina recuerda en ese fragmento papiráceo los juegos de la «tortuga» (sin duda una variante griega antigua de la gallina ciega), y que jugaba también a ser la madre de Baucis, con la inocencia de quien nunca ha conocido la maternidad ni ha tenido que criar a sus hijos. Se refiere también a Mormo, que es uno de los mil nombres que ha tenido el hombre del saco, no sin ese placer tan especial que suelen causar los terrores infantiles. Pero Baucis se marcha arrastrada por las mareas de la vida, se casa (o la casan, lo cual es más probable) y se muere. Todo de golpe. Demasiado rápido y demasiado duro para la sensible y deconcertada Erina de Telos. Por lo demás, las fuentes antiguas nos cuentan que Erina no sobrevivió mucho tiempo a Baucis.
Hace unos años, ensayé la siguiente traducción de esos veintiséis hexámetros que han sobrevivido de La rueca en la revista Iris de la Sociedad Española de Estudios Clásicos.
... De los blancos caballos a las olas profundas
te abalanzabas tú con pies enloquecidos,
mas yo entonces gritaba: «¡ya te tengo, mi amiga! »
Y, cuando eras tortuga, corrías dando saltos
a través del recinto del gran patio.
Esto es lo que yo lloro, desventurada Baucis,
con profundo pesar: estos vestigios tuyos
en mi corazón yacen aún ardientes, muchacha.
Cenizas son ahora nuestros gozos de entonces.
De niñas, en los cuartos, junto a nuestras muñecas,
jugando a ser las novias y libres de cuidados.
Y, al despuntar el alba, la madre, que entregaba
la lana a las sirvientas tejedoras,
venía, y te llamaba para salar la carne.
¡Ay, de pequeñas cuánto miedo nos daba Mormo,
la de grandes orejas, que andaba a cuatro patas
y que mudaba de una cara a otra!
Pero cuando marchaste hacia el lecho de un hombre,
mi Baucis, olvidaste cuanto habías oído
de tu madre en la infancia, que Afrodita
el olvido metió en tu corazón.
Y yo que te lamento no asisto a tus exequias:
no tengo pies profanos para dejar la casa,
no conviene a mis ojos contemplar un cadáver
y no puedo llorar con los cabellos libres.
Sin embargo, me araña un rubor de vergüenza...
(Trad. de Juan Manuel Macías)
De este grupo tan heterogéneo de poetas juntados por el simple azar de ser mujeres, ninguna me ha llegado a conmover tanto como Erina de Telos, que vivió allá por el siglo IV a. de C. Dejó unos cuantos epigramas bastante dignos recogidos en la Antología Palatina, pero ya la Suda nos avisaba de su gran obra, un poema tilulado La rueca, que constaba de unos trescientos hexámetros y que su autora lo había compuesto a la edad de quince años. ¿Cuáles fueron las circunstancias que dieron pie a tal poema? Bien, parece que Erina pertenecía (o la habían hecho pertenecer) a una suerte de culto religioso muy estricto, que la tenía confinada, y se entera de que Baucis, la amiga de su niñez (y, probablemente, la única amiga que ha tenido) ha muerto. Entre la realidad tajante de la muerte, el sinsentido de su propia vida y el paraíso perdido de una infancia en la que tal vez seguía varada, nuestra joven poeta se encuentra tan desnortada que sólo sabe refugiarse en esa obsesiva rueca de la memoria, en ese maniático volver siempre al mismo lugar, que es la poesía. De los trescientos hexámetros de que habla la Suda, tan sólo conocemos hoy en día veintiséis, un leve destello de lo que tal vez pudo ser esa arrolladora y simple elegía y ese hermosísimo alegato de la amistad, más allá de todo tiempo y de todo lugar.
Erina recuerda en ese fragmento papiráceo los juegos de la «tortuga» (sin duda una variante griega antigua de la gallina ciega), y que jugaba también a ser la madre de Baucis, con la inocencia de quien nunca ha conocido la maternidad ni ha tenido que criar a sus hijos. Se refiere también a Mormo, que es uno de los mil nombres que ha tenido el hombre del saco, no sin ese placer tan especial que suelen causar los terrores infantiles. Pero Baucis se marcha arrastrada por las mareas de la vida, se casa (o la casan, lo cual es más probable) y se muere. Todo de golpe. Demasiado rápido y demasiado duro para la sensible y deconcertada Erina de Telos. Por lo demás, las fuentes antiguas nos cuentan que Erina no sobrevivió mucho tiempo a Baucis.
Hace unos años, ensayé la siguiente traducción de esos veintiséis hexámetros que han sobrevivido de La rueca en la revista Iris de la Sociedad Española de Estudios Clásicos.
... De los blancos caballos a las olas profundas
te abalanzabas tú con pies enloquecidos,
mas yo entonces gritaba: «¡ya te tengo, mi amiga! »
Y, cuando eras tortuga, corrías dando saltos
a través del recinto del gran patio.
Esto es lo que yo lloro, desventurada Baucis,
con profundo pesar: estos vestigios tuyos
en mi corazón yacen aún ardientes, muchacha.
Cenizas son ahora nuestros gozos de entonces.
De niñas, en los cuartos, junto a nuestras muñecas,
jugando a ser las novias y libres de cuidados.
Y, al despuntar el alba, la madre, que entregaba
la lana a las sirvientas tejedoras,
venía, y te llamaba para salar la carne.
¡Ay, de pequeñas cuánto miedo nos daba Mormo,
la de grandes orejas, que andaba a cuatro patas
y que mudaba de una cara a otra!
Pero cuando marchaste hacia el lecho de un hombre,
mi Baucis, olvidaste cuanto habías oído
de tu madre en la infancia, que Afrodita
el olvido metió en tu corazón.
Y yo que te lamento no asisto a tus exequias:
no tengo pies profanos para dejar la casa,
no conviene a mis ojos contemplar un cadáver
y no puedo llorar con los cabellos libres.
Sin embargo, me araña un rubor de vergüenza...
(Trad. de Juan Manuel Macías)
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Traducciones,
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domingo, 8 de junio de 2008
El gallo
Mis nuevos vecinos, pareja joven que viene huyendo de la capital para posar sus reales en Cercedilla, se me quejan de que el canto tempranero de un gallo les desvela de amanecida, y les fastidia su providencial media hora de sueño antes de salir a trabajar. A mí la alarmada confidencia me deja perplejo. Llevo más de quince años en Cercedilla y todavía no he sido capaz de escuchar a un gallo. He oído perros ladrando con melancolía o mala uva, he oído a mis gatos querellándose con otros gatos por esa monomanía procreadora que tienen los gatos, he oído a pandillas de adolescentes regresando de sus botellones y gritando a la madrugada sus poco edificantes observaciones. Mis gatos y los adolescentes ebrios son propensos a hacerse el gallito. Pero de los gallos, lo que se dice gallos, nunca tuve noticia. Me aventuro, no obstante, a dar una explicación provisional. Mis nuevos y cándidos vecinos, urbanitas, han llegado con el sueño poblado de mitologías rurales. De momento, su inconsciente las proyecta sobre ellos mismos, momentos antes de volver a la ciudad para cotizar. Pero es probable que tales alucinaciones acústicas se extiendan al resto del vecindario. Yo así lo espero, porque me encanta que la ciudad nos reinvente el campo. Me acostaré esta noche con la esperanza de madrugar con el canto de un gallo. Ya les contaré.
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cercedilla dreaming
jueves, 5 de junio de 2008
Life on Mars?
Hace unos días la sonda Fénix de la NASA se ha posado suavemente en algún lugar cercano al polo norte de Marte. Asumo que me arrebata un extraño placer cada vez que una sonda que cuesta varias hipotecas terrestres es capaz de posarse así de suave en Marte. Sin estridencias, sin llamar la atención, con un humilde paracaídas, unas discretas reacciones químicas y un mínimo de retropropulsión, produciendo no más que un pequeño desasosiego de arena roja en torno. La sonda ha empezado a mandar las primeras fotos del lugar, y pueden verlas en http://www.nasa.gov/mission_pages/phoenix/main. Pero no se esperen nada del otro mundo: piedras y más piedras, de todos los tamaños, y muchísimo terreno sin recalificar. El viejo Marte, siempre fiel a sí mismo. Por lo demás, el objetivo de la misión parece ser el de siempre: encontrar el ansiado organismo unicelular, la puñetera bacteria que libere de su antropológica soledad a unos cuantos millones de terrícolas.
¿Habrá vida en Marte? Parte de la solución del enigma la tiene Bowie.
¿Habrá vida en Marte? Parte de la solución del enigma la tiene Bowie.
lunes, 2 de junio de 2008
martes, 13 de mayo de 2008
Kate Bush

Me preguntaba estos días de atrás por qué diablos --imperdonable pecado-- aún no había reivindicado a Kate Bush por aquí. Me temo que los más jóvenes de mis amables lectores no sabrán quién es Kate Bush, pero tal vez les suene más el nombre de Björk, una de sus más aventajadas discípulas, y esto les pondrá en antecedentes para bien o para mal. La genial islandesa no ha perdido ocasión de reconocer la enorme influencia y magisterio de la británica, así que a mí sólo me queda por añadir que Kate Bush es uno de los músicos más originales, creativos, excéntricos e imprescindibles de los últimos tiempos. Con tan sólo diecinueve años la apadrinó David Gilmour y se dio a conocer a finales de los 70 con esa revisión tan hermosa como inquietante de las Cumbres Borrascosas de Emily Brontë. Ahí estaba ella, irrepetible, con todo su histrionismo y sus cualidades mímicas (aplicados a su música, no a su vida), sus desquiciadas coreografías, sus piruetas vocales, sus afanes experimentales.
En 2005, después de más de un decenio de riguroso silencio rodeada de instrumentos y amigos, tras concebir un hijo y componer muchísimo, reaparece de nuevo, con tan sólo cincuenta añitos, esgrimiendo el álbum Aerial, que no deberían perderse bajo ninguna excusa. Una auténtica maravilla desde el principio hasta el final, toda una lección al más puro estilo Bush, con canciones tan determinantes como King of the mountain, de aires reggae, que es el más raro homenaje a Elvis que jamás se ha compuesto, o la deliciosa Sky of Honey. Qué quieren que les diga: yo no es que ame a Kate Bush. Es que, en ocasiones, me hubiera gustado ser Kate Bush, como también me hubiera gustado ser Stevenson o Juan Sebastián Bach. Seguro que hubiera sido más feliz.
lunes, 5 de mayo de 2008
Novedades en DVDediciones.com
--- Cut and Roll, novela de Óscar Gual. Pinchen aquí para leer una delirante entrevista con el autor, con trailer de la novela incluído.
--- Los premios nacionales y los premios de la crítica: una reflexión sobre la bionombrediversidad, un texto de Sergio Gaspar.
--- La poesía póstuma de Rainer Maria Rilke, en traducción de Juan Andrés García Román. Con dos reflexiones acerca de la traducción de poesía: una del propio García Román (Rilke) y otra de un servidor (Safo).
--- Y para los que aún no han visitado la firma invitada de Ana Gorría, juntamente con la pintora Pepa Cobo y el escultor Román Hernández, hagan click aquí.
Vendrán más novedades en breve y seguiremos informando.
www.dvdediciones.com
--- Los premios nacionales y los premios de la crítica: una reflexión sobre la bionombrediversidad, un texto de Sergio Gaspar.
--- La poesía póstuma de Rainer Maria Rilke, en traducción de Juan Andrés García Román. Con dos reflexiones acerca de la traducción de poesía: una del propio García Román (Rilke) y otra de un servidor (Safo).
--- Y para los que aún no han visitado la firma invitada de Ana Gorría, juntamente con la pintora Pepa Cobo y el escultor Román Hernández, hagan click aquí.
Vendrán más novedades en breve y seguiremos informando.
www.dvdediciones.com
jueves, 1 de mayo de 2008
Alguien
Es la noche infinita, como un ánfora,
donde el recuerdo se parece al vértigo;
donde las sombras quieren perfilarse
en cuerpo, en ola, en tempestad, en isla.
Este vago murmullo de silencio
forja de nuevo voces que callaron
para siempre en mi oído. Es la noche
desesperada por la exactitud.
La caverna del cíclope, su aliento
bañando en vino y sangre las palabras
pesadas como piedras sin edad.
El sabor en mis labios del naufragio.
El sabor en mis labios de los besos
de Calipso, en porfía de sus lunas.
El largo cielo de las travesías
que era espejo del mar, y el mismo mar,
inagotable espejo de ese cielo.
Los miembros y las vísceras trillados
por un monstruo de insomnios y leyendas;
los miembros y las vísceras que fueron
antes la voz riendo ante la hoguera
o la mano leal con una lanza.
El incesante coro de sirenas
cuya virtud reside en que, al dejarlo
de oír, vuelve y persiste en su tristeza
y teje de dolor la lejanía.
Los ojos de Nausícaa, que a menudo
se parecían al otoño joven.
Es la noche infinita, y ya no sé
si soy el viajero, el que recuerda,
si mi recuerdo es sueño, si yo mismo
acaso soy el sueño de algún otro;
y no encuentro mi nombre, y tengo miedo
de perderme en la noche para siempre.
Pero de pronto hay un atisbo, un trueno,
la lluvia que amartilla los tejados,
la humilde tierra, ebria de humedad,
tu cuerpo que palpita junto a mí,
tus ojos que no veo y que me miran
desde tu umbría, el remanso en tus labios
que recorren mis dedos, y los surcos
de tu cara, con todas las respuestas,
reconstruyéndome a la luz del tacto.
Esos surcos que dan por fin la forma
a la noche infinita como el mar.
donde el recuerdo se parece al vértigo;
donde las sombras quieren perfilarse
en cuerpo, en ola, en tempestad, en isla.
Este vago murmullo de silencio
forja de nuevo voces que callaron
para siempre en mi oído. Es la noche
desesperada por la exactitud.
La caverna del cíclope, su aliento
bañando en vino y sangre las palabras
pesadas como piedras sin edad.
El sabor en mis labios del naufragio.
El sabor en mis labios de los besos
de Calipso, en porfía de sus lunas.
El largo cielo de las travesías
que era espejo del mar, y el mismo mar,
inagotable espejo de ese cielo.
Los miembros y las vísceras trillados
por un monstruo de insomnios y leyendas;
los miembros y las vísceras que fueron
antes la voz riendo ante la hoguera
o la mano leal con una lanza.
El incesante coro de sirenas
cuya virtud reside en que, al dejarlo
de oír, vuelve y persiste en su tristeza
y teje de dolor la lejanía.
Los ojos de Nausícaa, que a menudo
se parecían al otoño joven.
Es la noche infinita, y ya no sé
si soy el viajero, el que recuerda,
si mi recuerdo es sueño, si yo mismo
acaso soy el sueño de algún otro;
y no encuentro mi nombre, y tengo miedo
de perderme en la noche para siempre.
Pero de pronto hay un atisbo, un trueno,
la lluvia que amartilla los tejados,
la humilde tierra, ebria de humedad,
tu cuerpo que palpita junto a mí,
tus ojos que no veo y que me miran
desde tu umbría, el remanso en tus labios
que recorren mis dedos, y los surcos
de tu cara, con todas las respuestas,
reconstruyéndome a la luz del tacto.
Esos surcos que dan por fin la forma
a la noche infinita como el mar.
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Poemas propios
martes, 29 de abril de 2008
The lady of Shalot (o sea, más Loreena)
Para empezar, un aviso. Lo que comunmente se conoce como "música celta" siempre me ha parecido una estafa lingüística, una aberración histórica y algo que suena tan absurdo como hablar de "música hitita". Por eso, cuando supe de la existencia de Loreena McKennit, decidí odiarla un año entero a intervalos regulares. Y cuando hace ya mucho acudí en estado de semisecuestro a un concierto suyo creo que mi odio hacia ella marchitaba las amapolas a mi paso. Pero, es más, mediado el concierto, mi odio ya no conocía límites humanos, por la sencilla razón de que me lo estaba pasando muy bien. Desde entonces, me vengo comprando sus CDs con cierta mansedumbre, e incluso le perdono el tonillo pedante y los delirios místicos que escribe en sus libretos. Si ella se lo cree y es feliz, pues todos tan contentos.
Confesado por segunda vez mi pecado, aquí les dejo de nuevo a la canadiense, poniéndole una preciosa música a un poema artúrico de Tennyson. A mí me resulta muy agradable que rimen Sir Lancelot, Camelot y Shalot. Es lo que tiene escribir en inglés, porque me aterra pensar qué hubiera pasado con "Lanzarote".
Confesado por segunda vez mi pecado, aquí les dejo de nuevo a la canadiense, poniéndole una preciosa música a un poema artúrico de Tennyson. A mí me resulta muy agradable que rimen Sir Lancelot, Camelot y Shalot. Es lo que tiene escribir en inglés, porque me aterra pensar qué hubiera pasado con "Lanzarote".
lunes, 28 de abril de 2008
RITME EFÍMER (José Vicente Sala)
Muntanyar el teu cos on cap la força
dels mars que tots callem si el dau dibuixa
les dates impossibles de l 'oblit.
La lluna és una mare que s'amaga
i renega amb cadència de bressol.
Quants llavis ploraran d'indiferència
i la terra callant els principis, les normes.
--primavera tindràs per omplir els armaris--
Pura necessitat cremar-nos.
Ingratitut de gel cap al migdia
quan els minuts s'escampen per les serres
i el Ponent és un ai que sap misteris.
Pura necessitat. Carn sempre a punt.
I la pietat del tu que no fa història.
(José Vicente Sala)
Nota editorial: A mí el poema me gusta tanto que creo que se merece un bis ¿no?.
dels mars que tots callem si el dau dibuixa
les dates impossibles de l 'oblit.
La lluna és una mare que s'amaga
i renega amb cadència de bressol.
Quants llavis ploraran d'indiferència
i la terra callant els principis, les normes.
--primavera tindràs per omplir els armaris--
Pura necessitat cremar-nos.
Ingratitut de gel cap al migdia
quan els minuts s'escampen per les serres
i el Ponent és un ai que sap misteris.
Pura necessitat. Carn sempre a punt.
I la pietat del tu que no fa història.
(José Vicente Sala)
Nota editorial: A mí el poema me gusta tanto que creo que se merece un bis ¿no?.
lunes, 7 de abril de 2008
La corista y yo
Todo sucedió en un verano sofocante en El Cairo. Por aquel entonces, yo trabajaba excavando tumbas de faraones, pero por las noches me ganaba un sobresueldo haciendo juegos de malabares en un garito de mala muerte. Allí acudía puntualmente, bien entrada la madrugada, el temido gangster Asimov, con su inseparable cortejo de matones y falleras en tanga, y jugaba al póker mientras hablaba de las singularidades del espacio-tiempo, y desplumaba a los incautos. En un rincón de la barra Openheimer siempre se emborrachaba solo, y lloraba lluvia radiactiva sobre su whisky doble. Y Aristóteles de Estagira tocaba jazz en el piano.
Una de esas noches fue cuando la conocí. Del salón, en el ángulo oscuro, se me revelaron sus incontestables curvas y el brillo violeta de sus ojeras. Se me acercó fumando un cigarrillo turco y echando hábilmente el humo por su boca en forma de órbitas concéntricas. Ella iba de azul, los alemanes iban de gris y yo llevaba un casual traje de lino blanco y un sombrero panamá que, francamente, me quedaban muy bien. Hubo una corta presentación en que nos intercambiamos las tarjetas y un largo interrogar de miradas. Entonces le dije que ése no era sitio para ella, princesa, y que mejor salir fuera a caminar. Y salimos a caminar a los bosques de Viena en otoño.
Caminamos lentamente y hablamos de Ray Bradbury y de Philip K. Dick, al compás de las hojarasca que crepitaba, sinfónica, bajo el punteo distraído de los tacones de sus botines negros. Ya llevábamos caminando varias semanas por los bosques de Viena en otoño, cuando tomé sus manos y le dije que tal vez sería buena idea ir en busca de alguna alcoba para ejercer mutuamente la posesión de nuestros cuerpos. Le dije también que yo, hombre muy leído, conocía un sinfín de posturas amatorias con las que ella nunca había soñado siquiera. Ella me contestó que sí, que las conocía de sobra las tales posturas, pero que no podía ser mía. Y me confesó su gran secreto. Me refirió que ella era, en el fondo, un androide creado por el malvado Giorgie Dann, científico loco que fabricaba autómatas en forma de mujer y las esclavizaba, obligándolas a bailar en bikini en torno a una barbacoa, de acuerdo con un arcano ritual para dominar el mundo. Ella, sin embargo, había logrado romper su programa y se había fugado. Pero tenía que regresar a donde estaba Giorgie Dann, a su torre terrible de purpurina, para que le revelase de una vez el secreto de su existencia o, si no, matarlo y, de paso, salvar al mundo. Yo pensé entonces en lo injusto del mundo, en las singularidades del espacio-tiempo, y creí oportuno sacar mi violín de su estuche e interpretarle el primer movimiento del concierto que estaba escribiendo. Ella bailó tristemente para mí, sobre la hojarasca, bajo la ausente mirada de las estatuas de los reyes godos.
Luego seguimos caminando en silencio, y llegamos al Café Gijón, donde servían ya el desayuno. Yo sabía que había un avión que calentaba sus motores ahí fuera, para arrebatarla de mí. Le pedí que no tomara ese avión. Ella no articuló más palabras, tan sólo mojaba, gravemente, pensativa, la magdalena en el café.
Fuera, los dioses llegaban ya cabalgando desde el oriente, furiosos y vengativos, y traían la aurora del último día en el mundo, enrojecida de sangre, como una bombona de butano.
Cuando aparté la mirada del cristal, reparé en que estaba solo, con mi sombrero panamá.
Una de esas noches fue cuando la conocí. Del salón, en el ángulo oscuro, se me revelaron sus incontestables curvas y el brillo violeta de sus ojeras. Se me acercó fumando un cigarrillo turco y echando hábilmente el humo por su boca en forma de órbitas concéntricas. Ella iba de azul, los alemanes iban de gris y yo llevaba un casual traje de lino blanco y un sombrero panamá que, francamente, me quedaban muy bien. Hubo una corta presentación en que nos intercambiamos las tarjetas y un largo interrogar de miradas. Entonces le dije que ése no era sitio para ella, princesa, y que mejor salir fuera a caminar. Y salimos a caminar a los bosques de Viena en otoño.
Caminamos lentamente y hablamos de Ray Bradbury y de Philip K. Dick, al compás de las hojarasca que crepitaba, sinfónica, bajo el punteo distraído de los tacones de sus botines negros. Ya llevábamos caminando varias semanas por los bosques de Viena en otoño, cuando tomé sus manos y le dije que tal vez sería buena idea ir en busca de alguna alcoba para ejercer mutuamente la posesión de nuestros cuerpos. Le dije también que yo, hombre muy leído, conocía un sinfín de posturas amatorias con las que ella nunca había soñado siquiera. Ella me contestó que sí, que las conocía de sobra las tales posturas, pero que no podía ser mía. Y me confesó su gran secreto. Me refirió que ella era, en el fondo, un androide creado por el malvado Giorgie Dann, científico loco que fabricaba autómatas en forma de mujer y las esclavizaba, obligándolas a bailar en bikini en torno a una barbacoa, de acuerdo con un arcano ritual para dominar el mundo. Ella, sin embargo, había logrado romper su programa y se había fugado. Pero tenía que regresar a donde estaba Giorgie Dann, a su torre terrible de purpurina, para que le revelase de una vez el secreto de su existencia o, si no, matarlo y, de paso, salvar al mundo. Yo pensé entonces en lo injusto del mundo, en las singularidades del espacio-tiempo, y creí oportuno sacar mi violín de su estuche e interpretarle el primer movimiento del concierto que estaba escribiendo. Ella bailó tristemente para mí, sobre la hojarasca, bajo la ausente mirada de las estatuas de los reyes godos.
Luego seguimos caminando en silencio, y llegamos al Café Gijón, donde servían ya el desayuno. Yo sabía que había un avión que calentaba sus motores ahí fuera, para arrebatarla de mí. Le pedí que no tomara ese avión. Ella no articuló más palabras, tan sólo mojaba, gravemente, pensativa, la magdalena en el café.
Fuera, los dioses llegaban ya cabalgando desde el oriente, furiosos y vengativos, y traían la aurora del último día en el mundo, enrojecida de sangre, como una bombona de butano.
Cuando aparté la mirada del cristal, reparé en que estaba solo, con mi sombrero panamá.
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